Aun recuerdo cuándo la niña apareció vestida de muerte.
La habÃamos estado buscando durante tres dÃas: en el pinar, en el Pozo Viejo (donde hacÃa unos años quedó olvidado el cuerpo de Aledaña), en las marañas del barranco… Se habÃa suspendido la búsqueda porque una tormenta amenazaba más tragedia. Los picos desaparecieron engullidos por bocas oscuras y decidimos bajar al valle y continuar al dÃa siguiente. Que la niña no aguantarÃa una tercera noche lo sabÃamos todos, aunque Marga albergarse la última esperanza de una madre huesped del desatino.
Aguardábamos impacientes en la taberna de Dionisio, vertidos sobre la barra, encorvados en las mesas, impotentes, anhelantes. No podÃamos hacer nada hasta que, al menos, escampase; esperar a la madrugada. Pero aquella tormenta del demonio parecÃa enfurecerse más a cada momento. Los rayos quebraban los pinos de la ladera por las que vierten las torrenteras y los truenos golpeaban las ventanas con la insistencia perversa del verdugo impaciente.
Héctor, el padre de la niña, huÃa de aquella barra de madera -pulida durante décadas por codos ociosos- amarrado a una jarra de cerveza. No nos atrevÃamos a consolarlo, porque ninguno de nosotros encontrábamos el ánimo suficiente para asegurarle que la niña aun podrÃa aparecer. Deseábamos que alguien se le acercase para decirle que la niña era lista, que habrÃa encontrado un hueco entre dos rocas, allá, cerca de los apriscos. Pero todos recordábamos cómo aparecieron los restos esparcidos de Nicanor. “Le dije a su madre que no dejara salir sola a la niña”, mascullaba entre amargos sorbos. Algunos miraban entre los resquicios de las persianas echadas, con la esperanza de vislumbrar alguna estrella en el cielo pero parecÃa no concederse tregua alguna al desaliento y la desesperación. Mi atención se centraba en las miradas, que de soslayo, se dirigÃan Héctor y Aquiles, con la incertidumbre de no haber sabido nunca quién de los dos depositó sus genes en aquella niña. Héctor, con el agrio semblante del oso herido y extenuado, habÃa aprendido a disimular la mala digestión de aquel sapo que envenenaba sus rÃos. Aquiles, dueño de la resignación del que no tiene nada, devolvÃa cada dentellada que salÃa de las pupilas de Héctor sin un pestañeo. Los dos hermanos se habÃan colocado uno frente al otro, Héctor en la barra, apuntalado por las jarras de cerveza, Aquiles, en una de las mesas, sereno, frÃo; nunca lo habÃan vuelto a hacer desde poco después de aparecer Marga. Todos callábamos, pendientes, tanto de las patadas que asestaban aquellos demonios enloquecidos contra puertas y ventanas, como de la densa atmósfera que se condensaba en los escasos dos metros que separaban a los hermanos.
Algunos se preguntarÃan, angustiados, por el paradero de la niña. Y no podrÃan apartar de sus mentes el dÃa en el que, por las turbias aguas que bajan por la torrentera del “Urraco”, emergió la mano, huérfana de brazo, de Nicanor; la misma con la que una vez agarró del cuello al pobre Nicolasito. No era nada usual que Nicanor hubiera abandonado el rebaño sin encerrarlo en el aprisco. Su mano, varada entre las zarzas, morada y vestida con una faldilla de jirones de carne, mordisqueada por los cangrejos, anunció el funesto presagio. Cerraban los ojos en la espesura del humo de la taberna, como si asà pudieran evitar ver, una vez más, todos los demás restos de Nicanor abandonados por las inmediaciones del arroyo. “Los lobos no descuartizan a un hombre, esparciendo sus restos por los pedregales, sin ni siquiera haberlo devorado”, dijo don Eusebio, el veterinario, al pie del torso desnudo que parecÃa reposar, desprovisto de piernas, brazos y cabeza, en una roca donde los pastores se reunÃan para almorzar. Y lo que más nos aterrorizó a los que allà estuvimos, no fue pensar que aquel desastre lo hubieran cometido los lobos, que como cada invierno bajaban a hostigar a los rebaños, sino que un hombre ilustrado, universitario, y con la sabidurÃa de don Eusebio, lo desmintiese tajantemente.
Si la niña no aparecÃa, serÃan ya tres las personas muertas en el valle en extrañas circunstancias. Y lo que temÃamos todos, como vuelta de tuerca y ajuste de trinquete en aquella prensa mordaza, era que la tensión acumulada durante años en torno a los dos hermanos se desatase furiosa y violenta, como un huracán encerrado en el espacio de aquella taberna.
Marga, demudada por el dolor y el mal presagio de los acontecimientos, era atendida por alguna de las mujeres de los allà presentes. Su mal color de cara, aliento agitado y frÃo constante, hicieron temer seriamente por su salud. La esposa de Dionisio habilitó una cama en un cuarto que usaban de almacen y allà la acomodaron, rodeada de un cortejo de oscuros rumios y plegarias que se nos antojaban fúnebres. Yo no sé qué serÃa peor para ella, si permanecer con nosotros en la taberna, masticando el humo denso del tabaco y el aire viciado de nuestras respiraciones, o ser presa de aquellas consumidoras de estampas rancias, advocaciones marianas y devoradoras de rosarios, siempre a la espera, como buitres pacientes, de que la desgracia se acomodara en algún hogar para tomarlo por asalto con sus rezos y rogativas.
PermanecÃamos en silencio, refugiados en nuestras cavilaciones, escuchando la letanÃa de misterios que, desde el interior del cuarto, se habrÃan paso como una culebra zizagueante entre el ulular del viento cuando, un brazo de este, encolerizado y rabioso, logró romper el postigo de una de las ventanas de madera. Ésta sacudió con estrépito sobre el marco, como una explosión de pólvora, y la tormenta, furiosa, trató de entrar en la estancia tirando una mesa al suelo y a los cuatro hombres que a ella se sentaban. Hubimos de atrancar la ventana como pudimos con unas traviesas de madera que el tabernero usaba para descargar los toneles de cerveza del carro.
Por un momento, el asedio de los elementos nos habÃa hecho olvidar a la niña y a sus dos padres. Ellos seguÃan allÃ, impertérritos, ajenos a la hecatombe climática que amenazaba con desbastar todo el valle. Héctor mostraba en el semblante el influjo del alcohol, dibujando en su cara una mueca ida y amenazadora, sin apartar la mirada de su hermano. Aquiles, glacial, mudo, con los formidables músculos, que el hacha y la sierra de calar le habÃan cultivado durante todos sus años de leñador, tensos como la roca marmórea de las cumbres ahora devoradas por rayos y lobos asustados.
SerÃan más de las tres de la madrugada y el temporal, no sólo no mostraba visos de amainar, si no que arreciaba por momentos. Escuchamos un estruendo fuera y el relincho asustado de los caballos; se acababa de desplomar el establo contiguo a la taberna y las pesadas vigas de madera debÃan haber caÃdo sobre los animales que gritaban histéricos. Dionisio pretendió salir a salvarlos; intentamos disuadirle primero y se lo impedimos después. Hubo un forcejeo y acabó en el suelo, de rodillas, rendido e impotente, llorando y maldiciendo el dÃa en que abandonamos a Aledaña en el Pozo Viejo.
Enmudecimos todos. La historia de Aledaña se propagaba como el fuego en la yesca. Las viejas se presignaban ante la pronunciación de su nombre mientras los niños jugaban con muñecos de paja, a modo de mujer, que primero colgaban y luego prendÃan hasta que eran amonestados por algún temeroso de su aún no extinta magia. Hay quien decÃa que todas aquellas desgracias no eran otra cosa que su venganza, pero eso eran los más mayores, los que aún tenÃan memoria para recordar.
Después de que el empeño de Dionisio cejase, nos dimos cuenta de que la tragedia que merodeaba fuera, al fin, habÃa conseguido penetrar dentro. El grito ahogado de uno de los dos hermanos alertó nuestra atención. AllÃ, entre la pared y la mesa, en medio de aquel humo denso y rodeado de la mirada incrédula de su hermano y nosotros, permanecÃa Aquiles, con las dos manos rodeando el mango de una faca clavada en su vientre. La sangre chorreaba por su pernera, densa, humeante, escandalosa… Aquiles se desplomó preso de una convulsión.
Héctor, que habÃa permanecido expectante frente él, apartó de un empujón a aquéllos que le obstaculizaron el paso hasta la puerta. La noche lo engulló y nadie hizo nada para detenerle.
Nada pudimos hacer por el infortunado Aquiles, quien falleció, lÃvido y frÃo, unas horas después. Marga se abrazó a su cuerpo inerte, gritando entre sollozos: “¿Por qué? ¿Por qué, estúpidos?”
HabÃa amanecido ya cuando el viento y la lluvia cesaron. Abrimos la puerta de la taberna y el sol de la mañana cegó nuestros ojos fatigados. Pudimos comprobar la desolación que reinaba a nuestro alrededor: animales muertos, casas derrumbadas, acequias anegas, cosechas perdidas, calles embarradas…
A Héctor lo encontramos colgado de un desvencijado nogal que hay a la salida del pueblo, balanceándose por el cuello, al ritmo de ese crujido que hace la soga cuando roza sobre la madera, con la lengua morada y los ojos de quien ha visto al mismo diablo. Ante tal escenario dantesco habÃamos olvidado la desaparición de la niña y la intención de reanudar su búsqueda hasta que oÃmos el grito desgarrador de Marga.
La niña habÃa aparecido. Su cuerpo, semidesnudo y medio enterrado en el lodo, parecÃa tomar el sol en una escena mórbida y obscena. HabÃa descendido, maltrecho ya, arrastrado por el agua ladera abajo desde uno de los riscos hasta quedar barado en la confusión caótica de la arcilla y el ramaje quebrado.
Alguien preguntó por Nicolás, aquel cuyo cuello sufrió los rigores de la mano del desdichado Nicanor. Pero, ante la vista del cadáver de la niña, a nadie pareció importarle que el hijo bastardo de Aledaña hubiera desaparecido… .
©Francisco de la Sierra, diciembre de 2004, Madrid.
©El Llanto de las Libélulas.