Se desdibuja y retuerce,
se acongoja ante la ola uniforme.
El contraste de la vida muere,
entre lÃneas rectas y grices tonos.
Llora, por los brillos que ha perdido
llora, por lo oculto al alma,
purificada, filtrada, ultrajada, despreciada,
reducida a la forma, abstracta carga.
Ese frÃo vacÃo de la razón,
los cálidos tonos que ya no sentimos
la calidez invisible a nuestros uniformes de ismos.
Se hunden en conformismos y consumismos
camuflando nuestros deseos de vértigo
y frÃos vientos desde el mar
que mitiguen nuestra pusilánime angustia,
de ser solo nosotros mismos,
aquà y ahora tan propios y tan Ãntimos.
Tan contrastantes y tan invisibles.
Tan sedientos de voz y tan mudos.
Tan alertas al fin y tan suicidas.
Tan tontos.
Tan cobardes.
La vida muere entre nuestros cadáveres vivos,
sin un latido de compromiso siquiera,
sin una lágrima de pérdida,
tan crueles y tan hipócritas,
ocultos a nuestra naturaleza,
nos convertimos en monstruos…
tan humanos.