Los seres que vivÃan con Alzú comenzaron a temer seriamente por su vida, después que Lara rechazara su quemante pasión, al verlo cómo se iba deshojando en una depresión oscura, matizada con pesadillas obsesivas que se alternaban a unos sueños serenos, verdaderos reinos de paz inviolable.
En este estado de remolinos mentales, Alzú no sabÃa si las certezas eran más enfáticas en los sueños que en su cotidiano, en disgregación permanente, pero del que aún conservaba la memoria de recuerdos, quizás vividos, en los que caminaba abrazado a su Lara, sintiendo bajo su mano enamorada un temblorcito tenue cuando la dejaba olvidada, con delicadeza, sobre la cintura fresca y ondulante de ella, entonces recordaba el temblor de la menta, cuando la brisa del atardecer jugaba con su aroma.
En estas caminatas por los senderos del bosque, los asistÃa la certeza que vivÃan en la dimensión del paraÃso, sin manzanas ni serpientes, y en la ausencia del tiempo que todo destruye y corrompe. Con frecuencia esos momentos que rozaban o eran lo celestial, se evaporaban como el rocÃo de las mañanas, y en su mente aparecÃan las sombras del animal, que se agitaba con furia en las profundidades de su sangre. Entonces era, todo su ser, el grito arcaico de la carne ardiendo en las piras de una fiebre implacable, de adolescente absoluto. Alzú aullaba a la luna, como un coyote triste, hasta que de ella descendÃa Lara vestida con sedas blancas y ligeras como el aire, cubriendo la transparencia de una piel ebúrnea y de suavidades dañinas. La veÃa caminando en dirección a una cascada de aguas de frescura intolerable. Antes de bañarse en ella, dejaba caer su vestido etéreo sobre unas rocas blancas, que rodeaban flores intensamente amarillas.
Esta visión de Lara, de su cuerpo fresco y desnudo enloquecÃa a Alzú, que la contemplaba desde el interior del bosque, hasta no poder resistir más el llamado de la zarpa, y como un fauno embriagado de deseo se arrojaba sobre su ninfa, y antes que ella lograse escapar, la poseÃa repetidas veces, con furia y desesperación, enrollándola como una serpiente de pecado y veneno, jadeante como corcel en primavera, hasta arrancar desde el fondo de la tierra todo el placer, finalmente compartido con su Lara, derrotada en las mieles de un Eros incalmable. Pero antes del milagro en que dos almas se fundan en un solo polen cósmico, llegaba el desgarro implacable de la separación, y Lara escapaba lanzándose a las aguas tranquilas de un rÃo, que atravesaba en ágiles y armoniosas brazadas. Desde la otra orilla lo llamaba con la voz irresistible de las sirenas. Alzú se arrojaba a esas aguas que de improviso se volvÃan negras y turbulentas, devorándolo sin piedad, mientras Lara, transformada en lechuza, penetraba en un bosque donde caÃa la noche.
Al despertar se sorprendÃa sentado en la cama gritando, y tenÃa que ingerir litros de agüita de manzanilla, para poder recuperar una calma tenazmente ausente. Estos extraños sueños continuaron a atormentarlo en modo siempre más obsesivo, mientras su cuerpo enflaquecÃa en una vida opaca y plana como una tabla. El entusiasmo vital se habÃa reducido tanto, que lo podrÃa contener una nuez. Los ángeles de la muerte comenzaban a revolotear sobre su cabeza con porfiada insistencia.
Un amor, irrecuperablemente perdido, se estaba llevando a Alzú hacia las profundidades de una noche espantosa e incontenible, donde su ser se iba apagando dÃa a dÃa, como una débil llamita de fósforo, asistido por el feroz convencimiento que la vida es una inmensa farsa que no vale la pena contemplar hasta el final. Pensaba que es más noble reunirse con la muerte, en la belleza invulnerable del suicidio, y no morir de una puñalada ordinaria, en algún fétido tugurio, rodeado de seres mediocres.