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POLÉMICA ENTRE PERIODISTAS

 
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salto63



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MensajePublicado: Mar Dic 25, 2007 9:03 pm    Título del mensaje: POLÉMICA ENTRE PERIODISTAS Responder citando

CERDAN DECLARA QUE UN CAPITULO DEL LIBRO SOBRE GARZON DEBE SER QUEMADO.

DIAZ HERRERA REPLICA: «¿POR QUE NO QUEMA INTERVIÚ Y NOS LIBERAS DE ESA BASURA, «AMIGO» NERON?

«ESTAS EN EL SITIO JUSTO Y EN EL CARGO OPORTUNO PARA HACERLO Y LIBERARNOS DE ESA INIQUIDAD», LE SUGIERE.




El director de Interviu, el periodista Manuel Cerdán, publicó la semana pasada el siguiente y polémico artículo bajo el título Biblioteca Farenheit 451 en el que declara partidario, cual Torquemada, de incinerar algunos libros (entre ellos un capítulo sobre los GAL de la obra Garzón juez y parte) porque─ dice textualmente─ «algunas ediciones literarias si justifican una buena pira». En un durísimo ─casi terrorífico─ artículo, que el Grupo Zeta se ha negado a reproducir, el autor de la obra, el periodista José Díaz Herrera tacha a Cerdán de Torquemada y de Nerón y le invita a quemar la publicación que dirige, «la revista que más querellas ha acumulado en toda la transición democrática». «¿Se imagina el aquelarre de miles de damnificados de Interviu bailando regocijados sobre las pavesas?. ¿O no, «amigo» Nerón?». He aquí los dos artículos. Esta es la réplica de José Díaz Herrera:

HAGA «JUSTICIA UNIVERSAL»: QUEME ESA BASURA DE REVISTA, SR. CERDÁN

Con un lenguaje duro y contundente, el escritor y periodista José Díaz Herrera responde a su «amigo» Nerón. Este es el texto completo:

Allá, en los albores de la Transición Política española, salí a la calle a manifestarme y suscribí algún documento para que el Gobierno pusiera fin a las piras incesantes que los enemigos de la libertad hacían con la revista Interviu. Lo hice a raíz de la publicación de una serie de artículos de Xavier Vinader de los que, según el parecer de la Justicia, se derivaron varios asesinatos, cometidos por ETA, dispuesta a eliminar a tiro limpio como si de una moderna Inquisición se tratara a los supuestos elementos de extrema derecha que había en el País Vasco.

Ya se que mi actitud, puramente testimonial como la de otros muchos colegas, sirvió de poco. Según se decía por entonces, un ejecutivo impidió la quema de esa novísima «Biblioteca de Alejandría» que es el Grupo Zeta por otro método más práctico y no se si moralmente más reprobable también: le entregó presuntamente 200 millones de pesetas al GAL Jean Pierre Cherid por medio de un ex ministro de la UCD, aparentemente para las viudas de las víctimas. Sea como fuere, a partir de entonces, las hogueras de kioscos que vendían la controvertida revista cesaron como por ensalmo.

Por eso me ha llenado de estupor que la semana pasada, otro individuo de Interviu cometa la desfachatez de autodenominarse amigo mío (¿cúando ha estado en mi casa o yo en la suya?, ¿cuántas veces hemos comido juntos?, ¿cuántas hemos salido de copas?, ¿en cuantas ocasiones hemos hablado por teléfono en el último año?) y de tacharme de «gran periodista», para luego convertido en el inquisidor mayor del reino mandar a la hoguera mi último libro Garzón juez o parte «por resbaladizo». Lo más indignante es que este nuevo Torquemada, utilice el disfraz del inspector Cavalho, un personaje de ficción con cara de pato Donald, para cometer su felonía sin atreverse a dar la cara. ¡Manda cojones, Sr. Cerdán!.

La piromanía de algunos miembros del Grupo Zeta no debió haberme cogido por sorpresa. Años antes, cuando trabajaba en la revista Tiempo, un impresor advenedizo en el mundo del periodismo, Antonio Asensio, intentó ya hacer trizas otro libro mío El dinero del poder (escrito en colaboración), porque no me avenía a levantar un capítulo sobre Javier de la Rosa que quería hacer una inversión de 1500 millones en una sociedad suya. Meses antes, mientras se presentaba en la Bolsa de Madrid el periódico económico La Gaceta de los Negocios ejerciendo su legítimo derecho a decidir qué cosas se publicaban y cuáles no, ordenó levantar la portada sobre el caso Juan Guerra (cuando nadie había hablado del asunto), porque interfería en sus «conversaciones» con la ex ministra Rosa Conde para que le concedieran un canal de televisión que luego le negaron.

Otros periodistas, como Jesús Rivasés, que se jugaban probablemente más que yo, tuvieron que entregar sus originales al tal Asensio, ya fallecido, [tengo copia de ellos y nadie podrá desmentirme] y su trabajo sobre Mariano Rubio, Los Albertos y otros, fruto de muchos meses de sacrificio, nunca vio la luz. La afición del Grupo Zeta a hacer astillas con el trabajo ajeno y convertirlo en fogatas con las que inyectar combustible a sus empresas, por lo tanto, no es cosa que haya inventado el Sr. Cerdán quien no duda en proclamar que «algunas ediciones literarias si justifican una buena pira».

Y lo dice como si fuera lo más natural del mundo utilizando como atalaya privilegiada su columna de director de la revista de las tres «S» (sexo, sangre y sucesos), la publicación que se encarga de inundar de basura los kioscos de España todas las semanas, el magazine que acumula el mayor número de demandas, querellas y sanciones por atentados al honor y a la dignidad de las personas en toda la transición política. ¡Manda cojones Sr. Cerdán, quien le ha visto y quien le ve!.

El susodicho individuo travestido en émulo de Torquemada, que se intitula director de Interviú ─ese modelo de periodismo serio y riguroso, «asignatura» básica de todas las facultades de Ciencias de la Información, como todo el mundo sabe─, se agarra a un endeble argumento para convertir mi obra en pasto de las llamas: en el asunto de los GAL él declaró ante el juez Castro Meije (primer instructor del caso) y «puede asegurar que la intención del juez gallego era la de cumplir, sin más, el trámite judicial». Casualmente, por las mismas fechas, el autor del libro también fue citado a su despacho. Y miren ustedes por donde, lamentándolo mucho, carezco de las dotes adivinatorias de otros colegas para sostener esa opinión que equivale casi tanto como a atribuir una cierta actitud prevaricadora al instructor.

Entiendo que al Sr. Cerdán autor del libro El Origen de los GAL, se sienta molesto, incómodo o lo que sea con mi obra que, por cierto, se parece a la suya afortunadamente como un huevo a una castaña. El retrata a un Garzón triunfador, que representa la quintaesencia de la judicatura, solo ante el peligro, víctima de las más maquiavélicas persecuciones (el falso ídolo de aquellos momentos), y yo centro el foco en un individuo que probablemente es capaz de pasarse el Derecho por el forro de sus entretelas con tal de estar permanentemente en el candelero. Son dos formas distintas y complementarias tal vez de ver las cosas y yo no tengo por qué aceptar que su libro sea la Biblia ni él debería desacreditar el mío, sin aportar argumentos, cosa que ha hecho.

Por eso tengo que desmentir con toda rotundidad como autor de Garzón juez o parte que haya dicho, como me atribuye el Sr. Cerdán, que «Castro Meije fuera el único en investigar los GAL», ni haya tratado de quitarle a Baltasar Garzón (al que dedico tres capítulos) el «mérito» de haber dedicado parte de su vida a perseguir el terrorismo de Estado, con muy escaso éxito en cuanto a la localización de los autores materiales (recuerde que sólo esclareció los ametrallamientos de los bares Consolación y Batzoki y el secuestro de Segundo Marey), dando un salto para dedicarse a la «caza» de González al tiempo que la mayor parte de los asesinos siguen sueltos.

Y es que, como autor, no tengo porque amparar, encubrir o justificar, como han hecho otros, a un personaje cercano a lo grotesco (que se definió como un nuevo Quijote en la Universidad de Santiago de Chile hace poco), acusado en varios libros y publicaciones no desmentidas de crear pruebas falsas, abusar de la prisión preventiva para arrancar declaraciones, amenazar a las mujeres de Amedo y Domínguez con meterlas a la cárcel si sus maridos no delataban a la cúpula de los GAL, y una larga catarata de «irregularidades» que no cabrían en un número de una revista.

De todas maneras, tampoco puedo afirmar que la actitud del director de Interviu sea la de ocultar a la opinión pública los supuestos impúdicos manejos de un juez, que repugnan a cualquier conciencia, máxime cuando quien presuntamente los practicó ha pretendido ser nominado Premio Nobel de la Paz o se declara defensor de la Justicia Universal. Por el contrario, presumo que mi «amigo» es contrario al «todo vale» o a que determinados jueces, políticos o periodistas tengan «patente de corso» permanente para obrar al margen de la Ley por muy importantes beneficios que hayan rendido a la comunidad.

Los fines, por muy nobles que sean, no justifican los medios. El que piense así está contribuyendo a crear una sociedad de monstruos, de individuos que acaban colocándose por encima de las leyes, tomando prestados sumarios que no le pertenecen, pactando con una de las partes de un proceso judicial para encarcelar a los adversarios [véase lo que el mismo cuenta sobre el caso Pinochet] de éstos o llamando a declarar a Isabel Martínez de Perón, responsable con otros, al menos por su labor «in vigilando» de los mil muertos de la Tripe A argentina para dejarla en libertad sin cargos con tal de que acusara a los responsables de la dictadura militar que le sucedió en el poder por muy genocidas que fueran sus miembros. Estoy seguro de que el director de Interviu coincidirá conmigo en que si hay un juez en España que haya cometido esas barbaridades no debe estar en la carrera. De la misma manera que un magistrado que cobra durante un año conferencias en Nueva York del Banco de Santander (sea directamente o por medio de la Cátedra Rey Juan Carlos I de la Universidad de Nueva York, me da lo mismo) debería haberse abstenido a su vuelta de archivar una querella a los directivos de esta entidad financiera. Aunque sólo fuera para guardar las apariencias más elementales.

Por último, permítame que me mueva a risa la alusión que hace a su admirado periodista (ya fallecido) Manuel Vázquez Montalbán, al que pone como paradigma de profesional serio y riguroso, cuyo personaje de ficción encendía su chimenea con los libros que más odiaba. Si este pirómano y presunto escritor hubiera tenido un poco de decencia debía haber comenzado la pira de la chimenea de su vivienda de Vallvidrera con su libro El Caso Galíndez, en el que el espía vasco aparecía como un tenaz luchador antifranquista y defensor de las libertades. Esta obra no sólo es un plagio descarado de otro libro, el del periodista cubano Juan de Dios Unanue, asesinado por los narcotraficantes en Manhattan meses después de que se entrevistara con el escritor catalán, sino un monumento a la manipulación periodística (y la viuda de Unanue sigue viva en Puerto Rico para atestiguarlo). Así, el FBI certifica (los documentos oficiales son públicos) que el agente Rojas también conocido como ND-507 [Jesús Galíndez], es un infiltrado de John Edgar Hoover y uno de los principales espías, cuyos informes serían utilizados por el macarthismo para perseguir a los exiliados españoles (el caso del coronel del Ejército republicano español, delegado de la II República en la ONU, Gustavo Durán, entre otros); a miembros de la brigada Abraham Lincoln; a disidentes portorriqueños, cubanos o panameños. Pues bien, pese a estos informes Vázquez Montabán, descubre un luchador por las libertades. Tan luchador que, según cuenta el propio teniente Galíndez en uno de sus libros, llegó a mandar pelotones de ejecución en Madrid durante la guerra civil. Y que solía darles el tiro de gracia a sus víctimas antes de que se colocaran ante el paredón por «caridad cristiana». No hay que olvidar que Galíndez era un «meapilas» del PNV.

Sr. Director de Interviu: usted es muy dueño de mandar «el capítulo de los GAL de mi libro (que, por cierto, no es uno sino que son tres) a lo que denomina la «biblioteca Farenheit 451 del detective Cavalho [quien lo] habría utilizado como combustible». Usted puede afirmar, como lo hace, que «algunas obras literarias si justifican una buena pira». Me pregunto: ¿cómo siendo tan perspicaz, no se ha dado cuenta de que casualmente se encuentra usted exactamente en el lugar adecuado y en el momento oportuno para ejercitar sus dotes de Inquisidor del siglo XXI?. El general Tirso de Olazábal, en la III guerra Carlista, antes de tomar por las armas la villa de Irún, en un gesto que le honró ante sus paisanos pero que puso a toda la familia en contra ordenó disparar el primer cañonazo contra su propia casa. Como yo no soy quien para impedírselo, si quiere ejercer de pirómano, ahí tiene usted un ejemplo a imitar. ¿Se imagina el aquelarre de miles de damnificados de Interviu bailando regocijados sobre las pavesas?. ¿O no, «amigo» Nerón?.- José Díaz Herrera»

Fahrenheit 451

Para situar al lector en su contexto, a continuación reproducimos el artículo de Cerdán, conocido en la profesión por «carapato». Dice lo siguiente:

Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel se quema, pero también el título de una novela que publicó Ray Bradbury en 1953. En su argumento presenta un estado utópico en el que sus dirigentes ordenan la destrucción masiva de libros porque, según sus principios doctrinarios, la lectura provoca infelicidad. Siguiendo esa teoría totalitaria los hombres llegan a ser diferentes por culpa de sus conocimientos obtenidos por medio de la lectura. Por lo tanto, todos los libros deben ser destruidos y sus propietarios perseguidos por antisociales. Afortunadamente, han transcurrido 54 años desde que Bradbury escribió la novela y la humanidad no ha implantado ese sistema de delirio colectivo porque todos coincidimos en que la lectura nos hace más libres y felices.

Pero algunas ediciones literarias sí justifican una buena pira. Siempre he sido un ávido lector de las novelas del detective Carvalho, personaje creado por Vázquez Montalbán, periodista al que admiraba y envidiaba, que fue compañero en interviú y autor del prólogo de mi libro El origen del GAL. El detective tenía la costumbre de encender la chimenea de su casa de Vallvidrera con sus libros más odiados. Carvalho comienza a prenderlos fuego en la novela Tatuaje. El protagonista incinera la obra España como problema, de Pedro Laín Entralgo. ¿Un título premonitorio?

Estos días nos encontramos ante dos libros polémicos cuyos protagonistas son dos magistrados: el de Elisa Beni sobre su esposo, Javier Gómez Bermúdez (La soledad del juzgador), y el de José Díaz Herrera sobre Garzón (Juez o parte).

No soy partidiario de quemar libros ni de llevar a sus autores a la hoguera como a Juana de Arco, pero el detective Carvalho habría utilizado como combustible ambas obras. La primera por inoportuna, y la segunda por resbaladiza. Y me duele porque Díaz Herrera es amigo.

Sobre el libro de Elisa Beni, del que se ha escrito ríos de tinta, sólo comentaré dos cosas: es incompatible con el cargo de su autora en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid y frívolo por el tiempo transcurrido desde la sentencia. Sobre todo, porque queda pendiente el recurso en el Supremo. Sólo faltaría que la autora hubiese cometido el desliz de ingresar el talón del anticipo de la editorial en una cuenta bancaria compartida con su marido. Algo muy corriente entre las parejas.

El detective ‘Carvalho’ también echaría a la chimenea el capítulo sobre los GAL que Díaz Herrera le dedica a Garzón, a quien califica de “juez o parte”. La mejor vara de medir la credibilidad de un libro es si lo que se escribe sobre alguien, que lo ha vivido personalmente, es verdad. Insisto: es verdad, no veraz. La mejor prueba del algodón es la que ha vivido uno mismo. Díaz Herrera es un gran periodista, pero en la trastienda de los GAL resbala vertigiosamente. Presenta a Castro Meije como el “único magistrado español que se interesó en aquellos años duros en investigar el crimen de Estado” y eso no es cierto. El magistrado de la Audiencia Nacional tendrá otros aciertos en su carrera judicial pero ese de los GAL no se lo puede apuntar. Yo declaré entonces ante Castro Meije por un artículo publicado con Antonio Rubio en interviú y puedo asegurar que la intención del juez gallego era la de cumplir, sin más, el trámite judicial. Tras la llegada de Garzón a la Audiencia Nacional en enero de 1988 también nos tomó declaración, y aquello ya apuntaba a que el nuevo juez sí iba a profundizar en las entrañas de la guerra sucia y a poner el Estado patas arriba. Garzón fue quien revitalizó las investigaciones sobre los GAL, conjuntamente con el juez Bueren y el fiscal Gordillo. A cada uno los suyo.

Díaz Herrera afirmaba el otro día en una entrevista radiofónica que su obra debería convertirse en “libro de texto en la escuela judicial”. Allá cada uno con sus pretensiones, pero el capítulo sobre los GAL, no. Su sitio es la biblioteca Farenheit 451 del detective Carvalho. (www.interviu.es/default.asp?idpublicacio_PK=39&idnoticia_PK=46873&idseccio_PK=558 - 45k)
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