Cierto día, después de meses desde el artificial entierro de Ceniciento, a las doce del mediodía, el sol empezó a oscurecerse en un cielo despejado y azul, robando la luz del pueblo por unos minutos de eterna angustia. Todo Villavieja salió de sus casas que, ante la sorpresa de aquel extraordinario fenómeno de la naturaleza, no pudo contener ni disfrazar su temor al que no tardaron en buscarle una explicación que, cómo no, apuntaba una vez más hacia el misterioso visitante de sombrero de fieltro negro que desde su llegada al pueblo a penas se le había vuelto a ver públicamente.
En un momento, se hizo la noche, los pájaros dejaron de cantar y el molino de agua que recogía el cauce del río que atravesaba la villa se detuvo en seco. Las truchas se apiñaron en ambas márgenes del arroyo quitándose las unas a las otras el poco oxígeno que salían a respirar abriendo la boca por encima de la superficie. Algunos perros se refugiaron donde encontraron hueco libre, con el rabo entre las patas, y otros, como poseídos de un espíritu maléfico se encelaron súbitamente buscando perras y hasta gatas con las que poder aparearse en un impulso antinatural que rompía toda norma instintiva marcada por el equilibrio habitual de su raza.
A los gritos de “es el demonio, es el demonio”, el extraño visitante se dirigió a la plaza mayor del pueblo donde se agolpaba una muchedumbre insólita, aterrada ante tales acontecimientos. Vestido de una enorme capa carmesí, desplegada al viento como las velas de un barco pirata, se colocó en medio de aquella masa humana que le hizo sitio esperando obtener de él alguna respuesta que diera consuelo y solución a la angustia que les embargaba el corazón.
En su mano derecha llevaba asido el caduceo, rematado en la empuñadora por una bola plateada, de la que se bifurcaban dos cabezas de serpiente con la boca abierta y mirándose de frente, mientras sus largos cuerpos se enrollaban, entrelazándose entre sí, en forma de “S”, hasta la punta del cayado. El pueblo lo observaba boquiabierto sin poder dar razón alguna a lo que sus ojos contemplaban. Súbitamente, levantó los brazos hacia el cielo y apuntando con el caduceo hacia el sol oscurecido dijo a voz en grito algo que en ese momento no se comprendió y que más tarde, el cura, explicaría al resto de vecinos: “¡Epheta!”. Y al instante el cielo se abrió de nuevo y la luz volvió a lucir con su natural resplandor de un día cualquiera a los doce del mediodía.
—Epheta es una palabra aramea que quiere decir: ábrete, -empezó diciendo Sandeogracias en su sermón de la primera misa que celebró después de que el cielo se oscureciese como por arte del maligno.
Aquel domingo estaría marcado por la explicación espiritual que el párroco ofreció a todo el pueblo reunido, por primera vez en su vida en la iglesia. Hasta los que presumían de ser por linaje ateos, descreídos y comunistas, tuvieron que claudicar de sus ideologías por escuchar una explicación que pareció convencer a todo el mundo.
—El Evangelio de san Marcos dice lo siguiente, -empezó diciendo el párroco, al tiempo que tomaba entre sus manos bien cuidadas por no haber trabajado nunca, el libro sagrado que mostró a los fieles, parapetado con la barandilla de hierro forjado que sostenía su frágil cuerpo erguido desde el púlpito de piedra.
Con voz potente, revestida de una asombrosa solemnidad impostada, comenzó a leer el pasaje al que estaba haciendo alusión: “En aquel tiempo, le llevaron a Jesús un sordo tartamudo y le rogaron que le impusiera sus manos. Jesús lo llevó aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos, con su saliva le tocó la lengua, alzó los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “¡Epheta!”, que quiere decir “¡Ábrete!”. Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la atadura de la lengua, de modo que hablaba correctamente. Les encargó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo ordenaba, más lo proclamaban. Y en el colmo de la admiración decían: “Todo lo ha hecho bien, hasta a los sordos hace oír y a los mudos hablar””.
Con aquella lectura y la posterior interpretación de Jacinto Sandeogracias, el pueblo entendió bien que todo había sido obra del demonio, y que aquel extraño visitante no era sino el heraldo de Dios que había venido a exorcizar a aquellas gentes para expulsarlo del pueblo.
Del misterioso caballero de la incógnita identidad, nunca más se supo. Nadie lo volvió a ver, como tampoco supieron de su marcha. Tras de sí quedaba un rastro de azufre que se perdía por los caminos que iban a dar a Villavieja. Entonces se creyó que el demonio había pasado realmente por allí y que el hombre de ojos negros y mirada punzante lo había sacado arrastras del pueblo, esparciendo un reguero siniestro que delataba su huída pavorosa. Ese fue el argumento que durante semanas Jacinto Sandeogracias estuvo utilizando para ilustrar sus sermones dominicales que, con un lleno absoluto, fueron seguidos en la iglesia por parte de todos los vecinos que, al llamamiento del alcalde, a través de un bando publicado por todas las paredes de las casas de la villa, no dudaron en acudir puntuales.
Cierto día, no mucho tiempo después de aquella consternación que seguía presente en la memoria de Villavieja de Alcaida, alguien dio la voz de alarma de que había visto a Ceniciento Zamarramala paseándose de la mano con Maruja Casamayor, ante la mirada atenta de unos vecinos que no podían dar crédito a aquella inesperada y repentina aparición. Efectivamente, Ceniciento había vuelto al pueblo, seis meses después de su entierro. Había venido a buscar al amor que jamás le había declarado anteriormente a la hija bastarda y repudiada por todos de Jacinto Sandeogracias, que corriendo un tupido velo se había olvidado de ella desde el mismo día en que nació por cesárea de su madre, la meretriz así conocida por las lenguas viperinas y envenenadas de Villavieja. Salvo el párroco del pueblo, nadie más sabía de la identidad de su hija, quien había crecido durante años al amparo de unas monjas instaladas en un pequeño monasterio de aire colonial del pueblo vecino. Fue el mismo Sandeogracias quien, después de su alumbramiento y tras la violenta lapidación que puso fin a la vida de su madre, la llevó al cobijo de las religiosas, hasta su mayoría de edad. Pocas veces se la había visto por el pueblo, salvo en alguna fiesta con motivo de la celebración del santo patrón de Villavieja. Maruja vivía soltera y virgen en Bellaflor, la villa colindante donde estaba ubicado el cenobio en el que creció y fue educada hasta pocos años después de su pubertad. De su pasado oculto y bien escondido, por parte de Jacinto Sandeogracias, poco o nada se sabía en Villavieja. Es más, el desentendimiento voluntario y consentido de su padre, hizo que pronto se olvidara de ella, de tal forma y manera que le hubiera resultado imposible reconocerla después de tantos años de ausencia. Sandeogracias sólo tenía un ridículo contacto con la priora del monasterio, a través del diácono permanente de Bellaflor, quien en su nombre le transmitía un ridículo peculio cada tres meses para ayudar a la manutención de su hija natural y así comprar el silencio de las monjas.
Maruja Casamayor era la viva imagen de su difunta madre, una mujer envidiada y perseguida por hombres y mujeres que estuvo locamente enamorada de Jacinto, desde que éste llegó destinado a Villavieja por orden de obediencia de monseñor Matamoros, el obispo ya emérito de la diócesis, que supo confiar en él desde el mismo día de su ordenación sacerdotal. En aquella época, Sandeogracias era un hombre joven, apuesto, de piel morena aceitunada y con una peculiar sensibilidad capaz de encandilar a cualquier mujer que se cruzara con él. En seguida se creó una formidable clientela de mujeres penitentes que hacían cola por verse a solas con él en confesión. Algunas de ellas, como Mariana Casamayor, la madre de Maruja, acudía dos veces e incluso tres por semana para expiar sus pecados. Era natural que dos almas tan bellas, abriéndose su corazón en profundidad y secreta intimidad, terminasen por caer en las garras de la concupiscencia más lasciva e irresistible que nunca hubiesen soñado. Sin embargo, el miedo a perder su cargo de párroco y la posible excomunión por el pecado cometido le llevó a Jacinto Sandeogracias a querer echar marcha atrás cuando el mal ya estaba hecho.
El día que Mariana le descubrió, de rodillas en el reclinatorio de su confesionario y delante de una iglesia llena de feligreses a la espera del comienzo del santo rosario, que estaba preñada de él, creyó que el cielo se le caía sobre su cabeza. Enseguida, Sandeogracias comenzó a urdir una trama con la que poder desasirse de aquella soga que como un condenado parecía sujetarle el cuello para asfixiarlo de muerte. El problema fundamental residía en que a Sandeogracias no sólo le gustaba Mariana, muchas otras doncellas y algunas casadas, también estaban siendo presa de sus encantos masculinos, que como un lobo disfrazado de cordero, escondía debajo de su negra e impoluta sotana de tergal. Había que evitar que el rumor se propagase y mucho menos llegase a oíos del prelado que tanta confianza había puesto en él. Así que, mucho antes de que las lenguas ponzoñosas de Villavieja comenzaran a descuartizarlo vivo porque Mariana su hubiera atrevido a divulgar su desgracia, éste se armó de valor y acusándola de tentadora y pecaminosa la escarneció públicamente, adelantándose así a su inculpación en el caso. Como era natural, las demás mujeres que tanto o más tenían que callar por la secreta relación que seguían manteniendo con él a escondidas, no hicieron sino alimentar con testimonios increíbles la argumentación del párroco. Vejado y humillado por aquel zarpazo del demonio, Sandeogracias obtuvo el perdón y exculpación pública por el pecado cometido por aquella mujer ligerita de cascos que vino a entrometerse entre los faldones de su sotana.
El final de Mariana ya lo narré al principio. Después de dar a luz, su hija le fue arrebatada por el párroco que, en el nombre de Dios, ejerció sobre ella una subida autoridad para entregarla al monasterio de las monjas de Bellaflor. El Viernes Santo de aquel año, después de la lectura del Via Crucis, y cuando Mariana se hubo repuesto de la cuarentena obligada por la dificultad del parto, el pueblo la sacó a las afueras del mismo y allí, al igual que en el evangelio de san Juan, la lapidaron viva hasta que la sangre dejó de derramarse por su cuerpo. Esta vez nadie intervino para cuestionar la actitud de todos aquellos que llevaban piedras en las manos. Nadie preguntó quién estaba libre de pecado, la respuesta era demasiado evidente y no necesitaba impugnación, ni si quiera por parte de Jacinto Sandeogracias que, mientras ocurría el asesinato rezaba ante el Monumento donde Jesús—Caridad permanecía como ofrenda de amor y perdón por la humanidad.