Mástil de cruz
Su voz tiene olor de mar.
Aquella sal de sus miradas
donde las brisas amargas
dos ojos han tallado,
que parecen las remotas y negras estrellas
de la noche, descansando sobre las olas.
Piel de alcurnia cetrina
dibujada por su sol sin patria.
Recuerdos del tacto solitario
de las espumas en la marejada vaga.
Aquellos ojos cargados de puertos,
banderas, muelles, intimidad de taberna,
poesÃas del alcohol:
los osados labios salidos,
como una melancólica herrumbre
de proas triunfantes. Leguas
de frÃos azules y de hielos en los vientos.
Suele viajar en los sueños,
con el cielo estrellado marcando el rumbo
hacia la virgen arena del pasado,
blanca y amarilla, polvos de lirios y limones
acezados por el oleaje.
Supo escuchar a los milenios
de la rompiente lejana, donde la costa
meditaba los mares que venÃan a su boca,
hasta el ocaso
esparcido en las cenizas de la niebla.
Carne áspera que los huesos le erigen,
como roquedales hartos de marisco bravo.
Allà en que los años roturaron
sus labios: arado triste de la estela marinera.
Su voz me sabe a viento, alma de océano.
Marinero de pies de plomo,
derretidas sus alas de brea al sol.
Es un navÃo de tierra, un tiempo perdido en la mar
subiendo ya hacia el mástil de su cruz.
Poeta que vive
Cubrieron su tumba
con polvo de laurel.
Nuestras musas jóvenes
recuerdan sus papeles de sangre azul.
Y todos los pájaros guardando
aquellos labios que supo el arte besar.
En cada flor adánica brota su carne, la tierra
tiene el barro verbal de sus años;
cabellos de nube blanca, espalda
corvada como alfanjes estériles, y aquella mirada
empapada en sabio sigilo de biblioteca.
Allà donde el tiempo veÃa luz. La muerte
ha susurrado su orden entre los ojos cerrados:
Dos puntos al final del libro jeroglÃfico de la vida.
Atrás las mesas
de la suntuosa palabra, los lirismos báquicos,
camaradas y discÃpulos en poemas
que labraron las piedras del amor;
velas como miel ardiente, hasta ser sopladas
en la noche, llagada por las heridas del sueño.
Luna en que lloró su canto nevado;
y ojos a los cuales alumbrara el sol
de las visitadas lejanÃas, donde Babel prosperó
las razas de las deidades polisémicas;
venas mezcladas de néctar y de vino, sangres apolÃneas.
Los dioses extenuaron la noche;
sisean oscuras brisas, la negra voz del cielo.
Cantó la carne y el alma; el mar,
en la majestad de su soledad verde y azul.
Extensas aguas poseyendo sus sueños,
las noches, heladas
cual la memoria de un bronce, o calientes;
igual que la mÃstica esperanza, sojuzgando
la belleza necia de la matemática.
Esperanza de solio celeste. Ocupado,
cierto, salvador. Cerró los ojos
como el oro en crepúsculo
de las monedas en sus párpados.
Tierra que mecerá cunas de sobra mortuoria;
sal blanca en la cruz, huesos en la pálida ceniza.
Tintero y pluma, con hambre bajo la blanca luna,
igual que una página vacÃa. Pero la tierra
escribe su cuerpo,
donde la muerte vive, vive, vive…
La dama del bosque
La dama del bosque,
designio del misterio sexual.
Bajo los velos castos de las palabras,
reina de recios árboles, sueño de la noche,
senos de azahares rosados, lenguas
de sol y de luna en su cutis lamido.
Ella está virgen de los años,
el tiempo ha prescindido los lisos lujos
asentados en su nÃtido cuerpo.
Dama de ojos verdes como la absenta,
escanciando el cervatillo de los espejos
del arroyo. Abreva esencia de flores;
entrañas de las venas frutales, las fecundas
y lÃquidas vÃsceras del suelo.
Uvas de hielo en invierno, hogueras
de vendimias en el verano. Y las lunas ondean
en el rÃo, como en una dulce cratera de leche.
Mujer de la tierra impetuosa,
uñas de sangre sobre las rosas, pies de viento.
Mujer que espera recostada
en la colina de la taciturna oscuridad,
en un soberbio silencio del espÃritu.
Conozco los pétalos de su piel,
cuando deshojada queda en mis brazos,
pálida y tibia igual que las lágrimas de la nieve.
Misterio ardiente me aguarda.
Un canto mÃo como las frÃas lecturas del viento.
Escribir en las hojas muertas del bosque,
esparcidas en sus ojos de tensa pantera,
crÃpticos y violentos. Sabor de sus músculos.
Allà donde las tormentas grises y blancas son vencidas.
Y la miel de sus pupilas me ha leÃdo,
y guarda las palabras
que guardaron a mi alma.
Torres coronadas
Ojos de metal observando,
alados, conquistadores, como cielos
despectivos; erizos frÃos, impávidos.
Ciudad de las torres soberanas,
guardianas de amargos tiempos nuevos.
A sus plantas el sano bosque,
la dulce flauta de Pan,
el impetuoso reino del roble,
con su cetro, de verde lluvia laqueado,
la exquisita esbeltez de los acantos.
Metálicos ojos, espÃritus de acero y vidrio;
en sus manos férreas, las hojas corintias,
el mar en las copas de la arena,
los peces en las brasas, rojos y brisa azul;
negros de noche, blancos de estrella.
Torres de heladas y mudas piedras,
Alpes de las alquimias del papel de cuadrÃcula,
belleza solemne, odas dictatoriales.
Enorme relicario
de los hierros imperennes y mórbidos.
Cruces de plástico, cantos de pájaros
con cruentas alas de hollÃn,
cadáver de árbol, descansando la muerte
del mirto y la hiedra, zozobra de lÃricas Arcadias.
Decidme torres
de las máquinas inquisidoras, decidme,
desde ojos blancos y ciegos, el olor
de los salados rizos del oleaje, los lejanos
éteres perfumados de la selva brava,
los paraÃsos de lluvias intactas, ilimitados
granizos de turquesas y diamantes olorosos a nubes.
Decidme, siderales espectros,
fantasmas, tumba de los edenes, lujurias,
obcecados ingenios del número-
umbrosamente sagrado-,
decidme qué dice
la estela mortuoria, la cámara crÃptica;
qué reza la vida a la muerte, el sol a la luna,
el cielo a la chimenea, que boquea
sus incensarios de barro y malignas pócimas
de fuego gris.
Susurren la verdad, su verdad. Acerquen
a mis oÃdos, el son lúgubre de la victoria.
Posen en mi alma vuestros labios
podridos e imprecantes,
y descansen para mis sueños los prados,
la inmóvil bizarrÃa de la montaña, la malva redondez
de las auroras, la resina virginal del eucalipto,
el futuro indómito. Decidme, en fin,
qué dice la muerte: cuál es el reino
y el humillante afán
de vuestros granitos, blasfemos, apóstatas; altares
gobernando los laureles metalúrgicos.
Y desvelen, asÃ, a mi romántica niebla
sus rectas fórmulas de piedra y vidrio,
los descabellados Pitágoras que, como débiles pupilas,
se asoman y observan
desde tus ojos de metal.