Muchas eran las generaciones que habÃa visto nacer y desaparecer en su vida, demasiado larga para cualquier mortal. Pedro nació en el año 1045, llevaba casi un milenio en este mundo. Lo habÃa visto crecer desde entonces y habÃa cambiado mucho en este tiempo, últimamente a una velocidad vertiginosa. Este planeta, el suyo, no tenÃa rincones ocultos para él. Ya no quedaba nada que colmara su curiosidad y algunas noches las pasaba observando aquello que, impasible, se mantenÃa allá arriba, las estrellas. Seguramente tendrÃa la oportunidad de viajar allà en un futuro… su ansia de conocimiento se materializaba en una idea, en un deseo… salir de aquella Tierra para adentrarse en otros mundos, pero aún no habÃa llegado el momento. Pedro, a lo largo de su larga vida habÃa pasado por una inmensa cantidad de acontecimientos, incluyendo varias guerras, conflictos, unificaciones, caÃdas de grandes imperios… comprendidos dentro de la historia mundial, asà como expediciones a cada uno de los parajes vÃrgenes que engloban la zona verde. HabÃa asistido a grandes descubrimientos, a maravillosos inventos e incluso habÃa conocido a gente de gran relevancia en el planeta en diferentes épocas. Aún asà recordaba con anhelo la tierra que le vio nacer tal y como era, aquellos paisajes de un verde deslumbrante, las gentes… pero no pudo jamás quedarse en un mismo sitio durante mucho tiempo, no envejecÃa y eso no era normal, en algunos sitios se le concibió como una obra del diablo. Al principio se vio obligado a huir, él tampoco sabÃa por qué se mantenÃa eternamente joven e inmaculado. Se habÃa estancado en una edad que él estipulaba aproximada de aparentemente treinta años. HabÃa pasado por la pérdida de muchos amigos, muchos amores, la de sus padres que le repudiaron y le tacharon de engendro maligno… habÃa pasado por la innegable “evolución�? de creencias, estados, pueblos y personas. En 954 años que cumplÃa ahora, habÃa visto muchas cosas, todas las posibles. HabÃa ido adaptándose a cada época, adquiriendo nuevos hábitos, costumbres e identidades. Cosa que se habÃa complicado con la aparición de la tarjeta de identidad. En todos estos años habÃa conseguido mucha sabidurÃa, habÃa practicado más de cincuenta religiones (entre ellas más de media docena creadas por él), habÃa participado en centenares de ritos, gobiernos, sectas, partidos polÃticos…, habÃa cursado unas cuatro carreras universitarias y tenÃa en su haber más de veinte tÃtulos. HabÃa pintado en el renacimiento, esculpido en el barroco, escrito en El PaÃs y el New York Times, actuado en Broadway, filmado en Hollywood, publicado varios libros acerca del sentido de la vida firmando con diversos seudónimos… sabÃa más de treinta idiomas y dialectos. Se habÃa desarrollado, en pocas palabras, plenamente. Y, ahora, vagando por las calles de Madrid se angustiaba. Nunca habÃa visto el gesto de la muerte, ésta nunca habÃa ido a importunarle. Pedro la habÃa buscado en numerosas ocasiones, pero siempre le dejaba escapar indemne. Sus heridas cicatrizaban en pocos segundos y no dejaban marca alguna, su salud nunca fallaba a pesar de adentrarse en todos los vicio habidos y por haber. Alguien que supiera de sus condiciones, posiblemente le envidiarÃa. Pero, como él, acabarÃan hartándose. Sin poder amar, sin poder disfrutar de una amistad duradera, sin poder crear descendencia, viendo una y otra vez la misma gente con diferentes atuendos… él querÃa acabar y no podÃa. A lo que todo el mundo temÃa, él amenazaba. No querÃa seguir vivo, deseaba morir y descansar… las calles se hacÃan largas y pesadas, las paredes estrechas. Allá adonde iba todo era igual, de otro color, de otra forma, pero al fin y al cabo era lo mismo. SentÃa una angustia que le carcomÃa, le colmaba de insomnios. HabÃa visto a tanta gente morir injustamente que habÃa deseado en muchas ocasiones repartir todos aquellos años que le sobraban. Aún asÃ, llegó a la conclusión de que no hubiera tenido suficientes. No sabÃa hasta cuando vagarÃa por este trozo de tierra cada vez menos visible… y su pena irÃa creciendo con los años… solo en la eternidad.
En numerosas ocasiones la humanidad se ve atemorizada por el paso de los años, la vejez y finalmente la llegada de la muerte, viendo ésta como una prisión eterna, pero quizá el verdadero sentido de la vida sea vivir sin pensar en el final de nuestros dÃas, porque sin esa condición de mortales la única prisión existente serÃa la propia vida.
ExtraÃdo del libro “Mâya” de VÃctor Morata Cortado