Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Juana Clavero Molina
Fecha de publicación: 11 Octubre, 2005

Categoría: Relatos sociales
 

Zarza (Parte 4)

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El día que nací yo
Por lo que me han contado, mis padres se sintieron un poco desilusionados, y tenían razones para ello. Durante el segundo embarazo de mi madre, se pasaron todo el tiempo pensando que tenía que ser un niño. Como en el primero se pasaron el tiempo pensando en que tenía que ser una niña y acertaron, en el segundo hicieron lo mismo; pero, nací yo. Mucho tiempo después con el tercero les pasó igual y nació mi hermana la pequeña. Ya no lo volvieron a intentar.
Cuando mi madre se ponía de parto, las abuelas, el abuelo Julian y mis titas, se iban a nuestra casa, para ayudar en ello. La abuela Vicenta y la abuela Deogracía, que tenían mucha experiencia por todas las criaturas que habían parido, cuando llegaba la comadrona, Doña Lucila, le tenían preparada la cama y en la lumbre, pucheros de agua caliente.
Por lo que mi madre contaba. Todos sus partos, fueron muy largos y dolorosos.
Cuando habíamos nacido. La abuela Deogracias, para que nuestras cabezas tuvieran una bonita forma redonda. Nos colocaba un pañuelo, que partiendo de la barbilla, acababa en la punta de la cabeza con un lazo. Todos los días lo quitaba y lo volvía a poner, hasta que la forma de la cabeza le parecía la apropiada.
Mi hermana la mayor nació, con el dedo meñique de un pie, montado sobre el otro dedo. La abuela se lo estuvo vendando durante mucho tiempo, para ver si se lo corregía, pero no le dio el resultado como con la cabeza. El dedo de mi hermana siguió montado.
Durante todo el tiempo, hasta que mi madre se recuperaba de los partos, el abuelo Julián, le hacía muchos calditos de gallina.
Como de sus tetas salía leche en abundancia, mis hermanas se criaron gorditas.
Después del segundo parto que fue el mío. Mi madre cogió un “pelo” en las tetas y durante algún tiempo no pudo darme de mamar, porque las tenía duras como una piedra y los pezones en carne viva. Tuvieron que buscarme un ama de cría, que nos dio de mamar a su hija y a mi.
Con los caldos de gallina que mi abuelo le hacía, poco a poco la fueron recuperando.
Yo nací además de delgaducha, con la piel de un tono moreno oscuro y sin un pelo en la cabeza, la debía de tener como una bombilla. A los pocos meses, tenía los ojos de color marrón y sin apenas pestañas, el pelo negro y de punta. Cuando a mi madre se le curaron las tetas y volvió a darme de mamar, me puse muy malita. Tenía mucha fiebre, todo lo que comía lo cagaba y lloraba y lloraba. El médico del pueblo estaba cada dos por tres en mi casa para verme, la practicanta también para ponerme inyecciones.
La Rufina como era curandera me curó la luna, de manera que yo de mayor pude ver como lo hacía. En su casa, se metía en el cuarto donde la curaba, con un plato con agua y otro con aceite; los colocaba sobre una mesa. Se santiguaba, ponía el dedo pulgar sobre el índice de la mano derecha y la pasaba de arriba a bajo y de izquierda a derecha lentamente sobre, un espacio vacio al lado del plato del aceite, sobre el plato del aceite y sobre el plato del agua diciendo:
Luna por aquí pasaste la salud de la Juani te llevaste.
Luna por aquí pasarás la salud de la Juani traerás.
Esto lo repetía tres veces sobre cada uno de ellos, se santiguaba, con el dedo corazón cogía una gota del plato de aceite y la dejaba caer sobre el plato del agua. La señal de que tenías la luna era, cuando la gota de aceite desaparecía en el agua. Si así era, te la volvían a curar en tres momentos diferentes. Cuando acababa el agua del plato la tiraba sobre la pared.
Mis padres y toda la familia estaban muy preocupados. Mi madre decía llorando:
Justo, la mi niña se nos muere. Cada día que pasa, pesa menos.
Mucho tiempo lleva así y no mejora, con todo lo que le están poniendo.
Cuando venga el médico le decimos que nos vamos a Cáceres.
Tienes razón, lo que no mejora empeora.
Se lo dijeron al médico y me llevaron para la capital. Al principio los médicos de allí tampoco daban con la enfermedad. A los pocos días, un doctor que era especialista de garganta y oído les dijo:
Le tengo que pinchar los oídos, a ver si con esto mejora.
Hágale usted lo que sea, pero salve a nuestra niña.
Y me salvó. Poco a poco se me fue pasando el mal que tenía y me curé. Pero mi aspecto físico no mejoró y eso que mi abuela y mi madre ponían gran empeño en ello. Para que la piel no se me pusiera más morena me resguardaban del sol, y la cabeza me la tapaban con un sombrero o una pamela, que la abuela hacía a ganchillo. Mi madre pasaba mucho tiempo haciéndome tirabuzones. Con el peine, cogía mechones de pelo, se los enroscaba en el dedo, les daba una pasta verde que le llamaban fijador o agua con azúcar y me lo sujetaba con un montón de horquillas. Pasado un ratito, me quitaba las horquillas, pero en el momento que me movía, mi pelo por efecto del fijador se ponía más de punta. Mi madre se enfadaba porque no hacía carrera. Un día tomó la decisión de llevarme a una peluquera que acababa de aprender el oficio para que me hiciera la permanente. Me la hizo, pero me quemó toda la cabeza. Mi madre estaba contenta porque, por fin, ya tenía el pelo rizado, aunque con el color de mi piel parecía una negrita.
Cuando a nuestra casa llegaban amigos o gentes que aún no nos conocían, de mi hermana decían:
¡Pero, que niña más bonita!.
La besaban y achuchaban, aunque ella no se dejaba. Y de mí decían:
¡Pero que feina es! ¿De donde la habéis sacado?
Casi siempre en estas ocasiones, yo me escondía detrás de mi padre.
Ven, que te demos un beso -también me decían-
¡Ay, no le digáis esas cosa!. Con lo linda que la mi niña se está poniendo -decía mi madre besándome-
Como siempre se repetía lo mismo, cuando crecí un poquito y aprendí a hablar, le preguntaba algunas veces a mi padre con la lengua de trapo:
¿Papá por qué soy feína?
¿Feína tú? De eso nada. Para tu madre y para mí eres la cosita más bonita del mundo.
Pero “la nena” -decía yo por mi hermana Esperanza que era como la llamaba - es muy bonita.
Sois diferentes. Mira los hijitos de la gata. ¿A qué son preciosos? Éste no es igual que éste ni que éste -decía mi padre mientras los iba señalando con el dedo-
Lo que me dijo debió de convencerme, porque cuando me preguntaban:
¿Quién es la bonita de esta casa?
La nena -contestaba yo muy contenta-
¿Y la fea?
Yo. -soy diferente pensaba -
En otra ocasión le pregunté:
¿Papá de donde me has sacado?
Un día, cuando fui al transformador, por la ventana vi entrar una cigüeña que llevaba una cesta en el pico. Con mucho cuidadito la dejó en el suelo, me acerqué para ver qué era y dentro estabas tu. Te chupabas los dedos porque tenías mucha hambre. Te llevé corriendo a casa para que mamá te diera de mamar.
Esto me hizo tanta ilusión que cada vez que pasaba o entraba con alguien al transformador decía:
Ahí me encontró mi papá,….
La emigración.
Recorridos unos cuantos kilómetros, encontramos dos letreros en la carretera, uno con una flecha señalando a la izquierda que ponía Portugal, y otro con una flecha a la derecha que ponía Ciudad Rodrigo. Mientras girábamos a la derecha, mi madre dijo:
¡Cuántas zapatillas se han roto en el camino de Portugal!
¡Cuánta gente del pueblo vive del contrabando! -dijo la Rufina-
¡La cantidad de kilos de café que salen fuera!. Y gracias a eso alguna que otra familia puede comer; que si no el pueblo se queda vacío -dijo mi padre-
Mira nosotros, y eso que Gerardo ha aguantado hasta que ha visto que no podía más. Ni los relojes, arregla ya la gente, y no te digo nada el tiempo que lleva sin hacer unos penderiques, unas gargantillas o unos simples pendientes. Últimamente hasta el trabajo que hacía para la joyería de Cáceres le estaba fallando.
Todavía me acuerdo cuando tu suegro les enseñaba a los tres hijos el trabajo de oribe, ¡qué pronto aprendieron! daba gusto verles trabajar. Los ratos que hemos pasado tan buenos en el tallercino donde trabajaban -decía mi padre-
Pues lo mismo le está pasando a los zapateros. Hace unos días le llevé unos zapatos a Juan, y me decía:
Chon, ya la gente no se arregla ni los tacones, y no te digo nada para que te encarguen hacer un par de zapatos o unas botas.
Juan, no me extraña. Cuando la gente no tiene para comer, se tiene que ir a buscar el pan nuestro de cada día donde sea. Harta de trabajar está la gente para que los ricos tengan más y más, y los que trabajan de sol a sol, pasen hambre y vivan miserablemente.
El otro día, el ollero me decía: Juan, que difícil se me está poniendo el sacar a delante a la familia. Con tanta gente que se ha ido y la situación que tienen los que se quedan. Tengo almacenado los cantaros, las tinajas y los pucheros, sin poder venderlos. La mujer me dice muy a menudo:
Que no nos llega para comer, que los hijos están creciendo y aunque tú les enseñes, aquí no van a tener trabajo. Que nosotros lo tenemos muy mal y ellos lo van a tener peor.
Mientras ellos hablaban, yo me acordaba del camino de Portugal.
El camino del contrabando
Es algo especial, frecuentado de siempre en ambas direcciones, andando, en burro, a caballo y en cualquier época del año, con más o menos gente para comprar, café, quesos, toallas, telas para sábanas y vestidos, en cantidades habituales para el uso familiar. Durante la guerra, mi madre y otra gente además, compraban azúcar, aceite y arroz para venderlo en los pueblos de alrededor. Todo el recorrido lo hacían andando. Algunas veces, cuando los meriños y carabineros les salían al paso, les quitaban la carga sabiendo que lo necesitaban para comer. Los contrabandistas profesionales, utilizaban caballerías en las que pasaban grandes cantidades de todo lo que podían. El recorrido lo hacían cada vez por un sitio diferente y sabían de cuevas donde se escondían con caballerías y todo lo que llevaban de los meriños y carabineros.
El camino, sale de Zarza la Mayor por el paraje conocido como el “reducto”. Durante la marcha, pasamos por la cruz de Salvaterra. El terreno es ondulado, con subidas y bajadas permanentes, perdiendo y divisando continuamente el horizonte. En primavera está rebosante de luz, de color, de aromas, de olores: de la escoba blanca y amarilla, de la jara, con esas flores que te miran; de las margaritas, de las amapolas, de los lirios, del tomillo, del romero. La mezcla de tantos y diferentes olores te hacen inspirar profundamente y tienes la sensación hasta de saborearlo.
Pasando al lado de la huerta de Juan Terrón, puedes contemplar las parras, que dependiendo de la época, le cuelgan racimos de uvas, con el que hace el vino de pitarra.
Cuando entramos en la dehesa, las encinas plagadas de bellotas, con su manto verde en el suelo, lleno de flores, cobijan bajo ellas, a los toros de lidia, de casta bravía. Los alcornoques, también repletos de bellotas, con los troncos despojados de sus cortezas, dejan al descubierto el color rojo tierra, de la madera fresca.
A veces ves saltar los conejos y las liebres, entre las escobas y las jaras, a las perdices en pareja andando señorialmente, o con su vuelo bajo; a las cigüeñas, esbeltas, con sus patas largas, andando por los tapaos, hincando sus picos en la tierra en busca de alimento; a las águilas reales con su vuelo majestuoso, oteando el entorno, para coger algún animal entre sus garras; a los buitres, al acecho de algún animal moribundo o muerto; a los lagartos tomando el sol.
Cuando te vas acercando, a la ribera, se ven las ruinas majestuosas del castillo de Peñafiel, construido en piedra labrada, sobre un canchal, alto al lado de la ribera. En diferentes ocasiones hace mucho tiempo, tuvo su importancia estratégica en las guerras, entre España y Portugal.
Desde él se divisa el horizonte y cuando te acercas al precipicio, al fondo, ves como se desliza con fuerza el agua. La ribera, que hace de frontera natural, es angosta y cortante. Entre los salientes y entrantes de los canchales, anidan buitres y cigüeñas negras. Dependiendo de la época y de las lluvias, puede llevar
tanta crecida y corriente que te impida pasar a la otra orilla, andando o en caballería.
Si la cantidad de agua que lleva te permite pasar por el vado, la subida a Salvaterra do Extremo es empinada, por un camino marcado en zig, zag. Como a mitad del recorrido se encuentra una fuente en la que la parada se hace obligada para beber el agua fresca que sale por sus caños y coger fuerza para seguir.
Más arriba se encuentra la caseta de los meriños. Dependiendo de quién estuviera haciendo la vigilancia, se paraban a saludarlo y sabían que a la vuelta iban a tener, la vista ciega y el oído sordo. Desde la fuente todo el camino está empedrado hasta el pueblo, que está situado en la cima de un cerro. Sus calles están bien alineadas y sus casas, las portuguesas las tienen pintadas de blanco con zócalos, ventanas y puertas en azul fuerte. El silencio que reina, siempre es interrumpido por el alboroto, las risas y la voces de las gentes que llegamos, porque siempre se va en grupo.
Las madres te dejaban ir con ellas cuando podías aguantar el camino andando. Hacían las compras en las pocas tiendas que había, las telas, toallas, café todo se lo escondían y nos lo escondían debajo de la ropa enrollándolo al cuerpo y atándolo con unas cuerdas. Así si al paso, te salían los meriños y carabineros, como nada se te veía, la carga no te la podían quitar, pero casi siempre cuando nos íbamos acercando en silencio para pasar desapercibidas por
la caseta de los meriños, a alguien se le rompía o desataba la cuerda, cayéndosele todo al suelo, esto provocaba tales carcajadas que se nos oía en cien metros a la redonda.
La buena conducta
Tan abstraída estaba en mis pensamientos que no me percaté de que la conversación estaba centrada en los motivos de nuestra marcha, ya que mi madre decía:
Muchas veces le he dicho, que nos tenemos que ir, que de esta gente no te puedes fiar, que ya sabes lo que te hicieron con lo del Papa, ¿Justo, es verdad?
Verdad es, pero cuando tienes el trabajo fijo, seguro, los jefes que solo aparecen de vez en cuando, las necesidades de la familia cubiertas no tienes motivos para salir a buscarte la vida. Pero esto, ha podido conmigo. Muy difícil fue, cuando mataron a mi padre, tener que entrar en sus casa para cobrarles y arreglarles la luz. También cuando me metieron en la cárcel, pero con el tiempo lo superas, pero esto que les han hecho a mis hijas, no he podido aguantarlo.
Con lo contentos que estábamos, que todos habíamos aprobado el examen y con el tiempo que mis hijas llevaban atendiendo el locutorio, cuando las telefonistas se iban a misa o al cine y lo que ha andado esta criatura cuando llegaba algún aviso o tenía que repartir las guías -decía mi madre-
Yo lo hubiera entendido si lo hubieran solicitado como nosotros y la telefónica les hubiera hecho el examen, aunque nuestras hijas por la relación que manteníamos con las telefonistas habían aprendido a llevarlo bien como todo el pueblo sabe, pero de la forma que lo han hecho……-decía mi padre-
¡Mira, que no querernos dar el certificado de buena conducta!. Pero si hasta los jefes de la telefónica que vinieron a hacernos el examen, no lo podían entender -decía mi madre-
El capitán de la guardia civil me decía:
Justo, no puedo hacer nada, han dicho que no sois de confianza, porque a tu padre lo mataron por rojo y la Chon tiene a su hermano exiliado en Francia por lo mismo.
Cuando las telefonistas decidieron dejar el locutorio, mis padres lo solicitaron pensando que para sus hijas era la mejor forma de trabajo que podían tener. Hicieron la solicitud correspondiente, la telefónica nos hizo el examen de matemáticas, escritura, lectura y redacción a mis padres, a mi hermana y a mí. Superado el examen, quedaba pendiente de presentar la documentación correspondiente: Certificado de buena conducta, de empadronamiento, del servicio social que mi hermana tuvo que hacer, que por la edad que tenía le exigían… etc.
Otra persona con mucho poder y sin escrúpulo, pensó que ese puesto de trabajo tenía que ser para su familia. Como no podía apoyarse en otra cosa, impidió que nos dieran el certificado de buena conducta.
El día que mis padres se enteraron, fue la primera vez que vi a mi padre llorar. Se metió en la alcoba y no salió hasta el día siguiente y eso que toda la familia estuvo en casa y se hicieron pucheros de tila para calmar los ánimos. Al día siguiente cuando mis padres se levantaron nos dijeron:
Mañana nos vamos a Irún, a buscar trabajo. Esperanza, tú te vienes con nosotros y vosotras -mi hermana concha ya había nacido- os quedáis en casa de la tita María.
Antes llamaron por teléfono para decírselo a la tita Flora, que era la mujer del tito José. Hace años se tuvieron que marchar del pueblo porque el negocio del taxis que el tito José tenía, no le daba para alimentar a la familia.
Era una familia muy grande, tuvieron cinco niñas y por fin en el ultimo embarazo les nació el niño que tanto habían ido a buscar. En Irún encontraron trabajo, pero el tito José, al poco tiempo de llegar murió de una enfermedad al corazón como la abuela Vicenta.
Quince días tardaron en volver mis padres, a buscarnos a mi hermana Concha y a mí. En poco tiempo la casa quedó vacía y las cosas más elementales que necesitábamos empaquetadas para partir.
En los días que estuvieron en casa de la tita Flora, mi madre se dedicó a buscar una vivienda, por lo que nos contó, le costó mucho encontrarla. Sólo le alquilaban una habitación pequeña con derecho a cocina, donde no cabíamos aunque nos metiéramos apretujadamente. Mucho pateó hasta que le alquilaron dos habitaciones con derecho a cocina.
Mi hermana, como era joven, enseguida encontró trabajo. A mi padre le costó un poco más por la edad que tenía, pero lo encontró en San Sebastián como instalador electricista y los fines de semana, en un cine de Irún para pasar las películas, como hacía en el pueblo.
El cine
Mi padre estudió por correspondencia, operador de cine. De más joven con sus hermanos, fueron los dueños del cine, pero el negocio no fue bien y lo tuvieron que quitar. Al poco, se abrió otro cine y él pasaba las películas, hasta que les enseñó a los hijos del amo. Durante ese tiempo teníamos asegurada la entrada gratis, en el cine de invierno y en el cine de verano.
El de invierno tenía dos plateas una a la derecha y otra a la izquierda. En la de la derecha se sentaba el dueño con su familia, los únicos que tenían brasero para combatir el frío. En medio de las dos plateas estaban las butacas de madera. El gallinero estaba arriba y ocupaba como la mitad de la sala. Tenía escalones de madera. Encima del gallinero estaba la cabina, donde mi padre se metía para pasar las películas. A veces nos llevaba con él.
Las carteleras con varías escenas de la película, las ponían colgada en la pared de la esquina de la calle donde yo vivía. Ese día nos pasábamos o quedábamos con las amigas para ir a ver la cartelera. Pasábamos mucho rato mirándola y nos imaginábamos la película, sobre todo cuando era para mayores y no nos dejaban entrar por la censura. Cuando ponían alguna película que el cura y las beatas consideraban pecaminosa, les tachaban de inmorales e indecentes a todos aquellos por iban a verla.
Casi toda la gente comía cacahuetes, chochos y pipas, haciendo mucho ruido al comer, a veces los chicos se ponían detrás para echarnos a las chicas las cáscaras. Del gallinero solían caer las cáscaras a veces acompañadas de escupitajos. Cuando la película se quemaba, o no se oía, o no gustaba, se empezaba a patear. Como el suelo era de madera, parecía que entraba el sétimo de caballería. La zorrera que se preparaba con el humo del tabaco en todo el cine era tremenda.
Detrás del cine de invierno estaba el cine de verano, que tan agradable resultaba en las noches calurosas. Tenía veladores con sillas para los que querían y podían tomar refrescos. También tenía gallinero con peldaños de cemento.
Con algunas películas pasaba tanto miedo, que no podía parar quieta sentada en la butaca. Me tapaba la cara con las manos, metía la cabeza entra las piernas, me agachaba, me daba la vuelta pero seguía teniendo miedo. Solo se me pasaba cuando me salía afuera con Atilano el portero, que sabía de mi miedo. Siempre me sonreía y decía:
Que eso no es de verdad, que es una película.
Pero yo permanecía junto a él hasta que la música cambiaba o hasta el final de la película.

La luz del día que nos había acompañado parte del camino fue paulatina y suavemente dando paso a la oscuridad y en seguida se echó la noche encima. Las luces de la furgoneta iluminaban la carretera, pero, en un momento determinado la carretera se quedó oscura a la vez que el conductor frenaba y decía:
Lo que nos faltaba nos hemos quedado sin luces
¡No me jodas, funcionan los intermitente! - decía mi padre-
Sí, ya me orillo y paro.
Seguro que se han fundido las bombillas.
Busca en la guantera la linterna.
Parada la furgoneta y linterna en mano, los dos se pusieron a investigar donde podía estar la avería. En efecto, estaban las bombillas fundidas y el conductor decía:
Esto sí que es raro, que las dos se hayan fundido.
Pues no nos queda ninguna de repuesto -decía mi padre-
Esperemos que no se fundan otra vez, y podamos llegar al surtidor más próxima a ver si tienen alguna y de paso lleno el depósito de combustible.
Pocos kilómetros nos quedan para llegar a la entrada Burgos que tenemos uno.
Cuando llegamos el conductor se bajó y le dijo al mozo del surtidor:
Lléname el deposito y dame un recambio de bombillas, que las dos se me han fundido.
El combustible te puedo dar, pero las bombillas, tienes que esperar a que venga el amo, porque está de boda, se le ha casado la hija y yo no sé dónde las tiene.
¿Y va a tardar mucho?
No, ha quedado que pasaría dentro de un rato.
¿Y no podemos buscarlas nosotros?
Mejor esperamos y si tarda las buscamos.
Esta conversación me trajo a la mente la boda de mi prima Chari, hija de mi tita Vitoriana y tito Gregorio.
La boda
Todas no son iguales. En función de las posibilidades económicas de la familia las bodas son más o menos pomposas.
Toda la familia y allegados colaboramos en los preparativos que duraron varios días.
Días antes de la boda con su hermana, sus amigas y otras primas, ayudamos a la novia a exponer el ajuar que su madre le había preparado. En su casa, en una sala grande, colocamos, sobre varias mesas, las sábanas, las mantas, las colchas, las toallas, los camisones, la ropa interior y la vajilla bien colocada en el aparador, con los manteles en los cajones abiertos y los mas bonitos sobre las mesas. Cuando todo estuvo preparado, invitaron a la gente para que pasase a ver el ajuar que permaneció expuesto hasta las vísperas de la boda que preparamos la cama, con su colchón de lana, sus mejores sábanas bordadas, sus mantas y su bonita colcha. Encima pusimos el camisón de la noche de bodas. En el suelo y a cada lado, las alfombras, sobre una de ellas y al lado del camisón, las zapatillas de la novia. Al lado de la cama pusimos la mesilla con su lámpara. En un rincón el lavabo de madera, con la palancana, el jarrón, el cubo, la jabonera y las toallas bordadas. Enfrente de la cama, la cómoda con sus cajones entreabiertos en los que se colocaron ordenadamente el resto de la ropa y la más bonita colgando de ellos. En un lateral el armario con los vestidos, las mantas etc.. y la gente volvió a pasar para verlo.
Las avisadoras,fueron mi prima Tere, hermana de la novia, con otra hermana del novio. Se vistieron de negro, con teja y mantilla, se cogieron del dedo meñique y pasaron por las casas que llevaban anotadas en un papel, haciendo la invitación formal a la boda. La invitación informal a la familia, la hizo la tita Vitoriana y el tito Gregorio cuando decidieron la fecha de la boda.
Unos días antes de la boda, se empezaron los preparativos para el banquete.
La familia y allegados, en la medida de sus posibilidades, le llevaba arroz, azúcar, huevos, harina, aceite, etc…como regalo para el banquete.
La tita Vitoriana, por buena dulcera y cocinera, fue la encargada de hacer todo. Las demás le ayudamos en ello. Las vísperas, nos pusimos mandiles blancos y se comenzaron a hacer los dulces, perrunillas, bolluelas, madalenas, tencas, cazuelas, buñuelos, floretas, pestiños y el pan. Fuimos colocando en las latas de los dulces, y por tandas las fuimos llevando al horno de leña para cocer. Cuando salieron se dejaron enfriar y se fueron colocando en barreños de alvedrío.
El día que se coció el pan se celebró la masería. Los músicos con el acordeón, la trompeta y la batería estuvieron tocando, pasodobles, vals corrido, tangos y jotas, hasta la madrugada. Mi padre a ratos, a mi hermana la pequeña le enseñaba a bailar, como hizo con mi otra hermana y conmigo. Nos cogía de las manos, nuestros pies los colocábamos sobre los de él y al son de la música marcábamos el ritmo deslizándonos por toda la sala de baile, ¡qué divertido era! y que bien aprendimos a bailar.
La tarde anterior a la boda, como la tita no tenía suficientes mesas, sillas, vajilla, manteles y servilletas, los familiares y vecinas le dejaron lo que necesitaba y le ayudamos a colocar todo para el banquete.

 
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