- ¡Corre, corre, corre…! – Pedro gritaba sin mirar atrás, suponÃa que Nando iba pegado a sus talones, podÃa oÃr sus jadeos.
No hubo más palabras durante la carrera, solo susurros, sonidos de chinarro estrellándose contra las paredes húmedas y mohosas de las calles de aquella zona. Era una zona de esas que llaman chungas, pero ellos ya eran chungos asà que les daba igual. Se movÃan a sus anchas. Todo el mundo les respetaba, movÃan mucha mercancÃa por allÃ. Las luces dejaron de ser un reflejo, la noche se las comió. Pedro y Nando pararon entonces y se apoyaron en las rodillas intentando recuperar el aliento, con las gotas de sudor arrastrándose por su frente y golpeando el suelo.
- Ha estado cerca, ¿eh? – dijo Pedro esbozando una sonrisa mientras recuperaba el aire a bocanadas. - ¡Ja! ¡Esos cabrones casi nos trincan! – Entonces Nando se acercó y golpeó triunfante la mano de Pedro, un saludo…
Esta noche tendrÃan cosas que contar en el club. ContarÃan como se habÃan escapado de la pasma sin mucha complicación, a pesar de que Nando iba con la lengua fuera tras de él. Pedro no hubiese dudado en dejar atrás a esa bola de sebo antes que dejarse agarrar, pero ese fue un dato que omitió. Pero Nando sabÃa que era asÃ, era parte del código. Cuando ambos llegaron a este paÃs, pensaron que era una odisea, un paraÃso plagado de placeres. Al principio llegó la desilusión, o mal trabajaban en el campo y en puestos de trabajo que nadie querÃa o se morÃan de hambre, ser sudamericano no les abrÃa puertas. Pero siempre habÃa gente que salÃa adelante, a pesar de todo. Ellos decidieron que no querÃan trabajar doce horas diarias por cuatro monedas de mierda, ellos decidieron que el camino fácil era el mejor, el más rápido y efectivo. Menos trabajo y más dinero. Nando sabÃa que aquello no estaba bien, pero era más fuerte el sentimiento de poder que dÃa tras dÃa le llenaba y le hacÃa sentirse importante. Ya no habÃa burlas por su sobrepeso, ni golpes por su aspecto indefenso, ni era el foco de atención de la brutalidad de su padre. Cuando llegaron a Europa, tanto Nando como Pedro sabÃan que no iban a ser como sus compatriotas, esos trabajos campesinos mal pagados no estaban hechos para ellos. EmpezarÃan tal y como dejaron su paÃs, a lo grande.
Nando no tuvo una vida fácil en Perú. Con un padre alcohólico que desahogaba su mala fortuna pegando a sus hijos y esposa, cualquier calamidad que Nando vivÃa no era más que una nimiedad. Recordaba como tuvo que dejar el colegio a los 9 años para traer a casa el dinero que su padre se bebÃa sin remordimiento. Al principio recogiendo botellas vacÃas, luego vendiendo periódicos… hizo muchas cosas, tenÃa poco tiempo, poco dinero y mucha hambre. E incluso trabajando dÃa y noche, pasando meses enteros fuera de casa como jornalero en cualquier empresa, lo preferÃa a dormir bajo el mismo techo que su padre, porque sabÃa que cuando él estaba borracho, que era siempre, no le hacÃan falta motivos para levantarle la mano a su hijo. Por otra parte a Nando le abrumaba la idea de su madre siendo golpeada por este demente y muchas veces sólo volvÃa a casa para recibir los golpes en lugar de su madre. Esta vida hizo que Nando se convirtiera en un hombre duro, frÃo y agresivo. A veces él mismo se horrorizaba al verse en el espejo y notar que aquello en lo que se habÃa convertido era el vivo reflejo de su padre muerto. Asà es, muerto. Su padre falleció cuando él contaba con 21 años, aunque cuatro años antes Nando ya no vivÃa bajo el mismo techo y habÃa dejado de sufrir sus amenazas y golpes. Ahora, su madre viuda y sus dos hermanos casi púberes necesitaban más que nunca de su ayuda y él no lo dudó. Estuvo ayudando a su madre mientras sus hermanos crecÃan y encontraban un empleo. Pasaron un par de años antes que Nando tomara la decisión de salir fuera del paÃs. Le habÃan hablado maravillas de Europa y allà querÃa ir. El juró a su madre que volverÃa con los bolsillos llenos, que la harÃa vivir como una reina. Pero al llegar a Europa, todo era diferente. Se fue con un amigo de la infancia, Pedro. Ambos habÃan sido uña y carne, inseparables. Fue al conocer a Pedro cuando Nando empezó a flirtear con la delincuencia, con el hurto y la agresión. Como decÃa, con nueve años empezó a trabajar cogiendo botellas de cristal, pero el dinero que obtenÃa con ello era escaso y tenÃa que entregarlo por completo a su padre, él administraba su salario que la persona para la que su hijo trabajaba le entregaba directamente. Asà que Nando tuvo que recurrir a otros ardides para conseguir algo de dinero y poder comer tanto él como su familia. Entonces fue cuando conoció a Pedro. Estaba recogiendo las botellas de un restaurante de la esquina Salomón y Pedro se acercó a él en su destartalada bicicleta. Le miró fijamente con desdén, Nando ya estaba gordito por aquella época y era algo alto para su edad. Pedro miró hacia abajo como indicándole a Nando que mirara su bicicleta.
- ¿Qué, te gusta?¿Te gustarÃa tener una? – Fue la primera vez que Nando vio esa sonrisa dibujada en la cara de Pedro, tan diabólica y maquiavélica…
- SÃ, claro… pero no puedo… – Siguió recogiendo las botellas tÃmidamente, mientras Pedro seguÃa allà sin inmutarse, lo que hacÃa que Nando se pusiese cada vez más nervioso.
- No tengas miedo tÃo, sólo quiero que seamos amigos… – parecÃa sincero – estoy formando una banda y seguro que ganas más dinero que con esas botellas de mierda… – Ahora Nando ya no recogÃa botellas, le miraba indirectamente, escuchando lo que aquel muchacho tenÃa que ofrecerle. – Tu eres un tÃo grande, te vienes conmigo, me ayudas y nos repartimos la mercancÃa… ¿qué te parece? – Nando lo meditó rápidamente antes de contestar. Aquella respuesta cambió la vida del pequeño Nando para siempre y, sin saberlo, no serÃa la última vez que ésta diera un giro radical para él.
- Está bien… – sonrió amargamente, no tenÃa amigos y, aquel muchacho, podÃa ser lo más parecido que tendrÃa nunca. Nando apuntó – pero tendré que seguir con las botellas o mi padre me mata.
- Bien, bien… no hay problema tÃo, tu sigue con tus botellas, hay tiempo para todo… – Pedro se despidió con la mano alzada sin mirar atrás, pedaleando enérgicamente calle arriba. Nando quedó allÃ, con una botella de cristal verde en la mano, mirando como se alejaba.
Desde entonces no hubo dÃa que no estuviesen juntos. Nando estaba feliz, se sentÃa parte de algo grande, pero su familia no tardó en descubrir el secreto y recriminarle por aquel camino que habÃa tomado. Aunque su madre quedó muy dolida al enterarse de los escarceos que su hijo hacÃa con la delincuencia, fue su padre el que le transmitió su pesar con fuerza y dolor. Quizá fuese a partir de ahà cuando su padre tuvo excusa para partirle el labio, romperle un brazo o llenarle el cuerpo de cardenales. Quizá fuese aquel momento el que marcó definitivamente el carácter de Nando a base de golpes. Nando seguÃa trabajando en lo que surgÃa y ayudando a Pedro en sus negocios sucios siempre que podÃa, él se sacaba un buen dinero y su padre quedaba contento con su dosis de alcohol diaria. Pero la situación era más bien poco sostenible, tarde o temprano tendrÃa que tomar una decisión, no podÃa seguir jugando en ambos bandos. O buscaba un trabajo serio o delinquÃa a gran escala. Pedro le ayudó a escoger y fue a los 17 años que abandonó el lecho materno y decidió introducirse de lleno en el crimen organizado. Robos a bancos, tráfico de drogas y armas, servicios de proxeneta, establecimiento de ciertos impuestos tributarios… fue una época de desfase, de locura… él se encontraba borracho de poder. Noches de desenfreno, mujeres, drogas, alcohol, muerte… su vida se perdÃa entre las luces de neón de la noche y el perfume barato de las chicas de alterne. Nadie hacÃa nada, les respetaban, les temÃan… Pedro y él eran los reyes, eran más en la banda, pero eran ellos dos quienes manejaban todo el cotarro. Pero aquello no podÃa durar mucho, en un paÃs pobre sólo hay sitio para la pobreza y Pedro era ambicioso, tanto o más que Nando. Asà que decidieron abrir mercado en Europa. Cuando tomaron esta decisión, ambos contaban con casi 30 años. TenÃan mucho dinero para invertir y aún eran jóvenes. La despedida de Nando rompió el corazón de su familia, tanto que su madre juró que si se iba y seguÃa con todo aquello habrÃa muerto para ella. Discutieron, su madre lloró y él, rabioso, se marchó dando un portazo con paso firme hacia el coche en el cual le esperaba Pedro. Y se fueron a Europa. Se fueron y no volvieron jamás. Sus familias pasaron a ser poco más que vagos recuerdos que se iban disolviendo como sal en agua, dejando un horrible sabor en el fondo. Nando lloró en silencio cuando supo que su madre habÃa muerto poco después de marcharse él. La culpa le oprimió el pecho durante mucho tiempo y, cuando dejó de hacerlo, le atormentaba noche tras noche en forma de horribles pesadillas.
La cosa no fue tal como habÃan planeado y pronto se les fue acabando el dinero. Ni uno ni otro iban a magullarse las manos cortando raÃces. Asà que dejaron a un lado el delicado trabajo de la prostitución y el tráfico de armas y drogas y fueron directamente al principio, a lo que siempre les habÃa dado buenos resultados y dinero sin esfuerzo y rápido, al atraco a mano armada, a la violencia y al robo sin medida y sin miramientos. En pocos meses hicieron un gueto de la zona en la que vivÃan, ayudaban a instalarse a compatriotas suyos, extorsionaban a los vecinos para abandonar sus casas y ya empezaban a cobrar a los establecimientos de la zona para asegurarles protección. Todo iba mejorando y ya se iba pareciendo al imperio que habÃan dejado atrás en su ciudad natal. Ahora empezarÃan de nuevo con aquello que de verdad les dejaba dinero, las drogas y las mujeres. Traficar era un trabajo limpio la mayorÃa de las veces, no se mojaban demasiado el culo, tenÃan camellos repartidos por toda la ciudad y en cuestión de meses ya habÃan montado 8 clubes de alterne en los alrededores. Todo iba viento en popa. Nando y Pedro habÃan sido los reyes en su tierra y ahora lo eran en esta, se sentÃan conquistadores. Devolviendo la moneda al paÃs que les oprimió siglos atrás.
Todo iba a dar un giro inesperado. Cuando se marcharon de Perú, dejaron gente allà a cargo de su negocio, los cuales le pasaban una prima vÃa Western Union una vez al mes. Con ese dinero iban comprando armas, droga y subsistiendo en el paÃs. Un dÃa hubo un retraso en el pago. No recibieron el dinero tal y como hacÃan siempre el primer lunes de cada mes. Tampoco lo recibieron el martes, ni el segundo lunes de ese mes. DÃas más tarde descubrieron que les habÃan trincado, la mitad habÃan muerto en una redada que acabó en tiroteo. Algunos se resistieron, pero quienes no estaban muertos o escondidos, estaban en la cárcel. Nando y Pedro descubrieron que no tardarÃan en relacionarles con el negocio. Sólo bastaba que empezasen a tirar del hilo para descubrir que tenÃan un negocio paralelo en Europa, entonces estarÃan bien jodidos. Fue época de replegar las alas y esconderse. Se paralizó el tráfico de drogas y fueron precavidos con sus clubes. No tardarÃa en pasar el temporal, entonces seguirÃan con sus asuntos.
En ese tiempo, que duró casi cuatro años, Nando conoció a una chica, se enamoraron profundamente y se casaron. Tuvieron un hijo que ahora tenÃa año y medio. Esa era la situación cuando Pedro se sentó a la mesa con Nando para volver a hablar de negocios en la cocina de su casa. Laura llevó al niño a su habitación y dejó a éstos hablando. Ella sabÃa de que iba el tema, lo habÃa escuchado cientos de veces, lo habÃa hablado con Nando hasta el cansancio, sabÃa lo que venÃa ahora. La policÃa les habÃa perdido la pista, ya habÃa pasado todo el tema de Perú y ahora podrÃan volver con sus asuntos sucios. Ella deseaba firmemente que nunca llegara ese dÃa, habÃa perdonado a Nando todo el mal que habÃa ocasionado a su alrededor, incluyendo el disgusto a su madre y hermanos, pero no querÃa que volviese a ser el que era y menos aún con un hijo a su cargo y una familia que mantener. Laura le querÃa mucho y no era capaz de imaginar una vida sin él, ni a su hijo creciendo sin un padre. Ella no se querÃa meter, Nando sabrÃa lo que hacer.
Pero no lo supo. Nando revivió la escena de su madre con su esposa. Los gritos, las recriminaciones, las reprimendas, los insultos… Ella le decÃa que no lo hiciera, que estaba echando a perder todo lo que habÃa construido junto a ella. Le señalaba a su hijo y le decÃa que si no lo hacÃa por ella que lo hiciera por él, pero que no volviera a esa vida, que no volviera a ser el que era. Nando iba puesto, habÃa estado probando la nueva mercancÃa. Eso empeoraba las cosas. La rabia y el dolor hacÃan que Nando apretase sus doloridos dientes en un acto de violencia y agresión que le recordó a su propio padre. Se sintió poseÃdo por él cuando su mano descendió a gran velocidad desde lo alto, aterrizando sobre la mejilla derecha de su esposa. Tras esto se miró la mano temblorosa, aún tenÃa los dientes apretados rechinando y la cara roja. Se volvió invadido por la culpa y la vergüenza y la dejó allà postrada en el suelo, arrodillada y con las manos enjugando sus lágrimas. Él también lloró, pero sólo él lo supo. Una lágrima le mojó el labio mientras salÃa por la puerta. Mientras bajaba las escaleras oÃa los sollozos de Laura filtrándose por cada uno de los tabiques del edificio. Era doloroso todo aquello. Recordó su infancia, su padre, su madre… necesitaba un trago, una raya, un poco de diversión. Volvió a casa casi con el Sol, borracho y descamisado, apenas se tenÃa en pie. Ella le habÃa estado esperando toda la noche. Asomándose a la ventana a cada coche que oÃa pasar cerca del edificio. La última vez que se asomó lo vio, era el coche de Pedro. Vio como abandonaba el lugar del conductor para ayudar a salir a Nando del coche, lo dejó en el portal y cuando se aseguró que podÃa seguir él solo, subió a su coche y se marchó. Cuando Nando estaba intentando meter la llave en la cerradura, Laura abrió la puerta, sorprendió a su marido en tal estado que no pudo más que sentir pena por él. Guardó las palabras que tenÃa preparadas para un momento en el cual él pudiera escucharlas, entenderlas, pensarlas y, como mÃnimo, recordarlas. Le ayudó a desvestirse, dejó que le hiciera el amor y, mientras ella miraba al techo con tristeza, dejó que el sueño se lo llevase.
Un nuevo dÃa llegó, Laura deseaba que lo sucedido la noche anterior únicamente fuera un hecho aislado, que todo pasara de largo y pudieran seguir con sus vidas como hasta ahora. Apenas conocÃa a Nando 4 años, tiempo suficiente para saber cuánto lo querÃa. Ella no lo abandonarÃa, pero no podÃa permitir que su hijo creciera rodeado de un mundo de violencia, vicio y perversión. Luis apenas tenÃa dos años, balbuceaba, aún no sabÃa hablar. Era un niño muy avispado, pero aún estaban a tiempo para que los daños colaterales de la vida que Nando estaba a punto de reemprender no hicieran mella en la memoria del niño. Laura no podÃa permitir un foco de tal brutalidad en el centro mismo de su familia, Nando tenÃa que saber eso. Si Nando no atendÃa a razones Laura deberÃa elegir entre él y el niño. La elección era clara, tendrÃa que coger a Luis y marcharse a casa de su madre o su hermana. Pero no permitirÃa que Luis mamara algo más que leche materna, no dejarÃa que su pequeño mojara sus labios con la sangre de otros y, si se quedaban, eso es lo que harÃa al fin y al cabo, pues cada euro que entraba en casa provenÃa de la extorsión de algún comercio cercano o de algún tipo de tráfico ilegal, por no hablar de la sangre derramada en pos de un negocio sin obstáculos ni complicaciones. Nando tenÃa las manos tan manchadas de sangre como Pedro, como cualquiera de sus colegas de la banda. No necesitaban más dinero del que tenÃan. PodÃan incluso plantearse la opción de crear un negocio propio ajeno al mundo de las drogas y la prostitución. Algo sencillo, sin complicaciones. TenÃan el dinero y, si lo invertÃan bien, podrÃa salir redondo. Un negocio honrado y, sobre todo, legal. Sin muerte, sin violencia…
Laura vivÃa en su quimera particular. Cada dÃa deseaba y deseaba que Nando se alejara de aquel mundo, pero su deseo era proporcional a las borracheras que su marido se agarraba. Todos los dÃas amanecÃa con resaca del dÃa anterior, apenas comÃa algo y se marchaba de nuevo, cada noche la misma historia. Siempre quedaban en uno de sus clubes, su favorito, el “Pantera‿ y allà se emborrachaban mientras veÃan a sus chicas bailar y contonearse, trabajándose a los clientes. Disfrutaban del espectáculo, de vez en cuando pasaba alguna chica por delante y Nando alargaba la mano y palmeaba con un golpe seco su trasero. Se sentÃa el rey, junto con Pedro. HabÃan vuelto a conseguirlo, eran los amos. Pasaron muchos dÃas, semanas, meses… y todo iba a peor. Era una rutina, Nando se iba resacoso y venÃa caliente y borracho. Ella se quedaba en casa, ocupándose de Luis, limpiando, cocinando y preocupada. A veces, cuando su ejercicio diario establecido mecánicamente se detenÃa, pensaba y eso no era bueno. Normalmente lo hacÃa en el baño mientras orinaba, lejos de la mirada de su hijo. Lloraba silenciosamente, escondida en su pequeño espacio privado. Su pequeña cueva de azulejo, sin Nando y sin Luis, sin toda la mierda que rodeaba su mundo ahora. Allà se sentÃa segura, unos minutos dentro del cuarto de baño y salÃa reconfortada, dispuesta a seguir luchando hasta que la dejaran KO. Pero tendrÃan que golpear duro, no permitirÃa que la situación le ganara, no lo permitirÃa. No dejarÃa que su hijo saliera perjudicado de todo esto. Y lo más importante, no podÃa abandonar a Nando, tenÃa que ayudarle. Asà que empezarÃa por lo básico. SerÃa difÃcil hablar con él. El trato con su marido era pésimo cuando se levantaba con la resaca dándole martillazos en la cabeza y peor aún cuando volvÃa a casa borracho. Sólo habÃa un dÃa en toda la semana en la que podrÃa encontrarlo al menos unas horas despejado. Los domingos solÃan ir a misa, Nando era muy devoto y, paradójicamente, Dios estaba por encima de todo y de todos. Nando no se arrodillaba ante nadie excepto su buen señor. Llevaba una cruz de oro de 18 quilates colgando del cuello, la mostraba sin pudor con el pecho descubierto. Él era católico y, ante todo, un buen cristiano. Asà se calificaba asà mismo. Un buen cristiano hijo del buen señor. Laura sabÃa que Dios nunca les habÃa fallado y no lo harÃa esta vez. Él les ayudarÃa a superar esta mala racha. Asà que se puso manos a la obra y oró, oró dÃa y noche esperando que sus súplicas fuesen escuchadas. PedÃa a Dios que alejara a Nando de aquel mundo y que no permitiera que la familia que habÃan creado cayese en desgracia por aquello. PedÃa a Dios que Nando bebiera menos aquella noche, que no volviera borracho a casa, que no le pegara, que no le gritara, que no le arrancara las bragas con violencia para luego violarla brutalmente. Ella pedÃa y, algunas noches, Dios la complacÃa y Nando sólo era capaz de tirarse sobre la cama y dormir a pierna suelta. El alcohol no habÃa ayudado a la salud de Nando y su obesidad era mórbida, cada vez se movÃa con mayor dificultad y le costaba horrores respirar, quizá 30 cigarrillos al dÃa tuvieran algo que ver. No pasó mucho tiempo hasta que Nando tuvo su primer aviso, una señal. Antes de salir de casa, una noche de Abril de esas que te azotan la cara con la brisa fresca de primavera, Nando cayó de rodillas al suelo agarrándose con fuerza el vientre y aullando de dolor, pero el dolor era algo difuso, también provenÃa de atrás, los riñones. El médico le dijo que no podÃa tener trabajando sus riñones a destajo, necesitaban un descanso o la próxima vez serÃa aún peor. Nando bajó el ritmo durante las primeras semanas, incluso habÃa dÃas en los cuales no bebÃa, pero no tardó en volver a las andadas, otra vez la misma historia de todos los dÃas. Aunque ahora ya apenas hacÃa el amor con ella debido a sus problemas de espalda, seguÃa dándole alguna que otra paliza sin motivo entre gritos e insultos. Pero la frecuencia habÃa disminuido. Laura daba gracias a Dios por ello, y por haber impedido que Nando llegara a tocar a su hijo Luis. ParecÃa que no estaba tan mal, aún podÃa tener remedio. Ella nunca perdió la esperanza, siempre tuvo fe en que saldrÃan de aquella. El momento que ella consideró oportuno para despertar definitivamente a su marido de aquel ensueño etÃlico fue la noticia de un bebé en camino, estaba embarazada. Hubiera querido decir que aquello era fruto del amor que se profesaban, pero más bien fue el producto de una de sus violentas embestidas sexuales. Estaba de mes y medio. Cuando Laura le dio la noticia a Nando, éste doblo la boca en una mueca de amargura e intentó sonreÃr, pero no pudo. No dijo nada, agarró su abrigo y se marchó. A la mañana siguiente no apareció por casa. No fue hasta bien avanzada la tarde cuando Pedro apareció por casa arrastrando a Nando. Aquella fue la cogorza más grande que Laura jamás habÃa visto se pillase su marido. Pedro iba sobrio o quizá lo parecÃa en comparación con el otro. Entre los dos lo echaron sobre la cama, le dejaron dormir. Entonces Pedro se sentó en la mesita de la cocina, lejos del niño y lejos de su amigo. Invitó a Laura a sentarse a su lado y hablaron.
Laura hubiera esperado que Pedro le hablara con dulzura y comprensión, era amigo de Nando y sabÃa por lo que estaba pasando su familia. Para su sorpresa, no fue asÃ. Lo único que recibió de Pedro fueron unas duras amenazas que hicieron que Laura se echara a llorar acorralada en su espacio de la cocina.
- Vamos a ver mujercita – habÃa dicho – si no dejas en paz a Nando con esa mierda de una familia unida y demás, Nando no se tendrá que preocupar porque ya no habrá familia, ¿entiendes guapita?
- Pero que… – asustada se echaba hacÃa atrás, apenas habÃa tratado con Pedro, pero sabÃa que era un hombre mucho más frÃo que Nando. No se andaba con tonterÃas.
- No quiero oÃrte abrir la boquita esa que tienes – Pedro acercó su mano a la cara de Laura y con tres dedos apretó sus labios con firmeza – si vuelvo a ver a Nando con alguna movida de estas… estás muerta, ¿entiendes? Esto no es bueno para el negocio y, si no es bueno para el negocio, no es bueno para mi. Mueve la cabecita si me has entendido puta. – Y Laura asintió entre sollozos y lágrimas, asustada y con la congoja agarrándose a su garganta. Entonces Pedro se levantó, acercó su cara a la de Laura y antes de separar su mano le pasó la lengua por la mejilla. – Sabes a putita, no me obligues a comprobar como te sabe el resto. De esto ni una palabra a Nando, si abres la puta boca… será lo último que hagas. – le soltó la cara y se dirigió hacia la salida con aire de superioridad, con lentitud y paso chulesco – Por cierto – dijo volviéndose – nada de policÃa, ni jugarretas raras. Y ni se te ocurra irte de aquà o te buscaré. – Atravesó la puerta de la entrada y desapareció. Se oÃan sus zapatos en las escaleras. Cuando dejó de oÃr sus pasos, Laura reaccionó, se quedó allà sin moverse, llorando durante largo tiempo.
Después de aquel enfrentamiento a Laura le surgió un gran dilema. Ahora tenÃa en su mano la posibilidad de que Nando dejara por completo aquella vida, si le contaba lo que Pedro habÃa hecho seguro que se ponÃa hecho una furia y daba carpetazo a todo lo que tanto amenazaba la integridad familiar. Aunque Pedro fuera su amigo, no podÃa permitirle una amenaza de tal calibre. No permitirÃa que le pasase nada a su familia. Nando irÃa a hablar con Pedro y le dirÃa que todo se habÃa acabado, que querÃa su parte del negocio y que se buscara otro socio, que lo dejaba para ser un hombre respetable por la sociedad del paÃs que le habÃa dado acogida. Laura sabÃa que también cabÃa otra posibilidad, que no dijera nada. Si abrÃa la boca ponÃa en peligro no sólo su vida y la del pequeño Luis, sino también la del bebé que llegarÃa en pocos meses. Era una situación difÃcil que se complicaba a cada momento. SabÃa que Pedro era capaz de cumplir lo que habÃa dicho y mucho más. Pedro habÃa enterrado años atrás sus remordimientos y la capacidad de generarlos, habÃa derruido toda la bondad que pudiera quedar en él. Sólo Nando le tocaba un poco la fibra sensible, pero no como un hermano o un familiar muy allegado, sino como una extensión de su propio cuerpo. Siempre era Pedro el que daba la orden y Nando el que movÃa ficha. A Laura se le ocurrÃan otras formas, pero Pedro habÃa sido muy claro, nada de policÃa, nada de marcharse y abandonar la casa. Sólo podÃa aguantar y dejar que todo pasase con el menor dolor posible. Era eso o arriesgarse a morir y poner en peligro a los suyos. Laura sabÃa que si se marchaba irÃan a buscarla a casa de su madre primero y a la de su hermana después, pero lo harÃan dejando huella, no dejarÃan a nadie con vida, arrasarÃan todo a su paso sin importarles lo más mÃnimo que se tratase de vidas humanas. AcabarÃan con toda su familia y luego, cuando la encontraran, porque lo harÃan, la matarÃan a ella, a Luis y al feto que llevaba en su vientre. Pedro no dudarÃa en exterminar la descendencia de Nando, ya le procurarÃa otra hembra más acorde. Como si lo estuviera viendo, Laura tenÃa la mirada fija en el techo de la cocina, imaginando la situación, las reacciones de Pedro y Nando ante todas las posibilidades para salir de aquel infierno. Ninguna elección era factible, no habÃa opción buena. Alguien perderÃa con cualquiera de las decisiones que ella llegase a tomar, excepto con una: seguir aguantando las palizas de su marido cuando volvÃa borracho a casa, darle a Luis una educación entre los peores valores humanos, dejar que el bebé crezca en su vientre y llevarle por el mismo camino que su hermanito. Laura sólo podÃa seguir viviendo en el infierno hasta que Dios se apiadase de su familia y le diera una salida. Cualquier cosa serÃa mejor que aquello. Mucho mejor.
Nando se despertó, comió vorazmente y se marchó. Su mujer no dijo nada. Tuvo que morderse los labios para no hacerlo. Cuando su marido abandonó el edificio, estaba Pedro esperándolo abajo. Subió al coche y se fueron. Otra noche más. Laura no sabÃa cuanto aguantarÃa asÃ. Se desvaneció en sus pensamientos hasta que Luis empezó a gritar entre risas, volvió en sà y se acercó a su niño. Estaba en el parque con sus juguetes de colores, riendo, ajeno a lo real.
Cuando Nando subió al coche de Pedro, este le recibió con una sonrisa. Esa noche iban a celebrar algo gordo, estaba contento.
- ¿Qué pasa Nando? ¿Cómo va esa resaca? – hablaba con los dientes apretados, con el puro bien agarrado – Ayer te pillaste una buena, je je…
- SÃ, fue una mierda de las buenas… – se tocó la cabeza e hizo una mueca de desazón.
- Ayer estuve hablando con tu mujercita y le expliqué como está el tema. Parece que lo entendió bien, es una buena mujer. – Aunque Pedro hablaba con suma ironÃa, Nando no captó el tono delator.
- Sà que lo es. A veces me saca de quicio… pero el negocio es el negocio… – agachaba la cabeza, él sabÃa que de resaca podÃa llamarla buena esposa con más facilidad que puta de mierda, que eran las palabras más comunes cuando llegaba ebrio a casa.
- Claro tÃo, eso le dije yo y bueno, hablando se entiende la gente… je je… es una buena tÃa – y siguieron en silencio hasta que llegaron al club.
Al llegar tuvieron el recibimiento de las chicas, les adoraban. Hoy celebraban el triunfante restablecimiento del negocio, pero además Pedro estaba especialmente contento porque habÃa conseguido un buen contacto dentro de la policÃa y las preocupaciones ahora eran menos. Por fin podrÃan relajarse un poco y mover cuanta mierda quisieran por las calles y en sus clubes. Asà que esta noche el “Pantera‿ se habÃa transformado con más razón que nunca en un club privado. HabÃa gente importante entre los invitados. Grandes empresarios de la capital, sus mejores camellos, sus mejores chicas, algún que otro contacto de las altas esferas, sus chicos más allegados de la banda… y Bobby. Esa era la gran sorpresa de la noche, Roberto habÃa venido de Perú. No sabÃan nada de él desde la redada cuatro años antes. Nando lo abrazó. Realmente era una gran sorpresa. Aunque los jefazos eran él y Pedro, Bobby habÃa tenido una muy buena relación con ambos, especialmente con Nando, quién sugirió dejarle al mando allá en Perú. La cosa no salió bien, pero ahà estaba Bobby, con alguna cicatriz pero vivo y con ganas de seguir negociando en este paÃs. La noche transcurrió grandiosa entre chistes, anécdotas e historias para ponerse al dÃa acerca de sus vidas. Les contó cómo trincaron a la gran mayorÃa aquella noche en el club “Canela‿, cómo algunos se escaparon y cómo otros cayeron delante suyo acribillados por la policÃa. Les contó que todo fue muy rápido y no pudieron reaccionar a tiempo. Contó que a él le pillaron cuando estaba llegando a su casa, tenÃan un buen chivatazo. Entre risas y lágrimas pasó la noche, volaba el alcohol y la coca, las chicas sentándose en sus regazos y acariciándoles el pecho. Pedro apenas bebió, pero se reÃa como el que más. Nando habÃa bebido pero la alegrÃa no le dejaba pasar del punto y tenÃa una borrachera limpia como hacÃa tiempo que no tenÃa. El más ebrio de los tres era Bobby, sus ojos vidriosos se entornaban, reÃa sin parar casi hasta atragantarse, palmeaba las nalgas de sus chicas, estaba contento, se le veÃa bien. La noche fue dando paso al dÃa, la fiesta se terminaba y apenas quedaban invitados. La mayorÃa de las chicas se habÃan retirado para ser un bocado fresco al dÃa siguiente. Apenas quedaban los tres amigos, un par de chicas y un camarero. Pedro les dijo a las chicas y al camarero que ya se podÃan ir y se quedaron los tres solos. Pedro entre risas, les invitó a levantarse. Bobby casi no podÃa caminar de la borrachera, Nando le ayudó a mantenerse dándole apoyo. Se dirigieron hacÃa la puerta de atrás, Pedro habÃa ordenado al camarero que cerrara la puerta principal con llave al salir. Llegaron al almacén, Pedro iba un poco por detrás de Nando y Bobby. Al cerrarse la puerta tras ellos, un sonido sordo sobrecogió a Nando. De repente, Bobby se encogió en un espasmo llevándose las manos al vientre. Levantó las manos al tiempo que se volvÃa a oÃr el sonido sordo, las tenÃa llenas de sangre. Nando vio a Pedro con la pistola en la mano, con su cara inexpresiva, con la frialdad caracterÃstica de un asesino. Disparo varias veces más. El cuerpo de Roberto cayó sin vida sobre el suelo del almacén. Pedro abrió la puerta que daba al exterior desde el almacén y allà estaban esperando Fran y José, dos de los allegados de la banda. Todo habÃa estado perfectamente calculado, ambos cogieron el cuerpo y se lo llevaron. Una rápida eliminación de pruebas incriminatorias. Les dio el arma y se marcharon con el cuerpo de Bobby en el maletero. Nando aún estaba atónito, con la boca abierta, con la cara blanca. Pedro lo vio y le dirigió una sonrisa.
- Era un chivato. – y volvió al club para echarse una copa.
Más tarde, Nando supo que fue Bobby quien traicionó a sus compañeros en Perú, ocasionando tantas muertes y encarcelamientos. Fue un infiltrado desde el principio, les siguió el juego para llegar hasta Nando y Pedro. Cuando terminó el tema de Perú, Bobby pensó que habÃa perdido la oportunidad de incriminarles, se perdió el enlace con Europa, pero al reemprender el negocio, Pedro habÃa echado mano de algunos contactos en Perú que, por supuesto, Bobby tenÃa constantemente vigilados. Cuando llegó y le contó a Pedro lo que habÃa pasado este no le creyó, pero disimuló. Pedro ya sabÃa quien era Bobby, lo que habÃa hecho y lo que pretendÃa hacer. Asà que Pedro habÃa movido algunos hilos en Perú para hacer creer a Bobby que era él quien tenÃa el control, siendo, como se vio, totalmente al contrario. No obstante, a Nando le supuso un duro golpe. A pesar de quién fuese Bobby, Nando le apreciaba como a un hermano y sintió su muerte. Aquel fue el primer indicativo de que algo no iba bien, quizá su mujer tuviera razón. Pedro era un hombre despiadado, mucho más que él y esta última faena no le gustó nada. Este pensamiento le revolvió las tripas.
Esperó que Pedro acabase su copa. HabÃa estado prácticamente toda la noche sin beber para llevar a cabo su perfecto plan. Ahora se bebÃa la copa del ganador, la del trabajo bien hecho. Nando aún podÃa ver la sombra de los matones de Pedro abriendo la puerta de atrás, con sus gafas de sol y su pelo cortado al cepillo. Sus camisas encorbatadas y sus chaquetas de cuero. Pero sobre todo, la seriedad y frialdad tan caracterÃstica del mismo Pedro, que solamente sonreÃa cuando a su mente venÃa algún pensamiento retorcido. Enfrascado en esta última idea, fue el mismo Pedro el que lo sacó de su ensoñación.
- Nos vamos… – y le guiñó un ojo en un gesto de complicidad. Nando miró el suelo, la zona en la que Roberto murió, habÃa un pequeño charco de sangre. Pedro se percató de esto. – No te preocupes, ya lo limpiarán los chicos más tarde.
Nando no habló en todo el trayecto, de hecho no habÃa vuelto a abrir la boca desde que Pedro disparara traicioneramente a Bobby. Se montó en el coche, fumó un par de cigarrillos seguidos en el trayecto a su casa. Los efectos del alcohol ingerido durante la noche habÃan pasado, desaparecieron en lo que dura un disparo, el que mató a su amigo. Aunque fuera un traidor no podÃa evitar sentir cierto cariño por él, habÃan pasado muy buenos momentos juntos y él no creÃa en absoluto que todos ellos fueran parte de un elaborado plan. Pedro se dio cuenta de lo callado que estaba Nando, a Pedro no se le escapaba nada, no pasaba por alto ni un detalle. No dijo nada. Llegaron a la puerta de casa de Nando, su mujer ya no le esperaba despierta, era una pena, hoy verÃa que no llegaba como siempre. Bajó del coche y no se despidió de Pedro, este le dijo algo y Nando tan sólo levantó la mano sin volverse indicando aceptación. El ruido del motor se perdió calle abajo. Abrió el portón y subió a casa. Eran las siete y media, pronto Laura se levantarÃa y harÃa el desayuno para ella y Luis. Abrió la puerta del piso silenciosamente, no querÃa despertar a su familia, no deseaba en absoluto que su mujer anduviera con preguntas, ahora no. Llegó a la habitación y sin encender la luz, con los escasos hilos de Sol que se adentraba por las rendijas de la ventana, se desvistió y se metió en la cama. Laura se movió un poco, se habÃa despertado. Se sorprendió de la quietud de su marido. Ella simuló estar dormida para que su marido no le pegara, él simulo estarlo para evitar las insidiosas preguntas y reproches de siempre. Estaba lo suficientemente sobrio para saber que ya tenÃa bastante violencia por hoy.
Nando apenas pudo dormir, daba vueltas en la cama atormentado por las pesadillas y la imagen de Bobby acusándolo de haber permitido su muerte. Se sintió culpable y avergonzado una vez más. Se levantó temprano, se fumó un cigarro abstraÃdo en sus pensamientos, desayuno-comió y se duchó. Laura siguió todo el ritual y habÃa algo inusual, Nando se comportaba aquel dÃa de manera extraña. No parecÃa resacoso, no parecÃa agresivo… pero en cambio lo vio preocupado. En alguna ocasión, mientras comÃa apenas sin apetito, cosa rara en él, ávido comensal, Laura habÃa notado que se detenÃa e intentaba dirigirse a ella, entonces se frenaba y daba paso a otra engullida para evitar hacerlo. Fue al salir de la ducha, con el albornoz puesto y sentado en el borde de la cama, mirando sus manos desnudas, mojadas, cuando Laura decidió acercarse a pesar del riesgo y le dedicó, por vez primera en muchÃsimo tiempo, una muestra de cariño. Le acarició la espalda suavemente, se oÃa al niño jugar en la cocina. Entonces le preguntó.
- Cariño… – vaciló un momento, intentando escoger adecuadamente las palabras - ¿estás bien? Te noto algo preocupado, ¿ha pasado algo? – Nando le miró con cara de cordero degollado, los ojos vidriosos y las facciones apagadas.
- ¿Te acuerdas de Bobby…? El era muy buen amigo allá en Perú, creo que te hablé de él ¿no? – utilizaba un tono totalmente inexpresivo, carente de emoción.
- Si, me acuerdo de él… el que estaba en la cárcel… – se puso delante de su marido en cuclillas y le miró a los ojos, directamente a la cara, era un enorme desafÃo pero no sentÃa que en ese momento estuviese ante un asesino o un violador, más bien sentÃa que estaba ante un niño dolido.
- Está muerto… Pedro le ha matado… estuvo ayer en el club y… Pedro… – Nando se echó a llorar, se inclinó hacia Laura y lloró sobre su hombro abrazándola con fuerza. No podÃa hablar…
Estaba totalmente compungido y descompuesto, no contaba con aquello. Laura tampoco contaba con aquel derrumbamiento de su marido, un hombre al que temÃa y por el que ahora sentÃa lástima. No hay cosa más triste para un hombre tan poderoso y respetado como el desplomarse hundido ante aquellos que le temen. Si Laura querÃa persuadir en algún momento a su marido de que dejara aquella vida y que renunciara a los asuntos sucios de Pedro, aquel era perfecto. Ahora su marido era vulnerable y Laura podÃa aprovechar aquella debilidad para contarle a Nando la charla que Pedro le habÃa dado el dÃa anterior, contarle cómo la habÃa amenazado si le contaba algo o se movÃa de allÃ… pero aún dudaba, primero dejarÃa que su marido se desahogara, que descargara todo ese pesar que llevaba dentro. Fue en aquel momento cuando Nando se acordó de su madre, de lo que pudo ser su vida lejos de la violencia, de cómo Pedro se acercó a él cuando recogÃa botellas y le ofreció un negocio, de cómo se fue metiendo hasta convertirse en lo que más odiaba: su padre. Todo fue gradual pero rápido. Laura preparó café mientras su marido se vestÃa, daba vueltas por la cocina, estaba nerviosa. Se lo contarÃa ahora, era ahora o nunca, tenÃa que arriesgarse. Nando salió de la habitación lentamente, abotonándose sin bravura los últimos botones de la camisa. Se sentó a la mesa y dio un sorbo al café, fue como un hálito de vida, era reconfortante el sabor del café, el calor atravesando la garganta, aquella sensación le hizo sonreÃr. Fue la señal que necesitaba Laura. Se sentó a su lado y le cogió una mano. Respiró profundamente y entonces empezó a hablar. Le contó todo, desde el momento en que Pedro y ella lo dejaron en la cama durmiendo la borrachera más grande que jamás se hubiera pillado Nando. Hasta que Pedro le agarró la cara y la amenazó de muerte a ella y a toda su familia. Nando sabÃa que Pedro habÃa hablado con Laura, él mismo se lo contó, pero desconocÃa los sucios detalles que su esposa le revelaba en estos momentos. Laura temblaba al recordar lo sucedido, no hacÃa ni dos dÃas que habÃa sucedido todo aquello, tenÃa una imagen muy fresca en su cabeza, muy vÃvida. Nando, por primera vez empezó a darse cuenta de toda la mierda que lo rodeaba. Pero tenÃa la semilla del mal muy adentrada en su interior, no concebÃa que Pedro hubiese tocado un terreno tan Ãntimo como era el de la familia de su propio socio, su hermano casi. Se conocÃan desde hacÃa más de veinte años. PodÃa imaginar a Pedro tal como lo describÃa su mujer, pero no con ella. No era capaz de ver a su socio hablándole asà a su esposa. Nando no querÃa oÃr, se empezó a alterar. Llamó a Laura mentirosa. No podÃa ser decÃa. Laura llorando seguÃa contándole a Nando todo lo que habÃa pasado, que pensara en Luis y en su hijo nonato, en su familia. Nando no pudo aguantar oÃr todo aquello y se levantó negando con la cabeza. Laura le siguió con las lágrimas mojándole el jersey, no se las enjugaba. Nando cogió la chaqueta de cuero marrón del respaldo de la silla y se la puso casi en un mismo gesto. Su esposa gemÃa y sollozaba tras él. Con paso firme abrió la puerta y la cerró tras de sÃ, Laura se arrodillo de espaldas a esta al otro lado. Nando se quedó un momento quieto, de frente a la escalera y con la cabeza gacha. Fueron unos segundos. Luego se marchó. HacÃa dÃas que no cogÃa su propio coche. Abrió su BMW con clic y, una vez dentro, arrancó y se fue. Laura lo oyó apoyada en la puerta. Temblaba, empezó a brotar el germen del terror. Las cartas estaban echadas y no pintaban bien.
Lo que pasó a continuación fue una cadena de terribles desdichas, fruto de las más desafortunadas decisiones y de la casualidad más abrumadora. Nando, habÃa cogido el coche que hacÃa tiempo tenÃa intacto en la puerta de casa, Pedro tenÃa la costumbre de ir a buscarle cada dÃa para luego dirigirse al “Pantera‿. Pero Nando no fue al club, ni en busca de Pedro a su casa, necesitaba pensar y se alejó unos kilómetros de la ciudad. TenÃa que oÃr sus pensamientos y decidir hacÃa donde dirigÃa sus pasos a partir de aquel momento. Pedro no sabÃa nada y, cómo siempre, fue a casa de Nando. A los cinco minutos de esperar a éste en el portal y, apreciando que su coche no estaba donde siempre, paró el motor y subió en busca de respuestas. Al llamar a la puerta se hizo el silencio, una quietud más que sospechosa. Nadie abrÃa, pero Pedro sabÃa que Laura estarÃa allà y, si no abrÃa la puerta era porque algo raro pasaba. Asà que llamó varias veces más y alzó la voz llamando a Laura e instándole a que le abriera. Mientras ya habÃa desenfundado la pistola y estaba colocándole un silenciador. Es posible que no la utilizara, quizá se bastase con sus manos enlatadas en aquellos guantes de cuero, pero preferÃa no pasar por alto nada, no podÃa cometer ningún error. Laura oÃa los gritos de Pedro y aprovechó para esconder en el armario de la despensa a Luis y coger un cuchillo de cocina, el más grande que tenÃa. Pedro acabó tirando la puerta abajo. Laura gritó y se abalanzó sobre Pedro, este disparó por primera vez al estómago de Laura, que dejó caer el cuchillo y se agarró con pesar el vientre. Su hijo no nacerÃa. Pedro la interrogó, pero apenas hizo falta que Laura le dijese nada para saber que es lo que habÃa pasado. Nando entró en el club y no vio a Pedro. Entonces empezó a preocuparse y rápidamente arrancó el coche y salió a escape hacia su casa. En ese momento Pedro volaba la cabeza de Laura, justo después de obligarla a ver como se la reventaba de un balazo al pequeño Luis. Mientras Pedro salÃa de casa limpiando el arma y sus manos salpicadas de sangre con un paño de cocina, a Nando aún le quedaban cinco minutos para llegar a la escena del crimen. Pedro arrancó su coche y se fue hacia el club, se cruzó con Nando cuando este casi estaba llegando a casa y le obsequió con una de sus malévolas sonrisas. Nando tragó saliva. Al llegar dejó el coche sobre la acera frente al portal, lo dejó en marcha y subió corriendo al piso. No habÃa tiempo para minucias. La puerta estaba forzada y entreabierta. Empezó a jadear y la congoja le aprisionó la garganta. Su mujer y su hijo muertos, el pequeño Jonatan ya no nacerÃa tampoco. La sangre salpicaba la mesa de la cocina, el suelo… y la ira disipó la congoja de Nando en un grito ensordecedor, el llanto acudió a él y se arrodilló abrazando a su familia muerta. Ahora no podÃa pensar, ahora no podÃa hablar… solamente querÃa matar. QuerÃa matar a Pedro por todo aquello, una persona capaz de hacer algo asà no merecÃa vivir. No lo merecÃa en absoluto. Tanteó su pistola en el cinto asegurándose que la llevaba, se enjugó las lágrimas con el brazo y rápidamente se dirigió hacia el coche. Pedro le estarÃa esperando en el club, no le cabÃa la más mÃnima duda. EstarÃa tomándose una copa, siempre lo hacÃa después de manchar sus manos con la sangre de otros, era como un ritual. Nando habÃa ido al club para hablar con él y proponerle amistosamente un cese de la sociedad, habrÃa sido duro para Pedro, llevaban toda la vida juntos, pero esperaba que lo comprendiera, él tenÃa una familia y no querÃa exponerla a los peligros de aquella vida, no querÃa exponerlos a la muerte, muerte que Pedro habÃa provocado. Ahora a Nando no le quedaba nada, nada… todo aquello por lo que hubiese querido luchar y estar vivo yacÃa inerme en el suelo de la cocina. Su madre murió por su culpa y ahora su mujer y sus hijos, la vergüenza y la culpa le consumÃan por dentro y se mezclaban con la rabia y el dolor. Mientras iba de camino hacia el club sólo podÃa ver la sonrisa de Pedro cuando se cruzó con él de camino a casa, no tenÃa sentimientos, era un loco cabrón hijo de puta sin los más mÃnimos escrúpulos. MerecÃa morir se repetÃa una y otra vez Nando. Pero algo en su interior le contradecÃa, le decÃa que ya estaba bien, ya se habÃan sucedido demasiadas muertes a su alrededor, demasiada sangre derramada y demasiada violencia Era un pensamiento camuflado en la voz de su madre y, al mismo tiempo, en la de su mujer. Era como si le hablaran desde el otro lado, como si Dios hablara a través de sus voces en su cabeza. Se repetÃan en su mente una y otra vez las palabras de las dos mujeres más importantes de su vida. Ya era hora de dejar ese camino de perdición del que tantas veces su madre y esposa habÃan querido apartarlo. Ahora oÃa como sus voces retumbaban en su cabeza. Pedro merecÃa morir, pero Nando no era juez ni verdugo. Y entre lágrimas y dientes apretados intentando contener la ira, Nando se debatÃa entre la idea de matar a Pedro y la de dejarle vivir. Si le dejaba vivir no saldrÃa impune de aquello, él también tenÃa contactos y serÃa difÃcil, si movÃa los hilos necesarios, que escapara de una larga condena que no le permitirÃa ver la calle en varios siglos, morirÃa entre rejas. Pero la tentación de acabar con la vida de aquel desgraciado que creÃa amigo suyo era mucho mayor que la de saber que vivÃa cómodamente entre cuatro paredes siendo respetado y sobornando a todo el mundo a su alrededor para vivir como un señor. Era temprano aún, el club estaba cerrado para los clientes a esa hora. Pronto abrirÃa. El portero ya estaba en la puerta, saludó a Nando educadamente y le abrió la puerta. Nando agarró el arma y se dirigió hacia el final de la barra, el sitio que siempre escogÃa Pedro para saborear la copa de la victoria. Extendió el brazo mientras caminaba con decisión hacia donde Pedro estaba. Éste no se inmutó, alzó la copa y bebió un trago. Allà estaba, impasible, como si no hubiese pasado nada. Nando acercó el arma a la sien de Pedro. La apretó firmemente contra su cabeza. Deseaba con todo su corazón esparcir los sesos de aquel hijo de puta por toda la barra. No habÃan llegado los camareros y las chicas estaban arriba dándose los últimos retoques. Estaban solos.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? Je, je… – Pedro esbozó su tÃpica sonrisa y dio otro trago. – Pero hombre Nando… te acabó de librar de las cadenas de esa zorra…
- Eres un maldito… – amartilló la pistola, estaba a punto de desbordar su ira contenida.
- Pero Nando hombre… hermano… esa tÃa querÃa separarnos… – No daba ni una muestra de miedo o inseguridad, Pedro no estaba en absoluto nervioso y contaba con poder contener a Nando. – No te preocupes por la sangre y los cuerpos… mis chicos se encargarán de todo… venga tómate una copa.
- Pero… ¿qué coño estás diciendo? ¿Qué no me preocupe? ¿Te acabas de cargar a mi familia? Eres un… – Nando lloraba ahora y escupÃa al hablar. Se debatÃa entre su demonio y su ángel particular. Cerraba los ojos y veÃa a su esposa y su hijo sobre un charco de sangre. Apretaba el arma contra la sien de Pedro. El gatillo atraÃa su dedo como un imán. Y disparó… ¡Pum!
La bala hizo estallar una botella de JB al otro lado de la barra. Nando asestó entonces un golpe con la culata del arma contra la nuca de Pedro. Lo dejó inconsciente. En un momento de lucidez vio el rostro de su mujer diciéndole que le perdonara la vida, que no fuera como aquel que le quitó la vida. El portero entró rápidamente, pero Nando le dijo que estaba todo bien y que saliera de nuevo a vigilar la puerta. Antes de que llegara nadie cogió el cuerpo inconsciente de Pedro y lo llevó hacia el almacén. Lo ató y lo amordazó bien. Entonces cogió el coche y lo llevó a la puerta de atrás, la del almacén que lleva a un pequeño callejón y por la cual dÃas atrás sacaron el cuerpo de Bobby. Se echó el cuerpo de Pedro sobre el hombro como si fuese un saco de patatas y lo depositó en el maletero. TenÃa a Pedro y tenÃa el arma homicida con el que habÃa masacrado a su familia. Nando escribió una carta, movió hilos en las altas esferas, estableció contactos con amigos policÃas y abogados… en un par de horas Pedro estaba detenido y Nando podÃa seguir impune a la justicia con una nueva identidad y lejos de la vida que habÃa llevado hasta entonces. TenÃa mucho dinero asà que por una vez hizo caso a su mujer y decidió probar con una nueva vida, aunque ahora fuera tarde para ella. Nando desapareció mientras Pedro era procesado junto con la gran mayorÃa de sus secuaces, cerraban los clubes y acababan con el negocio de las drogas. Nando cambió de ciudad, de nombre y de vida.
- Dime ¿cómo te sientes? – La doctora preguntaba con interés a su paciente.
- Bien, creo que bastante mejor… – Raúl llevaba ya varios meses acudiendo a la terapia de la doctora Ramos.
- Pues Raúl, creo que no necesitas más sesiones, con esto yo creo que ya es suficiente… ¿qué me dices? – Silvia le dedicó una sonrisa a Raúl, habÃan sido más de siete meses de intensa terapia.
Raúl habÃa acudido a Silvia Ramos, doctorada en psicologÃa y con conocimientos profundos de hipnosis. Al principio, Raúl solamente querÃa solucionar ciertos problemas con Nora, su novia. Al acudir a la doctora Ramos se dio cuenta que el problema era mucho más grave de lo que él creÃa. Cuando su novia le recomendó que visitase a un profesional, lo hizo con intención de que Raúl calmase su ira, sus injustificados arrebatos violentos y su admiración por la muerte. Además sentÃa que Raúl actuaba siempre como pidiendo perdón, se sentÃa culpable y avergonzado por todo. Nora no podÃa soportarlo y Raúl no entendÃa porque se comportaba de tal manera. No llevaban mucho tiempo juntos, quizá un par de años, pero lo bastante como para que el tema preocupara bastante a la pareja que ya estaba haciendo planes de boda. Cuando acudió a la psicóloga, ésta no encontró a priori el causante del problema del chico, sometió a varias entrevistas tanto a Raúl como a Nora y les realizó numerosos test, pero todo en apariencia era normal. Raúl actuaba de forma muy incoherente consigo mismo, era como si tuviese dos personalidades viviendo dentro de sÃ, pero tuvo que descartar la esquizofrenia por la falta de sÃntomas relacionados. Asà que, después de mucho batallar con su paciente para intentar entrever la causa de su mal, decidió probar con la hipnosis. Al contrario de lo que la gente cree, la hipnosis no consiste en establecer un control absoluto sobre el paciente de modo que este pierda su total voluntad, ni es una terapia en si misma. La hipnosis es una valiosa herramienta que, como en el caso de Raúl, ayudado con el psicoanálisis y otras técnicas, puede potenciar los efectos beneficiosos de las mismas. La doctora Ramos era miembro de la Sociedad Española de Hipnosis ClÃnica y Experimental y tenÃa varios diplomas de diferentes escuelas de hipnosis de toda Europa. Además habÃa trabajado y colaborado en diversos talleres de Madrid y Barcelona de Regresión hipnótica junto con el prestigioso Brian Weiss. Raúl dio con ella casi por casualidad, no hacÃa mucho que habÃa montado la clÃnica en el centro mismo de Madrid y a pesar del prestigio que la precedÃa, sus consultas no eran excesivamente caras. No obstante, Raúl no era una persona a la que le faltase el dinero, tanto por su trabajo como por la familia de la que descendÃa, asà que agradeció que Silvia Ramos fuera de las mejores, costara lo que costase.
Antes de empezar con las primeras sesiones, Silvia le explicó en que consistÃa la hipnosis, el tipo de terapia que iba a utilizar y como funcionaba el tema de las regresiones. Raúl mostró su escepticismo abiertamente cuando la doctora Ramos le explicó qué era eso de las regresiones. Le dijo que a través de la hipnosis podÃa llevar a Raúl a recordar cosas de forma muy nÃtida de otras vidas anteriores. La doctora le avisó que ella no creÃa mucho en ello, tenÃa un pensamiento muy similar al de Brian Weiss, pero que a pesar de no creer, utilizaba la técnica porque en lo que sà creÃa era en los resultados que parecÃan casi milagrosos en algunas ocasiones. Ella se quedaba con el hecho de que consiguiera curar ciertas enfermedades que habÃan sido somatizadas. Las personas que se sometÃan a las regresiones hipnóticas afirmaban que revivÃan momentos de una vida pasada y que este acto de revivir momentos tan duros como la muerte o algún otro hecho de carácter traumático les liberaba de la enfermedad que normalmente estaba relacionada con esa vida anterior. Silvia le contó unos cuantos casos al respecto. No podÃa pasar por alto el caso de aquel hombre que tenÃa un tremendo dolor en el pecho y que, tras acudir a especialistas y comprobar que los médicos no podÃan establecer ninguna explicación a su dolor, acudió a un profesional regresionista y lo que pasó fue sorprendente. Revivió momentos de una vida anterior en la cual él era un soldado de la primera guerra mundial. En un enfrentamiento al descubierto con el enemigo, este hombre se encontró frente a frente con un soldado oponente y recibió una dolorosa ráfaga de disparos a menos de un metro. Esa ráfaga fue la que le mató. Lo sorprendente del caso es que los disparos los recibió en el pecho, justo donde a él le dolÃa. Una vez fuera del trance hipnótico, este hombre se levantó de la camilla totalmente curado y nunca más le volvió a doler el pecho. Historias como esta hay cientos, quizá miles, algunas de ellas, para sorpresa de mucha gente con pruebas tan contundentes de otra vida que, al no creyente de las teorÃas reencarnacionistas más le vale mirar hacia otro lado para pasarlas por alto. En el caso de Raúl, tras casi cuatro meses de tests y entrevistas personales, merecÃa la pena probar con la hipnosis y ver qué pasaba. En tan sólo tres meses avanzó más que en todo el tiempo anterior. Fueron suficientes para terminar satisfactoriamente con la terapia.
Raúl descubrió que en otra vida habÃa sido Nando, que parte de los sentimientos inexplicables que habÃa tenido durante tanto tiempo no le pertenecÃan en realidad y que debÃan quedarse en el pasado al que pertenecÃan. Revivió con tremenda intensidad y detalle la historia de Nando, de cómo llegó a España para fundar un imperio de la mafia y de cómo tuvo que morir su esposa e hijos para darse cuenta del camino correcto. Ahora entendÃa Raúl el porqué a veces tenÃa la tentación de pegar brutalmente a su novia o de beber compulsivamente cuando salÃan de fiesta con sus amigos. Ahora se encontraba relajado, la ira ya habÃa desaparecido, la culpa, la vergüenza… incluso esos kilitos de más parecÃa que ya no eran un problema y habÃa recuperado la lÃnea de chico deportista que siempre habÃa sido. Raúl recordó que quizá el hecho de haber estado en Perú de viaje hubiese servido como interruptor ante el despertar de sÃntomas asociados con una vida anterior. No lo descartaba. Lo importante es que ahora estaba bien, mejor que bien. Estaba curado y sabÃa cuales habÃan sido los motivos de su enfermedad. En alguna ocasión, Nora, que a veces mostraba interés por eso que llaman ciencias alternativas, le habÃa comentado que sus sÃntomas estaban asociados con un bloqueo en el primer chakra, el Muladhara que se encontraba en la base de la columna y estaba directamente asociado al color rojo y al elemento tierra entre otras cosas. Raúl recordó con gracia este comentario en su búsqueda de una solución a su problema. Ahora hipotetizaba acerca de ello y creÃa fervientemente que su bloqueo lo habÃa absorbido del Nando que fue una vez. No obstante, Raúl sabÃa que habÃa pasado mucho tiempo de aquello. Nando, a través de Raúl habÃa superado sus males en gran medida y podrÃa seguir adelante con su vida, con la vida que Nando no pudo tener. Una vida junto a la mujer que amaba. Ahora podÃa formar una familia en la base de la honradez y envejecer viendo crecer a sus hijos y sus nietos. CumplirÃa el sueño, más que del propio Nando, de todas las personas que le quisieron y murieron por él.
Nora habÃa ido con él a la que sabÃan iba a ser la última consulta. Silvia no les habÃa dicho nada, pero sabÃan que no eran necesarias más que la de gracia para confirmar que todo estaba bien ahora. Más de medio año de terapia semanal era mucho tiempo y el lazo afectivo que se habÃa creado entre doctora y paciente trascendÃa los lÃmites impuestos por el juramento hipocrático. En un último adiós, Raúl más que agradecido propinó un fuerte abrazó a la doctora. Se despidieron y se prometieron estar en contacto, a pesar de que ambos sabÃan que no volverÃan a hablar jamás o, al menos, en muchÃsimo tiempo. Nora ya esperaba fuera, Raúl besó en la mejilla a Silvia y se marchó cogido de la mano de su futura esposa. Era la última visita del dÃa para la doctora Ramos, asà que se quedó un rato en su despacho meditando y con la nostalgia recorriendo como un escalofrÃo su piel. Estaba satisfecha con los resultados, echarÃa de menos al chico.
Una mañana de Junio, Raúl decidió comprobar algo. QuerÃa zanjar el asunto antes de contraer matrimonio con Nora, serÃa la última prueba que necesitaba para creer o desestimar todo lo sucedido. Si se suponÃa que él habÃa sido Nando en otra vida, no le costarÃa encontrar la tumba de su esposa y su hijo. Se acercó al cementerio donde debÃa estar enterrada, iba con un buen ramo de flores. Estuvo toda la mañana caminando por el cementerio hasta que la vio. Era real, allà estaba la tumba de su esposa y su hijo. Les habÃan enterrado juntos. Leyó el epitafio: Aquà yacen Laura Sánchez Rodrigo y su hijo Luis Villar Sánchez, su esposo y padre, que nació al morir ellos, no les olvida. Para su sorpresa, junto a la tumba de Laura y Luis habÃa otra más, la de Nando. Raúl se sintió como si experimentase su propia muerte poco después que su esposa y su hijo. Se vio a si mismo como Nando, arrodillado en medio de la calle, con un dolor muy intenso en el vientre. Más tarde se veÃa entrando en urgencias y elevándose por encima de la camilla mientras entraba en el quirófano. Asà murió Nando, asà dejó este mundo para reunirse con su esposa e hijo. Una lágrima corrió por la mejilla de Raúl. Separó el ramo de flores en dos pequeños manojos y los depositó a los pies de ambas tumbas. No estaba solo en el cementerio, una preciosa mujer, esbelta y de pelo castaño paseaba de luto por entre las tumbas. Raúl se preguntó a quién buscarÃa ella, cuál serÃa su historia. Observó que se detuvo a unos cincuenta metros de dónde él estaba y se agachaba para dejar unas flores. Sacaba un pañuelo y se enjugaba una efÃmera lágrima. Se santiguó y se marchó, iban a dar las dos de la tarde. Raúl la imitó, se inclinó brevemente mientras hacia la señal de la cruz. Tras unos minutos y unas palabras muy sentidas en absoluto silencio, Raúl se marchó. Para siempre.