Cuando la enfermedad se manifiesta en el cuerpo mortal con la gravedad con que lo hizo sobre Aadja, un joven muchacho persa que hasta el momento gozaba de una vida más que saludable, se consterna todo un pueblo con el pensamiento de lo terrible e injusto del azar. Las extrañas circunstancias que llevaron al muchacho al quicial de la vida y la muerte no hicieron más que enturbiarse en el lecho que aguardaba sus últimas y lastimeras horas. Carente de toda fuerza, sumido en un profundo y desconocido sueño, Aadja fue tomado por los pájaros negros, indemnes ante el oxear de aquellos que velaban el macilento cuerpo avejentado del adolescente y que no daban más que por muerto. Las aves batieron sus alas hacia el cielo animados por una repentina premura. Con el cuerpo vuelto hacÃa el suelo, el joven persa oteó el mundo empequeñeciéndose con vertiginosa rapidez. Las garras de los pájaros no tenÃan intención de lastimarle, lo supo en el momento en que perdió el sentido de la gravedad y empezó a volar. Como una intuición potente y segura, los ojos del ave que les guiaba apaciguaron la inquietud de Aadja y fue conocedor de su destino: el cielo, un mundo superior regido por las aves. Allà se restableció y recibió crianza y educación. Fue elegido para ser sabio entre sabios.
Una vez hubo alcanzado el nivel de sabidurÃa que las aves estimaron oportuno, fue reducido al tamaño de embrión y depositado en el vientre de una mujer. Fue recibido con alegrÃa en el seno de una nueva familia. Sus recuerdos fueron borrados al volver a nacer, más en su inconsciente, mantenÃa la gran matriz de conocimientos con la que habÃa sido agraciado. Al tiempo se descubrió usando un ingenio inaudito entre los suyos y se hizo sabedor de poderes curativos que crecÃan a la par que su cuerpo se desarrollaba camino a la edad adulta. Fueron muchas las ocasiones en las cuales Aadja puso en práctica los conocimientos recuperados. Sanó a muchos enfermos y salvó muchas almas perdidas, creó miles de ungüentos con propiedades milagrosas y aprovechó todos los recursos que la naturaleza puso a su alcance con ayuda de los pájaros. Sucedió que Aadja comenzó una tradición que fue pasando de generación a generación, educando en tan sutiles artes a decenas de discÃpulos que a su vez enseñaban a otros tantos. De todos ellos sólo unos pocos eran portadores de verdaderas facultades para ejercer como shamán y la naturaleza misma se encargaba de cribar y seleccionar a aquellos que estaban lo suficientemente preparados para tal responsabilidad. Asà mismo era ésta la que se comunicaba con aquellos futuros shamanes que debÃan intermediar entre la natura y el hombre para que la humanidad nunca olvidase que las plantas, los árboles, los animales y todo lo que en su hábitat se encuentra, reporta siempre un justo beneficio ante un trato respetuoso y sin maldad.
Se dice que los shamanes son médicos provenientes del cielo aferrados espiritualmente a la figura del ave. Se habla de ellos como médicos del alma y guÃas espirituales habilidosos en el arte de conjugar versos que recitan como cura divina. Dicen que su energÃa proviene de la naturaleza y el conocimiento mismo. En Oriente son respetados y adorados, pues su procedencia es celestial. Dicen que Simbad el Marino, era descendiente de shamanes y, en su ignorancia, seguÃa fielmente las pautas que su intuición le brindaba. Huyendo de los dulces cantos de hamadrÃades y con ese deje de babismo, Simbad prestaba especial atención a la sutileza de las rocas, el viento y las mareas y, sin dudarlo, en casos de necesidad, brotaba de su interior el alquimista oculto que hacÃa de él un gran ingeniero de ungüentos utilizando únicamente las hierbas y elementos de su alrededor más inmediato. SabÃa buscar raÃces, pero desconocÃa la fuente de tal conocimiento. Valiente aplicaba sin barreras lo que de la fuente oculta provenÃa. Aadja serÃa el primero de los shamanes orientales creando una poderosa tradición que trascenderÃa el tiempo, Simbad sin duda no serÃa el último. Del cielo nació el primero, hijo de aves, quizá ángeles que en él moraban. El último morirá con la humanidad o esta lo hará con el último aliento del último shamán, pero mientras uno haya con vida, no dejará de intentar colmar de naturales bienes a todo aquel que lo precise.