Ahora sé que Gloria se adentró voluntariamente en La Zona. No fue un accidente ni un descuido. Y si más tarde quiso regresar, tal vez no pudo o no quiso. Porque la verdad es que no volvimos a saber de los que se arriesgaron a cruzar el lÃmite. Nadie volvió para develar el contenido de esa nueva porción de espacio neutro que se instaló en la ciudad. Apareció en medio del parque. Yo salà a correr como todas las mañanas (el parque está a sólo una cuadra de mi casa). Por costumbre, camino despaciosamente esa cuadra mientras pongo a punto mi discman y me coloco los auriculares. DistraÃda en esta tarea sólo me percaté del gran cambio unos pasos antes de llegar al veredón que abraza al amplio espacio verde. Por unos instantes el asombro me separó las mandÃbulas mientras dudaba de la fidelidad de mis ojos. Los eucaliptos majestuosos habÃan sido devorados por una espesa niebla gris de por los menos una cuadra de ancho. ¿Qué riesgo implicarÃa seguir avanzando?, me pregunté. Luego vi a un señor muy serio que se acercaba a paso lento con un gesto de absoluto desconcierto. Convencido de que se habÃa extraviado, me preguntó cuidadosamente adónde estaba. Yo le respondÃ, sin desprender la vista de esa muralla que parecÃa perderse en el espacio, que en el parque. El hombre, que seguramente deseaba creer que estaba en otro lugar, me dirigió una mirada perpleja y se fue sin volver la vista atrás. A medida que me conectaba con la realidad, distinguà a un grupo de osados muy cerca del fenómeno. Reconocà a varios madrugadores con los que me cruzaba diariamente y me unà a ellos. Un joven bajo y medio gordito le decÃa a otro que estaba loco, que él no se meterÃa ahà ni aunque le pagaran, que seguro estaba lleno de gases tóxicos. Expectoré una risa nerviosa ante la imagen de cientos de personas cayendo como moscas apenas tocar la niebla. Nadie reparó en lo impropio de mi carcajada tan embebidos estaban por la anomalÃa. Aunque ninguno estaba a menos de dos metros de la rareza, la cacofonÃa de voces iba en aumento. Una viejecita embutida en un deshabillé rosa con puntillas (luego me enteré que vivÃa en la hermosa casita frente al parque) amenazó con escribir una carta de protesta al intendente… Carta que de seguro irÃa a parar al cajón de algún funcionario. Mientras tanto la discusión entre los jóvenes estaba en su apogeo. El temerario que iba a convertirse en el primero de una larga lista de desaparecidos -en realidad los llaman esfumados para evitar sensibles asociaciones - hizo un gesto de renuncia, miró a su alrededor (en ese abanico estaban mis ojos que sólo captaron una profunda curiosidad en los suyos) e ingresó unÃvocamente a la zona gris y a todos los periódicos del mundo. El silencio avanzó sobre el griterÃo. Casi sin respirar esperábamos (ansiábamos) verlo emerger con el enigma resuelto. Pasaron los minutos. Volvimos a intercambiar comentarios para ahuyentar al desánimo. Esperamos. Mientras el lugar se iba poblando de más curiosos, policÃas, periodistas y funcionarios, a quienes habÃamos presenciado la partida nos ganaba el desaliento. Cuando estuve segura de que no volverÃa a salir aparté la mirada y me volvà a mi casa. Atrás quedó una absoluta confusión de personas, hipótesis y explicaciones. Y asà fue como, dos dÃas después de su aparición en medio del parque, el inexplicable rectángulo de niebla se denominó universalmente La Zona. La televisión vÃa satélite la instaló las 24 horas en cada hogar. Internet se abarrotó de páginas dedicadas a ella. CientÃficos, soñadores, adivinos, mentalistas, adolescentes, querÃan plasmar su pensamiento y ponerlo al alcance del orbe. Hubo también, a raÃz de La Zona, un crecimiento inesperado de nuestra ciudad. Los turistas llegaban por miles. Florecieron los negocios y las propiedades de mi barrio alcanzaron precios siderales. Desde que vi al pequeño correr detrás de su perrito engullido por La Zona, ya no pude vivir más en sus inmediaciones. La madre aulló de dolor y de impotencia porque no se animó a seguir el ejemplo de su hijo. Entonces no la comprendÃ. Ahora me pregunto qué hubiera hecho yo en parecida circunstancia. Asà que alquilé mi casa y con la sustancial renta que voy cobrando, compré en cuotas un pequeño departamento. Allà vivimos un tiempo mi mejor amiga y yo. Ambas éramos huérfanas y trabajábamos juntas. De modo que pareció lo más natural compartir la misma casa. Tanto Gloria como yo éramos absolutamente respetuosas de la intimidad de la otra. HabÃamos acordado que el departamento iba a revestir el carácter de vivienda, y las relaciones amorosas que cada una pudiera establecer, deberÃan desarrollarse en otros ámbitos. CompartÃamos los gastos y las confidencias. También hablábamos de La Zona. Salvo el joven corredor, el niño y el perro, nunca más se presenció la pérdida de otro ser vivo. Pero hubo innumerables denuncias sobre personas desaparecidas. Cualquiera. Joven o viejo, hombre o mujer, local o extranjero. Nos pasábamos horas intentando dilucidar este comportamiento. Sobre todo desde la pérdida de José Luis. José Luis fue y será el gran amor de Gloria. Una ecuación lo definÃa: fÃsico privilegiado + mente brillante + absoluta bondad de carácter = José Luis. Cuando los veÃa juntos, era tal el aura de concordia que trascendÃan que yo soñaba con tener una relación similar. No con José Luis, claro, porque a mi me atraÃan los hombres un poquito más cÃnicos y despreocupados. Y porque, por supuesto, Gloria era mi mejor amiga. El último dÃa que lo vimos, José Luis nos confió que mientras caminaba bordeando la baranda que circundaba La Zona, creyó escuchar voces provenientes de ella. Voces como blandas, sedantes. Sin signos de alarma. Nos dijo que volverÃa por si alguien necesitaba ayuda. Quisimos acompañarlo pero se negó, aduciendo que iba con su hermano. Esa noche, una intranquila Gloria se comunicó con su cuñado quien no sólo no habÃa acompañado a José Luis, sino que ni siquiera lo habÃa visto. Después de una semana sin ubicarlo, pasó a engrosar la lista de los esfumados. La melancolÃa ciñó a Gloria como un halo. Con el tiempo permutó de triste a esperanzado. Nos pasábamos largas horas tratando de relacionar similitudes entre los esfumados. Navegábamos en la red filtrando datos por edades, sexo, ocupaciones, inclinaciones polÃticas y religiosas, estado civil, lugar de nacimiento y de residencia y cualquier otra categorÃa que se nos pudiera ocurrir. Yo acompañaba esta búsqueda incansable con un interno escepticismo. Por supuesto que nunca lo dejé traslucir. Para mi amiga este empeño era la vida misma. Nunca encontramos ninguna asociación válida. Sólo era un puñado de seres humanos que un dÃa decidieron disolverse en la niebla. Al final, Gloria sostenÃa que un arcano “click” iluminaba recovecos ocultos de nuestro interior. Recovecos que tan sólo en La Zona podÃan medrar. Evocando a José Luis, no dudaban en que fuera la mejor fracción de una persona. Cuando mi amiga no trabajaba o no estaba recopilando información, estaba en el parque. También para ella suspiraron las voces. Espero que en este momento esté con José Luis. Han pasado ya tres años desde la “aparición” y las primeras desapariciones. Como todos los fenómenos que afronta el ser humano, vino y se quedó instalado en la conciencia colectiva. Ya no posee la cualidad inefable de la primera época. La Zona pasó a ser un lugar más, como las antiguas ruinas de civilizaciones desaparecidas. Impermeable a cualquier intento de penetrarla, la curiosidad de los cientÃficos y de los militares la fue olvidando poco a poco. Gente nueva llegaba regularmente atraÃda por su indescifrable presencia. HabÃamos aprendido a observarla a distancia como a las bestias enjauladas, aunque nunca faltaba un transgresor que se convertÃa en estadÃstica. Pero ya sólo iba a engrosar una lista que, a las perdidas, aparecÃa entre las páginas de algún periódico. Los medios, en su eterna búsqueda de novedades se nutrieron de nuevos eventos comerciables: escándalos, asesinatos, corrupción, atentados y protestas, discriminación, aparición de nuevas sectas. Aprendimos a convivir con La Zona como con el Monumento a la Bandera. Seguimos mirando televisión, leyendo, trabajando y cumpliendo con todas las rutinas de nuestra vida. Los recuerdos articulan mi vida con un presente deslucido y átono. Me levanto diariamente y acomodo un gesto sociable. Voy a trabajar a un lugar donde domina una ausencia irrevocable. Regreso a una vivienda sólo poblada por el eco de mi voz. He perdido la posibilidad de conectarme con otros. Los rostros se desdibujan. Los gestos se repiten en cámara lenta. Vivo en un mundo poblado de fantasmas. ¿O acaso seré yo un fantasma? La gris penumbra enturbia mis sentidos. ¿A qué lado pertenezco? Un impulso irresistible me guió, hace una semana, hasta el parque. En la noche los contornos de La Zona se hacen más confusos. Caminé alerta sin apartarme de la baranda. ¿Qué mensaje, cuál sonido, tuvieron el privilegio de escuchar mis amigos? Los que incursionaron allende la niebla no tenÃan antecedentes suicidas. Yo, tampoco. Vuelvo noche tras noche… Algo me dice que estoy cada vez más cerca del destello gris.