Cuan diferentes eran entre sà los hijos de la Noche. Quizá si Nix hubiese sabido el carácter de sus engendros habrÃa meditado y aletargado el instante de su creación. Como dos polos opuestos, Hipnos y Tánato, no tenÃan más remedio que cogerse de la mano con cierta frecuencia, pues bien es sabido que la muerte y el sueño no son tan dispares al fin y al cabo, por mucho que les delate su intención para con los mortales. No era raro el dÃa en el cual su madre, la Noche, tenÃa que desenzarzarlos de sus acaloradas discusiones filosóficas acerca de la vida, la muerte y el grado de ignorancia acerca de estos asuntos en el cual debÃan mantener a los humanos. Bajo un foliado árbol ambos hermanos pasaban el tiempo sumidos en la desidia, uno durmiendo y el otro acariciando animalitos que caÃan rendidos en otro sueño mucho más letal. No hubo de pasar mucho tiempo para que sus lazos de sangre fuesen cortados por el filo de la eterna disputa que entre ambos permanecÃa en estado latente.
Hipnos decidió construir un palacio en lo más profundo de una cueva en el lejano oeste donde el Sol jamás llegaba e inundaba los parajes con su luz. El ornato de su hogar era simple, pues su única ocupación consistÃa en dormir y disfrutar por siempre de la paz, la tranquilidad y el silencio que aquel lugar le regalaba. Solamente el rÃo Lete verberaba con un tintineo suave, relajante y apaciguador sus más oscuras preocupaciones, siempre concernientes a su hermano Tánato. Evocaba entonces, empeñado en la tarea de conciliar el sueño, el murmullo de las lánguidas aguas del rÃo del olvido mientras el aroma de las amapolas y las plantas narcóticas que brotaban en su orilla le colmaban de un estado placentero. Esta era la vida que Hipnos habÃa elegido, lejos de la muerte… amargamente lejos de la noche… y a un tiempo tan cerca.
Tánato, por su parte, no era muy amigo del descanso y solamente se le veÃa recostado cuando tenÃa que coger la mano del moribundo y llevarlo al otro lado. Disfrutaba tremendamente ese momento en el cual arrebataba con un solo gesto la vida de aquellos afanados mortales. Muchas veces constituÃa un gran prodigio agarrar la esencia de aquel que no morÃa de anciano, se consideraba un gran amante de su don y un experto consabido de sus artes. AsÃ, aunque el placer de visitar el lecho de muerte y arrastrar al señalado era inigualable, no disfrutaba menos cuando se lanzaba al vacÃo para acometer al suicida justo en el momento de su impacto contra el suelo. Una vida loca, si se podÃa llamar asÃ, era la que ostentaba el dios de la Muerte. Muchas fueron las veces que Tánato se vio tentado de visitar a su hermano y prolongar su sueño hacia un no despertar eterno y letal, pero la venenosa idea de infiltrarse en los aposentos de su palacio y, más concretamente, en aquel lecho de ébano y plumas le repugnaba. Solamente las cortinas negras, pensaba Tánato, le otorgaban un cierto toque de distinción, de tenebrosidad y languidez. Más propio de su talante que del de Hipnos. Pronto esta tentación enraizó y empezó a crecer con fuerza, como si de un fuerte roble se tratase, al descubrir que una nueva generación habÃa brotado de su somnoliento hermano, creando una curiosa descendencia. Tres fueron los hijos que Hipnos trajo al mundo en calidad de dioses, Iquelo, Fantaso y Morfeo.
A todos ellos quiso reclutar Tánato con gran afán, pues siendo parte de la familia le resultaba interesante tener un sobrino como discÃpulo. Un gran abanico de posibilidades se abrÃa ante él, quizá pensando más en Fantaso o en Morfeo, pues ambos tenÃan ese toque necesario para dar un punto más artÃstico y creativo a su mortal dedicación. En vano intentó acercarse a ellos y pactar un acuerdo que beneficiase a ambas partes, pero los hermanos no dudaron en rechazar cualquier propuesta que de Tánato proviniera. Éste entonces montó en cólera y enfurecido bramó que aquella ofensa solamente quedarÃa saldada derramando la sangre de Hipnos. Asustados por lo poco salubre de aquella amenaza, Morfeo decidió entonces cuidar del letargo de su padre, procurándole la vigÃa que él mismo era imposible de confiarse.
Fue desde entonces que, a pesar de que Hipnos, como dios del Sueño, era capaz de dominar tanto a dioses como a mortales, Morfeo se ocupó de las ensoñaciones que la actividad de dormir favorecÃan, gobernando las historias que pasan por cada una de las mentes de todo el mundo en los momentos del sueño. Rara vez despista Morfeo su cuidado, si bien es cierto que, en ocasiones, nubla el recuerdo del durmiente que al despertar profiere una profunda sensación de desconcierto, ignorante de saber si acaso ha soñado. Otras veces, juguetón, fusiona con tanta fuerza ambos mundos, el onÃrico y el real, que hace dudar de aquello que conforma la propia existencia del soñador. Otras, intenta prevenir de ciertos acontecimientos a los más eruditos y les ofrece geniales ideas que por sà solas nunca podrÃan ver la luz. Pero sin duda, la mayorÃa de las veces, aún de forma leve, procura alertar de la presencia de su tÃo a los mortales y, adivinando sus pasos, les procura un poco más de tiempo antes de que Tánato venga a llevarles consigo para siempre.
ExtraÃdo del libro “Senderos de MitologÃa Olvidada�? de VÃctor Morata Cortado