Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Fausto Antonio Ramírez
Fecha de publicación: 28 Mayo, 2007

Categoría: Relatos Fantásticos
 

La historia increíble - 5 (FINAL)

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Ceniciento Zamarramala se presentó de repente y sin previo aviso en Villavieja de Alcaida tras un silencioso retiro que lo mantuvo retirado de la vida de un pueblo que le ahogaba y no dejaba de meterse en sus asuntos. El día que se marchó, lo hizo de madrugada, mientras el pueblo dormía y no era consciente de su partida. Ceniciento pretendía no ser visto ni molestado por nadie. Quería que su huida fuese de lo más discreta posible, huyendo así de las miradas y comentarios insidiosos de sus convecinos. Con su salida a hurtadillas de Villavieja ponía un punto y aparte en su vida. Consideraba que ya habían pasado los ochos años de luto y de rigor después de la muerte de Soberbia Tiramillas, su primera mujer, que no pudo darle hijo alguno. Cansado de una vida en soledad, y sintiéndose todavía joven, algunas semanas las pasaba de retiro espiritual en el monasterio de las Madres Catalinas, donde conoció a Maruja Casamayor que allí se acogía y prestaba su atención en las temporadas de ayuno y penitencia en la que él iba en busca de paz y sosiego espiritual. Maruja, a medida que se fue haciendo mayor, fue asumiendo más responsabilidades en el convento, donde además de su trabajo como demandadera, recibía una buena educación por parte de las religiosas. La clausura papal que regía entre aquellas cuatro paredes infranqueables, facilitaba que Maruja tuviera carta blanca de entrada y salida para hacer los recados y compras necesarias para la cocina y el refectorio de la comunidad. Esa disposición facilitó el encuentro con Ceniciento que durante los tiempos de ejercicios espirituales tenía acceso directo, como único enlace visible fuera del torno, con el monasterio.
La hospedería en la que se alojaba Ceniciento estaba dividida en dos zonas: una parte con unas pocas celdas reservada para mujeres y otra con otras cuantas para varones. El contacto y mediación con la comunidad se realizaba a través de Maruja que servía la comida en una pequeña sala que a modo de refectorio, y separada por una verja del suelo hasta el techo, le facilitaba las frugales viandas que en tiempo de cuaresma se reducían a un potaje de garbanzos, habichuelas y lentejas con espinacas. Un locutorio común para el resto de las celdas de la hospedería permitía que los ejercitantes pudiesen encontrarse, con permiso de la priora, en conversación y guía espiritual. Fue precisamente allí, donde Ceniciento tuvo el primer encuentro carnal, sólo proyectado en su imaginación, porque contacto físico no hubo, con Maruja que fue a escucharle por requerimiento insistente por su parte ante la monja responsable de la comunidad. A partir de ese día, tanto Maruja como Ceniciento quedaron prendados el uno del otro.
El día que Maruja cumplía la mayoría de edad, convino con Ceniciento que abandonaría la Orden de las Catalinas para ir en su búsqueda. Los dos amantes se dieron cita a la salida de Bellaflor. Él había salido con su carro de madrugada, con el mismo sigilo que un ladrón irrumpe en la hacienda que pretende desvalijar, y a las afueras de Bellaflor estuvo esperando a Maruja hasta que esta, después de despedirse de las monjas, fue a encontrarse con él. Los dos huyeron lejos y la verdad es que nunca se supo dónde estuvieron refugiados hasta que de pronto, una mañana aparecieron por Villavieja, mostrándose en público en actitud cariñosa y romántica como ocurría en las películas de cine mudo que una vez por semana, los domingos, proyectaban en el salón del cinematógrafo que Custodio Perpetuo alquilaba todos los años y ponía a disposición de la vecindad para las largas noches de invierno.
La última imagen que se tenía de Ceniciento era la de una persona soterrada, sombría y triste. Siempre vestido de luto riguroso, sus canas níveas que sembraban de algodón su grácil y aterciopelada cabellera, eran las únicas marcas de luz que iluminaban su porte cabizbajo y meditabundo en el que quedó sumido después de la muerte de Soberbia Tiramillas. Sin embargo, ahora se le veía rejuvenecido, con la espalda erguida y un torso orgulloso de sí mismo, marcado por unos pectorales turgentes y musculosos que se adelantaban a su nuevo porte, equilibrado y elegante. El color de sus ropas había cambiado; ataviado con una camisa holgada de color claro y unos greguescos damasquinados de azul intenso que dejaban al aire unas medias blancas de lana fina inglesa y calzado en dos galochas que protegían sus babuchas bordadas a mano con hilo de plata fina, le daban un aspecto tan señorial a como fingida era la actitud de sus viejos amigos que fueron a recibirle halagando su nueva presencia. Con un sombrero de ala ancha en su mano izquierda, se paseaba con Maruja Casamayor que, cogida de su brazo derecho, lucía también con un aspecto de dama de corte francés, sus encantos femeninos que fueron la envidia de más de uno y de una: los hombres porque la desearon como a una hembra con la que aparearse y las mujeres porque su ennegrecida y laya decrepitud les obligaba a esconderse al paso de su nueva vecina. Corroídos por la envidia, su presencia insultante ante tanta mediocridad interior y exterior, resultaba dañina para un pueblo que no podía soportar que la nueva pareja se hubiera afincado en la antigua vivienda de Ceniciento.
Pronto comenzaron con los trabajos de reparación y adecentamiento del nuevo hogar de aquellos dos tortolitos que llegaron a Villavieja después de haber celebrado su matrimonio eclesiástico en la más absoluta intimidad, mientras, Villavieja seguía sin salir de su asombro, especulando noche y día por intentar encontrar una explicación a aquella “resurrección” a la que no conseguía darle crédito.
Maruja Casamayor se encargó de realizar el proyecto de ampliación y reforma de la vivienda. De los pueblos vecinos contrató a varias cuadrillas de obreros, albañiles, pintores, jardineros y carpinteros que en seguida se pusieron manos a la obra con el nuevo diseño que la hacienda requería. Fueron días de una agitada labor, pero el recién estrenado matrimonio supo poner su mejor sonrisa, implicándose en los más pequeños detalles para que todo estuviera, en el plazo de tiempo más corto, listo para ser inaugurado. Detrás de aquella farragosa labor se escondía un idea que los Zamarramala no quisieron que se supiera hasta el mismo día de su apertura al público. Maruja, apoyada en todo momento por su esposo, dispuso que la nueva casa reformada, además de acoger sus vidas, fuera un negocio del que ellos pudieran vivir, al tiempo que ofrecía un gran servicio a todo el pueblo. La idea les venía servida en bandeja. En los años que Maruja estuvo en el monasterio, aprendió todos los secretos ocultos de la repostería conventual. En Bellaflor, los dulces de las Catalinas tenían tanta fama que traspasaban las propias fronteras de la comarca. Pero, en realidad la fama de los dulces de Bellaflor no residía en su sabor o en su textura; aquellos dulces, que iban desde la tortas de anís, a las rosquillas de limón, pasando por los mantecados, las yemas de azúcar y los bombones de chocolate rellenos de una fina pasta de frutas, eran capaces de sanar el cólico miserere, el mal de ojo, la culebrilla, el empacho, el beriberi, el patatús en algunos casos, la anosognosia, la casmodia y el mal de amores. De todas partes venían las vecinas a comprar los dulces de las monjas que Maruja se ejercitó en confeccionar desde muy niña. El recetario de las religiosas era tan codiciado como el arcano más oculto al que el hombre jamás hubiera tenido acceso. De aquellos muros, nunca había salido una sola fórmula que incluso los médicos ansiaban tener al no hallar explicación científica a los efectos curativos y tan variados de aquellas exquisiteces. Maruja se conocía todas las recetas de memoria, los ingredientes, las medidas, los tiempos de cocción o de horno y la manera de maceración para el relleno de algunas fruslerías, con lo cual el secreto estaba a buen recaudo, salvo que ella quisiera desvelárselo a otra persona. Y efectivamente, aquel fue el pacto que Maruja hizo con las monjas, que la querían como a una hija. Antes de abandonar el monasterio parar irse con Ceniciento, Maruja, bajo solemne juramento, aceptó poder continuar con la fabricación de la repostería conventual con la condición de que jamás pusiera una sola receta por escrito, ni rebelara aquellos secretos a ninguna otra persona que no perteneciera a su familia. Con ese pacto, las monjas dieron el beneplácito para que allí donde estuviera, pudiese continuar con una tradición de siglos que nunca había traspasado, hasta ese momento, los muros de la clausura.
Ceniciento Zamarramala había cambiado tanto desde que desapareció de Villavieja, que ninguno de sus antiguos amigos alcanzaba a explicarse lo que le podía haber pasado, interior y exteriormente. Pronto empezó a correr el bulo de que su milagrosa conversión se debía al paso del caballero misterioso por el pueblo, tiempo atrás. La extraordinaria intervención suya haciendo volver la luz del sol de nuevo a su cenit, el día que el cielo se oscureció por completo de forma enigmática, era causa necesaria para la explicación de su nuevo y transformado comportamiento. Hubo quien pensó que su mutación se debía a un hechizo maléfico que escondía tras su nuevo aspecto poderes sobrenaturales. Aquella popular creencia empezó a extenderse más y más a partir del día que abrieron por fin la dulcería y sus clientes empezaron a comprobar, en propia carne, los poderes curativos de aquellas delicias horneadas.
Uno de los primeros en probarlas fue Custodio Perpetuo que, en representación de Villavieja y ejercitando su atribuida y bien reconocida autoridad de hecho y de derecho como alcalde del pueblo, tuvo el honor de cortar la banda de rojo escarlata para dejar el paso expedito a todo cliente curioso y ávido de glotonería que a partir de aquel día pudo acercarse a la tienda de los Zamarramala.
Los efectos de aquellos sorprendentes dulces tardaban algunos días en desatarse. Cierta constancia en la ingesta y una buena disposición a la hora de regalarse con esas delicias eran condiciones necesarias para experimentar los poderes curativos que pronto empezaron a atribuírseles. Tanto Ceniciento como Maruja callaron hasta empezar a ver las transformaciones físicas y anímicas de sus convecinos. Ciertamente que ellos no tenían intención de decir nada sobre las virtudes de sus dulces, es más si eran cuestionados sobre las propiedades de las fruslerías que vendían en su tienda, jamás hubieran reconocido saber algo acerca de ellas. El éxito de su pastelería debía llegar hasta límites de transformación radical de las actitudes de todo Villavieja. La astucia por ellos urdida debía alcanzar el corazón de cada habitante, sin que ni ellos mismos llegaran a percatarse de sus beneficios. Sin embargo, los efectos de sus lindezas reposteras no eran tan duraderos a como ellos mismos hubiesen deseado. Después de comerlos, y una vez que habían empezado a ejercer su influencia en cada cliente, la transformación no se prolongaba más de unos cuantos días, por lo que en seguida había que seguir ingiriéndolos, si la pretensión era la de darle mayor continuidad a la mutación originada.
En cuanto que unos y otros pudieron ir atando cabos hasta llegar al origen de su nuevo estado, los Zamarramala no lograron dar abasto, entregándose noche y día en el obrador para responder así a la masiva demanda de sus clientes.
En pocos meses, Villavieja de Alcaida se había convertido en un mundo nuevo. Las enemistades, odios y rencores desaparecieron. El alcalde dejó de comportarse tan apetitosamente hacia los varones con los que antes hubiera buscado un deleite excesivamente carnal. El médico del pueblo vio cómo sus diagnósticos y tratamientos de enfermedades de todo tipo empezaban a dar unos resultados milagrosos, hasta que pronto sus servicios se hicieron innecesarios. Las lenguas de doble filo enmudecieron, dando paso a unos curiosos halagos que de empalagosos y corteses se hicieron hasta ridículos. Y así, nadie quedaba libre de una metamorfosis interior y exterior que, con el tiempo, empezó a hacerse insípida, bonachona y monjil. Aquella apatía de comportamiento comenzó a hacer estragos entre todos. Ya no había razón para la crítica, ni para la envidia, ni para los litigios. Jacinto Sandeogracias dejó de predicar sobre el infierno y el purgatorio, con lo cual sus feligreses le perdieron el miedo a Dios y a la religión y de ahí a dejar de asistir a misa fue todo uno. A Custodio Perpetuo se le dejó de cuestionar en sus bandos y decisiones como cabeza visible del pueblo. La gente lo admiraba y quería, y todo lo que hacía era muy bien acogido.
Pero el invierno llegó de nuevo. Aquel año cayó una nevada extrema a como nunca con anterioridad se había conocido en toda la región. Los caminos estuvieron cortados durante semanas, y los alimentos de los que se aprovisionaba Villavieja dejaron de entrar para su distribución y consumo. Solamente lo poco que quedaba almacenado en los graneros, y lo que el autoabastecimiento producía en carne y leche permitió que el pueblo sobreviviese hasta el deshielo que trajo la retrasada primavera de entonces.
Uno de los que sufrió aquella malograda escasez alimenticia, debida al corte de caminos, fue Ceniciento que tuvo que cerrar todo el invierno la pastelería por falta de azúcar, harina y cacao para sus dulces. A medida que los días transcurrían, los efectos de sus dulces empezaron a desvirtuarse. Lo primero que se empezó a cuestionar fueron las decisiones del alcalde. Nadie estuvo de acuerdo con la forma y manera que tuvo de gestionar aquella mala crisis de escasez. En seguida las lenguas viperinas volvieron a las suyas, criticando y despotricando a diestra y siniestra sobre la vida y probidad de las mujeres de Villavieja. La envidia volvió a apoderarse de aquellas gentes que veía cómo unos tenían más que otros para comer y no compartían lo poco que conseguían rescatar de sus campos yermos y helados. La irritabilidad, el rencor y las antiguas rencillas heredadas de padres a hijos por generaciones volvieron a salir a la luz.
Una noche, arrebatados por la necesidad y la inquina acumulada en sus corazones, un grupo de hombres se dirigió hacia la casa de Ceniciento y Maruja. Aprovechando la poca luz de una noche cerrada y cuando todo el pueblo dormía, prendieron fuego a la hacienda y a la tienda con el matrimonio en su interior. Aquel horrible crimen fue descubierto al día siguiente y explicado como un accidente fortuito por unas brasas mal apagadas del brasero estaba debajo de la mesa camilla. La tristeza y la rabia se desplegaron en las conciencias de todos los vecinos. Sus esperanzas quedaron desvanecidas al percatarse que por mucha primavera que llegase, adelantándose a las más negras de las previsiones meteorológicas que auguraban un dilatadísimo retraso, nunca más volverían a probar las delicias de los Zamarramala y por lo tanto sus males volverían a aflorar en sus vidas.
Aquel fue el detonante necesario para que una guerra encubierta se declarara en busca de los responsables del incendio y de que muchos quisieran cobrarse la deuda histórica que todavía conservaban con algunas de las familias de Villavieja. Aquello fue de una hostilidad beligerante que clamaba al cielo. Sin mediar en mayor razón que la venganza descarnada, Villavieja se fue matando. No hubo manera de parar la sed de sangre que lujuriosamente fue corriendo por las calles del pueblo. Ni la autoridad civil, ni la eclesiástica, ni ninguna de otro orden establecido, ni por Dios, ni por el hombre pudo detener el crimen desorganizado que cada día se cobraba una o más vidas de los vecinos de la villa.
En pocas semanas, Villavieja de Alcaida fue aniquilada en su totalidad. La última superviviente, Ricarda Mantillos, atrincherada en su posada para foráneos y viajeros, vio cómo su pueblo se iba muriendo por días. Cuando se vio sola no tuvo más opción que quitarse la vida. Con las sábanas de la cama en la que estuvo alojado el hombre del caduceo, Ricarda entrelazó una maroma que anudó a su cuello. Atando la otra punta a una de las patas de la cama de hierro forjado y colchón de borlas de lana de oveja recién ahuecado, se tiró por la ventana, permaneciendo su cuerpo congelado y a la intemperie durante semanas. En el escritorio de la habitación dejó una nota manuscrita que al llegar la primavera fue descubierta por el juez de paz que se hizo cargo de la investigación de aquella salvaje matanza. Doblada en un sobre de papel blanco ahuesado y con letra temblorosa, la nota decía:

“¡Aquí está la sabiduría!
Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia;
pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666”.
Apocalipsis 13, 18.

 
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