Una vez, cuando yo era chico, los Reyes Magos me regalaron un coche grúa. En aquel tiempo era todo un prodigio de juguete. Con la manivela bajabas y subÃas la pluma y todo eso. Con sus ruedas.
Yo era el niño más feliz del mundo cuando salà aquel dÃa seis halando por un hilo de aquella maravilla. Entonces yo no levantaba un metro del suelo y el camión me llegaba por la cintura. Era demasiado.
Mi barrio siempre fue, y es, conflictivo. Si bien mi calle era mas tranquila, la calle justo de encima era donde estaban lo niños más terribles. También estaban allà las putas.
Aunque no era mi ambiente natural, o quizás por eso, aquella calle tenia un atractivo especial y cuando podÃa rescatar algunos momentos de mi abuela y mis hermanos, me daba un paseo, aunque estaba prohibido.
Aquella mañana salà decidido a dar la vuelta a la manzana con mi grúa. Llegue a la esquina, doble, y cuando llegue al bar “Galloâ€?, estrella del barrio, supe que entraba en la vorágine. Yo allÃ, con mi grúa maravillosa haciendo aquel ruido de tableteo sobre la baldosas brillantes que por entonces, en mi calle no habÃan.
A mitad de la manzana, recuerdo que un poco mas allá del bazar fue donde cambie la grúa a otro niño, por una libreta de las de media peseta, cuyo principal atractivo estaba en un lápiz que iba atado con un hilo carreto, en un perfecto taladro redondo que tenia la libreta en una esquina. El taladro estaba echo con una taladradora, ahora lo se y yo nunca habÃa visto algo tan perfecto. Era una de aquellas libretas de reducido tamaño, de áspero papel celeste, que tenÃan por detrás la tabla de multiplicar. Aquel invento me prendó. Era maravilloso.
Allá iba yo, ahora con mi libreta amarrada de un hilo completando la manzana y con ella, pensaba, mi arriesgada aventura
Cuando iba a dar esas vueltas, unas veces me cogian y alcanzaba leña, y otras no se enteraban y no pasaba nada. Yo sabia que las cosas eran asÃ. ConocÃa el riesgo.
Aquel dÃa tuve mala suerte. Me cogieron. Cuando doblé la esquina de vuelta, ya và a lo lejos que mi padre me andaba buscando entre los niños que jugaban con sus juguetes nuevos al lado del coche de Don José, un Gordini verde que entonces era el único de la calle.
Cuando me preguntó donde estaba el camión grúa, no se si me acorde del juguete, pero fue un mazazo. Eso si que lo recuerdo.
Di otra vuelta a la manzana, esta vez de la mano de mi padre, que me llevaba en volandas, casi sin poner los pies en el suelo, mientras contaba a todo el mundo lo que yo habÃa echo. Por supuesto el estafador no apareció por mucho que mi padre, conmigo colgando, lo busco por todos los portones de la calle de atrás.
Tampoco recuerdo si ese dÃa llevé una paliza. Seguramente que si, y no voy a reprocharlo. Pero lo que me quedó de aquel dÃa de reyes fue la inmensa alegrÃa que sentà cuando hice mi negocio.
Quizá esto explique porque ahora no tenga un duro.