Tengo 10 años, soy inquieto y travieso, uso pantalones cortos y tobilleras largas, mi pelo es necio porque no se acomoda con nada, antes del medio dÃa camino a mi escuela y por ratos me detengo a mirar las mariposas que vuelan entre las flores de los extensos jardines, que adornan a algunas casas, en las ramas de los árboles las cotorras, todas las tardes están a grandes risas, porque me ven platicar solo.
De todas las casas, hay una en especial que me gusta mucho, su terreno es grande, es blanca, su reja es negra bien labrada, parece la entrada de un castillo, la barda esta rodeada de buganvillas, tulipanes y rosas todas ellas de muchos colores, son las flores de mis alegrÃas y mis ilusiones, pero hay algo que aún me gusta más, que tiene árboles de mango, ¡y es mi fruta preferida! Se miran rojos, matizados de amarillo, es ese mango gordo con mucha pulpa ¡hasta agua se me hace la boca! ¡Y como se me antoja!.
La casa antigua parece una mansión, nunca veo niños, ni mucho menos escucho voces, toda ella es silencio, a veces mi madre me acompaña a la escuela, no tengo hermanos, ella me toma de su mano y juntos vamos platicando, siempre le digo ¡mamá! Quisiera cruzar la barda y cortar un mango de los tantos que cuelgan por esas ramas, - Todas las cosas tienen dueño –dijo mi madre, por lo tanto debemos respetarlas.
Y porque nunca veo gente –pregunté
-Por que en esta casa vive una anciana, que siempre está sentada al pie de su ventana, se llama Cachita y es la madre del presidente municipal, mañana cuando volvamos a pasar por aquÃ, levanta tu cabeza y mira hacia la ventana, siempre está ahà mirando hacia fuera, ese es su lugar preferido.
¡Ya quisiera que fuera mañana¡ - exclamé, ten calma -dijo mi madre.
Pasé la tarde pensando en la gran casa blanca, en ver a su dueña, tal vez es una dulce anciana como mi abuelita.
Conté las horas para ir a la escuela, llegado el momento, me sentà inquieto, caminé más rápido a la escuela sujetado de la mano de mi madre, estabamos acercándonos a la casa de Cachita y yo con cierta curiosidad me acercaba a la reja, y mi madre me preguntó ¿te acuerdas de lo que platicábamos ayer? SÃ, le conteste, pero no logro ver nada, - algunas ramas de los árboles no me permitÃan ver con claridad hacia la ventana, recorrà con mis ojos, cada parte de la planta alta de la casa, me parecÃa como si estuviera escondida tras una penumbra, trate de hacerme chiquito doblando mis rodillas, alcancé a mirar la silueta de una mujer de aspecto serio, en cierta forma algo gruñona.
Se me hizo costumbre al salir de la escuela acercarme diariamente a la casa y me preguntaba porque los mangos caÃan al suelo y se echaban a perder, ni aún los pájaros se acercaban a picotearlos, quizá por miedo, pero miedo a quien.
Representaba una tentación, querer descubrir que habÃa mas allá de esa barda, mi madre estaba siempre pendiente de mÃ, sabia de mis inquietudes y siempre me decÃa, ¡cuidado! ¡Jamás vayas a saltar esa barda!, Con tranquilidad le contestaba que no lo harÃa.
En mis pensamientos estaba siempre la idea de cruzar la barda, de sentir esa frescura debajo de los árboles, y asà lo hice, eché a volar mi morral donde llevaba mis libros de la escuela y luego salté yo, después de pasar una tarde ardua, y de jugar con mis amigos en la escuela, las tripas empezaban a gruñirme estaban ansiosas de comer algo y me dispuse a cortar un mango, lo acaricié, y vez tras vez lo miré sin aguantar las ganas de darle una mordida, no medà consecuencias, me senté en una silla jardinera a comerlo, sin dejar nada pegado a la semilla, manche mi ropa, y mi boca ni se diga, llevaba la señal de mi pecado, el haber robado un mango.
El pasto del jardÃn era como caminar sobre una alfombra, quite mis zapatos para sentir lo acolchonadito pisándolo, me di muchas maromas después corrà y corrÃ, sin tomar en cuenta que tal vez Cachita me estarÃa mirando desde su ventana, calculé la hora para llegar a casa me puse mis zapatos de nuevo y volvà a saltar la barda, no podÃa salir por la puerta ancha, asà que eché a volar de nuevo mi morral y por último brinqué yo.
Llegué a casa, atoré mi morral en el clavo y besé a mi madre, que enseguida percibió el olor a mango ¿donde comiste mango? –Preguntó, este, este, un amigo me lo dio - contesté rápidamente, ella sabia que en la isla lo que sobraba eran los mangos, pero los mangos de Cachita eran las más ricos, tal vez porque estaban prohibidos, además sentÃa lastima de verlos tirados en el suelo, era egoÃsta de su parte, al dejar que la fruta se pudriera, si la naturaleza habÃa sido tan generosa con ella.
Seguà cruzándome la barda, sin darme cuenta que ella me observaba, nadie me decÃa nada, y yo pensaba que tal vez para Cachita mi presencia era agradable, me asomaba por las ventanas de la casa a mirar los grandes cuadros de fotos antiguas, suponÃa que eran familiares de ella, quizá algunos ya ni existÃan, jugaba a cambiarme de una ventana a otra, y con la mirada me seguÃan, todo parecÃa tan real, me emocionaba, pero a la vez me daba miedo, ese silencio, me intimidaba, después de un rato de estar ahÃ, como de costumbre, tener que cruzar la barda para salir, miraba primero a mi alrededor y no veÃa ni mucho menos escuchaba nada, tranquilamente regresaba a casa, era solo un secreto mÃo porque nadie más lo sabÃa, solo Cachita que me habÃa visto entrar y salir de su casa.
Me he puesto a pensar en las cosas que me dice mi madre, cuando llego a casa y la beso, me da pena porque sé que le he mentido, pero no me pasará nada, no creo que Cachita se enoje por comerme sus mangos, al fin y al cabo se están pudriendo en el suelo.
Esta mañana me levante muy feliz, el cielo se ve nublado, me gusta ir a la escuela cuando llueve, porque el agua se empoza y meto los pies en ella, la pateo y hago olas, además la tierra se moja y huele tan rica, que me dan ansias de comerla, pero veo que el sol se asoma por las rendijas de las nubes y se está formando el arco iris, a pesar de que amaneció gris el cielo, la lluvia no cayó como parecÃa, hasta antes de salir de clases, los nubarrones nuevamente invadieron el cielo y grandes destellos empezaron a caer de el, ¡y que fuerte se escuchaban los truenos!, No esperé a que pasará la lluvia, pensé en lo emocionante que serÃa estar debajo de un árbol, asà que salà corriendo de la escuela, pateando la lluvia hasta llegar a casa de Cachita, como siempre eché el morral por delante, y después yo.
No recuerdo que alguien me haya dicho que bajo un árbol en tiempos de tormenta no debÃa cobijarme, pero gracias a Dios no me paso nada y en cuanto paso la lluvia, quise ver más de cerca a Cachita, para preguntarle porque estaba tan sola y triste mirando por la ventana, pero nunca pensé que Cachita me tuviera prepara una sorpresa, escalé rama por rama y quedé casi a la altura de la ventana, Cachita tenÃa una escopeta en las manos ¡apuntándome!, En mi desesperación le dije: ¡no! ¡No, por favor no!, ¡Señora! ¡No me disparé! Se lo ruego, rodaban grandes lagrimas por mis mejillas, en eso vinieron a mi mente las palabras de mi madre, hubiese querido que en ese momento estuviera conmigo para ayudarme, pero no estaba y tampoco podÃa saltarme del árbol era demasiado alto, temblaba de miedo y por más que le rogaba sin compasión disparó sobre mi pequeño cuerpo mojado por la lluvia, fui cayendo rama por rama, hasta llegar al suelo, el estruendo que se escucho al disparar el arma, llegó muy lejos, a las demás fincas, los demás pobladores enseguida se acercaron a la reja, ¡fue la vieja loca ¡ dijo alguien.
Avisen a su hijo, para que el mismo se la lleve a la cárcel, ella seguÃa ahÃ, sentada frente a la ventana callada, en espera de su hijo, con su mirada sombrÃa y perdida, ni siquiera parpadeaba, no decÃa palabra alguna, ¡sal de ahà anciana!, le gritaban, sal para ajustar las cuentas, no contestaba absolutamente nada, sabÃa que el pueblo estaba enfurecido con ganas de matarla, justo en el momento llegó su hijo en su carreta, bajo de ella y abrió la reja, se sentÃa un ambiente tenso, y un fuerte calor pues los pobladores enfurecidos prendieron fuego a la finca, estaban todas las miradas puestas en él, entró a su casa tomó a su madre del brazo, nunca pensaron que lo harÃa, el presidente municipal escoltado por dos policÃas, llevaba a su madre del brazo para hacerla responsable de su delito para su mayor frustración no obtuvo ni el perdón de su hijo.
Mi cuerpo yacÃa tirado en el suelo, ya sin vida, después de un rato llegó mi madre y pude verla desde el cielo deshojarse, como una florecita de alelÃ, me toco la carita acariciándome con sus suaves manos, me tomo entre sus brazos fuertemente, como cuando vine al mundo, percibió por última vez el calor de mi cuerpo, sus lagrimas bañaban mi cara, ahora ya nada se podÃa hacer, el sufrimiento de mi madre no se comparaba con nada, ni aún con el castigo Cachita , pues este jamás me devolverÃa la vida.
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