“Siempre lo consigue”.
Cada vez que me acercaba a la ventana y disfrutaba del paisaje que me ofrecÃa la playa, me dejaba llevar por su belleza. Siempre lo conseguÃa.
El sonido apacible de las aguas del mar me hacÃan recordar momentos de mi pasado ya casi olvidados. La brisa del mar, como susurros cerca de mi oido, me llenaban de una espiritualidad que impactaba en mis más profundos sentidos. Y fue cuando ella apareció en mi cuadro de paisaje. Sentà como apoyaba su barbilla en el centro de mi espalda que, curiosamente para mi, revolvió mis instintos más carnales. Sus manos encarcelaron mi torso hasta mi pecho desnudo, acariciandolo con ternura hasta hacerme ronronear como un gato. Cerré los ojos y me dejé llevar por la delicadeza de sus trémulos dedos. Un ligero cosquilleo me revolvió desde los pies hasta la nuca. Y sonreÃ. Sonreà por ser tan afortunado de la belleza que Dios me habÃa otorgado.
Una gaviota entorpeció mis pensamientos con sus graznidos. Los escuché con entusiasmo y se unieron a todo lo demás, y me sorprendà a mi mismo al soltar una risa tÃmida.
Su aliento rebotó sobre mi nuca de una forma muy puerÃl y estiré el cuello hacia atrás para disfrutar de sus cálidos besos, entusiasmados, apasionados, que nos fundieron en un solo ser. Eran sus caricias las que me decÃan que nuestro amor era de verdad. Dejando a un lado los prejuicios de la gente, los comentarios y envidias, permità que sus labios inocentes acariciaran todo mi ser.
Llevado por una oleada de placer, apoyé mis manos sobre el marco de la ventana, sintiendo bajo ellas la rigidez de la madera; y detrás mia estaba ella consiguiendo que mis diablos más traviesos se exaltaran con su juventud.
Miré al frente, hacia el mar. El sol humedeció mis ojos, haciendolos brillar como dos linternas en el dÃa.
© ® 2006, Rebeca RodrÃguez