Grisácea barda que galopa,
En la lejanía a dorsos del altozano,
Que irrumpe con su suspiro la afonía,
En el ceñido roce de sus manos.
Hala la aldaba de la arcada heráldica,
Con voz de trueno estridente trina,
Gorjeo de languidez y de murria,
Cerrazón que escarba el escote del temporal.
La plica de su epístola envuelta en escorias,
Áfona risa que al auscultar destina,
La placida prosa de falacias convergidas,
Resbalando entre su riego con rotulo de vendaval.
Serijo del sol, espuerta de la luna,
Rosa del vergel del cielo que se marchita con su prisa,
Comulga de doce en doce con el labriego del albor y la penumbra,
Remando sin arca en valles de aves,
Donde las quimeras hacen su nido, y los sueños aprenden a nadar,
Entre alaridos de sus plumas, de sus enlutadas alas,
Pregonera de la lluvia que aun resbala en el cristal.
He aprendido que el calor es tu lamento,
Sigiloso en el viento,
Que suplica a la brisa un dedo,
Que calme con su caricia el fuego,
Enfurecida en los oteros,
Tan candida herejía del estarcido de su vuelo,
Que reposa como astilla repudiada entre las piedras,
Alejada al tacto de su lágrima de espuma,
Que revierte en el sereno al olvido de su ola.