A veces existen lugares mágicos allà donde menos imaginamos. Y a veces, sólo a veces, están tan cerca que podemos sentir su magia penetrante en nuestras carnes, meciendo suavemente nuestros sentidos y transportándonos de forma sutil hacia caminos insospechados. En el mayor número de los casos el mundo mismo que nos rodea es mágico, pero aún no sabemos apreciarlo como tal, aún no somos capaces de discernir entre sueño y realidad, entre la fantasÃa y ese mundo del que hablamos.
En la época que nos ha tocado vivir, la conocida Era de Acuario, nos encontramos con personas que aún creen que lo que ven es lo que hay y que no hay nada más allá de todo lo que nos envuelve. Viven seguros en su mundo particular, creados en función de unas reglas sociales bien medidas, acunados por el vaivén de lo que debe ser…
Indómito era una de esas personas, uno de los personajes que representan un papel en esta obra de ficción. Lo curioso es que Indómito no se sentÃa bien, no estaba cómodo y no conseguÃa discernir el motivo. HabÃa conseguido todo aquello que se supone debÃa conseguir para ser feliz, habÃa construido una gran familia y la habÃa visto crecer y, ahora, en los albores de una vejez prematura, se daba cuenta que nada de aquello que hizo llenaba apenas con unas gotas el vaso de su felicidad. No se arrepentÃa ni mucho menos de todo lo que tenÃa y adoraba a sus hijos, nietos y esposa, pero algo no funcionaba, era una sensación que llevaba martilleando su cabeza y envenenando su corazón desde hacÃa mucho tiempo. ¿Qué podÃa pasarle? Era una sensación muy frustrante, el hecho de saber que tienes todo lo que cualquiera desearÃa, lo que tú mismo siempre deseaste, lo que creÃas te iba a otorgar la llave de esa puerta dorada, tan ansiada en tus tiempos de escasez. No fue asÃ. Indómito no se sentÃa nada bien y, precisamente por eso, por tener todo aquello que poseÃa, se hundÃa más y más. Su mujer lo notó e intentó en vano acercarse a su interior para intentar paliar su angustia. Él no querÃa decirle nada, sabÃa que sus palabras serÃan cuchillas que malograrÃan toda su vida juntos y, al fin y al cabo, era él quien debÃa averiguar el motivo de su desdicha sin necesidad de implicar a nadie más que a sà mismo. Apenas le quedaban unos años para la jubilación y sentÃa como el tiempo se le escapaba presto, como atravesaba su cuerpo haciendo jirones con la tela que arropaba su alma. Un dolor punzante le atravesaba cada vez que tenÃa la sensación de ser un hombre injusta e incomprensiblemente infeliz.
TenÃa una vida cómoda, una vida de empresario adinerado, su bolsillo siempre repleto de dinero y las bocas de su familia bien alimentadas. Ahora pasaba las tardes libres a la sombra del porche de su casa en la playa, mirando al mar, atravesando más bien la imagen que se presentaba ante él y perdiendo la vista más allá, embobado y sumiso al romper de las olas contra las rocas, al paso lento del Sol que le saludaba antes de anaranjarse para desaparecer, a la triste sonrisa de la Luna que muchos dÃas le recibÃa al caer la noche con esa triste sonrisa, musa de tantos bohemios autores y soñadores entusiastas. Su infelicidad le convertÃa en un extraño melancólico que, sin saber qué, aguardaba impasible. Si preguntásemos a Indómito el tiempo que pasó sentado allà en ese porche no sabrÃa decirnos cuánto. Quizá semanas, meses, dudarÃa, fijarÃa la mirada hacia arriba como intentando mirarse la frente y en breve volverÃa a divagar en sus propios pensamientos, en sus amargas abstracciones del pasado, presente y futuro… volverÃa a sumergirse en la rueda de la vacuidad y se retorcerÃa en su inapetente desdicha. Pero él sabÃa, como aquel que sabe que un vicio te mata, te destruye y te corrompe, que aquello debÃa acabar. No podÃa seguir inmerso en aquel mundo retorcido y cruel que habÃa ido creando con etéreos miedos y volutas de una tristeza recreada. Salió de su inopia y decidió dar el primer paso hacia algún sitio que aún desconocÃa. Tomó la decisión de salir de la espiral.
Pasó el tiempo y, a escondidas de su familia, fue visitando médicos, psicólogos y especialistas de todo tipo, pero todos coincidÃan en que era un hombre sano que no tendrÃa que preocuparse por su salud en mucho tiempo. DisfrutarÃa de una jubilación muy sana… él se preguntaba ¿para qué? Pero no se sentÃa capaz de contestar a esa pregunta. Una vez que la ciencia no supo ayudarle, tuvo la corazonada de que el camino que buscaba no se encontraba en el mundo de lo cientÃfico y probó suerte con eso que llamaban “ciencias alternativas�?. Fue un proceso lento, tal y como lo serÃa para cualquier persona de un carácter tan escéptico como lo era Indómito, pero fue resultando y el camino se fue haciendo visible. A cada paso que daba, aprendiendo de auténticos maestros y estupendos terapeutas, su interés se mostraba creciente. Una luz empezó a crecer con fuerza en su interior. Comenzó a entender ese lenguaje de Dios del que tanto habÃa oÃdo hablar en uno de los libros de su nueva biblioteca. Allá donde miraba encontraba una señal para seguir adelante, para realizar cosas, para, a su avanzada edad, emprender proyectos. Justo cuando él pensaba que su vida acababa… empezaba de nuevo, con más brÃo del que nunca habrÃa soñado poseer.
En este proceso de reencuentro consigo mismo, Indómito vivió uno de los momentos más maravillosos de su vida. Quizá fue el que más significativamente le llevó a pisar sobre seguro y afianzarse a la creencia de que ese era el camino correcto. Mientras la decisión de cambio y su esfuerzo iban tomando forma, una de esas noches que volvÃa a casa con la sonrisa muestra de la satisfacción del que aprende algo y se da cuenta de cómo todo encaja al entenderlo, Indómito pidió una señal. Iba caminando, con su chándal blanco, el que siempre utilizaba para ir a la clase de yoga, y habló alegremente con Dios, le dio las gracias por haberle abierto los ojos, le agradeció también su inmensa felicidad y la capacidad de sentirse agradecido por todos aquellos dones que poseÃa y que meses antes le parecÃan una vil carga. Esto no era excepcional, cada noche, mientras volvÃa a casa, hablaba con Él, le contaba como habÃa ido el dÃa, sus avances, sus errores… Pudiera parecer un absurdo soliloquio, pues era Indómito quien se dirigÃa a Dios mentalmente, habÃa una charla interior constante llena de meditaciones diarias y objetivos realizados o por cumplir, pero él sabÃa que le sentaban bien estas conversaciones y el confiaba en que sus palabras, sus reclamos, no caerÃan en saco roto. Esa noche, a diferencia de todas las demás que le precedÃan, Dios le habló y acudió presto a mostrarle una señal. Fue una revelación, una señal tremendamente clara. Indómito querÃa saber si estaba en el camino correcto, pues a pesar de que su felicidad era creciente, aún crecÃan dudas fruto de la incomprensión o la ignorancia. Asà que pidió a Dios una respuesta a su incógnita y lo que vio le dejó atónito. Un cartel en la pared. En todo el tiempo que llevaba pasando por allà nunca lo habÃa visto, pero ahà estaba. Rezaba: “Este es el camino correcto. Siga adelante�?. Era un anuncio de la iglesia que habÃa cerca de su casa, pero estaba muy claro. Indómito no creÃa en el dogma establecido por la iglesia como construcción fÃsica del templo de Dios, pero eso era lo menos importante. La iglesia era el sÃmbolo que el hombre habÃa impuesto como referente de Dios y he ahà el mensaje, directamente para él. Aún asà y para no dejar ningún resquicio de duda, Él se volvió a manifestar y justo cuando pasaba por delante de “Don �?ngel�?, un modesto bar de la calle Asturias, sonaba una canción cuya letra venÃa a decir algo asÃ: juntos caminaremos hasta la muerte y aunque el mundo se oponga nos tendremos que amar… y entonces, justo cuando Indómito miraba hacia el interior del bar, el camarero cambió el dial dando paso a una nueva canción que reconoció al instante, era Ana Belén cantando con VÃctor Manuel ese conocido estribillo: contamÃname, mézclate conmigo que bajo mi cama tendrás abrigo… En ese momento lo supo y una increÃble fuerza creció en su corazón, inundando todo su cuerpo, llenándole de alegrÃa, de felicidad, de Amor… un calor le recorrió al tiempo que un latigazo frÃo le azotaba la espalda agradablemente. Se abrazó ajustando la chaqueta del conjunto deportivo y brotaron las lágrimas, lloró de júbilo. Y la emoción le embargó…
Su familia fue su principal testigo del cambio. Con los meses le fueron acompañando y aprendiendo con él. Fueron integrándose en las meditaciones y ejercicios diarios de Indómito. Salvó a su familia de su mismo mal antes incluso de que ellos mismos fuesen conscientes de él. Empezaron a ver y fue algo contagioso. Muchos seguÃan sin mirar, con su propia concepción del mundo, pero hubo otros que se unieron a Indómito y descubrieron la posibilidad de ser feliz. Encontraron ese lugar mágico con el que todos sueñan dÃa tras dÃa, ese lugar en el que serán eternamente felices y la desdicha desaparecerá. Ciertamente lo encontraron y fueron capaces de admirar que no era un paraje lejano. Comprendieron que ese lugar no estaba sino en su interior, allà era dónde debÃan empezar a buscar, allà era dónde encontrarÃan.
A veces existen lugares mágicos allà donde menos imaginamos. Y a veces, sólo a veces, están tan cerca que podemos sentir su magia penetrante en nuestras carnes, meciendo suavemente nuestros sentidos y transportándonos de forma sutil hacia caminos insospechados.