Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Víctor Morata Cortado
Fecha de publicación: 30 Septiembre, 2006

Categoría: Relatos de Misterio
 

Una ventanita iluminada en la última planta

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Una vez más volvió a mirar hacia arriba. Una vez más esa ventana iluminada de la última planta. Ventura la había visto cientos de veces, cada vez que pasaba por delante de aquel hospital siempre se fijaba, inconscientemente, en la ventanita iluminada de la última planta, la única que siempre estaba encendida. No sabía por qué su mirada se centraba siempre en aquel insignificante hecho cotidiano, pero desde el primer día que llegó a la ciudad y pasó por delante de aquel hospital su atención se distrajo y fue conducida hacia allí. Casi podía recordar el primer día en que se percató de ello. No podía recordar otras cosas más trascendentes, pero aquello no lo podía olvidar y seguía preguntándose una y otra vez el por qué de aquello.

A Ventura no le gustaban nada los hospitales, quizá le atraían tanto como los tanatorios. Ambos eran una representación de muerte, enfermedad o debilidad y se sentía muy vulnerable cada vez que tenía que pisar el frío suelo de alguno de estos lugares que no transmitían más que sufrimiento y dolor.

¿Qué podría causar tanta atracción en Ventura con respecto a esa lejana ventanita iluminada de la última planta de aquel hospital? Esta era una de las preguntas más recurrentes que inundaban su pensamiento evadido y, harto de darle vueltas, siempre tenía que dejarla sin contestar. Eso sí, había hecho algunos descubrimientos que le intrigaban más aún. Había descubierto que aquella planta estaba destinada a aquellos que esperan la muerte, que irremediablemente van a morir, la mayoría por una enfermedad terminal. Ventura tampoco había querido preguntar más acerca de la habitación a la que correspondía aquella luz, pero casualmente Ventura se había presentado voluntario para un trabajo de tipos de afrontamiento y hubo de presentarse en la quinta planta para realizar una serie de tests psicológicos a cada uno de los enfermos. Puesto que era un test voluntario ofrecido bajo el consentimiento de cada uno de aquellos, algunos se negaron a hacerlo invadidos por un más que soportado sufrimiento. Algunos no querían más pruebas, ni más experimentos, ni más nada… sólo querían morir en paz. Así, Ventura descubrió el número de la habitación de la ventanita siempre iluminada, era la habitación 511. No se atrevió a preguntar quién la habitaba, pero en un acto de valentía y con uno de los tests en la mano decidió aventurarse ofreciendo su realización a los ocupantes, la excusa perfecta. Para su sorpresa, al entrar en la estancia, vio que la única cama existente estaba vacía y perfectamente hecha, la habitación no tenía indicios que mostraran la rutina de ninguna persona. Estaba inmaculada, limpia y con todos los higiénicos utensilios preparados para el próximo inquilino. Sin duda, esperaban a alguien. Ventura se entristeció al pensar en la desafortunada persona que ocuparía esa habitación, despojada de toda esperanza de vida y sin más ánimo que el de ver apagarse su vida lentamente entre cuatro frías paredes. No obstante, el por qué la luz siempre estaba encendida no dejaba de ser un misterio. Pero ya no hizo más preguntas, ya no volvió a entrar a aquel lugar… simplemente se limitó a hacer lo que hacía siempre, mirar hacia arriba cada vez que pasa por delante de aquel hospital. Aunque después de aquello su mirada era distinta, ahora era una mirada triste… ahora sabía que en esa habitación sólo se podía ir a morir…

Pasaron muchas semanas después de aquella visita y no había un día en el que no mirara hacia la ventana. Nunca se apagaba la lucecita… el misterio seguía latente. Lo que no esperaba Ventura era encontrar respuesta a todas sus incógnitas de la manera en que lo hizo. Fue una noche, mientras volvía de la biblioteca de la universidad. Ya se sabe, época de exámenes, mucho estudio y necesidad de concentración. Claro que, quizá, los motivos de Ventura eran algo distintos. Su casa era demasiado grande y solitaria, así que prefería la biblioteca, ya que al menos de esa manera se encontraba con gente y tenía la oportunidad de romper el incómodo silencio que era inevitable en casa. Volvía caminando como siempre. Le llevaba unos diez minutos a paso rápido llegar a casa desde la biblioteca, pero nunca se le había hecho largo el camino. Debían ser aproximadamente las nueve, hora punta en la ciudad. Hora en la que todos vuelven a casa o, al menos, salen del trabajo en alguna dirección. El tráfico era escandaloso. A mitad de camino, un semáforo en rojo para peatones y los coches esperando a aquellos otros que venían del cruce frente a ellos. Normalmente se puede aprovechar el intervalo en el que los semáforos se ponen de acuerdo y dan paso a unos u otros para cruzar la vía. Eso fue lo que pensó Ventura. Lo había hecho cientos de veces, tantas como veces que pasaba delante del hospital, formaba parte de su trayecto cotidiano. La diferencia fue que esta vez no fue una vez más. Un coche aprovechó el ambarino color de la luz del semáforo para apretar el acelerador y dejar atrás la luz roja. Esto ocasionó lo inesperadamente inevitable y Ventura hundió su cuerpo en la luna delantera antes de caer ensangrentado en el asfalto. Entonces para Ventura todo empezó a girar, a difuminarse… antes de perder el conocimiento sintió una pequeña punzada de dolor en la cabeza y mucha gente corriendo hacia él. El ruido se fue apagando… cuando volvió a abrir los ojos estaba en el hospital, más concretamente en aquel hospital. Le llevaban vertiginosamente por los pasillos en una camilla, la gente de las batas gritaba pidiendo paso, entonces supuso que debía ser algo menos leve de lo deseado. Le introdujeron en una sala, se sentía mareado, le pusieron una mascarilla y volvió a caer en los brazos de Morfeo, obligado a acunarlo hasta nueva orden.

Ahora parecía que todo era más relajado, seguía en la camilla. Le introdujeron en el ascensor, comprendió que le llevaban a una habitación, pero no sabía cuanto tiempo estaría allí ni cuan grave era el asunto, nadie le había dicho nada. El camillero apretó el botón del piso al que iban, era la quinta planta. Un sudor frío recorrió las mejillas de Ventura. La planta de la muerte. El ascensor se abrió… Ventura no se podía mover, pero apenas pudo contener el aliento y su ritmo cardíaco se aceleró de forma vertiginosa. Sus ojos se abrieron hasta causarle dolor. Si hubiese podido moverse, bien seguro es que habría salido corriendo al ver el número de su habitación. La 511.

Al entrar en la habitación había gente, habría como unas veinte personas. No era capaz de reconocer a nadie, todos se mostraban sonrientes pero el camillero pareció no darle importancia alguna. Todos le aguardaban. El muchacho colocó la camilla en el lugar en el cual había estado la cama y desapareció tras la puerta de la habitación. La gente se acercó rodeando la cama donde Ventura estaba convaleciente. Unas palabras, las últimas que Ventura oyó antes de desvanecerse, de hundirse en un profundo sueño del que nunca más despertaría y que serían la clave de aquel misterio que se llevaría consigo a la tumba, el misterio de la ventanita iluminada en la última planta de aquel hospital. Unas palabras que se fueron perdiendo mientras sus sonrientes caras se aproximaban a él:

- ¿Por qué tardaste tanto? Te estábamos esperando…

 
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