Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Santi
Fecha de publicación: 26 Noviembre, 2007

Categoría: Relatos Fantásticos: Relatos
 

Mañana.

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- He pensado – Dijo Alicia – que quizás podríamos coger nuestras cosas y marcharnos.
Acababa de salir al porche, desde el interior de la casa y había encontrado a Jorge descansando con los brazos sobre la balaustrada del mismo, de espaldas a ella.
Al escucharla, su marido ni siquiera se volvió a mirarla. Conocía los pensamientos de su mujer como si fuesen los suyos propios. Lo único que ella veía, desde ese mismo porche al que él se asomaba, era el color de la tierra, ahora muerta. Desde la casa, los campos que no hacia mucho se alzaran frondosos, y rebosantes de vida, se extendían ahora en cualquier dirección convertidos en estériles eriales.
Alicia se acercó hasta él, y apoyo primero las manos, y después su rostro sobre la espalda de su marido. Durante un segundo cerró los ojos, y quedó sobre él en silencio. Después lo rodeo con sus brazos, abrazándose a él con ternura.
- Aquí las cosechas ya están agotadas. – Continuó Alicia, y alzando la cabeza, pero sin despegarse de él, dirigió su mirada hacia las lomas lejanas. – Esta tierra no puede darnos ya nada más.
Jorge observó el mismo horizonte, que desde su espalda, ella también observaba. Tan solo en las tierras mas alejadas quedaba aun algo de vida. Para ella, aquella endeble pared de color que se alzaba en la lejanía, era solo el principio de un hermoso manto verde. Un vasto océano que se extendía sin freno más allá de las últimas lomas. Fantaseaba con buscar refugio allí, e incluso, si aquellos campos caían también bajo el mismo yugo que había asfixiado sus tierras, pensaba que aun podrían ir un poco más lejos. Del otro lado de las lomas, allí donde la vista no alcanzaba, estaban las flores y las fragancias de lugares lejanos, de brisas frescas, de la promesa de una vida que aquí hacia tiempo que se les estaba escapando. ¿Pero qué sabía ella?
Tras unos segundos en los que ambos observaron en silencio la lejanía, Jorge suspiró, bajando la cabeza y desviando la vista al suelo. ¿Huir? ¿Por qué ella se empeñaba en alimentar aquella estúpida esperanza? No era capaz de entender que donde antes hubo tierra, allí donde el mundo se extendía un día, ahora no había nada… Había sido como un estúpido juego de magia. La noche cubrió las tierras como si fuese un paño oscuro, y el truco se gesto en su interior, avanzó sin que nadie pudiese ver nada. Las manos del mago actuaron, y al destapar el paño, a la luz de un nuevo día, todo había desaparecido. Sin más. Todo excepto aquel pedazo de tierra. ¿A dónde diablos quería ir? Ahora la tierra terminaba allí donde crecía la ultima pincelada de color verde, y un precipicio se abría al abismo tras aquellas lomas. El inmenso vacío que había tras él, se extendía por todas partes.
- ¿Para qué? – Preguntó Jorge. – No serviría de nada.
- ¿Por qué no? – Dijo Alicia.
- ¿Por qué? – Se volvió, obligándola a separarse de él, y una vez libre de su cuerpo, fijó en ella la mirada. – No serviría de nada por que no hay nada detrás de esas lomas.
- No digas tonterías. ¿Qué es eso de que no hay nada? El mundo entero esta del otro lado…
- ¡No, no lo esta! – Cortó Jorge, sintiendo avivarse la rabia. – ¡Maldita sea, esfuérzate en recordarlo!
Jorge se volvió, apoyándose de nuevo sobre la balaustrada, para observar con hastío los mismos cultivos que ella miraba esperanzada. Eran lo único que les quedaba ya, y pronto caerían también. Tendría que trabajarlos para recoger hasta el último grano que pudiesen dar.
Sintió que las manos le ardían bajo la piel, como si aun estuviesen asidas a la hoz. Aquella desolación que les rodeaba era producto de sus manos. Había sido él quien había trabajado las tierras hasta despojarlas por completo de vida. Día tras día dedicado a la siega, devorando todo cuanto aun pudiese dar algo que llevarse a la boca, y al volver a casa, Alicia siempre le estaba esperando. Sin memoria. Sin recuerdos. Hablaba de marchar, y de aquellos campos verdes en los que él trabajaba, como si fuesen algo distinto, como si el mundo siguiese ocupando su lugar tras ellos. Ella olvidaba, y eso la hacia libre del sufrimiento. Pero él… Él vivía condenado. Por que si miraba aquellas tierras, tan solo veía que con sus propias manos, había devorado una porción más de la única esperanza que les quedaba. ¿Pero que podía hacer? Los dos necesitaban comer, y todo aquello que no recogiese, se echaría a perder. Muy pronto, con su esfuerzo o sin él, no quedarían más que tierras baldías por todas partes, así que tenía que volver a trabajar, y a robarle la vida a la tierra, hasta que no quedara nada en ningún lugar. ¿Y qué iban a hacer cuando eso ocurriese?
- En cualquier dirección que tomes, la tierra se acaba. Se ha evaporado, igual que el agua. ¿Por qué no eres capaz de recodarlo? Todo ha desaparecido… Ese cielo que ves – Dijo señalando el horizonte – es lo único que queda. Se extiende por todas partes, como si alguien hubiese arrancado este pedazo de tierra para envolverlo en ese estúpido lienzo. Siempre los mismos colores. ¿Por qué no lo ves? Nunca amanece, ni se hace de noche… ¿Por qué no te acuerdas?
- Oh, vamos, – Le interrumpió Alicia. – pareces un crío enfurruñado, inventando tonterías. Eso que dices no tiene ningún sentido.
Alicia se acercó de nuevo a él, colocándose a su espalda, y volvió a rodearle con los brazos, observando el horizonte por encima de su hombro.
- Ya no podemos quedarnos. – Continuó. – Mira todo esto…
- ¿Por que no te das cuenta? – Dijo Jorge entre dientes, sin volverse a mirarla. - Estamos atrapados aquí.
- Oh, vamos, deja eso ya, ¿quieres? – Y se apartó bruscamente de él.
Los dos quedaron en silencio. “Hoy prepararé todo” – Dijo ella por fin. – “Nos iremos mañana”, y dando media vuelta, desapareció tras la puerta que daba acceso al interior de la casa.

Jorge dejó que sus ojos vagasen por todo cuanto se extendía ante ellos. No hacia tanto tiempo que todo aquello había sido verde. Había visto un océano de espigas de trigo y de hojas, mecidas por el viento en aquel mismo lugar. La lluvia había bañado esas tierras, que ahora se consumían sedientas, y el sol que las había calentado, había desaparecido para siempre. En una sola noche, desapareció todo cuanto la alimentaba, y la tierra, que una vez fue generosa, agonizaba ahora bajo el polvo de las cosechas agotadas.
Una sola noche… Jorge aun recordaba el segundo exacto en el que la vida sucumbió a la muerte. El súbito silencio que rompió la noche, y la primera mañana que se impuso un solo segundo después. El final y el principio. De pronto, el mundo entero había desaparecido, a excepción de aquel puñado de tierras, y con él, todo lo que tenia vida se esfumó sin más. Se extinguió, en un solo segundo, como la llama de una vela.
¿Por que para ella no era igual? ¿Por qué ella era inmune al dolor? Sin recuerdos, ella jamás vería acercarse el final. Y él lo veía a cada paso, con cada incisión de la hoz, con cada puñado de grano. ¿Huir? ¿A dónde diablos iban a huir? Sin mirar atrás, bajó los escalones que daban acceso al camino de tierra y comenzó a caminar en dirección a las lomas.
El polvo se elevaba con cada paso que daba sobre la tierra, para volver a caer al suelo como si fuese plomo, pues no corría ni un soplo de aire que lo arrastrase. ¿Por qué no se daba cuenta? Ni siquiera había un solo sonido que no fuese el que ellos dos producían. Ni pájaros, ni insectos, ni viento que soplase sobre la tierra muerta. Nada. ¿Es que ella no sentía aquel vacío? Se detuvo, y giró sobre si mismo, volviéndose en dirección a la casa. “Escucha”, gritó al porche vacío. “¡Por el amor de dios!” “¿No ves que no hay nada?” Todo cuanto había allí permanecía siempre inmóvil, como si no fuese más que un complicado decorado de cartón. Siempre la misma hora de un día que había comenzado hacia ya demasiado tiempo, y que no terminaría jamás. “¿Por qué no eres capaz de entenderlo?”, gritó de nuevo.
Dio media vuelta, y continuo alejándose, en dirección a las lomas. Necesitaba descansar. Que aquella ultima noche se perdiese para siempre. Olvidar que aquella mañana que le siguió hubiese llegado nunca.
Acelerando el paso, dejó atrás los campos yermos y agotados. Se adentro entre la espesura verde que alimentaba aquella absurda esperanza a la que ella se entregaba, y un segundo después se detuvo, con sus botas, viejas y gastadas, asomando al vacío de un abrupto precipicio. El horizonte que ella anhelaba, terminaba justo en aquel lugar.
Era extraño, el cielo estaba allí en todas partes. Uno podía sentirlo, como si lo tuviese a tan solo unos pocos centímetros de las manos, y sin embargo, no podía llegar a tocarlo. Un paso mas, y se vería arrojado a un vacío de colores suaves, de nácar y fuego, a un amanecer infinito. Y era hermoso pensarlo. Aquel cielo de colores calidos, en el que el sol no brillaba, tenía el poder de hacerle libre. Si saltaba, el abismo lo engulliría.
Dio un paso atrás. En un segundo, con tan solo tomar impulso y saltar, se precipitaría al abismo hasta que de algún modo, aquella caída acabase. Si, esta vez saltaría. Desvió la mirada al suelo. Cerró los ojos y suspiró. Solo tenia que echar a correr. Saltar sin pensar. Y dio otro paso mas en la dirección equivocada. Solo tenía que saltar y todo acabaría. Y dio un nuevo paso atrás. Luego otro, y otro… Y ya volvía sobre sus pasos, alejándose del precipicio como ya lo hiciera tantas veces antes.
Ahora volvería a casa. Volvería al porche, a sentarse a esperar una noche que jamás llegaría, y a recordar una mañana que pasó y quedó atrás hacia ya demasiado tiempo. Observaría ese amanecer eterno, de colores suaves que imitaban la luz y el calor de la vida, del mismo modo que la imitaba un lienzo. Y ella volvería a su lado, habiendo olvidado que ya había prometido partir mañana. Volvería a hablar de huir, del horizonte verde, y de todo lo que encontrarían, como si nunca antes lo hubiese nombrado.
Al llegar a casa, encontró el porche vacío. Se sentó en el último de los escalones, apoyó la espalda sobre el ancho pilar de la balaustrada, y dejó descansar contra él la cabeza, cerrando los ojos.
La escuchó abrir la puerta, y acercarse hasta él, arrastrando sus zapatillas sobre el suelo. Sintió su mano enredándose cariñosamente entre su pelo, y aun con los ojos cerrados, la vio allí de pie, con la mirada perdida otra vez en el horizonte.
- He estado pensando – Dijo Alicia – que quizás podríamos coger nuestras cosas y marcharnos.
Jorge permaneció con los ojos cerrados, tratando de recordar como había sido la sensación del viento sobre su piel. El sonido de la marea verde al ser mecida, y el suave murmullo del las hojas al ser arrastradas en ese movimiento.
- Hoy podría prepararlo todo… – Continuo ella. – ¿Me oyes?
Quería recordar el atardecer de los veranos pasados, en los que podía sentir el calor, esa dulce energía que irradiaba del sol, y que recorría la piel como una caricia. Y la lluvia. El color de un horizonte violento, donde la calma moría devorada por la tormenta. La furia del aguacero, y luego ese olor tan peculiar de la tierra. La vida latiendo en cada mota de polvo, en cada grano de arena.
- Mañana podríamos irnos. – Continúo Alicia. – Aquí ya no queda nada.
Y de nuevo vio la imagen de la muerte sobre aquellos campos. La guadaña que terminaría por segarles la vida a los dos, era la hoz que manejaban sus manos. ¿Cuánto tiempo les quedaba? Ya era capaz de sentir el hambre, que acechaba al otro lado de aquellos últimos campos.
- ¡Di algo!
- ¿Quieres irte? – Dijo Jorge, sin abrir los ojos. – Pues vayámonos. ¿Por qué no? Prepáralo todo, si quieres.
- ¿Qué otra cosa podemos hacer? – Dijo Alicia. – Aquí moriremos de hambre.
De nuevo quedaron en silencio, inmóviles el uno frente al otro. Alicia de pie ante su marido, esperando a que reaccionara. Jorge sentado y con los ojos cerrados, como si no hubiese escuchado nada.
- Esta bien, como quieras. – Dijo al fin Alicia. – ¿Quieres quedarte? Pues quédate… Quizás mañana hayas cambiado de idea. – Y volvió al interior de la casa.
Al escuchar batir la puerta, Jorge abrió de nuevo los ojos y dejó que su vista se perdiese en el horizonte.
- Claro, mañana. – Susurró. – Mañana…

 
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