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Arrodillada para él, la mirada al frente, respirando agitada al verlo avanzar hacia mÃ. Y esa sensación, ese dulce dolor en los pechos, los pezones henchidos y el liviano roce al jadear que de tan suave llega a doler. Se aproxima con una cadencia rÃtmica. Como el intenso latir entre mis muslos. Cada paso suyo, un golpe de tacón en el mármol, y un latigazo en mÃ. Con la punta de la lengua me recorro los labios para acabar frenada entre los dientes. Tan difÃciles de soportar las punzadas entre las piernas que ni apretando los muslos pude detener la urgente necesidad. Cuando quiero darme cuenta, mi mano baja desde el regazo y se entretiene en mecerme donde mi cuerpo tiembla. Al abrir la portezuela, se sienta y yo apenas puedo susurrar junto a la celosÃa la consigna ritual.
?R”Perdóneme padre, porque he pecado. Â
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