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Autor: Víctor Morata Cortado
Fecha de publicación: 27 Julio, 2006

Categoría: Relatos Fantásticos: Relatos sociales
 

Indómito

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A veces existen lugares mágicos allí donde menos imaginamos. Y a veces, sólo a veces, están tan cerca que podemos sentir su magia penetrante en nuestras carnes, meciendo suavemente nuestros sentidos y transportándonos de forma sutil hacia caminos insospechados. En el mayor número de los casos el mundo mismo que nos rodea es mágico, pero aún no sabemos apreciarlo como tal, aún no somos capaces de discernir entre sueño y realidad, entre la fantasía y ese mundo del que hablamos.

En la época que nos ha tocado vivir, la conocida Era de Acuario, nos encontramos con personas que aún creen que lo que ven es lo que hay y que no hay nada más allá de todo lo que nos envuelve. Viven seguros en su mundo particular, creados en función de unas reglas sociales bien medidas, acunados por el vaivén de lo que debe ser…

Indómito era una de esas personas, uno de los personajes que representan un papel en esta obra de ficción. Lo curioso es que Indómito no se sentía bien, no estaba cómodo y no conseguía discernir el motivo. Había conseguido todo aquello que se supone debía conseguir para ser feliz, había construido una gran familia y la había visto crecer y, ahora, en los albores de una vejez prematura, se daba cuenta que nada de aquello que hizo llenaba apenas con unas gotas el vaso de su felicidad. No se arrepentía ni mucho menos de todo lo que tenía y adoraba a sus hijos, nietos y esposa, pero algo no funcionaba, era una sensación que llevaba martilleando su cabeza y envenenando su corazón desde hacía mucho tiempo. ¿Qué podía pasarle? Era una sensación muy frustrante, el hecho de saber que tienes todo lo que cualquiera desearía, lo que tú mismo siempre deseaste, lo que creías te iba a otorgar la llave de esa puerta dorada, tan ansiada en tus tiempos de escasez. No fue así. Indómito no se sentía nada bien y, precisamente por eso, por tener todo aquello que poseía, se hundía más y más. Su mujer lo notó e intentó en vano acercarse a su interior para intentar paliar su angustia. Él no quería decirle nada, sabía que sus palabras serían cuchillas que malograrían toda su vida juntos y, al fin y al cabo, era él quien debía averiguar el motivo de su desdicha sin necesidad de implicar a nadie más que a sí mismo. Apenas le quedaban unos años para la jubilación y sentía como el tiempo se le escapaba presto, como atravesaba su cuerpo haciendo jirones con la tela que arropaba su alma. Un dolor punzante le atravesaba cada vez que tenía la sensación de ser un hombre injusta e incomprensiblemente infeliz.

Tenía una vida cómoda, una vida de empresario adinerado, su bolsillo siempre repleto de dinero y las bocas de su familia bien alimentadas. Ahora pasaba las tardes libres a la sombra del porche de su casa en la playa, mirando al mar, atravesando más bien la imagen que se presentaba ante él y perdiendo la vista más allá, embobado y sumiso al romper de las olas contra las rocas, al paso lento del Sol que le saludaba antes de anaranjarse para desaparecer, a la triste sonrisa de la Luna que muchos días le recibía al caer la noche con esa triste sonrisa, musa de tantos bohemios autores y soñadores entusiastas. Su infelicidad le convertía en un extraño melancólico que, sin saber qué, aguardaba impasible. Si preguntásemos a Indómito el tiempo que pasó sentado allí en ese porche no sabría decirnos cuánto. Quizá semanas, meses, dudaría, fijaría la mirada hacia arriba como intentando mirarse la frente y en breve volvería a divagar en sus propios pensamientos, en sus amargas abstracciones del pasado, presente y futuro… volvería a sumergirse en la rueda de la vacuidad y se retorcería en su inapetente desdicha. Pero él sabía, como aquel que sabe que un vicio te mata, te destruye y te corrompe, que aquello debía acabar. No podía seguir inmerso en aquel mundo retorcido y cruel que había ido creando con etéreos miedos y volutas de una tristeza recreada. Salió de su inopia y decidió dar el primer paso hacia algún sitio que aún desconocía. Tomó la decisión de salir de la espiral.

Pasó el tiempo y, a escondidas de su familia, fue visitando médicos, psicólogos y especialistas de todo tipo, pero todos coincidían en que era un hombre sano que no tendría que preocuparse por su salud en mucho tiempo. Disfrutaría de una jubilación muy sana… él se preguntaba ¿para qué? Pero no se sentía capaz de contestar a esa pregunta. Una vez que la ciencia no supo ayudarle, tuvo la corazonada de que el camino que buscaba no se encontraba en el mundo de lo científico y probó suerte con eso que llamaban “ciencias alternativas�?. Fue un proceso lento, tal y como lo sería para cualquier persona de un carácter tan escéptico como lo era Indómito, pero fue resultando y el camino se fue haciendo visible. A cada paso que daba, aprendiendo de auténticos maestros y estupendos terapeutas, su interés se mostraba creciente. Una luz empezó a crecer con fuerza en su interior. Comenzó a entender ese lenguaje de Dios del que tanto había oído hablar en uno de los libros de su nueva biblioteca. Allá donde miraba encontraba una señal para seguir adelante, para realizar cosas, para, a su avanzada edad, emprender proyectos. Justo cuando él pensaba que su vida acababa… empezaba de nuevo, con más brío del que nunca habría soñado poseer.

En este proceso de reencuentro consigo mismo, Indómito vivió uno de los momentos más maravillosos de su vida. Quizá fue el que más significativamente le llevó a pisar sobre seguro y afianzarse a la creencia de que ese era el camino correcto. Mientras la decisión de cambio y su esfuerzo iban tomando forma, una de esas noches que volvía a casa con la sonrisa muestra de la satisfacción del que aprende algo y se da cuenta de cómo todo encaja al entenderlo, Indómito pidió una señal. Iba caminando, con su chándal blanco, el que siempre utilizaba para ir a la clase de yoga, y habló alegremente con Dios, le dio las gracias por haberle abierto los ojos, le agradeció también su inmensa felicidad y la capacidad de sentirse agradecido por todos aquellos dones que poseía y que meses antes le parecían una vil carga. Esto no era excepcional, cada noche, mientras volvía a casa, hablaba con Él, le contaba como había ido el día, sus avances, sus errores… Pudiera parecer un absurdo soliloquio, pues era Indómito quien se dirigía a Dios mentalmente, había una charla interior constante llena de meditaciones diarias y objetivos realizados o por cumplir, pero él sabía que le sentaban bien estas conversaciones y el confiaba en que sus palabras, sus reclamos, no caerían en saco roto. Esa noche, a diferencia de todas las demás que le precedían, Dios le habló y acudió presto a mostrarle una señal. Fue una revelación, una señal tremendamente clara. Indómito quería saber si estaba en el camino correcto, pues a pesar de que su felicidad era creciente, aún crecían dudas fruto de la incomprensión o la ignorancia. Así que pidió a Dios una respuesta a su incógnita y lo que vio le dejó atónito. Un cartel en la pared. En todo el tiempo que llevaba pasando por allí nunca lo había visto, pero ahí estaba. Rezaba: “Este es el camino correcto. Siga adelante�?. Era un anuncio de la iglesia que había cerca de su casa, pero estaba muy claro. Indómito no creía en el dogma establecido por la iglesia como construcción física del templo de Dios, pero eso era lo menos importante. La iglesia era el símbolo que el hombre había impuesto como referente de Dios y he ahí el mensaje, directamente para él. Aún así y para no dejar ningún resquicio de duda, Él se volvió a manifestar y justo cuando pasaba por delante de “Don �?ngel�?, un modesto bar de la calle Asturias, sonaba una canción cuya letra venía a decir algo así: juntos caminaremos hasta la muerte y aunque el mundo se oponga nos tendremos que amar… y entonces, justo cuando Indómito miraba hacia el interior del bar, el camarero cambió el dial dando paso a una nueva canción que reconoció al instante, era Ana Belén cantando con Víctor Manuel ese conocido estribillo: contamíname, mézclate conmigo que bajo mi cama tendrás abrigo… En ese momento lo supo y una increíble fuerza creció en su corazón, inundando todo su cuerpo, llenándole de alegría, de felicidad, de Amor… un calor le recorrió al tiempo que un latigazo frío le azotaba la espalda agradablemente. Se abrazó ajustando la chaqueta del conjunto deportivo y brotaron las lágrimas, lloró de júbilo. Y la emoción le embargó…

Su familia fue su principal testigo del cambio. Con los meses le fueron acompañando y aprendiendo con él. Fueron integrándose en las meditaciones y ejercicios diarios de Indómito. Salvó a su familia de su mismo mal antes incluso de que ellos mismos fuesen conscientes de él. Empezaron a ver y fue algo contagioso. Muchos seguían sin mirar, con su propia concepción del mundo, pero hubo otros que se unieron a Indómito y descubrieron la posibilidad de ser feliz. Encontraron ese lugar mágico con el que todos sueñan día tras día, ese lugar en el que serán eternamente felices y la desdicha desaparecerá. Ciertamente lo encontraron y fueron capaces de admirar que no era un paraje lejano. Comprendieron que ese lugar no estaba sino en su interior, allí era dónde debían empezar a buscar, allí era dónde encontrarían.

A veces existen lugares mágicos allí donde menos imaginamos. Y a veces, sólo a veces, están tan cerca que podemos sentir su magia penetrante en nuestras carnes, meciendo suavemente nuestros sentidos y transportándonos de forma sutil hacia caminos insospechados.

 
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