Poemas, relatos y pensamientos
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Autor: Luis Buero
Fecha de publicación: 21 Junio, 2005

Categoría: Artículos de opinión
 

Celos masculinos ¿Qué tememos perder?

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Celos, envidia, voracidad,  cóctel de emociones negativas, son afectos constitutivos de nuestra psiquis, o sea que no tenemos que esperar a casarnos con Angelina Jolie para sentirlos.

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En realidad, se nos hicieron evidentes apenas la partera nos palmeó el trasero.  ¿Por qué? Primero porque, según dicen los que saben, el julepe que nos pegamos cuando nos sacan de la confortable panza de mamá, es tan grande, que se nos marcan dos huellas eternas en el bocho: <em>“miedo a la pérdida (de lo amado, de la seguridad obtenida, etc.) y miedo al ataque del otro (real o imaginario)”</em>

Pero lo más denso viene después, ya que al nacer creemos que esa señora ( la que nos sostiene vivos gracias a su amor y leche tibia), y nosotros, <em>somos Uno solo</em>, que ambos formamos parte de la “nave madre”.  Vana ilusión, que dura que el infortunado  galancito sale de excursión gateando por el living una noche y descubre que hay un intruso, llamado<em> hermano</em>, que está mamando de la misma teta, y que, para peor,  de pronto aparece un señor grandote que  le pregunta sonriente  a su única proveedora de vida: <em>“negra, ¿vamos pa’ la pieza?”</em>.

De cómo empecemos a elaborar estas primeras y terribles pérdidas (no de afectos, si de fantasías) resultarán nuestros vínculos futuros.

En las reuniones de amigos, cuando se toca el tema de los celos, pareciera que las únicas celosas son las mujeres, siempre angustiadas inspectoras de bolsillos, agendas y teléfonos celulares, atravesadas por la desesperada obsesión de controlarlo todo en la vida de sus “bombones”. Muchas afirman que empezaron a ser así después de sufrir un engaño inesperado (de esta u otra pareja anterior) o desde que el papá abandonó a su mamá por otra mujer y no llamó nunca más.

Los tipos, en cambio, se sienten incómodos por los cambios conductuales de la mujer moderna, la que trabaja, estudia, practica deportes, asegura tener amigos varones,  baila y viaja sola, sin su macho fijo. De pronto algunos se angustian porque ella quiere hacer un curso de actuación teatral, como si el presunto ladrón de su novia sólo pudiera hallarse en ciertos lados. ¿Por qué su movedizo profesor de salsa tiene que ser sí o sí el que nos hará  “cornudos”,y no, en cambio, el puntual sodero, o un simple francés con libros con el que se choque en la calle, como ocurre en el film Infidelidad? Hombres hay millones, la única que decide es ella.

¿Solución?  Un varón debería preguntarse todos los días al contemplar a la mujer que quiere: <em>“¿ puedo vivir sin ella?”, “¿soy capaz de continuar mi existencia si me deja?”</em>. Mientras la respuesta sincera sea sí, la convivencia  será una comedia, y  no una tragedia, y él le dará a ella libertad para que se inserte en la sociedad de manera creativa y evolutiva, y también él  tendrá fuerza interior para decirle <em>“adiós, querida”</em>, en cuanto ella tenga una actitud confusa, equivoca o histérica con otro tipo, sea por lo que fuere.

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