Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Rene Rodriguez
Fecha de publicación: 2 Agosto, 2006

Categoría: Artículos de opinión
 

Más que la palabra rosa

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Estaban permitidos los silbidos, las misas de domingo y, si dabas con la tila, té de tila. Pensar era otra cosa.
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Recuerdo aquellos días de la cafetería de Humanidades. Distraído en una de las mesas, Malagón mordía a desgano su derretido en pan de agua, mientras leía a Marcel Proust, al tiempo que movía con soltura los caballos, los alfiles y las torres de su minúsculo ajedrez. En las montañas, el coronel de abril había ascendido a Comandante, y en las calles, los perros cancerberos del auriga pisoteaban margaritas y amapolas con su aliento despoblado de sonrisas. Yo, tal vez, sorbía una limonada ácida. Miraba sin mirar por la ventana.

Bajo el mango, las muchachas, a la vez que subrayaban trazos de la tarde en sus cuadernos, extraían de sus bolsos arsenales de cosas impensadas. Pitágoras pitagoreaba, y más allá, del otro lado del pasillo, alguien azotaba el aire, pintando y despintando la Vía Láctea, cosiendo y descosiendo algún panfleto. Mancilladas por las cortapisas y empellones, las palabras padecían delirio de persecución, melancolía de primaveras presentidas, en junio o en abril, como en febrero. Pero eran tiempos de cizaña y atropellos. Caían las hojas de los árboles como desaparecían del calendario las tardes de domingo, sordas, desplumadas, silenciadas.

“Escribir es fácil -recuerdo que había dicho Malagón-, lo difícil es pensar”. Y yo, pensando en la verdad a medias que decía la radio amorfa y desgarbada, trazaba curvas y quebradas con un lapicito mongo, que había pasado casi incólume las últimas requisas de los lamebotas apostados en los cuatro puntos cardinales de las tardes. Era la rosa o la palabra rosa, la realidad se agazapaba escurridiza y diminuta en las comisuras de los márgenes estrechos de las hojas aprobadas y cernidas por la miope bonhomía de los censores. ¿Era el coronel el coronel o simples mariposas de papel que, con su artificiosa manía de tomador de pelo empedernido, había lanzado al aire enrarecido el auriga?

Estaban permitidos los silbidos, las misas de domingo y, si dabas con la tila, té de tila. Pensar era otra cosa. Había lentejas para postre y plato fuerte. La entrada eran lentejas, y algún sermón para el olvido temblaba en los altoparlantes, cuarteados, estridentes. El auriga dialogaba con su hermana muerta y, entre la redada y la llovizna, los niños merendaban habeas corpus, ley de fuga, potirrotos caballitos de madera, y mugre. Socavadas las torres, herniados los peones y heridos de ignominia los alfiles, Malagón seguía retando los vaivenes del tablero. Pienso en él y dice el lápiz “rosa”, sin sonrojo.

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