Una más e iban tres. Tres dosis letales de almendras. Tres dosis de muerte.
i/ool sabÃa que lo mataban, él sabÃa que se morÃa. Y él sólo tenÃa mente para su sueño, un sueño grande, casi inalcanzable que estaba a punto de acariciar con la punta de sus dedos, pero para el que la vida le serÃa corta, y sólo podrÃa aspirar a su convicción de que todo sueño profundo, siempre encuentra quien lo sueñe.
La esperanza era más fuerte que el dolor de la muerte. Las ilusiones, él saber que un sueño no muere con su soñador, sino que queda flotando en el aire esperando que alguien lo cace con una red de mariposas. Esperando que alguien lo encuentre, lo vea, lo admire y lo tome.
Lo tome y lo haga suyo, su sueño.
La muerte se aproximaba, pero la vida llegaba a tiempo. La vida oportuna como siempre daba sus frutos y los eslabones hallaban su continuidad.
Una continuidad, un legado, un sueño. Un sueño propio que ya no era suyo, una vida por delante que le habÃa arrebatado la muerte. Y ella, allÃ, sonriente, esperando crecer, esperando soñar.