A partir de aquel instante y por orden del alcalde que quiso pregonar su pérdida lanzando por cada calle al pregonero oficial que, con trabuco a la espalda, cuerno de toro en bandolera con el que ir pitando su presencia y reclamando la atención de todos los vecinos desde su bicicleta —tan antigua como las campanas de la iglesia—, fue dando orden de busca y captura de Ceniciento Zamarramala. En menos que canta un gallo el pueblo se puso en pie de guerra y, distribuidos en equipos de tres o cuatros personas se repartieron el plano de la comarca en pos de su búsqueda. Se recorrieron todos los rincones habidos y por haber. Unos se centraron en peinar las calles aledañas a su propia vivienda, otros quisieron adentrarse por las callejuelas y pasadizos menos frecuentados y recónditos, lugares casi todos de los encuentros furtivos de amantes y adúlteros en las noches de luna llena, cuando la lujuria se apoderaba de las almas de los hombres, ávidos de placer y otras cosas. Otro grupo se desplegó por los prados y eras de la vecindad, después de haber obtenido el permiso de cada terrateniente que celosamente cuidaba de sus posesiones como si les fuera la vida en ello. Finalmente, un último grupo fue pasando por cada establo, porqueriza y gallinero en un descomunal combate contra el tiempo por encontrar su cuerpo, preferentemente vivo. Por más que se buscó y se buscó por allá y acullá, no hubo forma de hallar su paradero que como alma que se lleva el diablo se habÃa esfumado de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno al que agarrarse para dar con él.
Tres dÃas pasaron sin que hubiera noticia fiable acerca de su término. Se dio orden a las autoridades competentes de la región para que pusieran sus instrumentos y efectivos más preparados al servicio de una labor para la que la mayorÃa de los vecinos de Villavieja no tenÃa más explicación que la brujerÃa o la magia negra. Al cuarto dÃa, el alcalde dio por concluido los trabajos de búsqueda de Ceniciento y se encargó su funeral a Don Jacinto que en ese momento estaba en la sacristÃa, a puerta cerrada con siete llaves, atendiendo Ãntimamente a una feligresa necesitada de consuelo interior y exterior. El pueblo entero lloró su muerte y tras un sentido rito exequial, con cantos y sermón emocionado por parte del párroco, se le dio hueca sepultura. Digo hueca porque en el féretro que se trasladó al campo santo y que luego se colocó bajo tierra, no habÃa cuerpo alguno.
Las plañideras de Villavieja y unas cuantas más que vinieron de los pueblos vecinos acompañaron en todo momento con jipÃos y desgarros guturales un terrible tránsito que dejaba a toda la vecindad sin resuello ni explicación ante su misteriosa desaparición. En su tumba colocaron una lápida que fue tallada a toda prisa por Carmelo Ruzafa y que por mismÃsimo encargo del alcalde y dictado del señor cura, grabó la siguiente inscripción sacada del primer IsaÃas: “OÃr, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oÃdos, y sus ojos han cerrado”.
La ceremonia del entierro se celebró entre sollozos disimulados y lágrimas de cocodrilo, que con una exagerada puesta en escena, propia de la mejor tragedia griega, las mujeres del pueblo, alentadas por aquellas plañideras mercenarias, dieron el mejor espectáculo que hasta el momento jamás se habÃa visto en Villavieja de Alcaida, si no se tenÃa en cuenta el drama lapidario a la que años atrás fue expuesta la madre de Maruja Casamayor cuando se supo de su alumbramiento a escondidas, fruto de la relación mantenida con el todavÃa párroco del pueblo, quien supo disculparse acusando a su barragana de ser el mismÃsimo diablo tentador que so capa de cordero inocente supo arrancarle de sus piadosos votos de castidad perpetua.
Nadie podÃa dar crédito a lo inusual de aquel entierro que, tras una fingida pátina de lobreguez y amargura, despidió a su convecino sin prueba alguna concluyente en torno a su desaparición.
A partir de entonces los rumores sobre su vida empezaron a correr de boca en boca como fuego que se junta con la estopa. El ingenio para unos, y el diablo que sopla para otros, fueron argumentos de fuerza mayor para inventar una historia increÃble acerca de su vida, su muerte y, en algunas mentes, sobre su actual paradero.
HabÃan pasado ya tres meses de la misteriosa desaparición de Ceniciento y el pueblo no habÃa olvidado todavÃa los detalles de su vida, especialmente después de que le siguieran dando pábulo todas aquellas mentes calenturientas que en un último intento por explicar su extraña desaparición, inventaron toda serie de misteriosas historias dignas del mejor contador de cuentos.