La luna vigilaba espantada tras la negra nubosidad el fatal devenir que sólo ella conocÃa. En lo profundo de la tierra una rabia fruto de un dolor espantoso gimió su lamento con un fuerte arrebato. Venus cruzó la órbita de Capricornio y un aborto prematuro surgió de este enlace mal parido en los abismos de la tierra. El grito espantado de una grulla resonó entre los matorrales y huyó despavorida hacia el oscuro horizonte cuando sonó el primer golpe del tambor.
Las hordas Otomanas, acampadas en el altiplano del Pomodoro, celebraban con una gran fiesta su victoria tras la sangrienta batalla contra los aborÃgenes Rupa-Cacu en la cima del monte Katueh. Grandes pilas de leña ardÃan, y a su alrededor, los prisioneros eran salvajemente torturados por la ingente turba de guerreros borrachos ansiosos de venganza. Música y cánticos delirantes al estrepitoso son de los tambores discordantes apenas amortiguaban los agónicos lamentos y gritos atormentados de los cuatro miserables ajusticiados. En la desenfrenada bacanal de opÃparos alimentos, bailaban desnudas sobre las mesas las mujeres otomanas de más edad, en obscena y lujuriosa danza de aclamación a sus dioses.
En el momento de mayor frenesÃ, cuando con las copas alzadas la muchedumbre jaleaba la aparición de los enanos malabaristas, llamados asà porque esquivaban con notable agilidad los cuchillos que los otomanos les lanzaban, retumbó el suelo con una poderosa convulsión, resquebrajando la tierra al paso de una mortal onda expansiva que lanzaba por los aires a los sorprendidos guerreros, devastando el campamento. Al tiempo que la tierra temblaba, emergió del interior de la montaña un obelisco descomunal de bordes afilados con raras tallas e inscripciones, alzándose hacia el cielo impulsado por una poderosa fuerza lenta e incesante.
Entre los pocos supervivientes de los más de treinta mil otomanos que sucumbieron precipitados en las repentinas y profundas grietas o abrasados por los borbotones de lava que brotaba entre los escollos, se encontraba el reconocido filósofo de las artes Sir Lawrence Porck, que logró conservar una valiosa prueba del singular descubrimiento.
En sus memorias, conservadas por sus herederos y en la actualidad propiedad del doctor Laurencio Puerco, Sir Lawrence dejó constancia detallada de la gran mortandad sufrida en el ejército otomano, cuando al derretirse las nieves que rodeaban el altiplano, arroyos del agua cayeron en cascada sobre el magma hirviente, provocando la formación de una inmensa nube de vapor abrasador y tóxico. El suelo irradiaba un calor sofocante formando grietas por donde emergÃan ráfagas de vapor incandescente. Cayeron fulminados instantáneamente grandes franjas de guerreros otomanos apelotonados, cuando bajo sus pies les sorprendió este terrible castigo. El temblor se hacÃa cada vez más intenso y la tierra se resquebrajaba formando grandes placas, volcando sobre el burbujeante magma a los aterrados guerreros que inexorablemente caÃan en el interior del volcán. Los gritos agónicos y desaforados lamentos de los otomanos agonizantes se dejaban oÃr por encima del estruendo del terremoto, como el canto coordinado de unos monaguillos que por terrible pecado estuvieran cantando juntos en el infierno. Los guerreros, dominados por la histeria y el horror, huÃan despavoridos sorteando dificultades insalvables precipitándose hacia su propia muerte. El volcán entró en erupción con dos nuevas sacudidas, provocando enormes olas de magma e inmensos chorros de lava que alcanzaban por la espalda a los apretujados otomanos que pretendÃan huir por la ladera.
Desmembramientos, achicharramientos y sÃntomas derivados de la inhalación de gases tóxicos tales como asfixia, ceguera, urticaria y sarpullidos produjeron un inmenso escenario de agonÃa colectiva en las zonas menos afectadas. El centro del altiplano se habÃa vuelto un foco abrasador de lÃquido incandescente cuya luz cegaba igual que el sol, y crecÃa al tiempo que extendiendo sus grietas manaba un gran rÃo de lava, que salió en persecución de quienes huÃan por la única pendiente accesible.
Según cuenta en sus memorias el ilustre Sir Porck, en un pequeño reducto oriental del altiplano abocado a una inminente volatilización, emergió del interior de la tierra ante sus ojos el descomunal obelisco, . etan alto como cinco o seis personas, subidos de pie uno encima del otro?R? haciendo un estruendo ensordecedor.
El obelisco estaba adornado con extrañas y variadas tallas de animales que en sus cuatro costados enmarcaban sÃmbolos de una escritura hasta aquel momento desconocida. Sir Lawrence, aún sufriendo un inhumano sofoco quedó estupefacto, admirado hasta la incredulidad ante tan portentoso descubrimiento y tardó en darse cuenta de que la inmensa columna, tras leve tambaleo se abalanzaba sobre él. Sir Lawrence corrió lo más que pudo para salvar su vida sorteando en su frenética carrera a los agonizantes guerreros, que sufriendo una intensa cocción de sus cuerpos deambulaban cegados de un lado a otro, desmembrados o arrastrándose por el suelo. Sir Lawrence, presa del pánico, y también sometido a la inhumana cocción se lanzó hacia el desfiladero dando un salto increÃble cayendo en picado desde una altura de más de cien metros. Según sus propias palabras, . esi saltase mil veces por aquella ladera tan sólo una quedarÃa con vida, y fue esa. En todas las demás hubiese muerto antes de alcanzar el suelo, debido al mortal espanto que sufre quien en semejante circunstancia se encuentra?R?. Pudo, con la ayuda de la divina providencia, amortiguar el mortal batacazo traspasando a gran velocidad el denso ramaje de un gran árbol, agarrándose con frenesà a una rama, cayendo con contundente fuerza en un pequeño y frondoso matorral, rodeado de puntiagudas rocas y numerosos guerreros muertos. Un fragmento del obelisco cayó a su lado, sobre la mullida panza de un enano otomano muerto, reventando su cuerpo tal como si a bocajarro hubiese sido disparado con un cañón.
Sir Lawrence también nos cuenta en sus memorias lo apurado de su escapada y las dificultades en el regreso por las escarpadas laderas septentrionales, cuando maltrecho y contuso, con la providencial ayuda de un sherpa, huÃa precipitadamente de los rÃos de lava encima de un burro, llevándose consigo el fragmento del obelisco. El sherpa y el burro sufrieron quemaduras de tercer grado en barriga y extremidades por innumerables salpicaduras, pero pudieron eludir milagrosamente los numerosos desprendimientos que se producÃan a su alrededor y alcanzar el bosque. Quedaban aún muchos kilómetros por recorrer entre espesa jungla repleta de peligros, y la huida del sherpa con el burro, al primer descanso, por poco no malogra el triunfal regreso de sir Porck con el testimonio de la gran victoria sobre los Rupa-Cacu y la evidencia del descubrimiento de inscripciones antediluvianas de indudable interés cientÃfico.
Ráfagas de tempestad insufrible entre perÃodos de calma sofocante ambientaban el frenético paso de sir Lawrence movido por una profunda inanición. Estuvo recorriendo la jungla tres semanas sin rumbo fijo sufriendo las inclemencias de aquel entorno selvático y sorteando los continuos peligros. Anacondas, panteras, osos e infinidad de animales de la jungla se dejaban ver en todo momento, y mosquitos gigantes succionaban su piel sin descanso, pero consiguió salvaguardar la integridad de su valiosÃsimo descubrimiento.
El hallazgo de Sir Lawrence dejó perpleja a la comunidad cientÃfica, que ha mantenido siempre un absoluto secretismo y hasta el dÃa de hoy se debate entre la incredulidad y el asombro sobre la autenticidad del gran pedrusco y sus extrañas inscripciones. La prueba del carbono quince certificó la antigüedad de la piedra en más de catorce millones de años, sin poderse confirmar la datación de las inscripciones en la misma fecha. Es de composición basáltica con predominio de feldespato, pesa 75 kilos y conserva parte de unas inscripciones del tipo crÃptico y simbologÃas de la procreación. En sus memorias se analizan las posibles procedencias de la civilización perdida y algunas interpretaciones posibles de los sÃmbolos del obelisco, dibujados de memoria en su cuaderno.
Las anotaciones de sir Lawrence tienen gran relevancia histórica pues son el único documento conocido que atestigua el exterminio y existencia de los aborÃgenes Rupa-Cacu, casta indomable de guerreros antropófagos nómadas, que aunque pocos eran extraordinariamente sanguinarios y crueles.
Sir Lawrence vivió ingresado en un psiquiátrico el resto de su vida, donde compuso sus memorias, que tras su muerte fueron desatendidas por sus descendientes. Tuvieron que pasar muchas generaciones hasta que un joven mallorquÃn natural de Pardaldemoro, descendiente de Sir Porck, encontrase de un casual las memorias olvidadas entre las pocas pertenencias heredadas de un tÃo suyo. Extraños colores adquiere a veces la luz que guÃa el camino de las personas, pues motivado por este descubrimiento emprendió el joven Laurencio Puerco una desenfrenada carrera de estudios que le permitiese comprender las indescifrables anotaciones de sir Lawrence, convirtiéndose en un eminente paleontólogo de fama mundial muy respetado por la comunidad cientÃfica. Es experto en egiptologÃa y culturas antiguas, y destacada eminencia en las rutas trashumantes del ganado mongol.
Las anotaciones de sir Lawrence desvelaban un descubrimiento sobrecogedor. La traducción de los signos junto a un preciso mapa desvelaba que el propio obelisco indicaba la posición del yacimiento originario del oro de los Rupa-Cacu. En opinión de sir Lawrence, los Rupa-Cacu, aún siendo notables en el manejo del pico y de la pala, como demuestran los pozos escavados de más de treinta metros de profundidad donde sepultaban a sus difuntos y a aquellos que tenÃan ya los dÃas contados, aceptaban tan sólo el oro que el dios de la montaña manaba a través de sus rÃos, considerando sacrilegio su explotación. Guardó siempre el señor Laurencio absoluto secreto sobre este descubrimiento hasta que tuvo convencimiento absoluto sobre la veracidad de las trascripciones de los signos y las palabras de sir Lawrence, que aseguraba haber visto chorros de oro fundido manar de la montaña. El señor Laurencio consiguió formar un equipo de cientÃficos y emprendió camino hacia la más inaccesible altura de aquella cordillera infranqueable para llevar a cabo uno de los descubrimientos cientÃficos más importantes de la historia de la humanidad.
Aunque la expedición fue un éxito, las penurias y fatalidades volvieron a ser pan de cada dÃa en un viaje que se prolongó ocho meses más de la previsión inicial, que calculaba fueran tan sólo dos. Nueve cientÃficos y doce porteadores contratados en un pueblo cercano, componÃan esta expedición equipada sin reparar en gastos financiada con la colaboración del ayuntamiento de Pardaldemoro. Esta aventura puso a prueba la capacidad del hombre para sobrevivir en un entorno salvaje donde los peligros se sucedÃan ininterrumpidamente. A los veinte dÃas de expedición, cruzando entre denso follaje por una empinada cuesta, el guÃa autóctono que presidÃa la expedición pisó sin querer la cola a un león y éste le atacó con inusitada cólera delante de los cientÃficos y arrastrando se lo llevó al interior de la jungla. A pesar del gran susto y consternación nada se podÃa hacer ya por la vida del guÃa, cuyos gritos se siguieron oyendo durante un rato. La consumada experiencia del señor Laurencio Puerco, junto con mapas y aparejos de que disponÃa le permitÃa orientarse con exactitud y continuar asà con la expedición.
La ruta seguida, basada en optimistas conjeturas del señor Laurencio resultó ser de extrema dificultad y repleta de grandes peligros. Peñascos, acantilados y desfiladeros requirieron para ser superados colgamientos peligrosos, arriesgados balanceos y grandes esfuerzos, que no hacÃan sino motivar la obstinación del señor Laurencio, que alentaba a sus compañeros clamando la gloria e inmortalidad que alcanzarÃan con su descubrimiento. HabÃa vendido su casa y todas sus pertenencias para sufragar parte del coste de la expedición y no estaba dispuesto a rendirse bajo ninguna circunstancia.
Una semana después de iniciar el ascenso se perdieron parte de las provisiones y el botiquÃn junto con dos porteadores cuando cruzaban con sumo cuidado y agarrándose unos a otros un riachuelo. Aún lamentando la perdida, innecesaria y debida al ataque de pánico de un cientÃfico cuando la mierda de una gaviota le impactó en la cara y empujó a los porteadores, se decidió continuar con la expedición, considerando improbable ir en busca de los caÃdos, que se fueron con la corriente cayendo por una cascada de más de cien metros. Dos dÃas después, una hiena, asomándose entre los matorrales mordió en la pantorrilla a otro sherpa, llevándose un buen trozo de carne. Entablillado y con unas muletas improvisadas pudo proseguir la marcha. Más adversidades se encontraban, más crecÃa el empeño y determinación del señor Laurencio Puerco. Poco después una serpiente venenosa mordió a dos cientÃficos de la expedición, habiéndose de amputar la pierna a uno y al otro un moflete; las heridas fueron cauterizadas al fuego, sin ninguna anestesia. Comenzaba a desfallecer el entusiasmo de la comitiva y el agotamiento de los cientÃficos llegaba a tal extremo que dos de ellos habÃan de ser transportados por los sherpas, circunstancia que propició que una mañana al despertar los sherpas hubieran desaparecido, llevándose buena parte de las provisiones. La pesadumbre cayó a plomo sobre el ánimo de los miembros de la expedición y decidieron acampar para descansar unas jornadas. Hubo de consentir el señor Laurencio a pesar del retraso acumulado por las diferentes causas.
En la copa de los árboles se reÃan los monos y una turbia niebla blanquecina rodeaba el ambiente cuando fueron atacados por sorpresa por una manada de gorilas furiosos y en extremo vigorosos que arrasó el campamento, ensañándose con los desvalidos y fatigados miembros de la expedición. Atacaron con una violencia desbocada, quedando los pocos supervivientes de la masacre desperdigados por la jungla. A pesar de todos los percances, el señor Laurencio Puerco continuó el azaroso viaje a la cima junto al cientÃfico de la pata coja, Pedro Cuenco, que sobrevivió milagrosamente a la persecución de un gorila.
Tal como estaba descrito por su antepasado, allà se encontraba la llanura del Pomodoro, paraje de ensueño repleto de flores donde esbeltos alces y algunos borriquitos pacÃan tranquilos. Escarbaron la tierra durante semanas, pero no hallaron ni el más mÃnimo rastro minúsculo de una pepita de oro, toda la montaña era granito puro. Estaban a punto de desistir, tras rebuscar incansablemente por la ladera dÃas enteros, cuando apareció ante sus ojos un hallazgo muchÃsimo más importante: un descendiente vivos de australopiteco, raza de homÃnido supuestamente extinta.
El descubrimiento de una comunidad de seres protohumanos en nuestra era, iba a ser un suceso de crucial importancia y supondrÃa la revisión completa de las teorÃas mantenidas hasta la fecha sobre el origen del hombre y el desarrollo de las civilizaciones.
El ejemplar de australopiteco fue capturado en ardua persecución por el señor Laurencio y Pedro Cuenco. Se trataba de un ejemplar macho de un humanoide notablemente más pequeño que el hombre actual que fue abatido de una certera pedrada del señor Cuenco. PodrÃan finalmente regresar victoriosos y alcanzar la notoriedad y el más alto reconocimiento a pesar de las adversidades sufridas, pero desgraciadamente, el australopiteco se dio a la fuga cuando ya divisaban el embarcadero, emprendiendo el regreso a la cima de la montaña encaramándose con sorprendente agilidad por las ramas de los árboles.
A falta de pruebas tangibles y a pesar de las detalladas descripciones, la comunidad cientÃfica se mantiene escéptica y acusa de farsante al señor Puerco, que trabajando en el hospital . eLa Soledad?R? está ahorrando para subvencionar una nueva expedición. Yo ya le he dicho que puede contar conmigo.
De resultas de su azarosa vida y múltiples enfermedades y heridas sufridas a lo largo de sus viajes el doctor Laurencio veÃa afectada su salud por diferentes dolencias. Era una persona delgada y huesuda, de estatura mediana. TenÃa algunas cicatrices en la cara y su nariz era deforme y retorcida, muy parecida a un buñuelo. CarecÃa de cejas y su cara, salvo la piel rugosa y negruzca que rodea sus ojos y pómulos, era tersa y estirada, desdibujando su semblante con una mueca extraña. Su ojo izquierdo quedaba estirado hacia la oreja, que parecÃa también se desplazaba, acercándose al ojo; en ese lado de la cara su boca mostraba siempre algunos dientes, deformado el labio con una cicatriz. Su voz se accionaba a través de un aparato que llevaba en el cuello confiriéndole un efecto eléctrico y vibrante. SolÃa llevar turbante y vestÃa con una larga túnica adquirida en alguno de sus muchos viajes.
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Fragmento de “El enigma de la cacatúa” escrito por Rafael Homar
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