Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Luis Buero
Fecha de publicación: 11 Abril, 2005

Categoría: Artículos de opinión
 

Cuando viaja una mujer…

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Antonio Machado afirmaba en unos versos que la muerte ha de encontrarlo “ligero de equipaje”. Yo le creo, porque era hombre.
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Es así, los varones viajamos con lo necesario, intentando abreviar las entradas y salidas a terminales, puertos y aeroparques. Nos molesta hacer maletas, soportar a los cargosos que te quieren obligar a que les dejes llevar los bultos para arrancarte una propina,  y a las aduanas que te desenvuelven hasta los alfajores para ver si el membrillo tiene cólera. Y nos fastidia tramitar el embarque de valijas, porque pesan y sobre todo, porque nos hacen perder tiempo. Además tratamos de llevar todo en un bolso de mano, pues tememos descubrir que mientras volamos plácidamente a Tokio,  nuestra mochila con documentos y calzoncillos largos está aterrizando en Jujuy,  por un error administrativo.

Las mujeres, en cambio, cuando salen de su casa por unos días, parece que emigraran para siempre. Todo el emporio de cremas y maquillajes ya les ocupa el treinta por ciento del espacio escénico a transportar. Ni hablar entonces de la ropa a empacar, que incluirá  mudas para el día y la noche, el frío y el calor, la velada de gala y el encuentro campestre, la lluvia, la nieve, el sol rajante,  la fiesta elegante y hasta un imprevisto velorio. Nada debe quedar al azar porque ellas se perdonan todos los pecados, menos quedar en ridículo.

Además, como pasajeras en tránsito las minas son hoy inescrupulosamente sociables, es decir, ya sea que viajen en un micro media estrella a Tapalqué o en la primera clase de un Boeing 747 a Aspen, ellas enseguida entablan conversación con los eventuales compañeros de asiento, los que invariablemente les darán su tarjeta “por si necesitan cualquier cosa durante la permanencia en el lugar de destino”.

Las que llegan de vacaciones con su media naranja parecen estar energizadas por el simple hecho de cambiar de rutina y de aire. Se prenden en todas las excursiones, aunque haya que levantarse a las cuatro de la mañana para ver como un elefante soltero toma clases de paracaidismo en Indonesia, y luego quieren ir a la playa, subir a la montaña para observar el crepúsculo, cenar y bailar en un boliche tumultuoso probando distintas bebidas espirituosas y autóctonas, y finalmente quedan a la espera de que les hagamos el amor como  si fuéramos el Dr. Viagra a los dieciocho años.

Nunca falta la desubicada que cree que porque pagó un boleto puede llamar a la azafata para que le rasque la espalda, o pedirle al capitán del transatlántico que frene frente a la Estatua de la Libertad para sacarle una foto. Esas son las que de un hotel se llevan de recuerdo hasta el agua de los retretes. Pero en realidad todas se vuelven con algo nuevo encima, especialmente aquellas que en estos días se olvidan de tomar la pastillita anticonceptiva.

En síntesis, por algo Colón no llevaba mujeres en las carabelas. Lástima que nosotros no supimos imitarlo.

 
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