CONFESIONES DE UN ILUSO
I
Había huido con la intención de vomitar la pesadilla más negra, desesperado por intentar escapar de su Sombra. Una sombra formada por Dos Cuervos. En un intento desesperado de espantarlos a manotazos, acabó con uno de ellos. El otro le miraba con una inexpresiva máscara de plumas como rostro. No parecía importarle el repentino fallecimiento de su compañero. De modo mecánico, seguía torturándole. ¿Cuántas veces había picoteado ya el mismo ojo? Había perdido la cuenta, así que desvió la atención hacia el suelo y se descubrió rodeado de Ratas. Caminaba sobre una masa peluda que se agitaba entre espasmos.
Aquella noche las luces danzaban y giraban, y mientras, las sombras jugaban a encontrarlas. El Iluso se había convertido en el observador impasible de un Universo de Bestias que se convulsionaba y deshacía entre destellos. Intentaba avanzar, buscando un punto fijo en el horizonte, pero resultaba inútil. No podía pertenecer al mismo mundo que aquella masa informe. No, aunque compartiera su espacio, estaba seguro de ser de una naturaleza distinta.
Un par de globos oculares (uno de ellos sangrando profusamente) que dedujo eran suyos, se movieron dentro sus cuencas y dirigieron una mirada suplicante a su antagonista emplumado. Le pareció que había una sonrisa dibujada en su pico. Intentaba hacer frente a la imperiosa necesidad de sentirse dentro del cuerpo que delimitaba su percepción, pero las luces seguían cegándolo y, hallándose solo, se arrojó al suelo entre las alimañas. Permaneció allí largo tiempo, agazapado en silencio, buscando reposo para sus agotadas entrañas. Estando así, de pronto, una antinatural quietud acabó con lo oscuro, lo claro, las plumas, los pelos, los dientes y los rabos. La noche fue relevada por el Vacío, se esfumaron los cuerpos que lo rodeaban y nació la certeza de un final cercano.
En aquella recién fabricada Nada, donde las bestias ya no tenían cabida, La Fragilidad se rebeló ante Él, como una alternativa al Caos que Ella misma le había hecho conocer. Se agachó frente al Iluso, y con el gesto serio, casi triste, secó el sudor de su frente y las lágrimas que furtivas huían por la vertical de sus mejillas. A continuación, le mostró el pañuelo que había usado. Las lágrimas y el sudor lo habían teñido de rojo. En aquel momento pensó que había estado sudando y llorando su propia sangre… que se había desangrado poco a poco a base de enfrentarse a su Sombra, que eran Dos Cuervos. Más tarde comprendería que aquella sangre no era sólo suya. Recordó entonces el ojo. De forma instintiva, se llevó la mano a la cara. Seguía allí, intacto. Pero no importaba, porque parte de La Sombra lo volvería a devorar. Como siempre había hecho. Como siempre lo haría. No había solución alguna para quién la necesitaba; solo existía para quien la quería.
Perdido en semejantes disertaciones, en las cuales volvía una y otra vez al Punto de Partida, al Origen, a su Adorada Autocompasión, casi había olvidado a quien era probablemente el único habitante aparte de Él en aquel incomprensible Vacío. Ella se encargo de recordarle su presencia cuando, hablando por primera vez, se interesó por su estado.
-¿Tienes sed?-le preguntó.
-Tengo hambre…-jadeó Él.
II
-¿Estás seguro?
-No. Pero si como, si logro alimentarme, quizá entonces encuentre una solución.
-¿Por qué buscas una solución?
-Me perseguía mi Sombra.
En aquel momento Ella Entendió y sus rasgos se dulcificaron. Él Percibió cómo la empatía recorría sus miembros, sabía que sentía su dolor, y esto hizo que las lágrimas asomaran de nuevo a sus ojos.
-Lo siento. Yo no sabía…-comenzó ella. A continuación extendió la mano y volvió a acercarle su pañuelo. En aquella ocasión el Iluso rechazó su ofrecimiento.
-Gracias-contestó, ya muy débil-Pero creo que lo que necesito es comer…
-¿Lo necesitas?
-No veo otro camino…
-Siempre hay una alternativa.
Después, permanecieron en silencio.
¿Era realmente Ella?¿Era por su culpa que había sufrido tanto, que había caminado sobre ratas? No, en aquel rostro perfecto e inmaculado, pero sobre todo libre de toda malicia, de toda comprensión de lo que es impuro, no había atisbo de crueldad. No podía ser por Ella por quién se había arrastrado en aquel Universo de Bestias…¡Ella era su Solución, su Alternativa!
-Te quiero-consiguió murmurar, y acto seguido sintió que se sonrojaba. Con aquellas dos palabras se había desnudado ante aquel ente puro y exento de todo pecado terrenal. Su única falta era su propia existencia, pues sucedía que en su desesperado intento de sentirse protegida, liberada de sí misma, arrastraba consigo a quienes la amaban. Con todo, había una especie de fuerza en aquella tangible debilidad, una fuerza que la hacía aparentar imperecedera. Vivía siempre al borde de su extinción, pero nunca había pedido ayuda de forma explícita. Sencillamente, su esencia atraía a quienes necesitaban un motivo para existir, una razón para morir y una excusa para crear una Sombra.
-¿En qué piensas?-preguntó Ella. Él estaba seguro de que conocía sus pensamientos, pero aun así, sintió que le debía una respuesta. Habría asesinado en su nombre.
-Pensaba en tu verdadera naturaleza-Ella le sonrió.
-Soy todo aquello que está a punto de morir.
De nuevo silencio. La ausencia total de sonido era una prolongación del Vacío que habitaban. Cayó dormido y soñó que vomitaba la pesadilla más negra.
III
Cuando despertó, durante unos momentos se sintió desorientado. Comenzó a pensar en su vida anterior, antes de comenzar el viaje por el Universo de Bestias. El recuerdo de una Feliz Infancia aparecía difuminado en un horizonte poblado de campos de margaritas. Aquello había acabado, pero no fue capaz de recordar cuándo. Sentía que aquellos eran los recuerdos de la vida de otro, su realidad consistía en la perpetua huida de aquellos Dos Cuervos.
Poco a poco recuperó la conciencia, y cuando por fin fue capaz de mirar a su alrededor, en mitad del Vacío encontró un plato que contenía algo parecido a comida. Alzó la vista y su mirada se topó con la de su acompañante.
-Creo que te gustará.
-Tiene buena pinta-mintió Él.
-¿De veras? A mí no me lo parece, pero sabe bien. Necesitabas comer, ¿no?-por primera vez fue consciente de que contemplando aquella inocencia se sentía incómodo…
-¿Y qué se supone que has preparado?
-Autoestima a la Plancha-percibió que Ella había notado la inseguridad en sus ojos, sabía que se sentía pequeño a su lado.
-Muchísimas gracias-dijo, y empezó a comer.
Terminó su ración, pero seguía teniendo hambre. Dejó el plato a un lado, y Ella, que había leído en su mirada su insaciable apetito, lo volvió a llenar de autoestima. A continuación se lo alcanzó.
-¿Por qué haces esto por mí?-Ella había intuido la pregunta desde el Comienzo de la Nada, después de la caída de las Bestias. En su infinita misericordia, había tenido la delicadeza de no mostrar su desasosiego por la falta de confianza del Iluso.
-Soy tu motivo para crear una Sombra-fue su respuesta.
-Quizá… pero precisamente por eso no puedo confiar en ti… porque no puedo controlarte… porque te quiero, porque te necesito.
-Necesitar y querer no son el mismo verbo.
-Sí para mí, sí en este momento-dijo Él, tajante.
-Hago esto porque te importo lo suficiente. Pero el amor implica confianza; no propiedad, no exclusividad.
Ella tenía razón. ¿Estaba irremisiblemente condenado a equivocarse siempre? Supuso que sí y alimentó de nuevo su frustración. En un Horizonte que empezaba a delimitar La Nada, pudo atisbar luces ejecutando complejos pasos de baile. No les concedió importancia, acabó lo que tenía en el plato y luego le rogó que lo llenara de nuevo. Aquello le haría esquivar las dudas que le planteaba el encontrarse Allí, con Ella, al menos por un tiempo…un tiempo que se transformó en Eternidad, un tiempo formado por perpetuos momentos en los que sólo se sentía capaz de engullir el contenido del plato.
IV
-No deberías comer tan aprisa. Te sentará mal- su tono de voz le hacía recordar su preocupación. Le hacía sentir culpable… ¿Acaso su interés por ella no era poco mas que necesidad, una forma de llenar sus vacíos?
-Lo siento-dijo, mientras seguía masticando.
Tragó lo que tenía en la boca y por primera vez desde que había empezado a alimentarse, no pidió más.
Si el tiempo se pudiese medir en los confines de la Eternidad, si fuera algo más que una ilusión delimitada por el Deseo, El Iluso habría asegurado que llevaba años comiendo. En todo aquel tiempo ninguno había dicho nada. No tenían nada que decirse. Ahora que había acabado con el hambre, volvió a hacer frente a sus dudas. Tenía miedo de, al echar la vista atrás y recordar su paseo por el Universo de Bestias, toparse con el Mal que le había atormentado, como si el recuerdo, por el mero hecho de ser evocado, pudiera de nuevo tomar forma. Su Sombra, sus Dos Cuervos. ¿Cómo había logrado calmar su hambre gracias a aquella Fragilidad?¿Se había sentido realmente desfallecido alguna vez? Quizá aquel Universo Anterior nunca hubiese existido, pues como su Dulce Infancia aparecía ahora difuminado. Recordó haber leído en alguna ocasión que, cuando se pasa de la tristeza a la alegría bruscamente o viceversa, es difícil recordar el sentimiento ya pasado. Se almacena como un dato, pero la certeza de haberse sentido uno pleno o vacío (según tercie) desaparece y es sustituida por la incapacidad de comprender las emociones anteriores. Se piensa: Sí, fui feliz ¿pero cómo era aquella sensación?
-¿Mataste a los cuervos?-preguntó, curiosa.
-Sólo a uno de ellos. El otro sigue vivo.
-Cosa mala… Debiste deshacerte de los dos-aquel comentario no encerraba reproche alguno.
El Iluso comenzaba a sentir que su excesiva compasión empezaba a exasperarle. Habría preferido que se hubiese reído de su debilidad. Pero lo olvidaba… Ella era La Madre de todo lo que era débil. De la perpetua decadencia.
-Volverán. Los Dos-dijo Él, con la mirada fija en los roídos cordones de sus zapatos.
Ella tenía la mirada perdida en el horizonte; contemplaba cómo de nuevo la materia tomaba forma alrededor del Vacío que habitaba. Sonreía ante la Fatalidad que antaño esculpió su Mundo. Él no era capaz de comprender la Verdadera Naturaleza de las Cosas.
-¿Me ayudarás?-le suplicó.
Ella seguía absorta en un Mundo de Comienzos y Finales.
Finales.
Aquello se acababa y Ella lo sabía.
Él no lo Comprendía. Lo único que era capaz de entrever era que aunque aquella calma lo asfixiaba, necesitaba que alguien le tendiese una mano para enfrentarse a Las Bestias que lo esperaban Afuera. Alguien que le ayudase a vomitar la pesadilla más negra.
-¿Quieres responderme de una jodida vez?-le gritó.
Ella le miró con aire melancólico, había una mezcla de impotencia y compasión en sus ojos. Ante semejante demostración de pasividad, un pensamiento viscoso se deslizó pesadamente en la cabeza del Iluso.
V
-Eres esclavo de La Palabra-dijo Ella, rompiendo el horrible silencio-Yo nací del Gesto. Estás condenado a sufrir por mi culpa. No puedo ofrecerte nada más. Cualquier intento de consolarte por mi parte resultaría…
-Jodida puta-la insultó, interrumpiéndola. Sencillamente, no podía seguir asimilando más Verdades. Una más y el Equilibrio al que le unían las Mentiras habría muerto para siempre. Necesitaba escapar de aquella insípida Quietud, de aquella opresiva Nada. Por un instante echó de menos su Sombra, las Ratas, las Luces. Por un instante echó de menos la lucha, el dolor punzante naciendo en cada una de sus terminaciones nerviosas.
-Dijiste que me querías…-estaba llorando. En aquella ocasión fue ella quien se desnudó ante Él. La pudo ver en toda su gracia, y quizá precisamente por eso pudo odiarla a través de todos sus sentidos. Odiaba su tierna figura. Odiaba su voz dulce y cansada. Su exquisito tacto. El perfume que hacía flotar en el aire. Pero sobre todo, odiaba el sabor amargo que hacía brotar en su lengua. Nunca había sentido tanto asco hacia nada que fuera o hubiese sido antes sobre la Tierra, que habitara su Universo, o la Nada, o la Eternidad.
Cayó entonces en una especie de sopor, durante el cual su Deseo permaneció aletargado durante eones. Cuando por fin regresó a su cuerpo, al principio con cierta timidez, y más tarde recuperando la energía de un sentimiento floreciente; tomó la forma del rugido que despierta en la garganta de una bestia.
VI
A medida que su grito rasgaba los confines de la Nada, la luz ganaba terreno a la ensordecedora Quietud. El espacio que habitaba La Fragilidad en el mundo de las ideas, más allá del universo químico, se desmoronaba por momentos. Por su culpa.
Entre las luces que lo inundaban todo se podía ver el mecánico movimiento de la sombra de Las Ratas. Su alarido había abierto una puerta a la iniquidad y alertado a Las Bestias, que ahora paseaban libremente a sus pies. Faltaba poco para que los Dos Cuervos aparecieran, y ambos lo sabían. Incapaces de obviar la realidad, permanecían en silencio, únicamente interrumpido por el incesante avance de Los Roedores, que poco a poco desnudaban La Fragilidad a base de morder el vestido que la cubría. Ella permanecía impávida luciendo un cuerpo que hacía unos momentos El Iluso había respetado. Ahora, sin embargo, solo veía en él carne por corromper, inocencia por ensuciar. Alargó la mano y la atrajo hacia sí, con la intención de violar el desnudo de la pureza. Ella no pudo más que someterse al dictado de la venganza, y mirándole a los ojos descubrió en sus pupilas el brillo acerado de las plumas de Los Cuervos.
Encajaba sumisa las sacudidas de una anatomía enferma, que guiada por el impulso autodestructivo de su Sombra, intentaba acabar con lo único que le había importado. Porque era lo único que le inspiraba ternura, porque dotaba de causalidad a su huida y porque era libre y nunca podría someter su voluntad. Y quizá precisamente por eso, ahora ensuciaba su nombre y la devoraba desde dentro, ahora escupía en las entrañas de la Calma de la Nada y desgarraba el tejido que la separaba del Caos y de Las Bestias. Ahora la consumía, porque a Él mismo le consumía el deseo de sentirse satisfecho invadiendo la perfección que le había sido negada. Superando la apatía donde se había refugiado para sentirse segura, le preguntó:
-¿Sigues teniendo hambre?
Él no contestó, estaba extasiado saciando su apetito con cada golpe y cada herida que abría en el interior de aquello que se había convertido en un cuerpo marchito. Un cuerpo que había vivido demasiado tiempo esquivando los finales, amamantando la decadencia. Ahora, quien antaño la persiguió y sufrió en su nombre ponía punto y final a la existencia de un concepto que por definición, estaba condenado a muerte desde el momento de su alumbramiento.
Los Dos Cuervos nacidos del miedo habían guiado la actuación del Iluso y absorbido la savia de la inocencia en nombre de la justicia. Justicia para un Iluso que, convertido en asesino, huía a través de nuevos caminos abiertos entre Bestias de algodón corrupto.
VII
El temor guiaba cada uno de sus pasos y embotaba sus sentidos, aliviando la carga de la culpa. Apenas había tenido elección. Eso creía. Eso se obligaba a creer. Era la patética víctima de una tragedia cuyo guión no había escrito. Ella había sido una baja necesaria, su final fue un acontecimiento que otorgó consistencia a una historia predecible. El destino había escrito las normas.
Mientras seguía inventado excusas que le hiciesen sentir menos culpable, buscaba en su memoria una forma de geometría familiar, algo que diera sentido a la palabra “hogar”. Buscaba un lugar a donde huir. Guiada por ese deseo, su mente se vio arrastrada por un remolino de recuerdos, sucesos otrora acontecidos que habían perfilado las opciones de una vida previsible. Momentos vividos al calor de los brazos de una madre protectora, cogido a la mano de un amigo que nunca fallaba. Instantes envueltos en una seguridad etérea, que le hacían sentir que todavía quedaban cosas por las que merecía la pena seguir avanzando. Aunque ya no existiese inocencia, aunque hubiese asesinado la Fragilidad y nadie fuera a llorar por Ella, entre los fantasmas de su memoria podía vislumbrar el destello tenue de una esperanza olvidada. Por primera vez en mucho tiempo pensó que ya no necesitaba una mano que lo ayudara en aquel lugar. Había acabado con aquello que le ataba a la esperanza. Ahora se sentía libre.
Con aquel nuevo pensamiento en la cabeza, dejó atrás el Universo de Bestias y siguió aquella débil luz que lo guiaba hacia el interior sí mismo, alejándolo de la Tierra donde nunca encontraría la forma de aliviar el cansancio que supone estar vivo. Porque después de todo, al recordar había comprendido que no había finales absolutos, que acabar con su Sombra o vomitar la pesadilla más negra eran sólo dos medios para afrontar el camino, no un fin en sí mismos. Porque volvía a tener presente que no había respuestas más allá de su percepción. Pero sobre todo, porque empezaba a dejar de sentirse culpable.
Acelerando el paso para alcanzar cuanto antes aquella luz tenue, decidió contar algún día su inacabada historia. Una historia cuyo final relativo está escribiendo en este momento.
FINAL RELATIVO