Se acababa de incorporar. Nacho vino de Madrid, mi nuevo compañero de trabajo tenÃa apenas treinta y cinco años y un aspecto pasable, el pelo corto, los ojos pequeños, aunque la cabeza era grande y redonda. Por lo general parecÃa un personaje simpático y extrovertido, quizá algo vehemente en sus opiniones pero no más que la mayorÃa.
Al cabo de un tiempo no tardé en darme cuenta de que estaba ante un tipo peculiar. Al acabar nuestra jornada nos dirigÃamos juntos hasta la plaza de la Estación, lugar en que cada cual seguÃa su camino. Durante el trayecto en común, Nacho tenÃa la costumbre de detenerse en el único cajero automático que habÃa en nuestro itinerario.; con nerviosismo desmesurado, introducÃa su tarjera en la ranura; luego, tapando con su mano el teclado, marcaba la clave, solicitaba extracto de su cuenta y con impaciencia revisaba el saldo; una vez lo comprobaba se quedaba tranquilo y una plácida sonrisa delataba su alivio. Esta escena se repetÃa todos dÃas.
Una de esas veces, después de ejecutar la misma acción, no pude contener mi curiosidad y le rogué que me explicara el motivo de tan metódico proceso
-Amigo-me dijo con naturalidad-.Simplemente observo el dinero que tengo.
Fue entonces cuando me percaté de su cicaterÃa y asÃ, recordando, me vino a la memoria cuando en cierta ocasión le sugerà que se comprara un coche nuevo y que se deshiciera de aquel viejo y destartalado seat ; me miró furioso, frunció el ceño agrandando sus pequeños ojos y me rebatió
-¡No pienso hacerlo!- exclamó con dureza-. Además-prosiguió-, me lleva a todos los sitios.
En otra ocasión, se ausentó del despacho unos minutos para ir al banco a pagar el recibo de la luz. Al volver, sacó de su bolsillo el justificante de pago y contó una y otra vez las monedas que le habÃa devuelto el chaval de la caja; Su expresión se tornó atormentada, la cara se le enrojeció de desesperación; recogió todo, recibo y monedas, y salió impetuoso. A su regreso me interesé por lo sucedido; su explicación me dejó atónito:¡ Le habÃan devuelto cinco céntimos de menos!.
Ahora me explicaba porque a la hora del desayuno él seguÃa trabajando; no querÃa gastar, era un tacaño auténtico; incluso cuando le decÃamos de subirle algo del bar ni siquiera respondÃa, movÃa la cabeza de una lado a otro para mostrarnos su negativa. Era tal su obsesión, que era capaz de pasar todo el dÃa sin beber con tal de ahorrarse unos céntimos en un botellÃn de agua.
He de reconocer que en una oportunidad llegó a sorprenderme, incluso dudé de su tacañerÃa; pero no tardé en comprobar que se trataba de una simple quimera.
Ocurrió al comentarme que el sábado llegaba de Madrid su novia y que la iba a invitar a cenar. Aquello me desconcertó. Quizá no sea tan miserable-pensé para mis adentros. Después de un corto silencio le dije:
-Haces bien Nacho; asà después de cenar dais una vuelta y conocéis Alicante de noche.
-Ya veremos- respondió preocupado.
Se dio la casualidad que el domingo , después de recoger el periódico, me topé de frente con Nacho; a su lado estaba Teresa, asà se llamaba su novia, era bajita, delgada, unas extrañas gafas impedÃan dilucidar con claridad su mirada. Después de presentarnos me interesé por la cena.
-¿Qué tal anoche, cenasteis bien?-pregunté con curiosidad.
-SÃ, muy bien-respondió Nacho-. Por cierto-prosiguió- hoy televisan al Madrid.
Estaba claro que evitaba extenderse en la respuesta.
- Pero dime Nacho-insistà con maldad-. ¿Dónde fuisteis a cenar?, ¿Salisteis luego?
Esta vez respondió Teresa
- No, no salimos – respondió con naturalidad- después del burguer nos acostamos. Además-continuó-con un solo euro cenamos los dos.
Una vez en mi casa intentaba comprenderle; pensé que él era feliz asÃ, a nadie hacÃa daño; a nadie daba pero a nadie pedÃa. Él disfrutaba acumulando y comprobando cada dÃa el dinero que poseÃa; el tacaño mantiene asà viva la esperanza , que nunca materializa, de poder disfrutar del placer. Es como el que acaba de comprarse un par de zapatos estupendos y nunca encuentra el momento de estrenarlos con tal de no estropear el placer que le da pensarlo.
¡Dejen pasar! ¡ Salgan de ahÃ!-gritaba el policÃa al tiempo que apartaba a los curiosos.
La mano la tenÃa atrapada en la ranura del cajero, sus ojos permanecÃan abiertos, en su mirada perdida se observaba una mezcla de delirio e incredulidad.
Oficialmente el infarto que provocó la muerte de Nacho se debió a la angustia que padeció al ver su mano atrapada. Sin embargo, él y yo sabemos que murió al comprobar que el maldito cajero se le habÃa tragado la libreta.