-¿Y que hay del silencio?- replicó Javier Salceda, el locutor- ¿No lo tienes en cuenta?
Desde un teléfono público, al otro lado de la lÃnea telefónica, des de las sombras del hueco de la escalera de la más humilde pensión que sus ojos verÃan jamas, entre sollozos, atendÃa Elena Vera, artesana. SabÃa del poder del locutor, des de siempre lo habÃa sabido, mas ahora comprendÃa el poder de las ondas sobre los hombres. Su amado repudiaba tal condición al amparo del directo.
-El silencio es tensión en mi medio, jamás lo has tenido en cuenta… El silencio tiene un fin, Elena. Tiene un fin…
Ahora demostraba con creces esa verdad, después de demasiado tiempo y sufrimiento. BebÃa ron en el estudio. Aunque prohibido, era tal vez lo único que le acercaba al técnico de mesa que, tras el cristal ahora derramaba dos lágrimas.
- Debes decir algo, Elena. No por mi si no por tu amado… Contéstame… Satisface la tensión del inmenso silencio que, sin pretenderlo, has inyectado en el corazón de todos nosotros… ¿Por que le quieres?
-Le quiero… por que me hace reÃr.
-Sin embargó ahora lloras. Lloras más que no antes reÃas, ¿no es cierto? ¿VolverÃas a reÃr por él?
ReirÃa por quien le habÃa amado. Por quién peinaba sus cabellos en la terraza de un bonito café barcelonés. Por quién se regocijaba con una sonrisa suya. Por quién le miraba como se mira un prodigio… Por él reirÃa de nuevo y encararÃa afortunada lo que viniera. Pero no por quién la juzgaba injustamente, por ese otro no…
- No. No lo harÃa.
La última gota de ron. Acababa la parte más dulce del programa. Técnico y locutor, pues, volvÃan a ser extraños.
-¿Por qué?
- Porque reÃr prolongarÃa de nuevo el silencio, tu silencio. Y ya es hora de que rÃas tú…
Pero no fue ni el locutor ni la artesana quién rió. Fueron las ondas.