Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Jon Echanove
Fecha de publicación: 26 Noviembre, 2007

Categoría: Relatos sociales
 

¿Bajas?

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Dos gotas bajan por el cristal de la ventana desmenuzándose en pequeños puntos de agua hasta que su recorrido se agota. Luisito clava las manos en el cristal crispadas de tensión y lo araña lleno de rabia. Hoy no puede llover. No debe. Mira al cielo plomizo desafiándolo y rogándole al mismo tiempo. No hoy. Hoy no puede llover.
Levanta por completo el visillo para poder ver toda la extensión de la calle. Fija la mirada en la esquina con tanta intensidad que pierde la perspectiva de la casa y sólo puede ver una línea de ladrillo rojiza que contrasta con el gris de la acera y del asfalto. Detrás de allí, por la cuesta, vendrán sus amigos y les verá aparecer de golpe llenándole del gozo de la maravilla anhelada. Entonces bajará corriendo para que no llamen al telefonillo. Para que mamá no se moleste con el ruido y enferme. Pero todo esto no pasará si llueve.
Ayer no vinieron. Esperó hasta bien entrada la noche. Hasta un momento en que la casa de ladrillo rojo y el adoquinado de la calle fueron ya parte de la misma oscuridad indescifrable. Sólo entonces había vuelto a la mesa pero no había accedido a comer.
Seguro que mamá estaría sonriendo por dentro, contenta. Ella no quiere a sus amigos. Los puercos, como ella los llama. No los quiere porque ella es mayor y necesita de Luisito. Ojalá no le hicieran tanto mal. Pero eso no está en manos de él. Muchas veces, durante muchos años, ha rezado y ha pedido para que sanara el mal de mamá.
Cada vez que suena el telefonillo, ella, atacada de la cólera irracional que él tanto teme, se derrumba, gime y suda febril, aterrada de que los puercos se lo lleven a él, a su hijo, al suyo… Que baje y no vuelva, y desaparezca en la vida fuera de la casa.
Ay! Cuánto sufre mamá! Ay, Luisito mi hijo, que me matas!
No, mamá. Yo no quiero que te mueras.
Y casi nunca baja. Sólo a veces, muy de cuando en cuando, si mamá no está, sale corriendo en cuanto escucha el sonido del telefonillo y aterido del terror de encontrarse con ella en el rellano de las escaleras, o torciendo la esquina cargada de bolsas de la compra, espolea a sus amigos para que aceleren el paso.
Pero eso casi nunca ocurre. Ni se acuerda de la última vez. No sabe ya si alguna vez sucedió o es sólo un truco burlón de su mente. Ayer y hoy no se ha separado de la ventana. Saboreando con deleite la certeza de que si vienen bajará con ellos, con los puercos.
Le suenan las tripas. Ayer no comió. Ni hoy.
Cuando mamá enferma Luisito la abraza para que deje de tiritar, de sollozar y gritar. La besa en la frente y en las mejillas y en los ojos para que se le vaya el miedo, para que el inevitable oscuro anhelo que nace tan dentro de él no la mate. Y le asegura que no es culpa suya. Y le jura que la quiere. Que es verdad que la quiere con el más puro amor que un hijo puede tener por una madre. Ahhh, pero no. Ella sabe que no. Y lo dice con voz trémula, susurrante que nace de las sombras de la conciencia. Tú los quieres a ellos, a los puercos. Tú los deseas. Te veo en la ventana como les esperas. Tú quieres mi muerte. Yo lo sé.
Y Luisito la abraza más fuerte y grita no, NO, NOOOOO. Inunda de negación todo el espacio para no oírla y luego, exhausto de culpa, se derrumba.
Entonces mamá se calla. Acompaña a Luisito a la cama, le arropa y le llama mi amor. Luisito se duerme mientras mamá ruega de rodillas apoyando los codos sobre las sábanas. Y si él ha rezado tanto para que ella sane, ella reza aún más para que sane él.
Llega la noche cuando Luisito se despierta y mamá le acaricia la frente y él sonríe.
Te he preparado tu plato favorito, mi amor.
Recuerda su sabor y se gira para ver la mesa. Los platos siguen allí. Intactos. En una mesa perfectamente preparada. Como siempre. Ahora llena de la comida fría después de dos días de espera. Luisito suspira con dolor mirando el color rojizo de la salsa. ¡Que deleite la comida de mamá! Ella sonriente a su lado. Llenado una y otra vez el plato de ese manjar elaborado con tanto amor. Hecho para él. Premio por vencer su deseo perverso.
Por eso ayer no ha comido. Y hoy tampoco. No merece el premio. Luisito quiere bajar. Espera la llegada de los puercos para irse con ellos. Eso le explicó a mamá una y otra vez en medio de un escándalo de gritos y llantos. Pero como Luisito insistía ella se revolvió, renació de su desvanecimiento al no sentir el abrazo y los besos de su hijo y le golpeó. Le azotó con la palma de las manos, con los pies, persiguiéndole por la casa hasta que él se encerró en su cuarto.
El se metió en la cama. Pidió al Señor morir. Y se arrepintió. ¡Qué vergüenza la tuya Luisito! Tratar de eliminar una culpa con un pecado aún mayor. Lleno de desazón escuchó a mamá llamar a la puerta.
No estés triste mi amor. Yo ya he olvidado ese capricho tuyo. Yo sé que no me quieres hacer mal. Ven a comer. Te he preparado tu plato favorito.
Y él salió.
Ahora mira la mesa con pena. Sigue estando tal y como la había preparado mamá. Se sienta frente a su plato harto de comida hasta los mismos bordes. Inmerecida recompensa. Mira fijamente los vasos, los platos, los cubiertos, y siente con una enorme angustia que casi le hace perder el aliento que la mesa está incompleta. Que falta algo. No lo ve. Pero el desabrimiento incontrolado es tan brutal que se le emborrona la vista. Quiere creer que es por el hambre. Pero ese desasosiego desgarrador no nace en el estómago sino en el pecho, y en las manos. Abre los ojos exageradamente buscando dónde está el desorden. Mira fijamente, absorto, y grita y se agarra el pecho desbocado del susto cuando oye el sonido del telefonillo.
Han venido. Los puercos por fin han llegado.
Avanza corriendo hasta la pared pero cuando llega vacila y no responde. Espera agarrando el aparato desconcertado. Vuelve a sonar. Lo descuelga sin pensar.
¿Sí…?
¿Bajas?
No puedo. Mamá esta enferma.
Cuelga sin esperar ninguna respuesta. Suspira muy hondo y va hasta la cocina conteniendo las lágrimas mientras piensa que será la próxima vez. Tal vez mañana pueda bajar. Entra en la cocina. Mamá está en el suelo con los ojos abiertos llenos de sorpresa y muerte. Sus manos rígidas todavía parecen querer sacar el cuchillo que le atraviesa el pecho. Luisito se agacha. La abraza muy fuerte y besa la piel fría y grasa de su frente y de sus mejillas. Y besa sus ojos vitrificados.
Ya pasó. Ya pasó. Le dice meciendo el cuerpo inerte.
Luisito se levanta al cabo del rato y vuelve a la mesa. Se sienta. Sonríe mientras saca brillo a la cuchara. Prueba la salsa y se deleita. Y mientras, obnubilado por el placer, mira el cubierto de mamá y ve que falta un cuchillo. Y le sorprende. Porque mamá nunca se olvida de esas cosas.

 
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