Cuando te vi, mi orquÃdea,
era una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea.
LumÃnica como tea
alumbrabas ruiseñores,
no picaban otras flores
sólo de vuestra ambrosÃa.
No obstante, tu alegorÃa
reflejaba sus amores.
VestÃas alta como diosa
con tus azules pétalos,
en que daban tus pañuelos
sombra, a una triste rosa;
y tanto fue, -ya mimosa-,
a tu cuerpo abarcaba…
Después, un frÃo calaba
la llovizna en el jardÃn;
y de las hojas del jazmÃn
cada gota te bañaba.
Hechizado por la flora,
oscurecÃa; entretanto
escuchaba de tu canto
y olvidaba de las horas.
Cultivado en la demora
presencié una gran belleza:
se posó con delicadeza
el gran brillo de la luna.
Y mis ojos en la cuna,
en la última proeza…
Te le diste en su ilusión;
y la luna en su calma
te besó salvaje el alma
y te reinó en la pasión.
Lo que sintió mi corazón
al alabarte mi orquÃdea,
lumÃnica como tea
en una tarde satinada
por la lumbre emparamada
contra la mar etérea…
Gino Alexander Amaya
20040814