El mal, palabra funesta donde las haya, tres letras capaces de expresar un concepto tan general y, al mismo tiempo, tan preciso.<!–more–>
Mal, reputa una acción, un comportamiento, reprueba a un alumno poco aplicado, denota sufrimiento, también es parte de la balanza que equilibra una moralidad.
Nos imaginamos el mal con cuernos, rabo y pezuñas de cabra, tras muchas cosas se encuentra su estela, las drogas, la violencia, la injusticia, las guerras, la codicia, una parte de nosotros que caracteriza nuestro mundo se nutre de la energÃa negativa subyacente del mal. No vemos su incorpórea forma, pero si las consecuencias de su látigo instigador humano. No es tangible, es un concepto creado por la humanidad desde una moral refutable, es algo abstracto pero de lo que hacemos uso cada vez que no nos adaptamos a la ética o nos saltamos los mandamientos.
¿Existe realmente esta energÃa que promueve algunos de nuestros actos? ¿Es parte del puzzle cósmico que mantiene unido el universo? ¿O solo es una palabra que existe porque es una consecuencia de la condición humana? En la naturaleza no existe el mal, existe la supervivencia, unos depredan y otros son depredados. No existe el concepto de mal, como no existe el bien, porque la infinita y suprema inteligencia de la naturaleza no se distrae en componer una melodÃa de raÃda moralidad creada e interpretada, en su mayorÃa de manifestaciones, por una incompetente autoridad moral. No, la naturaleza una vez más demuestra su absoluta supremacÃa sobre nosotros, insolentes humanos, al arrumbar tan infructuoso debate en el que las posiciones de sus dos contertulios- el bien y el mal- a menudo se muestran borrosas y confundidas según sea la perspectiva desde donde otean quienes promueven esta diferenciación; según sea la cultura que establece el yin y el yang asà se llama malos a unos o malos a otros.
Pero si hemos de buscar un consenso entre toda la maldad en el mundo, un nexo único de unión entre causa y consecuencia de la malignidad que no necesita de ningún código moral para su discernimiento, un productor universal de mal que no atiende a credos ni a éticas, un concepto cuya aparición siempre resulta perjudicial y genera desdicha para unos u otros seres humanos… esto es: la incompetencia.
Suena extraño y desafiante, pero un individuo incapaz para solventar eficazmente las funciones encomendadas siempre ocasiona problemas y angustia a los demás, en definitiva: produce mal.
Un incompetente que despliegue su condición en cualquier labor es como contratar como piloto de un Boeing 747 a un chimpancé.
Médicos incompetentes, vidas minadas o sesgadas y familias destrozadas por la negligencia causa de su incompetencia, sufrimiento, mal.
GuÃas espirituales ineptos, fieles descarriados y encaminados en una senda de dolor y conflicto interno hasta su culminación como réprobos, mal.
PolÃticos incapaces o corruptos, una sociedad errática, dividida y corrompida, beligerante y precursora de inestabilidad nacional e internacional, mal.
Profesores inhábiles, alumnos náufragos en el mar de la ignorancia, vidas desperdiciadas, generaciones fracasadas, mal.
La lista es interminable…
Imaginemos un mundo donde el tiempo pone a cada incompetente en su lugar desocupando el puesto que no le corresponde.
Imaginemos un mundo donde los polÃticos tienen una visión de futuro más allá de las próximas elecciones, a los cuales el ansia de enriquecimiento y poder no es suficiente en contraposición a la satisfacción de contribuir al futuro próspero de los hijos de la sociedad…
Un mundo donde los profesores son vocacionales y se divierten enseñando y prestan la atención debida a sus alumnos y a las formas de expresión que utilizan para manifestar sus problemas y desorientación…
Un mundo donde los médicos son profesionales preocupados por el bienestar de sus pacientes más allá de la administración de sanidad a través de recetas y la “rutina de curar�?…
Un mundo donde los guÃas espirituales abogan por una paz intercultural e intra-corporal de sus fieles más allá de dogmas trasnochados y de fanatismos recalcitrantes.
Imaginemos un mundo donde la palabra incompetencia cayese en desuso, donde todo el perjuicio y sufrimiento que ocasiona la incapacidad de resolución óptima desapareciese.
Un mundo, al fin y al cabo, imaginario.