Resultaba irónico cómo en su ancianidad habÃa recibido una valiosa lección de manos de su hijo. Igual que Crono destronara a su padre Urano al comienzo de los tiempos para proclamarse gobernador del universo, Zeus habÃa hecho lo mismo con él para apropiarse del mandato real sobre los dioses. Y si no hubiese sido por Jano, aún andarÃa vagando por tierras baldÃas.
Hijo del cielo y la tierra, Crono era el señor del Tiempo. Demacrado y avejentado por el peso de su dogma, vivÃa entre lamentos viendo marchar aquello que por su simple existencia se desvanecÃa. Ante sus ojos languidecidos, marchitaba todo lo se dejaba llevar por el paso de las estrellas a lo largo y ancho del firmamento. Sin él no existirÃa nada, pues todo seguÃa una perfecta consecución, coherente e irrefrenable y esta idea le erizaba el cabello de espanto. A veces Jano se mostraba preocupado, pues a pesar de haberle dado cobijo en su reino a cambio de sus valiosas enseñanzas, veÃa a Crono como se evadÃa en contadas ocasiones y desaparecÃa paseando en sus divagaciones mentales. Muchas veces lo encontraba sentado sobre una roca en lo alto de un risco que daba al mar, observando el acantilado que crecÃa a su pies hacia la profundidad, quizá pensando en arrojarse o cualquier otra senilidad que trae la desesperación y la edad solitaria. Pero ahà estaba, encorvado sobre la roca, triste y abatido, portando un reloj de arena y mirándolo con desasosiego, como aguardando el caer del último grano. A veces llevaba consigo una hoz de afilada hoja y al ocaso acariciaba suavemente con sus dedos aquel instrumento, como insinuando que nadie podÃa escapar al tiempo que todo lo destruye. Incluso él se verÃa avocado a la muerte que el paso inexorable de las lunas traerÃa consigo. Su época de dios y sus momentos de gloria habÃan pasado. Lloraba en silencio por esto, alzaba la vista hacia el cielo e imaginaba a su poderoso hijo Zeus espléndido en su trono, en lo alto del Olimpo, rodeado de fastuosidad y ambrosÃa, desdeñando el más minúsculo recuerdo de aquel que le diera la vida. Esto apenaba profundamente a Crono, pero al tiempo pensaba que era una lección que bien merecÃa.
Pasaba la mayorÃa de su vida junto a Jano evadido en recuerdos del pasado remoto, de cuando Urano y Gea le engendraron allà en el punto en el que ambos se cruzan, justo en la delgada lÃnea que dibujara el firmamento. No era el primogénito, hubo otros hijos a los que él hubo de acostumbrarse a llamar hermanos, pues lo horrendo de su apariencia retumbaba en sus sienes haciéndole difÃcil creer que aquellos monstruos de cien manos y cincuenta cabezas pudieran haber sido engendrados por la misma mujer. Hecatonquiros los llamaba su padre y asà los mentaba antes incluso de encerrarlos en un lugar secreto cuya posición solamente él conocÃa. Este apresamiento hizo que Gea entrara en cólera con su esposo y le diera la espalda. Fue entonces cuando Crono se rebeló contra su padre y lo derrotó, sin ayuda, en solitario. Nadie quiso ayudarle, ni sus hermanos, titanes y cÃclopes, reunieron el valor para acompañarle en la ardua lucha que mantuvo con su progenitor. Gea agradecida por la venganza cumplida quiso agradecer el valor de su hijo y hubo de suplicar a Titán, el mayor de sus hijos, que cediera el trono a Crono. Recordaba este el dÃa en que se sintió poderoso, controlando el devenir de las eras, las elipses de los astros y la vida de todo cuanto existÃa. Su hermano mayor habÃa renunciado al trono por él, pero no lo hizo sin mediar condiciones, pues advirtió a Crono que debÃa matar a su propia descendencia para que Titán pudiese recuperar el poder en el momento que fuera necesario. Paradójicamente, si lo hubiese hecho ahora no estarÃa desterrado y vagabundeando por unas tierras ajenas a él, como si de un perro viejo se tratase. Pero él no podÃa obrar tan pérfidamente y derramar la sangre de sus queridos hijos, preferÃa sufrir la pena de su desdicha antes que aniquilar su propia estirpe. Al expulsarle habÃa perdido su condición de dios y rara vez era visitado por su esposa-hermana Rea o por alguno de sus hijos, pero sentado sobre la roca del borde del acantilado, en ocasiones se alegraba al ver a lo lejos el tridente de su hijo Poseidón, o la ver las estaciones pasar y las cosechas listas para recolectar que su hija Deméter protegiera. A Hera no la podÃa ver más que en sueños o rebuscando en su memoria pues estaba junto a Zeus en las alturas. En cambio, sabÃa que pronto se reunirÃa con el último de sus apreciados hijos, Hades, que, como dios del Inframundo, del Mundo Subterráneo y de los Muertos, estarÃa esperándole en el fin de sus dÃas. SerÃa un reencuentro anhelado por Crono, estaba ya muy cansado de seguir esperando.
Jano lo vio un dÃa especialmente apenado y se acercó hasta la roca que frecuentaba. Durante toda la tarde hablaron de amigo a amigo y, viendo que ya habÃa ofrecido toda la sabidurÃa que en su interior contenÃa a su pueblo, ambos determinaron que era momento de decirse adiós. Jano desenvainó entonces la espada real que le acompañara en cada una de sus victoriosas batallas y, despidiéndose de su amado amigo, embistió la hoja de lado a lado, separando la cabeza del tronco. Le deseó un buen viaje al reino de los muertos justo antes de sesgar su cuello. Contuvo las lágrimas por la pérdida y recogió el reloj de arena, con el cristal algo agrietado y manchado con las sangre de Crono. Miró al horizonte, el ocaso cerraba el dÃa y un destello despuntaba a lo lejos justo antes de apreciarse un chapuzón y un aleteo hacia las profundidades. Se paralizó el invierno durante un instante. Jano se giró hacia su reino y camino cabizbajo, con la espada ensangrentada arrastrando y el reloj bajo el brazo. No volvió la vista atrás… nunca lo hizo.
ExtraÃdo del libro “Senderos de MitologÃa Olvidada�? de VÃctor Morata Cortado