ALGO TENGO QUE HACER
Arremeti贸 contra 茅l en un 煤ltimo intento. Pero las fuerzas ya lo hab铆an abandonado y aquel tipo era un bloque de hormig贸n.
Zarande贸 a Alex como a un sonajero y lo lanz贸 a un metro de distancia.
Yo, agazapado en un rinc贸n, escondido tras las sombras, asist铆a impotente a la escena.
鈥淎lgo tengo que hacer鈥. Pens茅
Como un animal alertado por el instinto, Alex se sab铆a camino del matadero.
- 隆SOCORRO! 隆QU脡 ALGUIEN ME AYUDE! 鈥揅hillaba con escasa fortuna tras la brutal paliza, depositado en el suelo como un trozo de carne despellejada y sangrante.
Yo estaba paralizado.
Tras un a帽o de vernos casi diario, entre los dos hab铆a surgido una franca amistad. Pero el miedo me atenazaba.
鈥淎lgo tengo que hacer鈥
Aquel mat贸n introdujo la mano en la sobaquera de la gabardina y extrajo un arma.
- Si sabes rezar algo, ser谩 mejor que empieces. 鈥揕e aconsej贸 complacido, avanzando hacia lo que quedaba de Alex.
- 隆No! Por favor… 隆No! 鈥揝uplic贸 茅ste, al tiempo que gateaba en un bald铆o intento de huida.
鈥淎lgo tengo que hacer鈥. No pod铆a dejarlo morir. No de esa manera. Pero, 驴qu茅 pod铆a yo contra ese experto asesino?
Alex se derrumb贸 sobre el duro cemento del almac茅n, lloraba como un ni帽o asustado. En el rudo villano se dibuj贸 una mueca de satisfacci贸n. Continu贸 su helado avance, bordeando el rastro de sangre dejado por Alex primero, y los restos de su maltrecho cuerpo despu茅s, hasta situarse frente a 茅l.
鈥淎lgo tengo que hacer鈥. Me repet铆a cobardemente, cuando vi aquel instrumento a mi merced, y una idea explot贸 en mi cabeza.
- Socorro. 隆No! Dios. Por favor… Por favor. 鈥揑ncapaz de levantar la mirada, Alex suplic贸 por su vida a los zapatos de aquel individuo.
Pero sus gemidos y sollozos nunca podr铆an ablandar el trozo de roca que se ergu铆a ante 茅l.
Arm贸 la pistola y le apunt贸 a la nuca sin conmiseraci贸n
鈥淎lgo tengo que hacer鈥
Mi mano se proyect贸 como un disparo. Yo ten铆a ahora el mando. Sin m谩s dilaci贸n, a causa de la premura del momento, apunt茅 a la cabeza de aquel canalla y apagu茅 el televisor.
- Ufff… Justo a tiempo 鈥揝uspir茅 aliviado.
HERMANAS GEMELAS
Eran la envidia del lugar. Sofisticadamente bellas, majestuosas como las caras de las monedas, altas y esbeltas como espigas de dieciocho quilates, en su mirada se reflejaba el cielo y su joven sonrisa brillaba m谩s que la del sol. Parec铆an dos princesas de cristal y todo el mundo suspiraba al verlas.
Aquella despejada ma帽ana de finales de verano se dirig铆an, como cada jornada, a recolectar la miel que las aguardaba en las colmenas de su propiedad. Bordeaban el r铆o sosteniendo sendas bolsas con los aperos necesarios para la recolecta de miel. Les tocaba el turno a los panales de las nuevas abejas, las tra铆das de oriente, que aunque produc铆an la miel m谩s dulce y perfumada se mostraban en extremo violentas al sentirse molestadas. Ya lo hab铆an comprobado la primera vez: se lanzaban como proyectiles contra sus trajes de protecci贸n, con una fijaci贸n nunca antes vista en todos los a帽os que llevaban en el oficio de la miel.
Pero poco pod铆an prever las dos hermanas que aquellas abejas, organizadas con disciplina militar, no estaban dispuestas a que se les expoliase el fruto de su trabajo tan f谩cilmente. Cumpliendo las 贸rdenes de la reina del enjambre y fanatizadas por los z谩nganos de la colmena, dos de ellas vigilaban los alrededores emboscadas en el camino a la espera de las dos hermanas a las que todas consideraban ladronas.
Fue avistarlas, y una de las abejas se lanz贸 contra la primera hermana, la que habr铆a el paso a escasa distancia de la otra.
La abeja se desplom贸 muerta tras clavarle en su frente su aguij贸n rebosante de veneno mortal. La hermana noto el impacto y el pinchazo de un alfiler, pero ni siquiera tuvo tiempo de llevarse la mano a la herida en un acto reflejo. Al instante, sus m煤sculos se tensaron y paralizaron, y noto el inmediato fluir de un r铆o de fuego por sus venas.
Como buenas gemelas, la otra hermana sinti贸 un c谩lido, pero en extremo desagradable, hormigueo recorri茅ndola de los pies a la cabeza. Alcanz贸 la altura de su hermana, y sin tiempo de recuperarse de la sorpresa y darse cuenta de que algo le hab铆a sucedido a su gemela, not贸 la explosi贸n de la otra abeja en la parte superior de su escote.
Si su inconsciente, como un rel谩mpago, ya la hab铆a alertado del dolor de su propia carne encarnada en su mitad gemela, ahora tuvo la desgracia de sufrirlo en la mitad que le tocaba dar vida.
Completada con extrema rapidez la par谩lisis completa, de pie, enajenada de la capacidad de movimiento, presa de un terrible dolor y consumida por el fuego en forma de veneno, el tormento de saber que su hermana soportaba un calvario similar superaba cualquiera de sus propios sufrimientos.
Inmunizadas contra cualquier aguijonazo, tras a帽os de sufrirlos, y conocedoras del g茅nero que manejaban, las dos sab铆an que aquellas picaduras eran mortales de necesidad. Ro铆das en sus carnes, y desolladas en sus almas, de sus ojos brotaron cascadas de l谩grimas que al despe帽arse reproduc铆an el sonido hueco de la muerte al estrellarse contra el terreno que rodeaba sus pies.
Se sab铆an en los 煤ltimos momentos de sus vidas pero, r铆gidas como dos estacas clavadas en la tierra, ni pod铆an girar sus rostros deformados por el dolor para mirarse por 煤ltima vez y despedirse.
Tan s贸lo les quedaba rezar para que se acortase aquel padecimiento.
Tras licuarse sus v铆sceras y estallar sus venas, deshidratadas por tanta l谩grima vertida, la segunda gemela 鈥搎uiz谩 por sufrir la picadura m谩s mortal- se derrumb贸 fulminada a media ma帽ana. El cuerpo sin vida de su hermana lo hizo poco despu茅s. Ese fue su terrible final.
La ma帽ana, espantada por la tragedia, huy贸 despavorida; y la tarde, obligada por las leyes del universo, ocup贸 su lugar llorando sus cuerpos sin vida. Llor贸 la noche sus cad谩veres al velarlas, y la ma帽ana se despert贸 sollozando.
Llor贸 amargamente toda su familia, y sus amigos y vecinos, y todo aquel que las conoci贸 o hab铆a o铆do hablar de ellas. Llorar铆a la historia regueros de tinta mezclada con sangre e infamia, en nichos de papel a los que jam谩s cubr铆r铆a la losa del punto final.
Mientras, en el enjambre, las abejas asesinas celebraban su triunfo zumbando las alas y dibujando piruetas en el cielo a sabiendas de que nunca m谩s les ser铆a robado el fruto de su trabajo. 隆Qu茅 equivocadas estaban! Ignorantes de las consecuencias que tendr铆an sus actos para la posterioridad.
Como el nefando preludio de lo que se avecinar铆a para siempre, todo aquel paraje se cubri贸 de una niebla densa, sucia y envilecida, de olor acre, que aumentaba su pestilencia al pasar los d铆as
Y con aquel veneno flotando, ya nada volver铆a a ser igual en aquella colonia de abejas. Ni en ninguna otra. Ya nada volver铆a a ser igual en aquel lugar y sus alrededores, ni en ninguno otro bajo el cielo o sobre la tierra. Ya nada volver铆a a ser igual en el mundo entero.
Era el 11 de septiembre de 2001. El lugar: Nueva York.
ADI脫S, VIEJO AMIGO
C.J. conduc铆a a toda velocidad el deportivo aquel lunes de madrugada. La luna llena engarzaba la noche, como un bot贸n de plata, impidiendo que se fugase el bochorno del verano. Con el aire acondicionado apagado, el espeso calor se derret铆a como plomo fundido dentro del habit谩culo cerrado
-隆Maldito cerdo! 鈥揇elir贸 de nuevo C.J. golpeando con furia el volante.
Sudaba profusamente, ten铆a el rostro abotargado, la mirada grapada por el alcohol, y las ideas le herv铆an en su cabeza como en una olla expr茅s. La escasa circulaci贸n a esas altas horas lo salvaba, porque el deportivo cabeceaba de carril en carril apropi谩ndose de la autopista, al igual que un boxeador sonado vagando por un ring.
- 隆Un hijo de puta! Un aut茅ntico cabr贸n. Pero todo se va a acabar hoy. 驴Entiendes? Hoy. 鈥揂segur贸 a su acompa帽ante.
Con la mano derecha alz贸 la botella de licor hasta su boca para dar cuenta del 煤ltimo trago que permanec铆a ignorado en su fondo. Ya inutilizada, la lanz贸 con rabia al asiento posterior.
- 驴Por qu茅 nos hizo esto? 鈥揳compa帽贸 el grito con un adem谩n que le hizo soltar el volante a cerca de 200 kil贸metros hora- Yo confiaba en 茅l. Le quer铆a de verdad, era mi mejor amigo… 隆Si nos conocemos desde siempre…! Ojal谩 que esto fuese una pesadilla… -Suplic贸 ,balbuceando, a su compa帽ero de viaje.
La luna llena embrujaba la noche con su hechizo de blanco sat茅n, due帽o de las almas de todos los locos.
- Nos ha arruinado.-Prosigui贸 vacilante- Ha arruinado la empresa. Me ha arruinado a m铆. Ha arruinado a mi familia… 隆Nada! Eso es lo que vale la empresa: Nada. No cubre ni las deudas. 驴C贸mo se lo digo a mi mujer? 驴C贸mo?. Ni vendiendo la casa de aqu铆, la de la playa…, los coches…, las joyas… 鈥揊runci贸, angustiado, el entrecejo. Con un dedo evito que una l谩grima se diluyera en el sudor que resbalaba en cascada desde su frente.
- Un hombre no llora. 鈥揂firm贸 entrecortado, recobrando brevemente la compostura- Le dir茅 que tendremos que empezar de cero. Trabajar en lo que podamos… los ni帽os ir谩n a colegios p煤blicos… Que se olvide de fiestas, viajes…, vestidos caros… 隆De todo! 驴C贸mo se lo digo? 鈥揗endig贸 una respuesta, pero en vano.
Su acompa帽ante permanec铆a en silencio, mientras las palabras de C.J. rebotaban en el habit谩culo para volver de nuevo a su cabeza. Una y otra vez. Entre tanto el veh铆culo zigzagueaba alineado con sus pensamientos, de lado a lado de la carretera.
Y esa luna llena, inclemente, que le asaba todav铆a m谩s los sesos.
- Ten铆a un par de queridas, lo s茅; y que se pasaba con la bebida. A veces esnifaba, s铆, lo s茅, y que derrochaba demasiado dinero. 鈥揷on un dedo se帽al贸 a su callado acompa帽ante-. Un par de veces tuve que avisarlo de que se estaba pasando, de que el negocio no funcionaba as铆. Pero siempre le cre铆 cuando me aseguraba que todo estaba bajo control. 鈥揅ompungido, C.J. se frot贸 los ojos con la palma de la mano, espantando otro proyecto de l谩grima, y con la manga del traje aplast贸 las perlas de sudor de su frente
- Yo fui quien insisti贸 en meterlo en la empresa. Yo fui quien insisti贸 en darle cada vez cargos de mayor responsabilidad. 驴C贸mo pudo arriesgar todo…? 鈥揷ontinu贸 su atormentada letan铆a-. Llegaron primero las deudas de juego, m谩s y m谩s…, y sus intereses. Despu茅s aquella especulaci贸n en bolsa para tapar los agujeros…, 隆con el dinero de la compa帽铆a! Y las acciones se desplomaron. Y despu茅s, 隆OH DIOS!, las malditas contratas. -Cuando su confuso torrente de palabras ces贸, no qued贸 m谩s que el silencio.
Se refer铆a a la constructora que su mujer hered贸 del padre, y de la que C.J. era presidente. Al menos hasta hoy.
鈥 No te metas en contratas con la administraci贸n. Tardan mucho en pagar y 茅sta es una empresa peque帽a. Te quedar谩s sin liquidez y tendr谩s que endeudarte. Los intereses te acabar谩n comiendo 鈥. Le repet铆a el viejo continuamente.
鈥 No te meter谩s con la Administraci贸n, 驴verdad?鈥 Le hizo prometer antes de su muerte.
Primero se descubrieron los rotos en la contabilidad, fruto de las deudas del juego y del fallido parche en forma de arriesgada y ruinosa especulaci贸n en bolsa. Despu茅s vinieron las alocadas contratas, varias de ellas de generosas cuant铆as, con la administraci贸n. La empresa estaba endeudada desde las cloacas hasta la azotea. Cuando la administraci贸n retras贸 los pagos no pudieron resistir. Estaban en quiebra. Ma帽ana se har铆a p煤blico. Todos los bienes de C.J. y de su familia estaban a nombre de la constructora. Lo peder铆an todo.
- Yo fui el culpable. 鈥揝entenci贸 con el nulo juicio que le quedaba.
Frustrado, escudri帽贸 el horizonte en busca de las primeras luces de la ciudad. La luna le golpeaba con blanca crueldad, ahogando el brillo de cualquier lucidez que pudiera surgir de su cabeza.
- 驴Ves este coche? 鈥揂nunci贸 al fin- Bonito. 驴Verdad?. Del paquete. 100.000 euros le cost贸 al cabr贸n. Bueno, a la empresa. 隆Y ya estaba en las 煤ltimas! 鈥揋ir贸 su cabeza colapsada y embrutecida, y escrutando a su acompa帽ante con los ojos chorreando en sangre, le pregunt贸 a viva voz- 驴Me quieres decir para que necesitabas un coche de 100.000 euros? 驴No ten铆as bastantes coches ya? 驴Es que este te la chupa mientras conduces?
Su compa帽ero replic贸 de nuevo con el silencio.
Como una chispa, una idea incendi贸 su cerebro empapado en alcohol. C.J. bajo las ventanillas, pis贸 el freno con brusquedad al tiempo que escor贸 el veh铆culo a la derecha.
-驴Ves lo que hago con tu coche? 鈥揚regunt贸 mientras lam铆a el guardarrail, y un chirrido met谩lico rebozado en destellos se proyectaba contra el parabrisas, penetrando por las ventanillas y agujereando los o铆dos y la fina tapicer铆a de piel.
C.J. cerr贸 las ventanillas y retorn贸 a la carretera, con el lateral del veh铆culo destrozado, su cerebro enquistado en malignas ideas, la mirada vac铆a proyectada hacia el horizonte, buscando desesperadamente las luces de la ciudad.
-驴Has visto lo que le he hecho a tu coche? 驴Lo has visto, amigo? 鈥揑nsisti贸.
Pero su amigo no pod铆a contestarle, ni suplicarle, ni conducirle de nuevo al carril de la raz贸n, porque yac铆a a su lado carente de vida.
S贸lo la luna lo acompa帽aba en aquel chiflado trayecto a toda velocidad.
Durante un buen rato C.J. permaneci贸 en silencio, rumiando la idea due帽a de su siniestro cerebro y aventurando los ojos en la lejan铆a, hasta que por fin unos diminutos racimos de luces se precipitaron en su retina. Se acercaba a la ciudad.
Un reflejo de luna procedente del asiento de al lado centr贸 la atenci贸n de C.J. Derram贸 un vistazo sobre su compa帽ero, que se bamboleaba en la butaca, y sonri贸. Pos贸 su mano sobre 茅l y lo not贸 fr铆o y duro. Sin esfuerzo lo levant贸 sopes谩ndolo: Era un revolver Llama plateado del calibre 22, el mismo que utilizaba en el club de tiro. Solt贸 una carcajada: Era otro de los sitios donde tendr铆a que darse de baja.
鈥淪茅 que te escondes en ese picadero alquilado que usas para llevar a los ligues鈥, pens贸 C.J.
Con satisfacci贸n vio como los puntos luminosos engordaban en el horizonte y se multiplicaban como una plaga de insectos luc铆feros.
Date por muerto. 鈥揂menaz贸 en un terrible gesto, mientras devolv铆a el revolver al asiento.
……………….
Ten铆a sus llaves y franque贸 el piso sin dificultad. A trompicones se encamin贸 a la estancia donde sab铆a que lo encontrar铆a. Encendi贸 la luz del dormitorio, y entonces lo vio. Estaba all铆, de pi茅, ladeado por el alcohol y por el peso de la culpa. Se aproximaron hasta situarse a unos dos metros de distancia el uno del otro.
C.J. lo escudri帽贸 en silencio. Aparentaba unos cuarenta a帽os, pero su pelo negro, abundante y revuelto, le daba un aire de eterno adolescente. Contemplarlo en aquellas circunstancias le produc铆a una enorme desaz贸n.
- 驴Sabes a lo que he venido?, 驴No es as铆, amigo? He pensado mucho en todo esto y creo que es lo mejor. S铆, eso creo.
La luna llena pintaba un c铆rculo blanco en el negro ventanal situado a espaldas de C.J.
- De todas formas… dame una raz贸n para que no te mate. Una sola. -Suplic贸, de nuevo en vano, C.J. No era el mejor d铆a para obtener respuestas.
La figura alta, tal vez en otro tiempo elegante, permanec铆a all铆, de pie, tambaleante pero inmutable en su expresi贸n; quiz谩 fueran residuos de aplomo de otra 茅poca mejor. Sin embargo todo en su pose apestaba a desaliento y alcohol: la corbata torcida, la camisa desabotonada, su rostro inflamado, embotado y escarlata, truncado por la desesperaci贸n.
Pero de pie. All铆 estaba. Con la luna llena resplandeciendo a sus espaldas, enfundado en un caro y arrugado traje italiano de seda azul. Pero aquella silueta desastrada no era m谩s que el remedo de un ser humano.
鈥淎 lo que has llegado…鈥 Pens贸 C.J. sin dejar de examinarlo.
Le ech贸 un 煤ltimo vistazo. No lo volver铆a a ver con vida. Lentamente lo recorri贸 hasta detenerse en su mano izquierda: un revolver plateado pend铆a de ella.
C.J. ni se inmut贸, ni se previno, ni agudiz贸 sus turbios sentidos o retrocedi贸. Nada de eso hizo, porque aquel revolver era el suyo. 脡l era el 煤nico monigote en aquella habitaci贸n.
Mientras observaba la luna y su propia figura reflejadas en el espejo de pared, con la mano derecha C.J. se llev贸 el arma a la sien, y sin dejar de contemplarse, se dijo en voz alta:
- Adi贸s, viejo amigo. 鈥揧 apret贸 el gatillo.
UNA INMENSA FORTUNA
Lo conoc铆 cuando 茅ramos unos ni帽os, poco antes de que la pobreza le hiciese abandonar la escuela.
Inteligente, dotado de una extraordinaria capacidad de trabajo y una curiosidad insaciable, poco le valieron a aquel ni帽o dichos talentos contra la necedad de la desgracia. Ya sin padre, la muerte de su madre a causa de una penosa enfermedad s贸lo le dejo el aire que respiraba como herencia. Bueno, tambi茅n la miseria y la desdicha.
A帽os despu茅s me top茅 de nuevo con 茅l al pasar por delante de una obra: Avejentado y curtido, transportaba un saco de cemento a la espalda y escond铆a la mirada en la acera. No repar贸 en m铆, y en un primer momento pens茅 en saludarlo, pero yo era ya un prometedor abogado y pens茅 que al darme a conocer hundir铆a m谩s el dedo en la dolorosa llaga que seguramente ser铆a su vida. Acab谩bamos de entrar en la treintena y a mi antiguo compa帽ero sin duda le quedar铆a mucho peso que transportar en sus espaldas.
Ahora llevaba ya diez a帽os trabajando para 茅l, en su imperio, y me consideraba tambi茅n su 煤nico amigo. Nadie supo nunca como aquel ni帽o pobre, aquel pe贸n de alba帽il ignorante, pudo amasar semejante poder y fortuna en tan poco tiempo.
Pese a lo cual, solitario y sin familia, viv铆a en la absoluta estrechez.. Ermita帽o del trabajo, vest铆a como un vagabundo, se alimentaba frugalmente, y hasta dormitaba en un camastro anejo al despacho. Ese era su hogar.
Quiz谩 tanta avaricia fuese el resultado de la miseria que arrastro desde ni帽o, de las frustraciones que se depositan en el alma hasta petrificarla por completo; del dolor y la necesidad, de la vida transformada en un castigo que cala en lo m谩s profundo de los huesos y espanta la felicidad del cerebro.
Un d铆a me cit贸 en su despacho y me recibi贸 con una gravedad inusual, incluso para un hombre tan circunspecto e incapaz de desprenderse de una sonrisa. Tras informarme del trabajo de sus contables me se帽al贸 la cifra que aparec铆a al final del grueso informe que manejaba.
- Es el resultante de mi fortuna personal: dep贸sitos, propiedades, acciones, bonos etc…, y el valor estimado de mis empresas.
La cifra era desorbitada y tard茅 varios minutos en darle formato en mi mente y ubicar los puntos de separaci贸n entre n煤meros para poder traducirla y darle significado.
- 驴Qu茅 te parece? 鈥揗e pregunt贸. Pero mi boca se abr铆a a la par con mis ojos y me qued茅 at贸nito y en silencio mir谩ndola.
- Creo que es una cifra adecuada. 鈥揗e inform贸 pausadamente, asintiendo con la cabeza, y comenz贸 a relatarme una extra帽a historia.
Se trataba del secreto de su inmensa fortuna, de la fortuna que se le hab铆a negado por herencia y destino y parece ser que tanto hab铆a anhelado desde que dej贸 prematuramente de ser ni帽o.
Al principio pens茅 que bromeaba, pero ser铆a la primera vez en todos esos a帽os tan serios, y su rostro acartonado y solemne y su mirada amarga y profunda me indicaron que no se trataba de ninguna broma, am茅n de que tan poco propenso era a ellas que ser铆a la primera vez en todos aquellos a帽os que se permitir铆a tal ligereza. Muchas veces hab铆a o铆do esa historia. Era una leyenda que se corr铆a en el mundillo econ贸mico y financiero, y que sin duda fue inventada debido a su fabuloso olfato hacia los negocios. Pero solo era eso, una leyenda quiz谩 fruto de la envidia a la que jam谩s le di el menor cr茅dito y tampoco lo har铆a esta vez. Quiz谩 a mi amigo le faltase un tornillo… 隆no!. Conoc铆a demasiado bien el l煤cido funcionamiento de su cabeza, pero decid铆 seguirle la corriente.
- … y as铆 fue como, harto de tanta necesidad, vend铆 mi alma al diablo a cambio de la riqueza. 鈥揊inaliz贸 su relato, al que sigui贸 un largo silencio.
-Est谩 bien 鈥揳sent铆 ir贸nicamente por fin-. Te creo. Esto quiere decir que en el otro mundo s贸lo te espera el infierno 鈥撁﹍ lo confirm贸 con la cabeza-. Eso es lo que quiero decir. Una vez vendida el alma, al menos disfruta de lo que te quede de vida aqu铆. Puedes hacer de los a帽os que te quedan, que sin duda ser谩n muchos, un aut茅ntico para铆so. Todav铆a eres joven y sin embargo mira a tu alrededor: En este despacho transcurre toda tu vida. Hasta comes y duermes en 茅l. No necesitas trabajar como un esclavo y vivir como un miserable. Eres inmensamente rico, podr铆as disfrutar de palacios, viajes, coches, joyas, hermosas mujeres… y sin embargo vives como un amargado. No recuerdo nunca ni un solo capricho de cincuenta centavos que te hayas permitido…
- Por eso te he llamado 鈥搈e interrumpi贸-. Quiero que vendas todas mis empresas y realices todas mis participaciones, propiedades y valores. Lo quiero todo en met谩lico. 鈥揂帽adi贸 sonriente.
Fue entonces cuando lo entend铆 todo. Era la primera vez que lo hab铆a visto sonre铆r y hasta me carcaje茅 interiormente de la broma que me hab铆a gastado sobre su alma. S铆… Hab铆a llegado el final: El momento de disfrutar de su inmensa fortuna.
- Has llegado al final de tu camino, amigo m铆o 鈥搇e dije mientras me dedicaba a pasear por la habitaci贸n reflexionando en alto-. El justo momento para retirarte y ser feliz. De disfrutar de esa felicidad que solamente puede dar el dinero fruto de un patrimonio tan extraordinario y que desconocemos los dem谩s en tal grado.
- S铆. Ha llegado el momento de olvidarme de todas estas preocupaciones y de aprovechar el dinero para ser feliz. 鈥揗e confirm贸 con alegr铆a.
- Adem谩s de multimillonario todav铆a eres joven 鈥揷ontinu茅 con mi paseo y cavilaciones en voz alta-, el mundo se te abre por completo… S铆…, mujeres, palacios…, todo tipo de caprichos… ahhhh…. 鈥揅ontinu茅 imaginando todo aquello con sana envidia, imaginando como ser铆a el futuro mundo de un Dios del dinero- Pero dime… 驴Por qu茅 necesitas tanto dinero en met谩lico? 驴Vas a comprarte un pa铆s entero para retirarte?
- No 鈥搉eg贸 con la cabeza-. Necesito el dinero para recomprar mi alma al diablo.
QU脡 TENGA UN BUEN D脥A
El se帽or Cortina pase贸 cansinamente por el amplio y lujoso despacho que le hab铆a usurpado la familia, la juventud, y quiz谩 el alma. En su mesa se acumulaban los expedientes de los grandes morosos, personajillos y pol铆ticos que 茅l, como presidente de una gran banca, condonaba a su antojo o utilizaba como moneda de cambio para turbios intereses y oscuras prebendas. Se pregunt贸 cu谩ntos expedientes de deudores m谩s humildes hab铆an tramitado sus m煤ltiples subordinados; cu谩ntas familias fueron arrojadas a la calle por culpa del af谩n de dinero durante todos sus a帽os de presidencia usurera.
En la ventana se dibujaba la l铆nea de los edificios del centro financiero, sosteniendo el cielo de primavera como pilares de una gran carpa, tapadera azul del circo mundial de payasos y fieras.
El se帽or Cortina se arm贸 de valor. Se quit贸 la chaqueta y la corbata y, disparado, emprendi贸 la hu铆da.
- Se帽or Presidente: Que me tiene que firmar estos documentos. 鈥揕o intent贸 frenar su secretario en el piso 56.
- Vete a la mierda, Morales 鈥揕e respondi贸 Cortina, acelerado-. M茅tetelos donde te quepan.
En el piso 45 lo avist贸 Do帽a Socorro, la jefa de limpieza, con su eterno pichi limpio azulado. Siempre tan amable y fachendosa aquella mujer…
- Que tenga un buen d铆a, se帽or Cortina.
- Lo mismo te digo, Socorro. Saluda a tu nieto de mi parte. 鈥揕e contest贸 Cortina.
En el piso 34 sorprendi贸 a varios empleados en la cafeter铆a. Se sonrojaron al verse cazados holgazaneando
- Seguid, seguid. No os preocup茅is por m铆. 鈥搇os tranquiliz贸 Cortina- Es lo mejor que os llevar茅is de esta empresa.
En el piso 21 lo descubri贸 el pelotas de Ram铆rez.
- 驴Todo va bien, se帽or presidente? 鈥揝e interes贸 Ram铆rez.
- Hasta ahora perfecto. Hala, adi贸s, y que te den.
En el piso 12 repar贸 en la nueva empleada. Ni siquiera se acordaba de su nombre.
- B煤scate un empleo decente.-Le aconsej贸 Cortina-. No te metas a usurera.
No supo si la hab铆a escuchado o no, porque Cortina ya marchaba como una flecha.
隆Qu茅 agradable sensaci贸n! 隆Qu茅 libre se sent铆a!, veloz y despeinado al viento.
隆Qu茅 pena no poder repetirlo! 鈥揝e lament贸 Cortina.
A la vera de la fachada de su rascacielos, precipitado al vac铆o, ca铆a Cortina en picado.
La ma帽ana era perfecta para suicidarse.
SE脩OR COMISARIO
Satisfecho, el comisario Lomas se frot贸 la incipiente barriga tras dar cuenta de la excepcional merienda. Cada semana, durante los 煤ltimos tres a帽os, acud铆a a aquel bodeg贸n a las afueras de la ciudad a disfrutar del crujiente pan que all铆 se horneaba a diario, del vino suave y afrutado procedente de los vi帽edos que circundaban la propiedad, y de los exquisitos embutidos caseros que Pipo elaborada como una bendici贸n. Pero no era la gula lo que lo tra铆a all铆 cada semana desde hac铆a tres a帽os.
- Vamos, Pipo.-rezong贸 el comisario- S贸lo por pura curiosidad… Yo har铆a lo mismo. Anda, D铆melo.
- 驴Le traigo un poco m谩s de vino? 鈥揕e contest贸 Pipo distra铆do. Siempre distante, perdido en el pasado.
Con la mirada barri贸 el local desierto, y record贸 otra 茅poca en la que los de ni帽os correteaban entre las mesas, y un ej茅rcito de camareros a sus 贸rdenes saciaban el hambre y la sed de la abundante clientela. Por aquellas Pipo ya era viudo, pues su mujer hab铆a muerto al parir a su hija, pero no ten铆a motivos por los que afligirse, pues en su preciosa hija viv铆a tambi茅n la madre, siempre sonriente, siempre animada. Eran otros tiempos. Ahora hab铆a ca铆do una maldici贸n sobre el local, y solo el comisario y alg煤n que otro despistado ignorante de lo acontecido all铆 hace tres a帽os lo frecuentaban.
-Vamos, Pipo, 驴qu茅 hiciste con el cad谩ver?. Si al llegar a la cocina aquella ma帽ana 鈥損rosigui贸 el comisario-, encuentro a mi hija degollada, violada, llena del esperma del asesino…
Pipo frunci贸 el gesto ante aquellas desafortunadas palabras que hab铆a desterrado al infierno, y se dispuso a reprender al comisario.
- Perd贸n, Pipo. Disc煤lpame 鈥揳帽adi贸 Lomas, plenamente consciente de su desatino, pues hab铆a pronunciado aquella groser铆a a posta, buscando la provocaci贸n-. Si encuentro a aquel canalla sobre ella, yo mismo le hubiera retorcido el pescuezo as铆, y enterrado en alg煤n lugar donde se lo comieran los gusanos.
El comisario desentrelaz贸 las manos del imaginario cuello del criminal para mandarlas en busca de un cigarrillo. Sab铆a que Pipo hab铆a encontrado a aquel desgraciado la ma帽ana de los autos, lo hab铆a matado y escondico en alg煤n lugar. La polic铆a cient铆fica encontr贸 trazas de sangre por toda la cocina, pero en lugares tan extra帽os que resultaba dif铆cil que fuese de la hija, y tan diluida que se hizo imposible un an谩lisis. Pipo se disculp贸 por la limpieza, aduciendo que su hija s贸lo pod铆a fallecer en una habitaci贸n tan limpia como su alma. Tambi茅n justific贸 la tardanza en dar aviso a la polic铆a: Durante dos d铆as estuvo desorientado, sin saber que hacer. Pero Lomas no se dejaba enga帽ar facilmente.
Su experiencia le aseguraba que a base de insistir, todo criminal acababa confesando, aunque fuera s贸lo para lavar su conciencia, aunque fuera por puro aburrimiento. Y 茅l no ten铆a inconveniente en regarle con buenas dosis de 茅l, semana tras semana, mientras se deleitaba con esos exquisitos manjares.
- Dime donde pusiste el cad谩ver, quedar谩 entre los dos 鈥搈inti贸 Lomas-. Ser谩 algo extraoficial, lo prometo. Despu茅s de tantos a帽os te considero un amigo y estoy dispuesto a hacer la vista gorda.
Lo que en verdad preocupaba a Lomas era el da帽o que el asesinato sin resolver de la hija de Pipo infring铆a a su expediente. Sin cad谩ver, el asesino andaba oficialmente suelto. Por un momento pens贸 en la glor铆a que supondr铆a no s贸lo solventarlo, sino atrapar a otro asesino: El propio Pipo
- Vuelva la semana que viene, se帽or Comisario. Tal vez me decida a confesar.
De los ojos de Lomas surgi贸 un destello de esperanza. Quiz谩 por primera vez Pipo estuviera a punto de derrumbarse.
-Muy bien, Pipo. Volver茅 la semana que viene. Espero que no cambies de opini贸n hasta entonces. C贸brame, que me voy.
- Oh, se帽or Comisario. Ya sabe que su dinero no vale aqu铆.
Era martes cuando el Comisario Lomas se ape贸 del coche y, con paso firme, se dirigi贸 hasta el merendero. Hac铆a calor aquella tarde de oto帽o y varios reba帽os de nubes pastaban en el cielo. Encontr贸 el establecimiento vac铆o, como siempre, y a Pipo faenando tras la barra.
-Ya estoy aqu铆. 鈥揑nform贸 Lomas.
-Si茅ntese se帽or comisario. Ahora mismo lo sirvo.
- Recuerda tu promesa: D贸nde econdiste el cad谩ver de ese mal nacido 鈥揕e refresc贸 Lomas las palabras de la semana anterior.
-Hoy lo confesar茅, se帽or comisario. Pero primero disfute de la merienda
Lomas se frot贸 las manos, y esta vez no por las viandas de las que iba a gozar. Con el asesinato de la hija zanjado y Pipo en la c谩rcel, ya nada le impedir铆a el ascenso.
Al poco tiempo apareci贸 Pipo con una panera repleta de una hogaza troceada y una jarra de vino fresco, y las pos贸 sobre la mesa del Comisario.
Lomas pendule贸 la cabeza entre el mantel y la mirada de Pipo, hasta que este se dio cuenta.
- 隆Los embutidos! Perdon茅 se帽or Comisario.-Se disculp贸 Pipo retir谩ndose apresuradamente.
Segundos despu茅s reapareci贸 con una bandeja que abandon贸 sobre la mesa.
-驴Qu茅 significa esto?- Indignado, Lomas contempl贸 la fuente vac铆a.- 驴D贸nde est谩n los embutidos?.
-驴No quer铆a saber lo que hice con el cad谩ver? 鈥搑espondi贸 Pipo-. Pues eso, se帽or Comisario. Usted se lo comi贸 todo durante estos tres a帽os.
UN MAL DIA
Hoy he tenido un mal d铆a. En realidad ha sido un d铆a tan normal como otros tantos. Lo que sucede es que hoy fue mi treinta y cinco cumplea帽os y me hubiese gustado celebrarlo de alguna manera. Pero mi agenda social viene a ser una costumbre protocolaria que mantengo como una reliquia de hace un lustro: Todos sus hu茅spedes est谩n emparejados, muertos, alcoholizados, en otra ciudad, pasan de m铆 o tienen cosas mejores que hacer; y como la 煤nica familia que tuve fue Miranda, al abandonarme perd铆 el hilo social y nunca m谩s he vuelto a encontrar el ovillo. De todas formas nada ni nadie pudo impedirme una solitaria celebraci贸n cenando fuera, como una sutil tregua contra la vaciedad que me ataca desde que me abandon贸 Miranda. Aunque la soledad y la tristeza son ya mi fiel compa帽铆a y se han instalado en todos los resquicios de mi existencia sin que hayan ausentado un solo d铆a.
Tras ir y venir por la misma calle de la ciudad, el aburrimiento me ape贸 en un restaurante cualquiera. Me sent茅 y extend铆 el peri贸dico comprado a la ma帽ana. Un camarero me atendi贸 desganado y me mostr贸 la carta. Le ped铆 un c贸ctel de no s茅 qu茅, revuelto de no s茅 qu茅, mero al no s茅 qu茅 y un buen vino. A帽ad铆 a mi comanda que me lo trajera todo junto. El camarero me advirti贸 que era muy temprano para cenar, que todav铆a ten铆an que encender la cocina y el horno, con lo que me tocar铆a esperar un rato. Mir茅 el reloj y eran como las siete y media de la tarde. Acostumbrado de m铆… 隆con treinta y cinco a帽os de esperar nada!… me acomod茅 pl谩cidamente.
Evidentemente estaba solo en el comedor, unos minutos de soledad diluidos en toda una existencia, y mi trabajo como representante de l谩mparas tampoco es que ilumine en exceso las relaciones sociales, porque cuando trabajo me encuentro muy solo entre los clientes, y cuando no trabajo estoy solo en mi casa. Encend铆 un cigarrillo, extend铆 de nuevo el peri贸dico, y en un descuido me quem茅 con la brasa del pitillo. Fue una agradable sensaci贸n, pues al menos era una sensaci贸n que me indicaba que todav铆a estaba vivo, toda una experiencia en mi triste y rutinario deambular por la vida, que algunos dicen que es un regalo de Dios.
Como una hora m谩s tarde el camarero me trajo el c贸ctel, el revuelto y una cazuela rebosante de mero. En realidad no ten铆a hambre, porque nunca tengo hambre, y ni siquiera me interesaban las noticias del peri贸dico. Siempre lo llevo porque me da conversaci贸n. Me cuenta cosas, todas desagradables pero cosas al final, con su caracter铆stico silencio roto al pasar cada p谩gina. El peri贸dico tambi茅n tiene razones para estar deprimido, carga con todos los muertos, guerras, conflictos, terremotos, huracanes, chismorreos, estafas y dem谩s calamidades.
Prob茅 de mala gana un poco de todo. Ped铆 la cuenta y un caf茅 solo, y decid铆 regresar a mi casa. Por el camino par茅 a tomar otro caf茅, evidentemente solo, y en el bar debajo de la pocilga que habito tom茅 una ca帽a. El camarero me conoce de sobra, sabe lo que consumo y que nunca acudo acompa帽ado, as铆 que como un fiel reflejo me la sirvi贸 sin mediar palabra. En la tele del bar retransmit铆an un partido de tenis. Yo ni a eso llego, lo m铆o es el front贸n. Mi vida social es la de una solitaria en las tripas de un ermita帽o.
Mi acomodado cub铆culo viene a ser como un vertedero fruto del desd茅n, el caos y la ley natural de entrop铆a, fiel reflejo de mi deprimente y ninguneada existencia. Inclusive es digno de un nuevo arte adivinatorio, de una nueva mancia: La desordenomancia. Con todo tirado, una cama eternamente desecha e inmudada, ropa sucia, una arruga en cada prenda y un vac铆o gravitatorio en cada rinc贸n de la morada.
Tras una hora, y media botella de JB, todo ha cambiado milagrosamente en mi madriguera. Me encuentro feliz y exultante, radiante de felicidad. S茅 que nada malo o deprimente se volver谩 a repetir de nuevo en mi vida. Mi soledad y angustia tocan a su fin, por fin, y se inaugura una etapa llena de viveza y dulces cambios.
Tengo puesta mi corbata favorita, regalo de Miranda, anudada a mi cuello con un nudo distinto al convencional. A su vez est谩 atada a una soga de un metro y medio, que a su vez est谩 amarrada a la barandilla del balc贸n, la cual estoy a punto de saltar. La verdad es que nunca me ha gustado excesivamente llamar la atenci贸n de los dem谩s, ni ser noticia del peri贸dico local, ni perdurar eternamente en la memoria de los vecinos y conocidos -que no amigos-, pero tampoco tengo mucha experiencia en suicidarme, eso creo, y no paso de ser un autodidacta que intenta improvisar, y en el interior de mi cochinera no he encontrado ning煤n sitio adecuado donde enlazar la cuerda. Durante breves instantes consider茅 la posibilidad de subirme a una silla y enroscar la soga a la l谩mpara del comedor, quiz谩 la corbata 鈥搒iempre queda uno m谩s elegante al presentarse como finado- pero dudo mucho que la l谩mpara soporte mi peso y no quedara m谩s que medio suicidado.
Adem谩s, aunque resistiera todo mi peso, posiblemente transcurriera mucho tiempo hasta que alguien encontrara mi cad谩ver deshuesado y descompuesto, y se diesen cuenta que en realidad ya llevo mucho tiempo muerto.
180 Grados
Y continu贸 analizando el problema, avanzando lentamente a peque帽os y r铆tmicos pasos, con el torso inclinado, la cabeza gacha y las manos a la espalda.
Siempre hab铆a solucionado as铆 sus problemas y tomado sus m谩s transcendentes decisiones. As铆 distra铆a el alma, el instinto y la consciencia y liberaba su m谩s l贸gica racionalidad de toda atadura: Peque帽os paseos de ida y vuelta en l铆nea recta.
Gir贸.
180 Grados
Siempre de noche, paseando por los jardines de su mansi贸n, por un parque, por la terraza de su alcoba…, en innumerables sitios, ojeando la luna a peque帽os ramalazos de s煤plica de inspiraci贸n.
Era una tibia noche de finales de primavera, pero el sudor lo embadurnaba empapando todas sus prendas como si errara por el centro del infierno.
Gir贸 la cabeza a la izquierda para observar a la luna llena varada en el firmamento. 鈥淭煤 s铆 que has visto mundo鈥, pens贸.
Pero esta vez era distinto… S贸lo quedaban dos caminos: Uno a cada lado.
Gir贸
180 grados
Todav铆a era joven, y sin embargo rico y poderoso. Con peque帽os paseos hab铆a sorteado las m煤ltiples zancadillas que se hab铆a encontrado a lo largo de su vida, desecho nudos imposibles, perge帽ado planes audaces, proyectos sin sentimientos, tomado las decisiones m谩s transcendentes y heladas venganzas contra todos los que se hab铆an atrevido a desafiarlo. Con frialdad. Utilizando s贸lo la l贸gica y el raciocinio que soldaban todas las piezas para terminar encajando el rompecabezas.
Pero esta vez era distinto… Hab铆a sufrido una intuici贸n.
Dos caminos…
180 grados
Mir贸 el reloj. Seis horas ya. Durante los 煤ltimos 10 d铆as el ciclo de cortos paseos de ida y vuelta se hab铆a repetido sin conseguir que la luz m谩s tenue iluminase la terrible oscuridad y dolor en que se hallaba sumido.
Nunca hab铆a querido a nadie, ni siquiera mostrado el menor sentimiento o humanidad. S贸lo se hab铆a rodeado de soledad y ambici贸n material… hasta que apareci贸 ella, descubri茅ndole sensaciones y sentimientos que ignoraba que pose铆a.
Pero se hab铆a marchado de su lado, y sinti贸 el vac铆o por primera vez.
Se par贸.
Mir贸 en vano a la luna mendigando un haz que lo sacase de aquel dilema: Sopesaba dos caminos.
Observ贸 el de la derecha y, por su enorme dificultad, lo consider贸 ya imposible. El de la izquierda ser铆a mucho m谩s f谩cil.
90 grados a la izquierda.
La luna se dilu铆a sobre las negras aguas del r铆o. Situado sobre la balaustrada del puente dio un nuevo paso. Esta vez hacia el vac铆o.
Su cad谩ver aparecer铆a flotando tres d铆as m谩s tarde.
LA CHICA 10
Ya la hab铆a visto en sue帽os y ahora se reencarnaba. Era alta y sinuosa como las diosas talladas; y su rostro, lleno, parec铆a surgido de un programa de televisi贸n. Rubia acidalia en abundante y largo recorrido, sus ojos eran dos grandes olivas, y sus labios encarnados y jugosos como la pulpa de las fresas. Se me eriz贸 el vello y mi coraz贸n sub铆a y bajaba como por un tobog谩n, sin el menor control.
No est谩bamos en el cielo, rodeados de 谩ngeles, sino en un simple bar, pero ni por un instante dud茅 que ser铆a m铆a. Por fin hab铆a encontrado el verdadero amor, el que tanto hab铆a imaginado en los recovecos m谩s profundos de mis pensamientos y deseos. Est谩bamos hechos el uno para el otro.
Pero no fue tan f谩cil.
Yo era un gal谩n de medio pelo, acostumbrado a romper corazones m谩s por labia y blasoner铆a que por porte y estampa, pero en su presencia me vi privado del don de la palabra y en el primer intento de acercamiento mis labios permanecieron sellados, rebeldes a mis 贸rdenes. A partir de entonces dud茅 que me obedecieran y tartamudearan como los de un idiota, o de que no fueran capaces m谩s que de ensartar soberanas tonter铆as.
Me inform茅 de sus horarios de visitas al bar y supe que trabajaba en una de las oficinas circundantes, raz贸n por la cual casi siempre acud铆a sola. Comenc茅 a hacerme el encontradizo, en espera de recuperar espont谩neamente el aplomo, pero cada vez que la ve铆a me transformaba en una liviana hoja a la merced de sus vientos: Ella era un torbellino.
Comenzaba a obsesionarme.
Tard茅 cinco meses en atreverme a dirigirle la palabra. Comenzaba julio y ya estaba tan acostumbrado a verla casi a diario que una prolongada ausencia a causa de sus vacaciones la imaginaba insufrible. Yo por mi parte estaba dispuesto a pasar el verano en esa cafeter铆a.
El local estaba lleno pero sin agobios. Me situ茅 a su lado y, reuniendo todas mis fuerzas, le espet茅:
- 驴Qu茅 cafeter铆a crees que es mejor para pasar las vacaciones?
Se ilumin贸 con una sonrisa fresca y blanca como un folio sin escribir. A la vez qued贸 una mesa libre y la invit茅 a sentarse despu茅s de presentarme. Ella accedi贸. Mir茅 el reloj. Quer铆a guardar en m铆 el recuerdo de aquella fecha y hora memorables, convencido de que ser铆a el comienzo de mi nueva vida.
Estaba feliz y radiante sentado a su lado, y ni siquiera tuve que preocuparme en improvisar una conversaci贸n porque ella se dispar贸 enseguida. Comenz贸 a hablarme presuntuosamento de su trabajo para pasar en un suspiro a describirme sus modelitos y precios, para informarme a continuaci贸n de sus caprichosos gustos automovil铆sticos. Despu茅s se burl贸 del f铆sico abultado de una chica no especialmente agraciada que estaba en una mesa cercana y pas贸 a criticar a los camareros y la cafeter铆a, a sus compa帽eros de trabajos y a una prima que ten铆a en no s茅 d贸nde. Hablaba como una ametralladora y me di cuenta de que en aquella mesa mesa no hab铆a m谩s espacio que para su ombligo. Le toc贸 el turno a sus snobs vacaciones que las pasar铆a en Italia, y record贸 las pasadas en Francia, en Vietnam, en Brasil…
Solt茅 sobre la mesa un billete de cinco pavos, me levant茅 como un l谩tigo y la dej茅 tirada en Tailandia. Necesitaba aire fresco. Abandon茅 el bar atropelladamente. Ya fuera, mir茅 el reloj: 10 minutos. 10. Despu茅s de cinco meses era todo lo que la hab铆a podido soportar.
Not茅 un golpe en mi flanco izquierdo y me volv铆.
- Ten cuidado 鈥揕a reprend铆 con brusquedad. Al momento me arrepent铆. Ella no ten铆a culpa de nada.
- Lo siento 鈥搒e disculp贸 con un hilo de suave voz-. Ven铆a distra铆da.
Era peque帽a y menuda, con un cuerpo tan fr谩gil y sencillo como el tallo de una amapola. Su rostro era afilado y huidizo, sin la menor sofisticaci贸n, y sus labios finos y humildes dibujaron una mueca limpia en un lateral. Se mes贸 su corto pelo, liso y oscuro y levant贸 sus ojos marrones hacia m铆.
Yo los vi transparentes.
Ese s铆 fue el comienzo de una gran historia de amor.
EXTRA脩OS EN LA NOCHE
Avanzaban por la misma calle pero en sentido contrario, y sus vidas se cruzar铆an sin remedio.
Ella: Se sent铆a como una muerta. Acababa de romper otra relaci贸n y sus ojos azules parec铆an que se iban a quebrar.
脡l: Notaba un vac铆o en su interior. Aburrido y perpetuamente solo, a punto estaba de recapitular y rendirse ante la evidencia de que jam谩s dar铆a con esa persona especial a la que har铆a sentir como una reina.
La imaginaba delgada y morena, dulce y vergonzosa. Con ojos azules, porque quer铆a ver el cielo cuando la mirarse. S贸lo era un rom谩ntico bobalic贸n que terminar铆a uni茅ndose sin amor, 煤nicamente para mitigar su soledad.
Ella: Gir贸 violentamente la cabeza para espantar los largos cabellos morenos que le acariciaban el rostro. Se ech贸 mano a la cintura y se not贸 m谩s delgada. Tendr铆a que hacer un esfuerzo por comer m谩s.
Desde ni帽a hab铆a so帽ado con alguien rom谩ntico, suave y delicado, que le hiciese sentirse una princesa. Con algui茅n casual y distra铆do que le arrancase sonrisas. Pero iba a claudicar de su ilusi贸n. Terminar铆a como una triste moribunda resignada a compartir destino con cualquiera.
Era tan t铆mida… y se sent铆a tan fr谩gil…
Era una madrugada de invierno en la que hasta los perros hab铆an huido, y ambos se apuraron m谩s.
脡l: Siempre la respetar铆a. Ten铆a el despacho en casa y sacaba tiempo para las tareas dom茅sticas, porque le encantaban y le hac铆an relajarse. Sobre todo cocinar.
Ella: Estaba harta de que la tratasen como a una esclava. De llegar a casa tras el trabajo y faenar sin un momento de descanso. Especialmente odiaba la cocina, por eso estaba tan delgada, aunque eso no le importunaba. Prefer铆a a las personas esbeltas.
脡l: Tambi茅n estaba por debajo de su peso. Encendi贸 un cigarrillo. Todos re铆an en su presencia mientras 茅l destilaba aflicci贸n por dentro. Borr贸 una l谩grima que resbalaba por su mejilla y ,cariacontecido, comenz贸 a negar con la cabeza. Jam谩s la hallar铆a.
En aquella noche sin luna pronto tropezar铆an.
Ella: Aspir贸 una bocanada de humo. Al menos el tabaco la hac铆a sentirse con vida. Neg贸 con la cabeza. S贸lo hab铆a conocido a imb茅ciles ego铆stas que la usaban como a un trozo de carne. Nunca aparecer铆a. Se mostro apenada. 隆Nunca!
De la oscuridad se desprendieron gotas de roc铆o, como una fresca alfombra que se tend铆a ante su inminente encuentro.
脡l: Escrutaba lo m谩s rec贸ndito de su ser en busca de las razones por las que se le negaba la felicidad. Percib铆a desamparo a chorros.
Ella: Se preguntaba por qu茅 no pod铆a acertar con el verdadero amor. Por qu茅 se le negaba. Advirtio que su coraz贸n sufr铆a un interminable destierro.
Cada vez iban m谩s deprisa y pronto se reunir铆an. Nadie m谩s hab铆a en muchos kil贸metros a la redonda. Nadie m谩s que pudiese interferir en la uni贸n que la suerte les preparaba.
脡l: Tan distra铆do… Fue una cent茅sima de segundo. Cuando levant贸 la mirada la vio y qued贸 deslumbrado. Sin poder remediarlo se fue hacia ella.
Ella: Lo vio venir y se sinti贸 m谩s viva que nunca.
Una placa de hielo sobre la calzada le hizo imposible rectificar la trayectoria. Los dos veh铆culos colisionaron brutalmente a toda velocidad. Ambos conductores murieron en el acto.
S贸lo eran extra帽os en la noche. Nada m谩s.
PEQUE脩OS DETALLES
鈥淓st煤pido. 隆Imb茅cil!鈥. Ni siquiera reconoc铆a el local donde hab铆an disfrutado de tan bellos momentos. Siempre intuy贸 que volver no ser铆a una buena idea.
鈥 La veo y 驴qu茅?. Ya es demasiado tarde… 驴A qu茅 he venido?.鈥 Pregunt贸 a su propio reflejo, que yac铆a atormentado sobre la barra del ahora desconocido bar.
Telefonear铆a para adelantar el viaje.
Sin duda ese cronista divino que nos asignan a cada uno para escribir el libro de nuestras vidas ya hab铆a zanjado aquella parte de la de Marco con un final y pasado la p谩gina. Deb铆a rendirse ante la evidencia de que su presente transcurr铆a varios cap铆tulos por delante, y en sus albures de simple mortal no figuraba la capacidad de reescribir el pasado.
Reci茅n llegado la madrugada anterior, tras una r谩pida ducha en el hotel, se lanz贸 a recorrer las calles al amanecer. Camin贸 sobre sus recuerdos, sobre aceras satinadas de acidez, a trav茅s de im谩genes ancladas en la nostalgia y con el rumbo perdido.
Eran peque帽os detalles a los que Marco daba mucha importancia: Cada ciudad, cada una de sus calles, despide un olor singular, propio, y pese al esfuerzo que hizo para reconocerlos, aquellos olores eran nuevos para 茅l, ya no le pertenec铆an. Era un simple forastero, un fantasma del pasado incapaz de saberse muerto.
Arrinconado en aquella barra, durante breves segundos envidi贸 tantos momentos repletos de problemas y preocupaciones que le permit铆an alejarla de su cabeza. Esa fue la raz贸n por la que decidi贸 apartarla de su vida: Se estaba convirtiendo en un infierno y no quer铆a que ella sufriera. Pero desde que su situaci贸n econ贸mica se hab铆a resuelto y disfrutaba de una posici贸n holgada, ella hab铆a vuelto a instalarse por completo en sus pensamientos, con una enfermiza fijaci贸n. Esa era la locura que le hab铆a tra铆do all铆.
鈥淗oy mismo me marchar茅鈥. Estaba decidido.
Y aquella maldita sombra sobrenatural que le hab铆an asignado lo mortificaba otra vez, sin m谩s motivo que para contemplarlo sumido en el desaliento y a punto de zozobrar sobre la taza de caf茅 abandonada sobre el mostrador. 鈥淪谩dico鈥 鈥揚ens贸 Marco.
Se refer铆a al destino que tan malas pasadas le hab铆a jugado y que ahora traveseaba con su olfato restreg谩ndole la dulce fragancia que emanaba de ella y que Marco tanto a帽oraba.
鈥淓n el primer vuelo鈥. Se reafirm贸 en sus planes inmediatos.
Con un movimiento espont谩neo mir贸 de soslayo hacia la imaginaria procedencia de ese perfume y un escalofr铆o le golpe贸 la boca del est贸mago, empantanado su expresi贸n de sangre.
鈥淓s ella鈥. Se asombr贸, intentando templar su coraz贸n que a punto estaba de reventarle el pecho.
Confundido, se encar贸 de nuevo al frente donde un espejo de botellero lo traicionaba. A la izquierda un peri贸dico reposaba abandonado sobre la barra. A su derecha estaba ella y no sab铆a que hacer. Con viscosidad, intentando no levantar sospechas, se hizo con aquel armaz贸n de papel que le har铆a sentirse m谩s seguro. De nuevo oy贸 su azucarada voz cuando Diana pidi贸 un caf茅 con leche, como siempre. Era la mejor melod铆a que hab铆a escuchado en mucho tiempo.
El camarero despach贸 a Diana con la soltura que se muestra a la clientela habitual, y Marco se dio cuenta de ese peque帽o detalle a pesar de que todos sus sentidos estaban suspendidos.
Diana no repar贸 en 茅l, en ese extra帽o parapetado tras los titulares de la jornada.
A empellones y camufladas de disimulo, las pupilas de Marco fotografiaron aquella piel rosada y suave que recordaba cada vez que com铆a un melocot贸n. Los cabellos de Diana se derramaban sobre sus hombros como serpentinas de azabache y a trompicones se desliz贸 hasta sus ojos, tan grandes y azules como el oc茅ano que los hab铆a separado, hasta la orilla de sus finos labios, tras los que se encerraba una sonrisa blanca y fresca como la espuma de las olas al romper. Resultaba inaudito, pero Diana estaba tal cual la recordaba.
Volvi贸 al peri贸dico, cegado tras la frugal excursi贸n.
鈥淗oy mismo. En el primer vuelo鈥. Dud贸. 鈥淭engo que hablarle鈥. Se convenci贸. 鈥淣o. No tengo ning煤n derecho鈥. Volvi贸 a dudar.
Privado de toda capacidad de razonar, al menos sab铆a que cual fuera el resultado de aquella lucha 茅l resultar铆a perdedor.
Era menos de medio metro lo que separaba sus taburetes, pero se hab铆a convertido en una distancia infinita, en un abismo infranqueable surcado por una tormenta. Su vida ya no era la de ella.
Marco se sinti贸 como un rat贸n indeciso en medio de un gran sal贸n. Temeroso de que ante el menor movimiento la atenci贸n de gata de Diana se centrase en 茅l, permaneci贸 inm贸vil y amargado como una estatua de hiel. Pero por el rabillo del ojo la recorr铆a sin darle la menor tregua, con m谩s desconsuelo que satisfacci贸n. En una de sus pasadas repar贸 en un peque帽o detalle pero muy importante: Aquellas manos que le hab铆an cubierto de caricias, esos dedos largos y tersos estaban inmaculados. Ning煤n anillo los encadenaba.
鈥…No. Es demasiado tarde鈥. Vacil贸 de nuevo.
Diana apur贸 su caf茅 y se desvaneci贸 por la puerta, dejando un hueco que se fue expandiendo por el local hasta aprisionar a Marco por completo.
鈥溌obarde!鈥. Se maldijo en silencio.
Mortecino y aterido por un extra帽o fr铆o, su 谩nimo se petrific贸 aplast谩ndole todas las ideas y por sus venas corri贸 la melancol铆a. Era demasiado dolor el que se cebaba sobre 茅l y todo su semblante se derrumb贸, conmocionado, sobre las palmas de sus manos.
鈥溌u茅 terrible estupidez! 隆Nunca deb铆 de haber vuelto!鈥. Clam贸 apesadumbrado para sus adentros. Por la fisura de los dedos revis贸 aquel taburete, ahora tan vac铆o como la vida que le esperaba y que ya nadie ocupar铆a.
鈥溌u茅 demonios! Por alg煤n motivo a煤n acud铆a a diario a aquel bar. A nuestro bar鈥. Se asi贸 con fuerzas a esa intuici贸n repentinamente sobrevenida.
Privado de toda raz贸n, Marco se precipit贸 fuera del local, pensando que quiz谩 el redactor celeste de su biograf铆a estuviese equivocado y a ese cap铆tulo de su vida le faltasen todav铆a muchas palabras para concluirlo, y 茅l iba a pronunciarlas ahora. 鈥淪i. S贸lo se trata de un punto y seguido鈥. Concluy贸. 鈥淭煤 no eres quien para emborronar mi vida鈥. Le advirti贸 ofuscado a ese halo et茅reo que tan mal hab铆a guiado sus designios y ote贸 el horizonte hasta dar con ella.
Era una gris ma帽ana de octubre, con un pesado cielo a punto de llorar. A grandes zancadas le dio alcance, pocos metros antes de que atravesara el r铆o desbordado de coches en que se hab铆a convertido la avenida.
Un chispazo el茅ctrico le perturb贸 cuando toc贸 el hombro de Diana para reclamar su atenci贸n.
- Hola. 鈥揕a saludo estremecido. Al instante se arrepinti贸. Despu茅s se qued贸 en blanco, temblando como un idiota.
Diana le regal贸 un vistazo de azul asombro, mientras en sus labios se dibujaba la mueca autom谩tica que involuntariamente reproduc铆a ante el desconcierto y que 茅l tan bien conoc铆a.
Contemplarla con tal franqueza lo colmaba de gozo. Con ansiedad recorri贸 sus preciosas facciones, deteni茅ndose en su nariz salpicona y levemente perfilada, el marcada hoyuelo de su barbilla, su boca grande y ligeramente asim茅trica… en fin, aquellos peque帽os detalles e imperfecciones donde radica la singularidad y belleza de las personas.
Marco tem铆a que la mirada confusa de Diana se permutase en odio, pero s贸lo se mezcl贸 con indiferencia. Era un peque帽o detalle que no mostraba sino el extra帽o en que se hab铆a convertido.
- Tuve que marcharme 鈥 Fustig贸 aquella frase con el movimiento de ambas manos-. Lo sabes perfectamente, Diana. Mi padre muri贸. Yo era el hermano mayor. Estaba obligado a hacerme cargo de los negocios. No pod铆a abandonarlos a su suerte.. 鈥揑nsisti贸 trepidante. Pero s贸lo redundaba en lo que ella ya sab铆a, a la in煤til espera de otras palabras que se negaban a acudir en su ayuda, y volvi贸 a quedarse all铆, de pie, sin saber que a帽adir, con la azotea vac铆a de ideas.
Diana lade贸 la cabeza y en sus ojos se form贸 un interrogante.
- Yo quer铆a estar a tu lado… Me vi obligado a poner tanta distancia por medio… Siempre pens茅 que ser铆a una situaci贸n temporal. 鈥揃race贸 con fuerza como si con ello pudiese espantar el recelo de Diana.
Como arrastrada por un remolino de viento, la duda se esparci贸 por el semblante de Diana. Marco pens贸 en agarrarla con fuerza y estrecharla entre sus brazos para as铆 mantenerlos quietos. Pero se amedrent贸 ante semejante ocurrencia.
- …Y las cosas no fueron como esperaba. 鈥揷ontinu贸 disculp谩ndose-. Tuve muchos problemas al principio, y el tiempo fue pasando. Despu茅s, cuando dejaste de escribirme no quise insistir. Mi vida era un infierno y no la quer铆a para ti. No la quer铆a para ti. Te merec铆as algo mejor. No te hubiese hablado, pero hoy, al verte, mir茅 tus manos… y no vi ning煤n anillo… - Ahora sus palabras saltaban las unas sobre las otras, solap谩ndose en un barullo, sin que pudiera hacer nada por impedirlo.
La mirada de Diana se congel贸 en alg煤n lugar intermedio entre los dos, en un espacio que Marco ya me sent铆a incapaz de llenar.
- Pens茅 que…, tal vez… 鈥揝e interrumpi贸 incapaz de terminar la frase.
鈥淔ue un error鈥. 鈥淗oy mismo me marchar茅鈥. Asinti贸 en silencio.
Por entre el ruido del tr谩fico le pidi贸 in煤tilmente perd贸n de nuevo. Ya doblegado, quiso dar por zanjada aquella inc贸moda conversaci贸n.
-Al menos cu茅ntame algo de ti… No s茅… Cualquier cosa… 驴Lograste aquel sue帽o? 驴Montar tu propia agencia de publicidad?
Toda la faz de Diana explot贸, y como tiradas por resortes sus p谩rpados y su boca se abrieron de par en par, en un extra帽o gesto que Marco observaba por primera vez. De su garganta surgi贸 una aguda carcajada que fue aumentando con vigor.
Fue entonces cuando Marco se dio cuenta de que, con tanta precipitaci贸n y embriagado por los recuerdos, hab铆a olvidado otro peque帽o detalle.
鈥溌ios m铆o!鈥. De s煤bito se avergonz贸 como lo har铆a un ni帽o pillado en una rid铆cula falta.
鈥淢aldito est煤pido鈥. Embobado por la presencia de Diana se hab铆a olvidado… Si. Por un momento se hab铆a olvidado.
Rojo como un tomate maduro, Marco dio media vuelta con la mayor rapidez que le fue posible y se alej贸 de all铆 a toda prisa.
No fue suficiente. Como un espectro, la voz de Diana se abalanz贸 sobre sus espaldas.
- Se帽or. Yo tambi茅n me llamo Diana, pero me ha confundido con mi madre. 驴Quiere que le diga donde tiene la agencia?
Marco Neg贸 con la cabeza alej谩ndose con toda urgencia.
… 驴C贸mo pudo olvidarlo?: Ya hab铆an pasado veinticinco a帽os desde su marcha.
鈥淓n el primer vuelo鈥. 鈥淓n el primero鈥. Se repiti贸 a punto de derrumbarse.
TE ESPERAN EN CASA
- Lo siento mucho, doctor.
Azorada, la enfermera pas贸 un pa帽uelo de papel sobre el frontal de la bata blanca del prestigioso doctor, a la saz贸n su nuevo jefe, en el justo lugar donde se ubicaba la mancha del caf茅 que tan torpemente hab铆a derramado. Era su primer d铆a de trabajo y no comenzaba con buen pi茅
- No se preocupe 鈥揕a tranquiliz贸 el doctor Alonso. Asi茅ndole la mano le oblig贸 desistir de la tarea-. Tengo m谩s batas. Este se lava y en paz.
La enfermera ya hab铆a o铆do hablar de las cualidades de quel cirujano pl谩stico. Y no s贸lo por ser considerado un eminencia en su profesi贸n, sino por la maravillosa persona que le hab铆an descrito que era, motivo por el cual todos, pacientes y empleados, lo adoraban.
En el rostro del doctor se traz贸 una sonrisa llana. Ajeno a la trajedia que m谩s tarde le acontecer铆a, por un segundo se ilumin贸 en ella un reflejo de metal. Era el presagio de lo que le aguardaba en su casa.
- Y ahora no se preocupe m谩s y disfrute su caf茅.
鈥…Y adem谩s eres rico y guapo. 隆Qu茅 suerte tiene tu mujer!鈥. Suspir贸 la enfermera mientras se alejaba sonteniendo el vaso con el caf茅. Pocos pasos despu茅s gir贸 espont谩neamente su cabeza para volver a contemplarlo. Aquella era la 煤ltima vez que lo ver铆a.
La nueva enfermera siempre lo recordar铆a as铆, de pie, alto e imponente, apoyado contra el expendedor de bebidas. Ligeramente despeinado y con su atractivo rostro flanqueado por una sonrisa en forma de destellante moh铆n de porcelana.
___
Nada satisfac铆a m谩s al doctor Alonso que el momento de llegar a casa: Amaba profundamente a Paty, su esposa. Eran poco m谩s de las ocho de la tarde cuando lleg贸 a su lujoso chalet ubicado en una tranquila zona residencial. All铆 lo aguardaban Paty y la desgracia. Cruz贸 el umbral de la puerta y sus agudos dotes de observador notaron enseguida algo extra帽o en el guardarropa.
Sorprendido, contemplo aquella gabardina colgada mientras se fortaba la barbilla con los dedos de su mano izquierda y frunc铆a el entrecejo. Todav铆a ignoraba que aquella bestia ya lo observaba esperando su oportunidad.
- 驴Qu茅…? 鈥 Se pregunt贸 en alto- Paty. 隆Paty!.-Llam贸 a su mujer adentr谩ndose por el pasillo con paso firme.
Pero aquel malnacido ya arremet铆a contra 茅l por la espalda, a traici贸n, y el doctor Alonso perdi贸 al momento el conocimiento. Despu茅s fue a por Paty.
Las terribles escenas que a continuaci贸n se sucedieron entre esas paredes me considero incapaz de reproducirlas. Mi est贸mago no me lo permitir铆a.
Pero dos horas m谩s tarde, Paty yac铆a media moribunda sobre la cama del dormitorio, con la larga y rubia cabellera, mechonada de sangre, esparcida a su alrededor, y la ropa destrozada a jirones. La surcaban multitud de golpes que ya se iban tintando de un oscuro morado y estaba convencida de tener la mandibula rota. Ultrajada su belleza por tanta brutalidad, hab铆a sido violada con sa帽a enfermiza al menos en dos ocasiones, que ella recordara, antes de desmayarse. Atemorazada, mir贸 hacia el rect谩ngulo de niebla en que se hab铆a convertido la entrada ba帽o, y donde aquella bestia cantaba despreocupada bajo el agua caliente de la ducha, quiz谩 para limpiarse las manchas sangrientas. Paty no dudaba de que ese animal volver铆a a embestirla tan pronto como terminase la faena que ahora lo acupaba.
Inventando fuerzas en donde ya no hab铆a nada, con dificultad se desliz贸 hacia el ropero, en cuyo caj贸n del fondo sab铆a que su marido guardaba un revolver. Paty nunca hab铆a disparado un arma, pero ni por un instante dud贸 que no pudiera hacerlo.
Dolorida, se sent贸 en el borde de la cama que estaba enfrentado con la puerta del ba帽o, mientras se familiarizaba con aquel trozo de acero brillante, y puso lo mente en blanco. No quer铆a que nada distrayese su atenci贸n. Ya solo quedaba que aquella carro帽a asomase.
No tuvo que esperar mucho tiempo.
Aquella alima帽a apareci贸 desnuda y satisfecha por entre la densa nube de vapor que se esparc铆a desde el vano, y fue cuando su feliz expresi贸n mut贸. Paty ya lo apuntaba directo al coraz贸n.
- Maldito canalla 鈥揕e grit贸 Paty con aspereza- No me volver谩s a poner la mano encima. 隆Por Dios, lo juro! Y esta vez s贸lo por colgarte la gabardina en el sitio que no era. 隆Mu茅rete, Cabr贸n!
El doctor Alonso adelant贸 las manos mientras pronunciaba unas palabras, pero fueron engullidas por el ruido del disparo. Cay贸 como fulminado por un rayo.
Malherida, agotada, pero satisfecha, Paty se derrumb贸 sobre la cama. Era consciente de que ir铆a a la c谩rcel, pero la pod铆a considerar como un justo premio despu茅s de tantos a帽os de sufrir maltratos de su marido.
UN AS EN LA MANGA
No ten铆a nada que perder. La empresa se hab铆a evaporado y ella ya no estaba con 茅l: Lo hab铆a abandonado. Todo a causa del juego.
Se miraron con frialdad antes de proseguir la partida. La habitaci贸n era peque帽a y desnuda, decorada por el humo de los cigarrillos; ol铆a a miedo, a sudor, a adrenalina, a tabaco… y varios tufos indescriptibles se hab铆an apoderado de aquella ratonera. Hed铆a como los cad谩veres putrefactos, a oll铆n y casquer铆a, y el cargado ambiente se pod铆a trinchar.
Le hab铆a quedado el piso, pero el dinero de la venta estaba ahora sobre la mesa formando urbanizaciones de bloques de billetes.
Si ganaba, con dos millones podr铆a comenzar una nueva vida, lejos de all铆. Si perd铆a… 隆Qu茅 m谩s daba!
Un estallido de j煤bilo lo sac贸 de su ensimismamiento.
- 隆He ganado! -. Exclam贸 su rival, y como un cangrejo se abalanz贸 sobre los fajos de billetes posados sobre la mesa.
Pero lo detuvo, agarr谩ndole con fuerza por la mu帽eca.
S贸lo quedaban ellos dos dentro de la partida. Otros seis s贸rdidos caballeros estaban sentados a sus espaldas al fondo de la habitaci贸n. Tres de cada lado.
- 驴Qu茅 significa esto? 鈥揕e rugi贸 su contrincante, al tiempo que esparc铆a la mirada por la estancia en actitud precavida.
- Es mi turno.- Le replic贸 con aplomo, sin soltarle la mu帽eca.
Su contrincante solt贸 una risotada.
- 隆Si no puedes ganar! -. Le respondi贸 su rival con mordacidad.
- Pero es mi turno -. Insisti贸. Sus palabras eran glaciares.
Todav铆a abalanzado sobre el dinero, el rival levant贸 la mirada hasta sortear el hombro de aquel loco, buscando la confirmaci贸n de los tres hombres sentados contra la pared. Estos afirmaron con la cabeza.
Repiti贸 la operaci贸n girando el rostro hasta localizar los tres hombres sentados a sus espaldas, con el mismo resultado.
Uno de ellos exclam贸: 鈥淓s su turno鈥. Aquella voz son贸 con gruesa impiedad, como una orden militar.
El rival retir贸 sus pinzas del dinero y asinti贸 volteando las palmas hacia arriba y gesticulando una mueca.
- Es tu turno. -Repiti贸 con recelo, y su rostro se ensombreci贸, como si comenzase a dudar de sus verdaderas posibilidades de ganar: Aquel chalado quiz谩 ocultase un as en la manga.
Pero aquel demente al fin y al cabo no ten铆a m谩s que perder, y s铆 hab铆a una posibilidad. S铆, lo cre铆a. Aunque si no funcionaba saldr铆a con los pies por delante y era consciente de ello. Una posibilidad…
Y lo hizo sin pensarlo dos veces. Con toda la rapidez de que fue capaz. Como una muerte precipitada que no se anuncia. Con la celeridad de un disgusto, de una mala nueva. Con la fugacidad con la que transcurren los buenos momentos, o el recuerdo de toda una vida cuando ya no da para m谩s y expira en un chasquido..
Pero no hubo ning煤n fallo mec谩nico, ni el revolver se encasquill贸. S贸lo una explosi贸n. La bala que estaba alojada en le sexto y 煤ltimo hueco del tambor funcion贸 correctamente, penetr谩ndole limpiamente por el l贸bulo derecho del cr谩neo para desparramar sus sesos por la estancia. S贸lo el pa帽uelo rojo atado a su cabeza pudo impedir que todas sus neuronas quedasen incrustadas en las sucias paredes.
Mientras el que fuera su rival guardaba con avidez el dinero en una bolsa de basura, cuatro de los seis hombres sacaron su cad谩ver de all铆.
La partida de ruleta rusa hab铆a finalizado.
隆TE ENCONTRE!
Llevaba D铆as presintiendo que lo acechaba. Eran peque帽os detalles que le erizaban el vello del cuerpo y le estremec铆an por completo. Al principio pens贸 que eran s贸lo imaginaciones suyas, pero ahora ten铆a la completa certeza de que hab铆a dado con 茅l.
Inclinado como un grifo sudoroso sobre el colch贸n empapado rompi贸 a llorar.
- Es in煤til huir-gimi贸 un lamento-. Siempre dar谩 conmigo.
Era otra ciudad, otro trabajo, un nuevo rostro camuflado entre la multitud; incluso una nueva imagen, otro corte de pelo, nuevas costumbres… y recuerdos.
Pero lo hab铆a encontrado de nuevo y lo hab铆a vuelto a envenenar.
Inoculado de ponzo帽a, not贸 como las fuerzas le desamparaban y el sorprendente dolor se esparc铆a sobre cada una de sus c茅lulas.
Con un pesado movimiento logr贸 encender el aplique de la mesilla. El reloj indicaba las tres de la ma帽ana. Derrotado se abandon贸 sobre el lecho.
Casi fue incapaz de levantarse a la ma帽ana. Presa del dolor y del veneno, gracias a un sobrenatural esfuerzo, logr贸 enfundarse el traje del d铆a anterior. No desayun贸, ni se afeit贸, ni se lav贸… Tan s贸lo se frot贸 los ojos y se atus贸 su pelo negro, corto y abundante. Contempl贸 su imagen desaseada en el espejo del aparador de la entrada, Sus ojos abultados y enrojecidos. Sobre su rostro descompuesto por el sufrimiento se extend铆a un borr贸n azulado de precoz barba.
Mir贸 el reloj. Llegaba ya muy tarde. Recogi贸 la cartera con esfuerzo, como si estuviera elaborada de plomo y se atrevi贸 a salir.
Era una deliciosa ma帽ana de finales de primavera, repleta de colores y aromas, repleta de alegr铆a y bulleantes transe煤ntes camino de su trabajo.
Pero para 茅l la ma帽ana transcurr铆a en blanco y negro, difusa a causa de la rara niebla que lo rodeaba. Cabizbajo y dolorido, avanz贸 por aquel mundo plano y mal sintonizado, lejano y ajeno como un programa de televisi贸n.
Las aceras eran de cemento fresco y el aire de hormig贸n vaporizado. A los pocos pasos tuvo que detenerse para recupera fuerzas. Su cuerpo tiritaba y sinti贸 p谩nico al verse en medio de todos aquellos peatones, distantes y hostiles, que no dejaban de mirarlo con odio cuando pasaban a su lado.
Estaba aterrorizado. Sin pensarlo otra vez, emprendi贸 el camino de regreso a su piso. All铆 se sentir铆a m谩s seguro.
Se tomo de un trago un sorbo de whisky; eso atenuar铆a el dolor. Despu茅s se libr贸 de los zapatos y la chaqueta. Agotado por tanta actividad realizada, se abalanz贸 sobre la cama y rompi贸 a llorar.
Rendido ante la evidencia lo asumi贸: Nunca podr铆a escapar. La depresi贸n lo hab铆a vuelto a encontrar.
MALDITO BORRACHO
Decid铆 dar un paseo hasta el despacho para disfrutar de aquella espectacular ma帽ana, llena de color y aromas de primavera .Y la ma帽ana no era m谩s que el anticipo de una memorable jornada: Hoy me presentar铆an como nuevo socio en el Bufete, justo premio a una trayectoria de 茅xitos, a base de mucho trabajo y duro esfuerzo… Me sent铆a plet贸rico y satisfecho de la vida.
Al doblar la esquina, a punto estuve de tropezar con un borracho que, como el v贸mito de una resaca, yac铆a espatarrado en la acera. Medi贸 incorpor贸 su extrema delgadez. Envainado en un viejo tabardo entre verde y sucio sobre los jirones de una camiseta que alg煤n d铆a pudo ser blanca, cubr铆an los alambres de sus piernas unos vaqueros rotos y mugrientos que terminaban en los restos de unos zapatos. De sus ojos amarillentos, atrapados en una telara帽a roja, surgi贸 su mirada lastimera que se pos贸 en mi rostro sin dar la impresi贸n de verlo. Exclam贸 鈥溌uff!鈥. Se mes贸 el estropajo met谩lico que le hac铆a de barba, las alquitranadas gre帽as despu茅s, y se abandon贸 de nuevo sobre la calle.
Lejos de mostrar mi disgusto ante aquella interrupci贸n brusca en el placentero mundo de mis pensamientos, me apiad茅 de lo que quedaba de aquel hombre y le tir茅 un billete de 50 pavos antes de proseguir mi camino.
驴Por donde co帽o estaba? 隆Maldito borracho…! Me hizo perder el hilo. Ah, s铆….
Propietario del amor e una preciosa mujer y padre de una adorable hija, la vida era para m铆 un feliz regalo del destino…
- 隆Eh…Tu!
Me gir茅, frustrado en mis dulces sue帽os por un grito carcomido. Era el borracho que, sentado sobre la acera, llamaba a alguien.
驴Por donde iba…?
- 隆Eh… T煤! T煤. Detente. 鈥揗e interrumpi贸 de nuevo su voz.
隆Maldito borracho! Volv铆 a girar la cabeza. El borracho casi se hab铆a puesto en pi茅, sosten铆a en alto el billete, y con un dedo cocido se帽alaba hacia el sem谩foro d贸nde me encontraba a la espera de cruzar.
- 隆Eh…! 鈥揈sta vez pareci贸 como si el dedo surgido de su cuerpo encorvado me se帽alase.
- 隆El del traje azul y el malet铆n! -Aull贸 de nuevo desde la cloaca de su garganta.
Ya no me cab铆a la menor duda de que se dirig铆a a m铆. Me impacient茅. Por fin apareci贸 el monigote verde en el sem谩foro y me dispuse a cruzar.
-隆Detente隆 隆Detente! 隆No cruces!…鈥揃erre贸 hasta que se le calaron los pulmones
驴Qu茅? 驴Qu茅 intentaba decirme? Pero no me detuve, sino que apur茅 m谩s el paso.
A mis espaldas sus gritos prosegu铆an y lo mir茅 de refil贸n.
Me segu铆a.
Avanzaba con dificultad, un tanto encogido, mientras me se帽alaba rugiendo: 鈥淭煤… T煤鈥 Detente…
Aceler茅, validando con r谩pidos golpes de cabeza la distancia que nos separaba: unos diez metros. Pero el maldito borracho, torcido, medio cojo y consumido, continuaba tras mi rastro.
Comenc茅 a preocuparme de verdad. Aliger茅 mis movimientos, por verg眉enza, s贸lo hasta el l铆mite de la compostura. Yo era un duro abogado y no llegaba a entender porque aquella escoria con patas me pon铆a tan nerviosos.
Pero aquel despojo era capaz de mover sus temblorosas piernas con una rapidez inusitada para un cuerpo tan castigado. Y su garganta, lejos de estallar, aumentaba su sonora potencia.
-Detente. Detente.
Olvid茅 las formas y, despavorido, emprend铆 la carrera, perseguidos por sus gru帽idos atronadores, por ese dedo que persistentemente me se帽alaba y tras el cual se encontraba aquel maldito borracho.
- 隆T煤! T煤. Detente.
Aterrorizado corr铆 y corr铆, asustado como un gorri贸n por aquel espantap谩jaros que, renqueante, continuaba a mi acecho, sin darme tregua, a la caza.
- 隆Detente! P谩rate de una vez.
No s茅 cu谩nto tiempo prosegu铆 huyendo de aquel fantasma del tabardo verde, pero los transe煤ntes se evaporaron, los edificios nobles dieron paso a construcciones m谩s humildes; despu茅s a una barriada sucia. Me hab铆a perdido. Me escaseaba el aliento, y el sudor hab铆a vuelto mi ropa pegajosa…
- 隆Eh…! T煤.
Pero continu茅 corriendo, perseguido por aquellos gritos afilados como pu帽ales que se clavaban en mis o铆dos. Y aquel pedazo de hierro oxidado, me segu铆a como a un im谩n.
- 隆Detente…!
Comenc茅 a chillar tambi茅n. Mi voz, sin fuerza, se diluy贸 en su torrente de alaridos. Acortaba distancias. Era in煤til, nadie podr铆a o铆rnos: Aquello era un desierto de asfalto. Pero… 隆Conoc铆a aquel lugar! Aquel barrio, sus sucias aceras… Qu茅 extra帽o, pens茅.
- T煤uu….
Con aquel podrido ap茅ndice detr谩s, dobl茅 la esquina. Grave error: era una calle ciega. Me gir茅. Demasiado tarde. El borracho estaba ya en el umbral del callej贸n, frente a m铆. Ahora callado como una zorra…, y yo, como mi piel, me sent铆 como una gallina.
Me inclin茅 a recuperar el fuelle, tos铆 violentamente mientras escrutaba cada cent铆metro de aquel lugar en busca de una fuga, de un arma con la que hacerle frente, de lo que fuera… Pero s贸lo distingu铆 basura y excrementos. Ol铆a a podredumbre y or铆n.
- 驴Qu茅 co帽o te pasa? 驴Es que no me o铆as? 鈥揤ocifer贸 se帽al谩ndome de nuevo con ese dedo. La larga carrera no lo hab铆a mellado.
- Escuche… 鈥搑ogu茅-, le dar茅 lo que quiera, pero no me haga da帽o.
Saqu茅 la cartera y la lanc茅 a sus pies.
- Hay doscientos o trescientos pavos. Tarjetas de cr茅dito… Coja lo que quiera. Yo no dir茅 nada. 鈥揕e expliqu茅 asustado, mientras continuaba escarbando con la mirada en aquel vertedero, en busca de alguna esperanza.
En sus manos apareci贸 el billete de cincuenta que le hab铆a dado cuando me tropec茅 con 茅l. Ignor贸 la billetera, como a un desperdicio m谩s, y dio un paso adelante.
Yo lo di hacia atr谩s.
- Tu dinero vale una mierda. 隆Una mierda! 鈥揗e inform贸. Con ambas manos hizo trizas el billete de 50 pavos y lo esparci贸 como confeti.
隆El reloj! Eso es lo que quiere, me convenc铆. Lo apart茅 de la mu帽eca y, con cuidado, lo deposit茅 en el suelo, en medio de la porquer铆a.
- Es un Rolex. Un Rolex de oro macizo. Se lo regalo. Vale un mont贸n de dinero 鈥揕e indiqu茅, algo dolido por su p茅rdida.
脡l comenz贸 a avanzar y yo a retroceder. Tropec茅 con un mont贸n de cartones tirados sobre el pavimento y continu茅 reculando sobre aquella improvisada alfombra.
- M茅tete el reloj donde te quepa 鈥揚regon贸 en alto, mientras lo pisoteaba con furia hasta hacerlo a帽icos.
El malet铆n… Los documentos. 隆Claro! Ese tipo no era un borracho. 驴C贸mo no me di cuenta antes? Aquel tipo era un sicario. Un sicario disfrazado… que me estaba esperando… Pero en aquellos papeles radicaba mi vida. Eran contratos, documentos sobre mis defendidos, t谩cticas, triqui帽uelas legales, maquinaciones dentro del sistema… 驴Qu茅 hab铆a tan importante dentro?
- Ya s茅 qui茅n es usted. D铆game: 驴Qui茅n lo manda? 鈥揕o interrogu茅 con la firmeza que utilizaba en el estrado.
No respondi贸. Me apunt贸 con una mirada aviesa y avanz贸 de nuevo.
- Tendr谩 que matarme 鈥揕e asegur茅 aferrando el portafolios contra mi pecho.
Nunca le dar铆a aquellos papeles. 隆Nunca! Los defender铆a con la vida.
Mi espalda choc贸 contra un muro. Estaba acorralado en una esquina del callej贸n. Pero no se los dar铆a. 隆No! Luchar铆a con 茅l. Ya no le ten铆a el menor miedo.
Con un audaz movimiento le lanc茅 el malet铆n.
- Qu茅dese los malditos documentos. Pero por Dios…, no me haga da帽o 鈥揗e arreboc茅 contra la pared, tartamudeando a causa del miedo.
Pero 茅l propin贸 una patada al malet铆n y continu贸 su avance.
Cerr茅 los ojos. Temblaba como una maraca. Not茅 su pestilente aliento vertido sobre mi cara.
- Abre los malditos ojos, Jako. 鈥揗e orden贸.
Lo obedec铆. Estaba a escaso medio metro de m铆.
- 驴Jako…? 鈥揾ac铆a a帽os que no hab铆a o铆do aquel mote- 驴Como sabe ese apodo…? 驴Me conoce? 驴Nos conocemos? 鈥揗is preguntas sonaron a chasquidos secos, porque mis labios eran casta帽uelas.
- 隆Claro que nos conocemos, Jako! 驴No te acuerdas? 鈥揝u boca rancia me obsequi贸 una sonrisa desdentada.
Negu茅 con la cabeza.
- F铆jate bien en mi cara… 鈥揷ontinu贸, punteando con las manos-, en este callej贸n de mierda, en mis ropas…
Investigu茅 detenidamente su rostro. Las pocas zonas desiertas de espeso vello eran trozos de cuero seco y agrietado, surcados por regueros de venas p煤rpuras. Sus ojos, barnizados de bilis, reflejaban una ulcerada irritaci贸n. Descubr铆 una cierta familiaridad en sus rasgos, pero… no. No ca铆a en la cuenta.
- Te ayudar茅, Jako 鈥搈e insisti贸 cordialmente. Se remang贸 y apareci贸 un brazo esquel茅tico, guarida de secas culebras picadas de veneno-. 脣ramos compa帽eros en la facultad, estudiaba leyes como t煤. Yo iba a ser alguien, alguien como t煤, no a convertirme en esta mierda que ves.
Pero tropec茅 contigo fuera de clase…
-No… Lo siento.
-Haz memoria 鈥搈e aferr贸 por los hombros y me agit贸 como a un vaso de whisky con hielo-. MEJODISTEBIENJODIDO en este callej贸n. Primero unos inocentes porros, despu茅s vino la coca, las pastillas, la hero铆na… 隆HASTA LA MEMORIA ME FALLA PARA NUMERAR TODA LA MIERDA QUE ME HE METIDO….! Yo quer铆a dejarlo 鈥搒e lament贸-, pero t煤 no quer铆as que lo hiciese.
驴Sabes? Al final lo consegu铆. Pero entonces te das cuenta que eres una mierda, un inadaptado, que has perdido media vida… los remordimientos te atormentan… Y ya ves, termin茅 pegado al cuello de una botella.
M铆rame 鈥揳garr贸 las solapas de mi traje y me volvi贸 a agitar. Su rostro todav铆a se arrug贸 m谩s a causa de la aflicci贸n, y sus ojos, enrojecidos de por s铆, comenzaron a llorar.- 隆M铆rame bien! 驴Qu茅 hiciste con mi futuro? Por tu culpa soy un maldito borracho que no tiene d贸nde caerse muerto…
Y lo mir茅. Con detenimiento. Como si examinase una bacteria al microsc贸pico en espera de descubrir alg煤n remedio para aquella afecci贸n. Pero todo el miedo se estaba transformando en desprecio, y ya s贸lo un halo de curiosidad me manten铆a all铆.
- 驴Te acuerdas ya? 鈥揂帽adi贸, con el odio refractado entre sus l谩grimas.
Despu茅s permanecimos un largo rato en silencio. El p煤trido olor de aquel lugar se volv铆a cada vez m谩s insoportable. Y sus facciones, aquel callej贸n… , me resultaban cada vez m谩s conocidos… Pero no…
Yo intentaba recordar. Lo intentaba… escarbaba con dificultad en el tiempo cuando vi pasar un carro repleto de recuerdos envueltos en papel de plata y tirado por mil caballos que levantaron una polvareda blanca.
- No… Noo… NOO… 鈥揗e llev茅 las manos a la cabeza para evitar que explotase con todos aquellos cartuchos de im谩genes encendidos en mi mente.
Grit茅 y grit茅, hasta la extenuaci贸n, hasta quebrar mi garganta, hasta vomitar el alma.
-隆NOOOOOOOOOOOOOO!
Mis p谩rpados cayeron como dos losas de cemento. Me derrumb茅, ovillado, sobre el lecho de cartones.
-Necesito un trago. 鈥揝upliqu茅 en vano.
隆Claro que conoc铆a a aquel desgraciado!隆Claro que conoc铆a ese callej贸n sin salida!
Me enjuagu茅 los nichos de l谩grimas con las sucias mangas de mi tabardo.
En ese sucio callej贸n acababa de despertar, como todas las noches.
隆Yo era aquel maldito borracho!
MENSAJE EN UNA BOTELLA
Se estremeci贸, y sus tendones se tensaron forzando sus manos como recias garras. Estaba en el supermercado, intentando distraerse con la compra, pero era otro intento fallido: El misterioso mensaje que renovar铆a su vida lo continuaba perturbando ireemediablemente.
No se atrevi贸 a agarrar los tomates. Su cuerpo trepidaba como un escalofr铆o y crey贸 que los terminar铆a espachurrando.
Su instinto le alertaba sobre aquel mensaje encubierto en una botella: Cambiar铆a su vida radicalmente. Sinti贸 temor a no estar preparado y, colmado de angustia, abandon贸 la compra al lado del puesto de frutas. Ten铆a que enfrentarse de una puta vez a ese maldito mensaje. Se reafirm贸 en su determinaci贸n respirando honda y pausadamente. Hoy le plantar铆a cara a ese misterioso mensaje.
Una hora m谩s tarde contemplaba fijamente la botella. Su coraz贸n le indicaba que todo cambiar铆a a mejor tras leerlo, pero a煤n as铆 todas sus c茅lulas se resist铆an despavoridas. La raz贸n tambi茅n le confirmaba sus impulsos card铆acos: Lee el mensaje. L茅elo. 驴Es que algo pod铆a ir a peor?
Estaba sin trabajo, ten铆a deudas que era consciente que jam谩s podr铆a pagar, viv铆a de la caridad de sus padres y hermanos y, sobre todo, estaba ella: Cada vez que la avistaba paseando cogida de la mano del otro, notaba como su sangre herv铆a y le reventaban todas las v铆sceras. Adem谩s sent铆a la soledad en lo m谩s profundo. A veces hablaba solo para o铆r el preterido sonido de su voz. Ya nadie le escuchaba.
Dos horas m谩s. Cobarde e incapaz continuaba su p谩vida y fija observaci贸n: El mensaje. Entraba otra calurosa noche de agosto. Sentado en una miserable silla de su cochambrosa cocina, el sudor se esparc铆a por su torso flaco y desnudo, y la botella que conten铆a el mensaje se ereg铆a, limpia y triunfante, como una estatua de la libertad sobre aquella sucia mesa. 隆El mensaje! El mensaje lo salvar铆a. Su intuici贸n, el juicio que le quedaba, y toda la qu铆mica alborotada de su organismo no pod铆an errar.
El mensaje no lo defraudar铆a. Sin embargo, al leerlo, quedar铆a comprometido. No pod铆a ignorar que proven铆a de un mundo distinto, o quiz谩 de una ignota tierra que a trav茅s de una corriente mar铆tima y un sinf铆n de casualidades lo hab铆an tra铆do a posta junto a 茅l; y por todo hay que pagar un precio. En este caso ser铆a muy elevado, no lo dudaba. Pero su familia se volver铆a a sentir orgullosa de 茅l. Rebosar铆an de nuevo las amistades y la provocaci贸n dar铆a paso a la envidia de todos. Y lo m谩s importante: La volver铆a a recuperar. Recobr贸 el arrojo cuando pens贸 en ella y fue, decidido, a por el mensaje.
Tres horas tard贸 en derramar todo su l铆quido en sus entra帽as. Despu茅s la observ贸 con detenimiento, a contraluz de la pelada bombilla que colgaba del techo. Su vista ya se nublaba, pero se dio cuenta de que en aquella botella de g眉isqui barato tampoco hab铆a ning煤n mensaje.
La solt贸 y se hizo a帽icos. El se derrumb贸, lloriqueando sobre la mesa. Su cabeza ya le estallaba y conoc铆a de sobra como ser铆a su despertar. Pero ma帽ana seguir铆a buscando: Otra botella. Encontrar铆a ese ansiado mensaje.
LA ADIVINA
Distingui贸 el rostro de un hombre inmenso y brutal, reflejos dorados de un campo de trigo, un retal azul de cielo. Oy贸 gemidos, estertores, enlazados con chillidos de p谩nico. Huecas carcajadas procedentes del infierno. La escena se ti帽贸 de sangre, y estall贸 dentro de ella.
Se estremeci贸 al salir del trance. Su cabeza se sacudi贸 y su rubia cabellera dibuj贸 una media ver贸nica. Un sudor fr铆o le recorri贸 todo el cuerpo, not贸 el vello erizado y los poros comprimidos. Intent贸 recoger las cartas que yac铆an sobre la mesa pero, perturbada por la violenta escena, hab铆a perdido todo control sobre sus manos. Reprimi贸 el v贸mito y, consternada, solt贸 la baraja.
Sentado frente a ella, Falc贸n se dio cuenta de como la sangre abandonaba el demudado rostro de la pitonisa.
-驴Qu茅 ha visto? 驴Qu茅 es lo que ha visto?. 鈥揕e pregunt贸 Falc贸n contagiado de su angustia.
Falc贸n llevaba dos meses en un estado de continua agitaci贸n. Preso de los nervios, sufr铆a insomnio, le faltaba el apetito, y sus deseos sexuales hab铆an desertado. Conoc铆a muy bien estos s铆ntomas, pues su fino olfato m谩s de una vez le hab铆a salvado la vida: El peligro lo acechaba. De alguna manera 茅l tambi茅n se consideraba un adivino.
Pero Falc贸n ignoraba qui茅n era el enemigo contra el que se deb铆a prevenir, y los m茅dicos no encontraban nada. 鈥淓st谩 usted perfectamente鈥 鈥淓s psicol贸gico鈥 鈥淣o piense en ello y se pondr谩 bien鈥.
Por eso estaba en la consulta de la adivina: quer铆a conocer al adversario que lo esperaba emboscado: Un c谩ncer… un ser de carne y hueso… O quiz谩 se hac铆a viejo y s贸lo eran imaginaciones.
Antes le hab铆a prohibido escarbar en el pasado, no era de su incumbencia.
Ella lo inform贸 de que nunca lo hac铆a. Se limitaba a leer el futuro en las cartas. No era una vidente que rescatase im谩genes en el tiempo, y sin embargo…
-D铆gamelo. Lo que sea. 鈥揝贸lo la asust贸 m谩s con el berrido.
La pitonisa, l铆vida como un cad谩ver, s贸lo encontr贸 fuerzas para indicarle que se marchara.
Falc贸n era un hombre de mediana edad que pasaba de los cincuenta. Grande, facineroso, recio y duro. La adivina no llegaba a los treinta. Su media melena, rubia y rizada, y su cuerpo fr谩gil, le daban el aspecto de una ni帽a, pero depositaria de tantos males y sufrimientos, ten铆a el alma de una vieja. S贸lo llevaba dos meses en la ciudad… y ahora esto…
- No me ir茅 hasta que me diga lo que ha visto. 鈥揕e advirti贸 con un chorro de voz gruesa reci茅n salido de su caverna.
Y era una advertencia que, quien lo conociera, la tomar铆a muy en serio. Sobre su espalda transportaba los cr铆menes m谩s horrendos y una bolsa llena de delitos de diversa consideraci贸n, pese a lo cual permaneci贸 siempre impune, opaco ante la m谩s leve de las condenas. Ahora llevaba cinco a帽os retirado, dedicados a negocios casi legales, como una casa de prostituci贸n, donde adem谩s colmaba parte de sus enfermizos e insaciables apetitos sexuales… antes, cuando los ten铆a.
Aquel depravado ya era un hombre rico y, a pesar del respeto que da el dinero, m谩s que respetado, temido
Ech贸 mano a la cartera y deposit贸 dos billetes de cien euros sobre la mesa.
- D铆gamelo. 鈥揕e repiti贸 impacient谩ndose.
- No. Aqu铆 no. 鈥揝e aventur贸 a responder la pitonisa, completamente confundida y m谩s atenta a sus manos que a otra cosa: poco a poco recobraban el color.
- Bien. Venga a mi casa esta noche.
La adivinadora se agit贸 ante aquella proposici贸n, y a punto estuvo de escupir los ojos como dos perdigones.
- No. No visito fuera del consultorio. 鈥揕e chill贸 alarmada. Todav铆a le temblaban las manos-. No hago excepciones con ning煤n cliente.
Falc贸n se inquiet贸 m谩s al percibir a aquella vaticinadora disparada como una alarma. Menos que nunca cejar铆a en su empe帽o.
- Esc煤cheme 鈥搃mplor贸 Falc贸n-, si es por sus clientes, no tienen por qu茅 saberlo. Nadie tiene por qu茅 saberlo. Vivo solo, en un edificio de dos plantas de la calle Mirabales, a unos trescientos metros de aqu铆. Hay una se帽ora que viene a hacerme las cosas, pero s贸lo est谩 por las ma帽anas. Nadie tiene por qu茅 enterarse.
La adivina lo estudiaba con sus ojos azules, que parec铆an pedazos de hielo. Falc贸n se volvi贸 a dar cuenta.
De nuevo ech贸 mano a la cartera y puso tres billetes m谩s sobre la mesa.
- Son quinientos euros. Le dar茅 otros tantos si me dice lo que ha visto. 隆Mil euros! P贸ngase en mi lugar, si s茅 lo que me ocurre, o lo que me ocurrir谩, quiz谩 todav铆a este a tiempo de atajarlo. Venga esta noche.
Embrollada por las palabras de Falc贸n, que insist铆a e insist铆a, y el sinf铆n de ideas, im谩genes y sensaciones que cruzaban su cabeza como un torbellino, permaneci贸 un largo rato en silencio, extraviada en sus pensamientos, hasta que recuper贸 parte de su aplomo.
- Soy un hombre influyente y adinerado 鈥損erdida la paciencia la amenaz贸 con un grueso dedo-. Si no me dice lo que vio est茅 segura que le har茅 la vida imposible. 鈥揂l instante se arrepinti贸 de sus palabras. Amenazarla era in煤til. Pod铆a inventarse cualquier historia y 茅l no lo sabr铆a.
Ella mir贸 detenidamente los billetes que estaban sobre la mesa.
-Est谩 bien. El pr贸ximo lunes a las once de la noche. Ir茅 a su casa. 鈥揂sinti贸.
Faltaba una semana.
-驴El pr贸ximo lunes?. He de saberlo hoy. 驴No ve el estado de angustia en que me encuentro?.-Suplic贸 torpemente Falc贸n, tan poco acostumbrado a hacerlo.
- Comprenda, se帽or Falc贸n. He de hacer consultas y comprobaciones. Llevan su tiempo… Puede incluso que el lunes sea demasiado pronto.
A rega帽adientes acept贸. 驴Qu茅 otra cosa pod铆a hacer?
- Al menos adel谩nteme algo.
- Ser铆a precipitado. Y sea discreto 鈥搇e record贸 la pitonisa con recobrada firmeza-. No quiero que ninguno de mis otros clientes lo sepa. No se lo cuente a nadie o se acab贸. Lo sabr茅. No dude que lo sabr茅. Y no s贸lo porque sea adivina.
Tras la marcha de Falc贸n, se estremeci贸 de nuevo ante aquella terrible visi贸n. Un sabor met谩lico inund贸 su paladar. Era el sabor de la muerte.
………..
Eran las once de la noche. Las calles desiertas la hab铆an acompa帽ado hasta all铆. Portaba ropa oscura y holgada, y una pa帽ueleta anidando sus cabellos. Un Falc贸n desmejorado, constre帽ido por la angustia de la larga semana, la llev贸 a un rinc贸n de la espaciosa sala y, con el tembleque de la mano, le indic贸 una silla en una mesa de naipes, redonda y forrada de feltina verde. Del Falc贸n fr铆o y despiadado s贸lo quedaba un manojo de nervios.
-Necesito una botella grande de pl谩stico vac铆a. De agua, de refresco… da igual. Si no la tiene, un almohad贸n o una almohada. Es para el ritual. 鈥揕e explic贸 la divina tras guardar los mil euros del pago por sus servicios.
Flac贸n le entreg贸 una botella acabada de vaciar y tom贸 asiento al otro extremo de la mesa.
La adivinadora le quit贸 el tap贸n a la botella y la examin贸 concienzudamente, gir谩ndola varias veces, como si pudiese leer en sus entra帽as al igual que en una bola de cristal.
- Vale.-Confirm贸 pos谩ndola sobre la mesa. Sin m谩s pre谩mbulos, rompi贸 el precinto de la baraja con sus manos embutidas en unos largos guantes.- Nada debe contaminar la lectura.- Se justific贸 por tanto cuidado, consciente de la gravedad que tendr铆an las noticias para su anfitri贸n.
Al llegar a la tercera carta volvi贸 a estremecerse. Falc贸n lo percibi贸.
-驴Qu茅 pasa? 驴Qu茅 ha visto?- La interrog贸, prisionero de la ansiedad.
-Lo siento mucho. 鈥揕e respondi贸 la adivina alzando los ojos de la mesa.
Falc贸n, sobresaltado, dio un respingo hacia atr谩s que casi lo tir贸 de la silla.
-驴Qu茅…? 驴Qu茅 me pasa? 驴Alguien va a matarme? 驴Qui茅n…? 驴Estoy enfermo? 驴Se trata de un accidente…? 鈥揵albuce贸 Falc贸n, atropell谩ndose.
La adivina permaneci贸 sorda a sus preguntas. Con la mirada inerte, lo observaba f铆jamente. Falc贸n interpret贸 su silencio como la peor de las noticias y la asumi贸 con gravedad.
- 驴Cu谩nto tiempo me queda?. 鈥換uiso averiguar Falc贸n, ya carente de todo aliento.
La adivin谩 mir贸 el reloj de pared que colgaba detr谩s de Falc贸n antes de contestar.
- Menos de cinco minutos.
-驴Qu茅? 驴De que me est谩 hablando?. -Su rostro ex谩nime se irradi贸 de sorpresa.
- Le hablo de justicia, Falc贸n. De una ni帽a que fue violada brutalmente hace muchos a帽os. 鈥揕e aclar贸 la adivina repleta de hostilidad. Con un movimiento 谩gil agarr贸 la botella de pl谩stico y se puso en pie.
-驴Qu茅…? 鈥揑ntent贸 indagar Falc贸n, desorientado, mientras ve铆a tomar cuerpo otra posibilidad sobre su futuro: La c谩rcel.
- Te hablo de tu asqueroso rostro y tu pestilente aliento. 隆Y aquellas carcajadas…! Nunca m谩s te reir谩s, Falc贸n. Aquella ni帽a sigue viva.
-驴T煤…? 鈥揝e interrumpi贸 Falc贸n, removiendo los fangos de su pasado, hasta dar con lo que m谩s tem铆a.
- 隆Maldito seas!, Falc贸n. Eres una sucia estaca clavada en mis recuerdos. Y ni siquiera sab铆a qui茅n eras, o cual era tu nombre. Y ya ves…, el destino me ha tra铆do a esta ciudad, me ha tra铆do hasta ti -Le confirm贸 la adivina.
-驴T煤? 驴T煤 eras esa ni帽a…?
Falc贸n comprendi贸 todo en un instante: Su malestar, su ansiedad, su alerta ante el peligro…, la baraja nueva, los guantes, la pa帽ueleta, la botella de agua, tanto secreto…
La semana que necesitaba la adivina era una excusa para…, para conseguir…
Trat贸 de moverse, pero carec铆a de control sobre sus m煤sculos. Un sudor fr铆o lo ba帽aba, y toda la sangre hab铆a huido a refugiarse en alg煤n escondrijo de su cuerpo
Por primera vez conoci贸 el miedo.
De alg煤n lugar la saya de la adivinadora apareci贸 su mano sosteniendo un revolver. Sin vacilar introdujo el ca帽贸n del arma en la boca de la botella, para amortiguar el ruido del disparo.
- Y ahora viene la predicci贸n por la que me has pagado, Falc贸n: Nunca m谩s har谩s da帽o a ninguna ni帽a.