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Autor: Víctor Morata Cortado
Fecha de publicación: 27 Diciembre, 2005

Categoría: Relatos de Misterio
 

El Gesto de la Muerte (Cadena Perpetua)

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Muchas eran las generaciones que había visto nacer y desaparecer en su vida, demasiado larga para cualquier mortal. Pedro nació en el año 1045, llevaba casi un milenio en este mundo. Lo había visto crecer desde entonces y había cambiado mucho en este tiempo, últimamente a una velocidad vertiginosa. Este planeta, el suyo, no tenía rincones ocultos para él. Ya no quedaba nada que colmara su curiosidad y algunas noches las pasaba observando aquello que, impasible, se mantenía allá arriba, las estrellas. Seguramente tendría la oportunidad de viajar allí en un futuro… su ansia de conocimiento se materializaba en una idea, en un deseo… salir de aquella Tierra para adentrarse en otros mundos, pero aún no había llegado el momento. Pedro, a lo largo de su larga vida había pasado por una inmensa cantidad de acontecimientos, incluyendo varias guerras, conflictos, unificaciones, caídas de grandes imperios… comprendidos dentro de la historia mundial, así como expediciones a cada uno de los parajes vírgenes que engloban la zona verde. Había asistido a grandes descubrimientos, a maravillosos inventos e incluso había conocido a gente de gran relevancia en el planeta en diferentes épocas. Aún así recordaba con anhelo la tierra que le vio nacer tal y como era, aquellos paisajes de un verde deslumbrante, las gentes… pero no pudo jamás quedarse en un mismo sitio durante mucho tiempo, no envejecía y eso no era normal, en algunos sitios se le concibió como una obra del diablo. Al principio se vio obligado a huir, él tampoco sabía por qué se mantenía eternamente joven e inmaculado. Se había estancado en una edad que él estipulaba aproximada de aparentemente treinta años. Había pasado por la pérdida de muchos amigos, muchos amores, la de sus padres que le repudiaron y le tacharon de engendro maligno… había pasado por la innegable “evolución�? de creencias, estados, pueblos y personas. En 954 años que cumplía ahora, había visto muchas cosas, todas las posibles. Había ido adaptándose a cada época, adquiriendo nuevos hábitos, costumbres e identidades. Cosa que se había complicado con la aparición de la tarjeta de identidad. En todos estos años había conseguido mucha sabiduría, había practicado más de cincuenta religiones (entre ellas más de media docena creadas por él), había participado en centenares de ritos, gobiernos, sectas, partidos políticos…, había cursado unas cuatro carreras universitarias y tenía en su haber más de veinte títulos. Había pintado en el renacimiento, esculpido en el barroco, escrito en El País y el New York Times, actuado en Broadway, filmado en Hollywood, publicado varios libros acerca del sentido de la vida firmando con diversos seudónimos… sabía más de treinta idiomas y dialectos. Se había desarrollado, en pocas palabras, plenamente. Y, ahora, vagando por las calles de Madrid se angustiaba. Nunca había visto el gesto de la muerte, ésta nunca había ido a importunarle. Pedro la había buscado en numerosas ocasiones, pero siempre le dejaba escapar indemne. Sus heridas cicatrizaban en pocos segundos y no dejaban marca alguna, su salud nunca fallaba a pesar de adentrarse en todos los vicio habidos y por haber. Alguien que supiera de sus condiciones, posiblemente le envidiaría. Pero, como él, acabarían hartándose. Sin poder amar, sin poder disfrutar de una amistad duradera, sin poder crear descendencia, viendo una y otra vez la misma gente con diferentes atuendos… él quería acabar y no podía. A lo que todo el mundo temía, él amenazaba. No quería seguir vivo, deseaba morir y descansar… las calles se hacían largas y pesadas, las paredes estrechas. Allá adonde iba todo era igual, de otro color, de otra forma, pero al fin y al cabo era lo mismo. Sentía una angustia que le carcomía, le colmaba de insomnios. Había visto a tanta gente morir injustamente que había deseado en muchas ocasiones repartir todos aquellos años que le sobraban. Aún así, llegó a la conclusión de que no hubiera tenido suficientes. No sabía hasta cuando vagaría por este trozo de tierra cada vez menos visible… y su pena iría creciendo con los años… solo en la eternidad.

En numerosas ocasiones la humanidad se ve atemorizada por el paso de los años, la vejez y finalmente la llegada de la muerte, viendo ésta como una prisión eterna, pero quizá el verdadero sentido de la vida sea vivir sin pensar en el final de nuestros días, porque sin esa condición de mortales la única prisión existente sería la propia vida.

Extraído del libro “Mâya” de Víctor Morata Cortado

 
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