Me voy a diluir. Resulta extraño, increÃble dirÃa, pero no es la primera vez. Pensaba que después de tantos años sin bañarme en la playa no volverÃa a suceder pero aquà estoy, envuelto por el agua del mar y sin verme las piernas. Las siento, puedo moverlas, incluso veo como se levanta la arena al agitar los pies en el fondo, pero no los puedo ver. Tampoco estoy ciego. Contemplo a los demás bañistas como se divierten con las olas, a la rubia del cuarto discutiendo con su marido, a Marta, mi amiga de la infancia que ya no me habla, al niño del musculitos que levanta una mancuerna y se le cae en el pie (le está bien empleado) pero inexorablemente me voy diluyendo. Apenas me quedan fuerzas para luchar contra esta … contrariedad. Una más en mi penosa vida. Y con la duda de, qué pasarÃa al adentrarme de nuevo en el mar, he venido a dejarlo todo. Iré avanzando lentamente, sin mirar abajo, al frente, con la cabeza alta aunque sólo sea para morir. El agua es cristalina, no hay playa como esta a lo largo del levante, y apenas distingo mi ombligo. No me han ido bien las cosas, he pensado en suicidarme en varias ocasiones, y ésta me ha parecido la menos dolorosa, aunque el agua esté un poco frÃa. La gente sigue a lo suyo, el niño grita a su padre para enseñarle como hace el pino, probablemente se asuste al no verme el cuerpo, no, se halla muy concentrado en hacerlo bien, una chica pasa a mi lado nadando, apenas puedo verla el trasero sólo los pies levantando espuma y los brazos acompasados. El agua me llega al cuello. Voy a dejar este mundo del que me despido sin haber hecho nada transcendente. ¡Con todas las expectativas que habÃan depositado en mi….! Una vez que el agua me cubra habré desaparecido. Lo sé, no me queda duda, moriré sin llamar la atención, como siempre ha sido, sin saber porque me ocurre esta desgracia, que bien mirado, podÃa ser un buen reclamo para las televisiones, pero me convertirÃa en una atracción de feria, algo que no estoy dispuesto que suceda. No, la chica se aleja, el agua está salada, la noto en mi lengua, los brazos también han desaparecido. Adiós, amigos. La chica se da la vuelta y su mirada se cruza con la mÃa. Ya es tarde. Me hundo. Mantengo la respiración por mero instinto pero ya no veo mi pelo, sólo una mano que palpa a ciegas. Es ella.