Para Salvador, que sin ser gaviota es todo un Virgilio por delivery.
Los nativos dan excesiva fe a su tradición. Muchos han huido a la sola mención del templo; otros han confrontado su cobardÃa ante el descomunal edificio; otros, los menos, apátridas sin más pasión que la codicia, han permanecido en los lindes de la expedición. Aún es excitante ver la perplejidad en sus caras, como si de repente se les apareciera el mismÃsimo Alvarado en cualquier hombre blanco. Debo actuar con cautela si quiero conservar su ayuda.
Todo empezó la mañana del lunes con el hallazgo del artefacto, una piedra poliédrica. Sánchez dice que es el corazón olmeca, entrada misteriosa al Templo de Gucumatz. Yo, con menos curiosidad que prejuicio cientÃfico, he escuchado el relato mientras me aplicaba la vacuna contra la malaria. Dos cosas llamaron mi atención: primero, la idea de un tesoro indecible perdido en las fauces de la selva; segundo, el conjuro milenario que pendÃa sobre los profanadores. En seguida he consultado a los ancianos de la aldea (es sabido que ellos cuidan los secretos ancestrales de su cultura) acerca de la ubicación del santuario. La gente se ha inquietado enormemente cuando emprendà la búsqueda.
Soy un arquéologo veterano, mi tesis Myths from behind se ha destacado en Oxford por su frÃo racionalismo; presupone que no hay hombre que admita el caos, que el tabú es la representación de su impotencia frente a lo que no puede entender. Atribuir a algo sagrado el malestar que mis compañeros experimentan serÃa una inconsecuencia; no, asi, suponer la manifestación de un fenómeno de Ãndole cultural. No obstante, existe una razón más fuerte que cualquier superstición, costumbre o religión: el poder. Caminamos sesenta kilómetros al oeste de Tulum, el santuario quedaba camino a Labná. Arreciaba la noche cuando llegamos. A pesar de nuestros esfuerzos no pudimos descifrar el funcionamiento de la piedra. Luego de ensayar operaciones inverosÃmiles, Sánchez, entendido en criptografÃas y jeroglÃficos, ha descubierto las instrucciones sepultadas en una cantera contigua. Hemos tenido que esperar hasta la mañana siguiente para que la luz del dÃa devele, entre los matorrales, una estructura oblonga que servirÃa como soporte para la llave. ?nicamente el sol cenital activarÃa el mecanismo de la piedra (asà lo dictaminaban los escritos). El hambre y la impaciencia prolongaban las horas. Al mediodÃa, ordené a uno de los indÃgenas (no sé qué sentimiento me ha impedido hacerlo a mà mismo) que colocara el corazón olmeca sobre la base. La proyección ortogonal del poliedro sobre la superficie de un petroglifo (a la sazón, un sello) ha abierto las puertas de la fortaleza. Nadie, sin embargo, se ha atrevido a entrar. La inscripción sobre uno de los atlantes en el umbral ha conmovido a los nativos. Quizlot, el anciano sabio, me ha dicho que es la maldición de Gucumatz. Ha dicho que ninguno que entre al templo saldrá jamás.
El ejercicio cientÃfico me ha llevado a determinar que el escepticismo es un estado posterior al reductio ad absurdum; antes la causalidad cobra el valor de lo complejamente abstracto; antes cualquier superstición es factible. Como Hegel, creo que el mundo es desarrollo y autocomprensión del espÃritu; como él, creo que la . eenfermedad originaria?R? es la ineptitud por alcanzar la Idea . La conclusión es ingrata, pues subordina al instinto de supervivencia todo sistema lógico. A simple vista la construcción no es prolija, sus dimensiones difÃcilmente componen lo perplejo del laberinto. La deducción se me ha dado fácil. Entré.
Lo que sigue es confuso. La mitologÃa adjudica al Quetzal propiedades divinas. Ya en el salón su canto ha dispersado a los pocos indÃgenas que han llegado hasta acá. He tenido que coger por el brazo a Sánchez para impedir que huyera.
La estructura del monumento sugiere cierto horror al vacÃo; la herrumbre y el polvo dan cuenta de la factura del tiempo. El silencio, perfeccionado por el olvido, difundÃa nuestra intromisión. En las paredes hemos descubierto una efemérides sobre permutaciones atmosféricas; más tarde, nos hemos percatado que dichas predicciones computan fechas que sobrepasan nuestra propia existencia. (Lamento el extravÃo de mi libreta de notas. A estas alturas la negligencia es imperdonable). Después, me ha asaltado la terrible sospecha de que tales cálculos están vedados a ojos mortales. Recordé que la civilización tenÃa un conocimiento preciso acerca del desplazamiento astral, del álgebra y de la geometrÃa; me ha tranquilizado la idea de que bastan los rudimentos para potenciar la inteligencia hasta confines impensados. Erramos por escaleras cuyas prolongaciones son vanas, galerÃas que omiten las leyes de la arquitectura, pasajes inesperados que inesperadamente retornan al inicio. Los tragaluces, ubicados en posiciones estratégicas, amplifican la luz con malévola pertinencia. Cada intersticio da la impresión de estar perpetuamente dedicado a la desesperanza. He pensado que cualquier interpretación es inútil. Por un momento, lo confieso, he temido el enojo de los dioses. Dioses de los que sólo sabemos que hicieron al hombre a partir del maÃz o que equivalen a números. Que dioses desconocidos maquinaran castigos inefables contra los usurpadores me parecÃa menos probable que la distorsión del folklore operando sobre fuerzas naturales. La reprensión de un ser superior tendrá que exceder los márgenes de la ciencia, no estar supeditado a magnitudes derivadas del tiempo o el espacio; tendrá que remitirse a otra dimensión o a algún colapso de la mente. Temà esto último. A través de lo años muchas maldiciones ha gestado el nutrido imaginario de las culturas, sin embargo, la experiencia ha demostrado que, sino todas, al menos casi todas, han sido retocadas por el asombro y la hipérbole. He oÃdo de un hombre cuyo anatema fue tener todo el oro del mundo.
Sánchez ha señalado un resplandor al final del pasillo. Todo un dÃa nos ha llevado llegar hasta acá. Ahora puedo decir que bien ha valido el esfuerzo nuestra odisea. Ahora que por fin, tras esa puerta, aguarda el generoso porvenir. Un Quetzal en bronce resguarda los tesoros del dios. La mitologÃa adjudica al Quetzal propiedades divinas. Ya en el salón su canto ha dispersado a los pocos indÃgenas que han llegado hasta acá. He tenido que coger por el brazo a Sánchez para impedir que huyera.
Lima, 2 de Marzo del 2006