El dÃa que murió su musa, unos niños jugaron en el parque, ajenos a la tragedia que acunaba el delicado cadáver de su inspiración. Cuando la inocencia hace florecer en el pecho pueriles sueños e ilusiones, no hay sitio para el drama. Él lo sabia porque antes de perseguir musas, habÃa perseguido los mismos sueños, las mismas ilusiones de contornos intangibles. Por desgracia, la ingenuidad de aquellas fantasÃas habÃa sido devorada por el tiempo y solo habÃan quedado unos restos maltrechos que servÃan ahora de alimento a sus deseos superficiales y mundanos. Acabó abrazando una vida llena de convencionalismos, y en aquella inútil realidad tan manoseada y usada por otros Ella habÃa sido el único vinculo con su pasado.
El dÃa que murió su musa, El Artista prestó especial atención a los detalles. Planeó de forma consciente cada uno de sus movimientos, buscando la eternidad que se escondÃa detrás de los instantes, tratando de no pensar en la partida de su compañera. Penetró el insondable abismo que separaba el presente del futuro, y examinó con detenimiento la maraña del tiempo y el espacio. Buscó mil formas de detener el reloj que escribÃa sentencias de muerte desde su muñeca, sabiendo de antemano que ya habÃa perdido la batalla. Con los años habÃa aprendido que ante lo inevitable sólo se puede luchar durante un corto periodo de tiempo, pero la desesperación le impedÃa ver que la resignación era el mejor aliado del olvido. Un olvido que se cernÃa sobre un cadáver de morbosa belleza; el cadáver de su musa.
Los meses previos al fallecimiento habÃan transcurrido con una tranquilidad fingida, tras cada sonrisa se dibujaba la sombra de una duda. Él, cada dÃa grababa en sus ojos las frases que no era capaz de decirle, frases que Ella apenas lograba comprender o que quizá malinterpretaba. En los cuidados que le ofrecÃa se adivinaba un afecto que nunca encontrarÃa una forma de expresión completa y plena. Eran sólo atisbos de un sentimiento más puro, reflejos de un universo perfecto donde las emociones se superponÃan al verbo y trascendÃan más allá de la comprensión terrenal. SentÃan la frustración de quien no puede discernir el misterio a través de la percepción limitada, y las palabras, las frases que se regalaban, quedaban veladas por una neblina inmaterial. Cuando el deterioro hizo mella en ella de forma más evidente, no encontraron la forma de seguir fingiendo, y la distancia que separaba ambos mundos se hizo inabarcable.
A partir de entonces cedieron ante la ineludible derrota y esperaron el final con estoicismo, con la resignación del que nace para perder. Cuando la miraba no podÃa dejar de pensar que el futuro habÃa muerto en sus manos, en sus ojos, en sus labios. Se sentÃa anestesiado ante la perspectiva de un olvido transparente, que en el futuro los envolverÃa a todos y apaciguarÃa el padecimiento para toda la eternidad. Se repetÃa a sà mismo que mañana nada importarÃa, porque mañana todo habrÃa sido y habrÃa cobrado significado absoluto. Estos pensamientos los guardaba en un rincón de su mente, pero al igual que sus ojos dejaban entrever un reflejo imperfecto de sus sentimientos hacia su musa, también mostraban una parte de la derrota que habÃa dado por sentada. Cada vez que Ella le miraba, una porción de la vida que le quedaba escapaba entre sus labios, porque descubrÃa que no era lo suficientemente requerida en esta tierra de locos dónde aquel Artista la habÃa hecho sentir necesaria antes de que la enfermedad marchitara su cuerpo.
La noche anterior a la tragedia apenas se habÃan dirigido la palabra. Ambos se escondÃan en un universo particular rodeado de trampas; Ella en una cárcel de muros altos a punto de derrumbarse, Él en una urna de cristales opacos que ni siquiera los gritos nonatos de su garganta podÃan quebrar. Se dedicaron a contemplarse a través de los océanos de indiferencia que los separaban, siempre con una palabra bienintencionada pugnando por salir de sus labios. Pero los labios de Ella estaban demasiado resecos, demasiado vacÃos, sin vida, como para decir algo que tuviera sentido, y a Él lo asfixiaba su urna de cristales opacos. En el interior de un recuerdo compartido encontraban alguna clase de consuelo, si acaso puede existir alivio en la antesala de la nada. En ese recuerdo volvÃan a ser enamorados en el banco de un parque, volvÃan a encontrarse una y otra vez a lo largo de incontables vidas, resucitaban con cada gesto del otro, y el sufrimiento no apagaba el color de las mejillas en el cuadro que el Artista pintó a su musa.
Hay gente que nace con alas, y gente que nace sin piernas. Él habÃa dedicado su vida a buscar unas alas que compensaran sus miembros mutilados, pero se habÃa visto obligado a arrastrarse hasta que la encontró. Pocos lo saben, pero los Artistas buscan inspiración porque no tienen ni alas ni piernas, y aspiran a elevarse por encima de lo mediocre. Hacia arriba, siempre hacia arriba, persiguiendo ecos de lo inalcanzable. Las musas prestan vuelos y salvan vidas, pero como los sueños, son de naturaleza caprichosa y frágil. Frágil. Quebradiza. Asà la habÃa contemplado siempre, asà la habÃa querido, pero a medida que la enfermedad avanzaba, el sentimiento de incertidumbre se hacÃa más tangible. Era como estar conteniendo el aliento, como esperar el abrazo del suelo cuando tomas conciencia de tu caÃda. Como llevar demasiado tiempo despierto. Necesitaba descansar, olvidar todo futuro golpe.
En busca de aquel descanso, aquella noche se acostó a su lado sin abrazarla, desesperado, rezando a las paredes de su cuarto. Llorando.
Aquella noche no le dijo que la querÃa, y cuando al despertar encontró su cuerpo sin vida, sólo pudo sonreÃr ante la ironÃa con que la fatalidad escribÃa las historias. Se levantó de la cama, la arropó con las sabanas y pensó que la luz que daba sombra a su vida se habÃa extinguido, el dÃa que murió su musa.