Intento recordar, pero soy incapaz. Hace ya mucho tiempo. Ella está junto a mÃ, desnuda en la cama y no sé si tendrá la más remota idea de lo que ahora, desvelado a altas horas de la noche, pasa por mi cabeza. MÃrala, parece que tiene una pequeña sonrisilla, eso es que no estuve mal del todo. No puedo dormir y esa incesante pregunta me atormenta una y otra vez. Todo proviene de aquel estúpido hechizo. No era capaz de imaginar la efectividad de éstos, ni siquiera me lo habÃa planteado seriamente hasta que me paso a mÃ. Curioso ¿verdad? Sólo nos percatamos de aquello que nos sucede a nosotros, cuando les pasa a los demás nos damos la vuelta y decimos ¡Qué se joda! Bueno, esto me paso a mÃ.
Yo, como cualquier otro dÃa de esta miserable vida, caminaba tranquilamente por uno de los parques naturales de este paÃs. Todo era muy bonito y relajante. Verdes campos y cuadros de color en dulces pétalos de flor. Los pajarillos cantando sus canciones sin partitura ni director, las hormigas trabajando afanosamente y en silencio… todo era paz y armonÃa. Incluso yo estaba en paz conmigo mismo. Entonces la vi. Allà estaba, un pequeño lago bañaba aquel espacio vivo. Y de él, una hermosa mujer me invitó a adentrarme en sus aguas. Yo, con la boca abierta y dejando un rastro de baba, no me lo pensé y me acerqué. El agua estaba frÃa, ella también. No sé como, pero no necesitábamos hablar, sobraban las palabras. Descubrà que estaba desnudo, pero no recordaba el momento en que me despoje de mis ropas ni si lo habÃa hecho realmente. Todo era muy confuso, casi como un sueño. Entonces justo en el momento de menor preocupación por mi parte, el sueño se vino abajo. Alguien nos sorprendió. ParecÃa enojado y tuve la tentación de salir corriendo en bolas por todo el parque, no lo hice. Era una especie de bestia humana. De casi dos metros de alto por dos de espalda y medio de cada brazo. Me agarró por el cuello y me levantó hasta casi tocar el cielo que antes habÃa rozado con la chica. Apretó hasta que me empezó a faltar el oxÃgeno, entonces me soltó y mientras me estrellaba contra el suelo me señaló con el Ãndice y me dijo:
- ¡¿Tanto la deseas que has sucumbido a ella sin la menor duda?!- Gritaba con una voz poderosa. Ella se agarró a mi rodilla y tembló, yo también. No me dejó contestar. - ¡Pues quédatela! Pero a partir de este momento desaparecerá de ti toda capacidad de sentir, amar, gozar… ¡sufrirás!
Y desapareció, asà sin más. El muy…
Ahora, la chica que duerme junto a mà es la de entonces y yo me pregunto siempre qué hay peor que tener todo lo que siempre se ha deseado y no poder disfrutarlo. Echo de menos ese frÃo que me solÃa recorrer la espalda cada vez que alguien me colmaba de caricias. O ese intenso frÃo que inundaba mi cuerpo en el apogeo del orgasmo. ¿Dónde está todo eso? ¿Qué fue del frÃo?
ExtraÃdo del libro “El Lado Oscuro del Cuento” de VÃctor Morata Cortado