Los seres humanos hablamos del concepto de la esperanza sin otorgar mayor trascendencia a este vocablo, comentamos la existencia de esta idea, de esta confianza en lo venidero como si se tratase de un antÃgeno diluido en nuestro cuerpo, inconscientes de su presencia en nuestro torrente sanguÃneo sin detenernos a sopesar el porqué de su ubicación en nosotros. Esta cotidianeidad se debe sin duda a su condición de innata en el hombre, perfectamente resumida en la célebre frase “la esperanza es lo último que se pierde�?, hasta el mismo momento de la muerte el ser humano tiene esperanza o la muerte empieza cuando desaparece la esperanza. <!–more–>
Que duda cabe que la esperanza nos hace levantarnos cada mañana porque creemos que ese dÃa sea mejor que el anterior, la incertidumbre nos resulta atrayente para seguir jugando con la baraja de la vida, la creencia de que algo bueno nos ocurrirá y la confianza depositada en un futuro que nos deparará algo que cambiará nuestras vidas de forma gratificante son nuestras muletas anÃmicas porque, realmente, solo recapacitamos sobre la esperanza cuando nuestras circunstancias personales nos provocan ansiedad ante las encrucijadas de la vida, cuando estamos enfermos tenemos la esperanza de sanar, si buscamos algo como un empleo, una casa o una pareja creemos fervientemente que el próximo elemento que aparecerá en nuestras vidas las enriquecerá y esto nos hace continuar incansablemente nuestra lucha del dÃa a dÃa sin caer en la desesperanza, en la depresión.
Siempre creemos que lo venidero será bueno o mejor aunque si miramos hacia atrás a lo largo de nuestra lÃnea vital, en multitud de ocasiones y en innumerables situaciones, cuando nuestra confianza descansaba en la buenaventura que traerÃa consigo el nuevo dÃa ha sido traicionada o suplantada por una nueva situación imprevista y de una dicha dudosa. Cierto es que en otros casos esa confianza se ha visto recompensada, el anhelo se ha convertido en hecho aunque como dijo Truman Capote “lloramos más por las plegarias atendidas que por las no escuchadas�?.
Entonces, ¿por qué creemos en un futuro mejor cuando en muchos casos durante nuestra vida no se han cumplido nuestras predicciones? ¿Estos recuerdos de situaciones similares modifican nuestra percepción del futuro y crean en algunos casos cierta inseguridad sobre su benevolencia?
Tal vez por esto tendemos a asociar y a proyectar la consecución de nuestros anhelos en lo intangible como la suerte o, en el más grotesco de los casos, en toda suerte de amuletos y chamanes de poderes inciertos con la creencia de que mejoraran nuestro futuro gracias a la magia.
La explicación para la existencia de la esperanza no debemos buscarla dentro del misticismo o la supercherÃa, si no en la capacidad de todo ser vivo para adaptarse a su entorno para lograr sobrevivir y perpetuar su descendencia. Los animales al estar carentes de consciencia de uno mismo (excepto algunos primates como los chimpancés) no pueden dilucidar y nombrar con una palabra tan bella al imperativo categórico en el cual se basa la existencia todos los seres vivos, no tienen posibilidad de definir con una palabra al instinto más básico en la vida, pero realmente eso es la esperanza, la perpetuación de la obstinada vida.
Gracias a nuestra increÃble capacidad de comunicación a través del lenguaje hemos otorgado belleza y cierto misterio a algo tan natural y necesario como el impulso filogenético de sobrevivir; por nuestra singular adaptación a nuestro entorno social hemos adornado con una hermosa definición un instinto y hemos creado a su alrededor todo un compendio de ideas y teorÃas tal vez útiles para la creencia, aunque inútiles en su practica, de cargarnos de buenaventura para un futuro que innatamente sentimos como bueno porque sin esta esperanza, sin esta capacidad de imaginar un devenir halagüeño… no nos esforzarÃamos para sobrevivir, no nos esforzarÃamos en vivir.