Estaban permitidos los silbidos, las misas de domingo y, si dabas con la tila, té de tila. Pensar era otra cosa.
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Recuerdo aquellos dÃas de la cafeterÃa de Humanidades. DistraÃdo en una de las mesas, Malagón mordÃa a desgano su derretido en pan de agua, mientras leÃa a Marcel Proust, al tiempo que movÃa con soltura los caballos, los alfiles y las torres de su minúsculo ajedrez. En las montañas, el coronel de abril habÃa ascendido a Comandante, y en las calles, los perros cancerberos del auriga pisoteaban margaritas y amapolas con su aliento despoblado de sonrisas. Yo, tal vez, sorbÃa una limonada ácida. Miraba sin mirar por la ventana.
Bajo el mango, las muchachas, a la vez que subrayaban trazos de la tarde en sus cuadernos, extraÃan de sus bolsos arsenales de cosas impensadas. Pitágoras pitagoreaba, y más allá, del otro lado del pasillo, alguien azotaba el aire, pintando y despintando la VÃa Láctea, cosiendo y descosiendo algún panfleto. Mancilladas por las cortapisas y empellones, las palabras padecÃan delirio de persecución, melancolÃa de primaveras presentidas, en junio o en abril, como en febrero. Pero eran tiempos de cizaña y atropellos. CaÃan las hojas de los árboles como desaparecÃan del calendario las tardes de domingo, sordas, desplumadas, silenciadas.
“Escribir es fácil -recuerdo que habÃa dicho Malagón-, lo difÃcil es pensar”. Y yo, pensando en la verdad a medias que decÃa la radio amorfa y desgarbada, trazaba curvas y quebradas con un lapicito mongo, que habÃa pasado casi incólume las últimas requisas de los lamebotas apostados en los cuatro puntos cardinales de las tardes. Era la rosa o la palabra rosa, la realidad se agazapaba escurridiza y diminuta en las comisuras de los márgenes estrechos de las hojas aprobadas y cernidas por la miope bonhomÃa de los censores. ¿Era el coronel el coronel o simples mariposas de papel que, con su artificiosa manÃa de tomador de pelo empedernido, habÃa lanzado al aire enrarecido el auriga?
Estaban permitidos los silbidos, las misas de domingo y, si dabas con la tila, té de tila. Pensar era otra cosa. HabÃa lentejas para postre y plato fuerte. La entrada eran lentejas, y algún sermón para el olvido temblaba en los altoparlantes, cuarteados, estridentes. El auriga dialogaba con su hermana muerta y, entre la redada y la llovizna, los niños merendaban habeas corpus, ley de fuga, potirrotos caballitos de madera, y mugre. Socavadas las torres, herniados los peones y heridos de ignominia los alfiles, Malagón seguÃa retando los vaivenes del tablero. Pienso en él y dice el lápiz “rosa”, sin sonrojo.
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