EscribÃa yo en el jardÃn de mi casa cuando me sobresaltaron unos golpes estrepitosos y repentinos a la puerta. Rechazo las interrupciones, pero me levanté y la abrÃ. Era mi buen amigo Samuel.
-¡Samuel! - Exclamé - Pasa, pasa. - Y lo invité a entrar.
-Yo no soy Samuel - respondió sin embargo con gran seriedad - , soy el mismÃsimo Hades, rey del Erebo, amo del Inframundo y señor de los muertos, y he tomado la forma de tu amigo Samuel para llevarte a la morada de los muertos con mayor facilidad. Sin embargo, al tomar su forma tomé también, contra mi voluntad, algo de su alma, y eso hace que sienta lástima por ti. Vine creyendo que podrÃa realizar mi tarea, pero ahora veo que eso será imposible.
-Señor Hades - respondÃ, y dije “señor” porque la muerte me inspira respeto - le agradezco muchÃsimo que me deje vivir. Yo amo la vida; es hermosa, ¿no le parece?
-No, pero naturalmente mi opinión poco importa.
-Ya veo, ya veo - dije y me quedé callado esperando que la visita se fuese, pero eso no sucedÃa. Hubo un silencio incómodo. Hades, al advertir mi deseo, se acercó y dijo casi en voz baja:
-Verá usted: hay un problema.
-¿Cuál, buen dios, cuál?
-Caronte espera una moneda y no puedo simplemente decirle que me arrepentÃ.
-Ya veo, ya veo.- Entré a mi casa, tomé una moneda de cincuenta centavos y se la entregué. Él la aceptó con un gesto de agradecimiento y partió.
Al rato sonó el teléfono. Era mi buen amigo Samuel.