Bien lo conoce mi inteligencia, y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, y Príamo, y los teucros, armados con lanzas de fresno.
La Ilíada; Canto IV, 163
I
Dentro de poco no conoceré más el amanecer, mi perseguidor está en camino. Antes de caer en sus manos espero poder enumerar las terribles visiones que me han asediado en el umbral del entresueño. He visto, tras el redundante matorral, el destello de una cimitarra sedienta; he visto nuestro altar (lo veo noche tras noche, al cerrar los ojos, renovando mi sentencia con maligna precisión) corrompido por el fuego del dios ignoto; he visto la sangre nuestra manchada por la cobardía del desertor; los pocos que quedamos nos hemos mantenido fieles al Imperio, tanto que aún en esta hora aciaga me niego a pronunciar blasfemia ninguna contra su nombre. En alguna estrofa de sus Églogas, ahora casi arrebatada de la memoria por el tiempo y el descuido, ya el Poeta vaticinó el curso de nuestra historia. Que la tragedia haya determinado su suerte no me sorprende; también Homero cantó la ruina de un reino. No podemos huir a nuestro vasto legado helénico. La conformación de la urbes, reza un aforismo sofista, es un remedo de la conformación del cosmos; de esto que a partir de las polis extrapolaran sus ideas al éter; otros más perspicaces previeron que tanto en las polis como en el éter hay elementos inconciliables. Píndaro ha escrito que no todo lo que dio Júpiter es de la misma clase, pero que todo le sirve a él. La política será para la posteridad industria de un cierto género de hombres, aquellos que llevan la aptitud en la casta. Por eso existe el patricio, por un lado, y por el otro el plebeyo; el equilibrio de una sociedad depende de los extremos. Ahora comprendo esto. Sin embargo, aún cuando se establezcan las leyes, quién hay que teniendo sangre en las venas pueda domesticar el ímpetu del corazón.
Yo, cuestor en Heraclea, expuesto asiduamente al trato con la plebe, no podía creer el portento que ante mis ojos se develaba cuando cumplía con las funciones propias de mi cargo. Ella era una hermosa mauritana llamada Delia, nombre latino que le dio su custodio cuando compró su manumisión (la corriente cristiana había cobrado una indecible fuerza desde Constantino, por tanto, no era raro que muchos nobles se sintieran imbuidos de la filantropía extranjera), y trabajaba para Gladio Ensa, viejo tribuno y amigo de mi familia, como ayudante en los quehaceres domésticos. Era una morena robusta, de ojos grises y emprendedores, bajo su piel lozana se adivinaban claramente los estragos del trabajo inclemente. Otra suerte habría corrido su familia trasladada también a esta ciudad. Tardaría mucho intentando explicar la naturaleza abstracta de aquel primer encuentro, pero bastará con dejar por sentado que me encontraba profundamente enamorado.
Muchas lunas declinaron antes de que yo pudiera acercármele. Otra noche, cuando por fin me decidí a confesarle mi sentimiento, su retraso me inspiró honda suspicacia. Esperé hasta casi el alba. Al canto del gallo dejé la dársena y entré en alguna taberna dispuesto a ahogar las penas. Qué mejor que el vino para disipar la amargura del desprecio. Allí un par de ebrios balbuceaban algo acerca de una leva de esclavos propiciada por Teodosio. Recordé que la madre de Delia era esclava de un mal afamado decurión al que se le imputaban furtivas negociaciones con Constantinopla. Muchos días pase sin verla. Todos esos días la compadecí.
Algún tiempo después, desoyendo infaustos comentarios, le pedí matrimonio. Cómo saber que ya la Fortuna tocaba su melodía sobre nuestras vidas. Ese día también Atila pediría la mano de Honoria, hermana del César. Tal demanda no era más que una provocación. Aecio, general del ejército romano, advirtió la armada de Atila: una infatigable colección de pueblos bárbaros que no se rebajarían ante el clamor del mismo Marte. La alarma cundió en toda Roma. Una semana antes de mi matrimonio me llegó una esquela enlacrada con el sello del cónsul. Se me instaba a enrolarme a las filas del ejército. Ni mi nacionalismo exacerbado era suficiente para aplacar la pasión que me ataba a Delia. Determinado antes a luchar por el amor de una mujer que por el de mi patria busqué refugio en la casa de un familiar. Me aseguré que le llegara a Delia una nota con instrucciones precisas, le pedía que por ningún motivo viniera a mi encuentro. Para entonces los esbirros imperiales ya estarían tras mi rastro. Cuán vano es pretender arredrar el alma enamorada de una mujer. Al tercer día dio con la estancia y antes de que pudiera saludarme siquiera una tropa de legionarios irrumpía en la sala. Las trompetas de la guerra parecían tocar las exequias de algún difunto. Inútilmente, un perro aullaba al descampado.
II
En los Campos Cataláunicos milité con resignación y entusiasmo, codo a codo mis compatriotas y yo hicimos retroceder las líneas de los hunos. El valor de Aecio prendía fuego a nuestro espíritu insultado por la osadía bárbara. Las bajas fueron cuantiosas pero al cabo logramos vencer. En medio de la alegría de la victoria se abría un panorama sombrío: la llanura regada con la sangre de nuestros héroes caídos, cadáveres con horrendas expresiones que jamás alcanzarían digna sepultura. Solemnidad taciturna nos acompañó de vuelta a casa. El crepúsculo de esa tarde teñía de rojo el firmamento, era casi como escuchar al oído la condolencia de los dioses. La tierra negra de la Galia exhalaba de sus entrañas un aliento de fuego y sangre. Como Ulises al emprender la tortuosa vuelta, temíamos que algún dios nos denegara el regreso al suelo patrio. De las orillas del Tíber bebimos menos para saciar la sed que para abrazar la bendición de la tierra.
No hubo estancia a la que llegáramos sin recibir la ovación de las muchedumbres.
En la morada del samnita, escoltado ahora de una reducida escuadra, me enteré algo acerca de una revuelta al interior del Imperio. Nadie accedió a entrar en detalles. Se respiraba un aire de conspiración. Sin explicación, una corazonada sobre Delia me angustió. Cabalgué sin descanso hasta vislumbrar la entrada de Grecia la Magna, ahí me entregué a las exigencias de la fatiga. Tenía las fauces secas de polvo y de intriga. Las ampollas en mis brazos daban cuenta de mi largo trajinar bajo el sol. Esculapio Cultellus, el atalayero de la centuria de Licas “el inhumano”, me dio razón sobre el nefasto rumor que alimentaba mi vigilia. Explicó que, como era costumbre, un grupo de sediciosos se amotinó frente a un cuartel reclamando mejoras en las condiciones sociales, los soldados exaltados por la fiebre de las guardias, por la incertidumbre de la guerra, no lo pensaron dos veces antes de pasarlos a espada.
Inquieto, retomé el rumbo inicial. Ni un segundo logré apartar a Delia del pensamiento. Supliqué, en la locura de mi desesperación, que los dioses me dejasen contemplar una vez más la luz de sus ojos, una y otra vez supliqué, repitiendo invocaciones que iban perdiendo el sentido. Al desmontar encontré a un siervo de Gladio Ensa cuya fama era el andar siempre enterado de todo. Le pregunté. Con un ademán muy suspicaz, luego, de repente, con una mirada triste, se dispuso a contarme. Contó que los beligerantes, efectivamente, se atrincheraron en mala hora; que unos pastores iban de camino a sus labores; que en el caos se confundieron y fueron muertos despiadadamente. Añadió que entre los campesinos se sumaba Delia. Su mano se posó sobre mi hombro, después guardó silencio. No era poca mi confusión; ni al llegar a casa logré conjurar el estupor.
Despojada la panoplia de sus más caros implementos, el yelmo y el escudo que dieron nombre a mi antepasado durante la guerra con los partos, diseminado en pedazos el busto de Minerva, deduje que durante mi ausencia algún malhechor habría profanado la intimidad de mi hogar. Poca importancia le di al hecho. Se ha escrito mucho acerca de las delicias del amor, me permitiré anotar un lado nocivo: se pierde la noción de lo mortal. Poco importaba que el mundo se descoyuntara entero después de Delia. A su lado el patrimonio de la divinidad era desdeñable; a su lado la muerte era una superstición de vieja agorera. No sé porqué escribo esto, quizás preveo que en un día no muy lejano alguien encontrará este documento, sírvase de este consejo: en nada edifica poner nuestros afanes en empresas vanas. No existe refugio posible para el amor, o la muerte.
Pasaron varios días. Yo, vuelto a la taberna, como a un parapeto en tiempo de milicia, bañaba mis recuerdos en vino. La conciencia era una impiedad. Una noche un viejo se presentó frente a mi mesa, llevaba una túnica raída y una barba ociosa. Empezó su relato remontándose a la guerra, repasando los pormenores con una parsimonia exasperante, al cabo de unos minutos, los que denunciaba mi interminable bostezo, mencionó el conflicto de los plebeyos, mencionó que una mujer escapó apenas de la lucha; que tras largo caminar llegó a su aldea y meses después hubo de encomendarle una carta cuyo destinatario buscó durante mucho tiempo. Su trémula mano me la acercó. Cuando la abrí confirmé que era de Delia, se disculpaba del prolongado silencio y prometía un pronto reencuentro (siempre y cuando la carta llegara a mis manos, era consciente de los azares de la guerra). Antes no había encontrado manera de comunicarse conmigo, temía que la infamia le acarreara culpas sin fundamento, por tanto, prefería que el olvido obre a su favor. Agradecí al hombre su buena fe y lo invité a que terminase con la bebida. Asintió.
Influenciado por la trivialidad del razonamiento, dejé de lado la eficiencia para abrazar la ineptitud, defecto inconcebible al ejercicio de mi cargo, por lo que fue requerida mi presencia en los salones del pretor. Allí escuché que César había matado a Aecio, se decía que, una vez expulsados los bárbaros, no tuvo motivos para seguir fingiendo los celos que le entrañaba. Muchos soldados reprobaron el hecho. Yo, en cambio, sólo tenía cabeza para Delia.
Puedo escuchar el galope de sus caballos ya, se hace tarde.
III
Queda sólo relatar el recuerdo taciturno y gris de los años postreros. Cuando la desgracia ensayaba una tregua, cuando la gente retomó sus orgías y su vino y su despreocupación, la sombra de Atila asoló nuestro estandarte. Muerto Valentiniano la corona perdió su potestad y su símbolo fue profanado, entre sorteos y contiendas, por la infatuación de caudillos entregados a sus pasiones. El pueblo, escatimado en su dignidad, no vio venir su fin. (Oh, si mi plegaria rompiera la mudez de las divinidades, entonces el festín del teutón se tornaría amargo en sus vísceras). El nuevo reino, proclamado por la insensatez, fue menoscabando el nuestro.
Ultrajadas nuestras mujeres, despojado el patricio, muchos huyeron con dirección a Egipto, al Asia Menor, a Persia, otros se perdieron en un Adriático embravecido por la furia de Neptuno. Largo tiempo pasó antes de volver a saber de Delia. Tuve la suerte de conservar mi cargo, pero la nueva política exigía al cuestor hacer cumplir con los impuestos despiadadamente. No era cosa de otro mundo encontrar a algún legionario torturando en las plazas a los deudores.
Un día llegó Delia. Mi alegría era casi un desenfado. El orgullo quebrantado de Roma era una condición favorable para nuestro noviazgo. Sin demora, fijamos fecha para las nupcias. Pero ya dije que la tragedia también nos hermana con los griegos. La víspera de la ceremonia, un bárbaro excedido en vino (esa tarde toda provincia celebraba la asunción de Odoacro al solio), luego de poseerla la golpeó brutalmente hasta matarla. Instalado el dolor en el pecho, los argumentos de la demencia son más persuasivos. Cuando encontré al infeliz dormía como un perro sobre unos cueros. Lo desperté; luego le hundí mi espada entera en la garganta.
Al principio, se me ocurrió escapar como tantos nobles; con indiferencia, con desdén quizás, deambulé, en cambio, por las calles luciendo con honor la clámide ensangrentada, luego regresé acá. Un acto de valor puede ser la manera más cobarde de aceptar que la vida ya no significa nada.
Acto desesperado o simple intervención del azar, redacté este manuscrito sin finalidad aparente.
Un Rómulo inauguró la gran ciudad en el Palatino, un Rómulo clausuró para siempre su antigua gloria. No me tranquiliza pensar que el sarcasmo de los dioses se ha vuelto contra mí, sí confiar en sus cálculos, en la simetría y el vértigo. Cierto horror profético suele participar del mito; el cual absuelve de la casualidad a mi relato. Acaso no es más que la reproducción de otra famosa tragedia: Psiquis que por su curiosidad perdió el amor de Cupido; Orfeo, que confiado en arrebatar a Eurídice de las garras del Hades no contó con los artificios divinos. Acaso toda epopeya es reflejo de epopeyas antiguas.
Sí, lo que tenga que suceder sucederá. En cualquier momento cederá esa puerta, pero ya no temo, pues comprendo por qué estoy acá, ahora; comprendo con alguna arrogancia que también soy el reflejo de una historia prescrita por la imaginación de otro, que cualquier acto posterior consta ya en algún códice condenado a repetirse en los siglos ulteriores. Sí, en una era no muy lejana se levantará otra Roma, se levantará otra Babilonia – como nos llamaba el vulgo- y también caerá. ¡Que Júpiter se apiade de Roma! En cuanto a mí, sólo me queda esperar que el destino me alcance, esperar la espada del opresor con secreta felicidad.
Lima, 2003