Penderwidd
Registrado: 06 Ago 2004 Mensajes: 32 Ubicación: Zaragoza
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Publicado: Mar Oct 26, 2004 8:44 pm Título del mensaje: Las Perseidas |
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Relato de : Ricardo Sanz
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[u]Cáp.1 Artículo de prensa [/u] [/b] [/color]
[size=18]The federal [/size] [size=9] 6 de agosto de 2004 [/size]
[color=darkred]La observación de las "Lágrimas de San Lorenzo" el próximo día 11 no se verá dificultada por la luna, según los astrónomos
Los meteoros podrán seguirse a simple vista, siempre y cuando el horizonte esté despejado y no existan luces brillantes en las cercanías
Si bien la "lluvia" de meteoros se aprecia con cierta dificultad desde días antes, la cita importante con ese fenómeno será la noche del 11 de agosto. Según los astrónomos, ese día la luna no dificultará la observación a simple vista de la "lluvia" de estrellas de las Perseidas, conocidas popularmente como "Lágrimas de San Lorenzo".
Además, el visionado ese día será mejor gracias al posible aumento de meteoritos -hasta doscientos-, causado por un nuevo filamento de polvo cometario que cruza recientemente la órbita terrestre. Según Mathew Brooke, del Centro Kennedy de Vuelos Espaciales de la NASA, este filamento es relativamente joven, ya que se desprendió del cometa durante el año 1862, cuando este objeto celeste fue descubierto por los astrónomos Lewis Stanford y Jimmy Howard.
El Sistema Solar, como el Universo en general, contiene gran cantidad de polvo formando nubes en su mayor parte. Las partículas que componen este polvo presentan diferentes tamaños, aunque la gran mayoría miden alrededor de una millonésima de metro. Así, en el momento en que una de estas partículas entra a gran velocidad en la atmósfera de la Tierra, origina un trazo brillante en el cielo que se denomina "estrella fugaz", pero que los astrónomos llaman meteoros.
La mayoría de estas aglomeraciones de polvo están asociadas a restos de materia que los cometas van dejando sobre sus órbitas en sus sucesivos recorridos alrededor del Sol. En el caso de las Perseidas, la órbita atravesada es la del cometa Stanford- Howard .
El periodo de este cometa (tiempo que tarda en dar una vuelta alrededor del Sol) es de 135 años y su última aparición se produjo el 11 de diciembre de 1992. Ese año -según recuerda el Instituto de Astrofísica de Canarias- se observaron más de 400 meteoros por hora. Esta cifra fue cinco veces la cantidad habitual. Desde entonces, la actividad ha disminuido casi hasta su nivel normal de unos 60 a 80 meteoros por hora, aunque este año pueden llegar a registrarse hasta 200, según un estudio científico publicado a finales de los años noventa por E. Donaldson y T.Jakowicz.
La popularidad de las Perseidas es debida en parte a su gran actividad, más intensa que la mayoría de las lluvias, y también a que se produce durante el mes de agosto, en que, lejos de las luces de las grandes ciudades, se puede disfrutar más del cielo nocturno.
Este año, la "lluvia" de estrellas de las Perseidas será más intensa a las once menos diez de la noche del 11 de agosto, aunque será posible verla hasta el 18 de agosto. Para quienes quieran disfrutar de este espectáculo, los expertos aconsejan la observación a simple vista, sin telescopio ni anteojos de ningún tipo.
Cualquier punto de observación (playa, terraza, campo, etc.) es bueno, siempre que ofrezca un horizonte despejado hacia el sur y hacia el este y no tenga luces brillantes en las proximidades del lugar elegido.[/color]
[color=orange][b][u] Eran tres[/u][/b][/color]
Avanzaba de noche por la carretera, eran tres. Uno cojeaba y su pernera derecha estaba teñida de un rojo brillante. Le detuvieron, le taparon la cara, no supo donde le llevaban. Tan solo recuerda el ruido de su coche al circular por un camino. Sacaron del coche su cuerpo, le quitaron la venda. Entonces todo fue luz, la luz de unos faros le cegaba. Entonces sintió como le golpeaban. Una y otra vez, sin descanso, se turnaban para negarle un descanso en el que respirar. Otras veces, lo hacían a la vez. Entre sacudida y sacudida, le insultaban.
-Vete a tu pueblo. Ve y cuenta lo que les hacemos a los que son como tu.
No podía pensar, solo sentir cada golpe, esperar que este fuese el último. Sintió una punzada, un dolor agudo. Una costilla tal vez. Luego fue su pierna derecha la que crujió. Mas tarde vinieron las patadas. Ya en el suelo todo le daba igual, solo rogar a su Dios.
-¿Qué creías que te ibas a ir así de rositas?-Le increpaba uno.
-¡Inútil, cómo pudiste hacerlo!-Esas cosas no se hacen.
Le llevaron a rastras, tiraban de el entre dos, de una pierna cada uno. Luego lo abandonaron. La oscuridad se adueño de el, la oscuridad y el dolor. Suplicaba, pedía a la muerte le llevase. No fue ella, fue el sueño.
Soñó con Lucía. Aquel día, el día que la conoció. Era bonita, con los pómulos ligeramente enmarcados por sus ojos negros. Oscuros, profundos, y grandes, muy grandes. Esa boca que parecía decir bésame, y esos dos hoyuelos. Allí junto a las comisuras de sus labios. Soñó con el día que por fin la invitó a una copa. Ella se río al ver que la invitaba pero el no tomaba nada. Se rió entonces pero tiempo después comprendió. Algo tenía ese enorme corazón. Trabajaba todo el día, casi de sol a sol, pero el dinero que ganaba lo enviaba a sus padres. La paga la dividía en dos, con una pagaba los gastos del hospital, con la otra malvivía aquí. Soñó con su pelo negro, suave, largo, con unas graciosas ondas que caían sobre su cara y ella se apartaba con el torso de la mano. Soñó con sus delicados dedos acariciándole la mejilla.
Abrió los ojos, los rasgos de Lucia se desvanecieron. Era el tipo de la pernera. Le estaba examinando la cara. ¿Podría este hombre tener un destello de humanidad, y curarle? Parece ser que no. Después de contemplar los logros obtenidos, soltó la cabeza de Raúl. El golpe fue seco, casi vivificante. Fue como las bofetadas que te dan para salir de un mal sueño. Ahora el sueño era realidad. La muela que ahora tenia suelta en la boca, le hizo darse cuenta de ello.
Tras el, venia uno de los secuaces. Llevaba algo que colgaba del brazo. Algo pesado, metálico. Era una especie de bastón pequeño, al que habían unido una cadena en uno de sus extremos. El de la pernera le sentó en una silla con el pecho contra el respaldo, rodeando este cos sus brazos. Oía las risas y mofas, durante los breves minutos que duró el acomodo en tal postura. Diez minutos bastaron para desear que hubiese tardado más.
El bastón de la cadena, pronto demostró una utilidad, era un látigo. Rustico quizás, pero muy doloroso. El nuevo juguete fue usado a placer durante media hora, tres cuartos, quien sabe.
El otro, el tercero parecía menos agresivo. Era más alto, fuerte, ancho de espaldas, apuesto. Tenía los ojos marrones, y una cicatriz bien disimulada por la perilla, que recorría el cuello, estropeaba un rostro que en otros tiempos sería el sin vivir de muchas adolescentes. Estaba mirándolo desde el quicio de la puerta, apoyado en el marco. Fumaba tranquilamente un cigarrillo .Creía que Raúl permanecía aún desmayado.
Su piel era suave y blanca, muy blanca. Ella rodeaba con sus piernas la cintura de este amigo, amante ahora. Yacen juntos. Comparten lecho La habitación estaba llena de olor a la pasión por los dos derramada. Habían esperado mucho, de este encuentro, y más tiempo aún. El encuentro apresurado, en un gran almacén. Después una carrera hasta la casa de el. Como habían acordado por teléfono.
Una mano que desabrocha una blusa dejando un sujetador negro de encaje. Tres botones que saltan de la camisa. Caen sobre la cama. Ella gime mientras siente como el desliza por sus muslos sus manos hasta alcanzar su sexo. Hicieron el amor. Juntos por fin, se amaron intensamente. Como los dos jóvenes que eran. Después se abrazaron un rato.
Después Lucia se dio la vuelta, mirando la ventana sintiendo los brazos de Raúl a su alrededor.
Era un sueño. No, no lo era. Le quería y por fin era suya. Otra cosa eran los demás. Las cosas no iban a ser fáciles. Como deseaba a esta mujer. Deseaba ser el chico que espera la puerta de una iglesia la llegada de la chica de blanco. En el cielo, un parpadeo. Eran estrellas fugaces. ¿Será cierto que se cumplen los deseos a ellas formulados?
El sol apareció en los ventanales del bacón, o más bien su luz. Las sabanas permanecían húmedas tras la larga noche anterior. Sus cuerpos olían a sudor. Se abrazaron, se besaron, e se amaron una vez más. Después se asearon un poco, y bajaron a la cafetería donde desayunaron. En la puerta un beso en la mejilla, y se separaron. Cada uno en una dirección por la calle. Se oyen pasos, se acercan. Es Lucia:
-.Te quiero –dice mientras abraza a su amor.
Un fuerte estruendo despierta a Julio en el catre. Sale corriendo fuera está Roberto, con el revolver aún caliente.
-.Era hora de terminar- mientras arquea una ceja. La cicatriz pereció cobrar vida durante un segundo.
[b][u] Un sueño[/u][/b]
Cada vez que sentía su abrazo, un agradable calor emergía de su interior. Lo amaba.
Era más delgado que su padre a su edad. En altura superaba a su hermano Nicolás, no podía negarse que Narciso hubiese apadrinado al chico. Pero se había apropiado de su corazón. La dulzura con la que tomaba su mano, la profundidad de su mirada. Por Dios, este chico era capaz de hacerla sentir única en el mundo, sino su centro.
Había sentido temor. Una cosa es una cita con el grupo de amigos, y otra bien distinta es pasear por el parque bien entrada la tarde. A primeros de Agosto. La gente ve, mira, habla, no quería ser el centro de los rumores durante la semana en el mercado. No obstante no pudo negarse, había algo en este chico, algo que impedía que una negativa saliese de sus labios.
Así que salieron juntos, las primeras bromas, burlas más bien sobre su propia apariencia rompieron el hielo. Desde luego no era normal. Un chico del siglo XXI, con un impecable traje de seda italiana. Con una manta de pastor, maltrechamente atada, bajo el brazo. Una larga vara que le sobrepasaba en dos palmos su altura completaba la postal. Tiene un andar desgarbado, observó su madre, que en realidad dijo:
-¡Desde luego hija! ¡Vaya patoso, parece que ande pisando huevos!
Las risas familiares podían oírse en la casa familiar, mientras Paula bajaba al galope las escaleras. Mientras sus mejillas ruborizadas, marcaban aun más su color.
Hablaron de sus amigos, las recientes anécdotas que habían sucedido. La conversación derivo al día que se conocieron. Le miraba embelesada, mientras el hablaba. Parecía no querer perder ni una expresión, un gesto. Cada palabra por vana que fuera, al oírla de su boca se volvía interesante. No parecía importarle el destino de sus pasos, mientras esa voz continuase sonando en sus oídos como una melodía. Ella había dejado ya de hablar.
-¡Cuidado! – Sonó un grito desde algún sitio, mientras el la cogió de un brazo. Un frenazo, y el sonido de un claxon, no tardaron en llegar. Con la mirada extraviada, intentaba encontrarse a si misma. Estaban en un cruce, junto a un semáforo. El la trajo hacia sí, y la abrazó. Se oían gritos pero nada importaba, mientras se abrazaba más aún a el. La gente le recriminaba. El se separó un poco. Miraba sus ojos. Mantenía su mirada mientras la gente les apelaba que dejasen libre el transito de vehículos. La besó. Fue tierno, dulce, casi inocente, sus labios lentamente se habían unido, y seguían así. El mundo no existía.
Despertaron de su mundo, atravesaron la calzada corriendo de la mano. Se volvieron a besar, mientras sus brazos rodeaban sus cuerpos. Estaban cerca del parque.
-¿Y esto? ¿A que vino?
-Lo sabes, no preguntes lo que ya conoces. Tus labios hablaron por ti.
Era cierto, podía haber no respondido a ese beso. Pero no fue así y lo sabía.
Llegaron al parque. Hablaron de los sentimientos revelados. Recorrieron cada uno de los paseos. Rodearon las fuentes. El decía haberlo sabido desde el primer momento, desde que los presentaron. Paula no sabía que decir, que pensar. Perdida en algún lugar de sus pensamientos se dio cuenta. Aún no había soltado la mano de Juan. ¡Debían haber transcurrido dos horas al menos! Parecía haber sido hace cinco minutos cuando le besó, cuando se besaron.
Juan extendió la manta sobre el césped, se sentó, mientras la invitaba a acompañarle. Había caído la noche, era tentador. No debía hacerlo, decía una voz en su interior. Era una chica educada en un pueblo, sabia de las complicaciones que esto podía significar.
Aunque después del lío montado junto al semáforo…Además estaba oscuro, sería difícil que alguna mirada se fijase en ellos.
Se tumbó junto a el. Con la cabeza apoyada sobre su brazo. Era increíble. Indecible en ella. Esta actitud era impropia. Pero era así. Esto era real. Abrazados, sintiendo que algo había empezado, y no podían ponerle freno.
Miraban el cielo, se miraban entre sí. Se besaban, todo era nuevo. El aire se respiraba distinto. Los olores eran más intensos.
Esta vez podía ser diferente, tenía veintisiete años. El debía tener alguno menos, pero eso ahora carecía de importancia. Hasta el cielo era diferente, las estrellan parecían brillar para ellos.
Si, quiero. Quiero ser su esposa, tener una familia. Verla crecer junto a él. Será un buen marido. Envejecer a su lado. Amarle y ser amada.
Una estrella que cruzó el cielo rápidamente, llamó la atención de Paula. Era el once de agosto de 2004.Una fecha que no olvidaría nunca.
-¿Y si, fuese algo más que un sueño?-Se preguntaba una y otra vez.- ¿Quién es Juan? – Ambas preguntas se alternaban una, y otra vez en su mente. El café se estaba quedando frío, llegaría tarde al trabajo.
-¡Reacciona tonta!
Se dijo así misma, mientras se ponía en pie. Cogió el bolso, las llaves, y salió de casa. Llegó tarde al trabajo, aunque nadie le dijo nada. Ventajas de ser la jefa, se dijo a si misma. Tenía mensajes en el contestador, pulsó el botón de reproducir.
-.Beep.-Hoy es siete de Julio, festividad de San Fermín, tiene siete mensajes nuevos.
Abrió el periódico y lo desplegó sobre la mesa del despacho. Los mensajes del contestador sonaban sin que nadie les prestase atención.
-¡Hola Paula! ¿Soy Rosa quedamos esta noche para cenar? Vendrá Maria, y Juan un abogado, amigo de Luis. Acaba de llegar al pueblo, y quiere abrir un bufete aquí...
[u][b] Pascual y Maria José[/b][/u]
Algo le ha interrumpido el sueño. Es verano, aunque las noches en la sierra son frías. La manta, legado de su tío junto con el cayado y dos docenas de ovejas, tiene su utilidad. Pero no es el frío lo que le aparta del sueño. La noche esta bien entrada, y es tranquila. Se oyen el canto de los grillos, y la brisa al pasar entre las ramas de los árboles. Las ovejas duermen.
Desde hace ya varios años, recorre el monte con ellas. Las conoce a cada una por su nombre. No ya sólo a las que su tío le dejó, a las otras doscientos cincuenta y tres también. Entre ellas y el se entienden, como se puede entender el perro y el cazador. Nunca pensó de niño en ser pastor. Ni siquiera de joven.
Pascual ha crecido con sus tíos. Más bien con su tía, pues su tío siempre estaba fuera de casa, en la sierra, decía tía Maria. Su madre murió al nacer el. Cosa bastante frecuente en los pueblos. Unas veces por la tardanza de los médicos, otras por las aficiones de estos en largas noches solitarias. Es por ello que cuando padre enfermó, esté no quiso llamar al médico. Una semana más tarde hubo que avisar al cura, y sus tíos se hicieron cargo del muchacho.
La llovizna caída en la tarde, ya ha pasado. Dejando tan sólo como recuerdo, el frescor que debería facilitarle el sueño. El embriagador aroma de la tierra mojada siempre le hace sentir que forma parte de todo esto. Conoce ya la sierra, cada colina, cada arroyo, cada repecho.
Para su oído, ya acostumbrado, no hay nada fuera de lo normal. Se envuelve de nuevo en la manta, y se recuesta en su cubil. Se mueve cuidando no desenrollarse de la manta. En el monte, cuando hace frío, la manta no se la echa uno encima. Se le enrolla entorno a su cuerpo, para así minimizar las perdidas de calor. En la penumbra de la noche, puede oír las hojas de la encina moverse. Puede ver su silueta, moviéndose al compás del viento entre las ramas. Las sombras se mueven recreando formas en la oscuridad. Una sonrisa aparece en su cara. Maria José, era la ilusión de sus días, y también es el motivo que le entristece cada vez que sale de casa.
Siempre deseó poder dar a sus hijos lo que el no recibió. Y ahora era eso precisamente lo que no tenía. Estaba bien, Maria estaba ya acostumbrada a las largas ausencias. Y había aprendido a intentar suplir la presencia de su padre. Por la mañana acudía con los demás chavales del pueblo a la escuela. Allí Don Cosme le enseñaría las letras. Su niña tenía que ser alguien, y para eso es importante saber leer y escribir. Y los números, eso también es importante. Si no los sabes corres el riesgo de sufrir engaños, abusos de aquellos con los que hay que negociar.
Él, aprendió las letras en la Biblia con Don Manuel, el señor cura durante la catequesis, y él se haría cargo de Juan. En cambio lo que no aprendió fue escribir. Eso de escribir era cosa del maestro, del señor cura, del alcalde, y del boticario que también hacia las veces de médico, o al menos eso decía tía Maria. Para que le podía ser útil a un pastor eso de escribir. El sabría cuando iba a llover, cuando vendrían los fríos del invierno. Sabría como refugiarse en el monte, y como ahuyentar al lobo. Sabría cuando sus ovejas estaban enfermas, y sabría ayudarlas a parir. Y para todo eso no era necesario escribir, ni leer tampoco.
Esa estrella brillante junto a aquella, las dos que están sobre la osa mayor. Llaman su atención, brillan más hoy que otros días, o será su imaginación. Será eso, pero le recuerdan los ojos de su Maria José. Pequeños, y escondidos tras los parpados. Nunca supo si por timidez, por que la luz le era molesta, o que se yo que cosa. Pero eso si, brillantes, muy brillantes, parecían tener siempre una lagrima a punto para rodar por la mejilla. Verdes, como la hierba que crece en los alrededores del manantial del Sas. Por que así era Maria José, lozana, fresca, revitalizante. Inundaba de alegría las calles a su paso. Arrancaba una sonrisa incluso a la tía Genoveva, siempre huraña y renegona.
Al principio sus encuentros, fueron si no miradas, todas furtivas. Por la tarde en la misa de Don Manuel, y en la mañana se encontraban en la calle cuando Maria José y su madre acudían a la fuente con sus tinajas. Doña Inés que de tonta, no tenía ni un pelo, se percató rápidamente de los “casuales” encuentros. Y raudamente, informó a su marido de lo que ocurría, y del futuro que cernía a su hija de no hacer nada al respecto.
Por aquél entonces solo contaba con el mísero rebaño que su tío le había legado. Y esto fue lo que le echó en cara el padre de su amada cuando sus encuentros ya no pasaban tan desapercibidos. Por ello dedicó todos sus esfuerzos a su trabajo de pastor, así en dos años su mísero rebaño ya no era tan mísero, y si uno de los rebaños de importancia en la comarca y el que mejores cabezas tenia.
Tras el verano siguiente, su padre tuvo que acceder a los encuentros de los jóvenes, y ya se les vio bailar juntos para la festividad de la Virgen. La boda ya se encargaron los mayores de organizarla para la primavera. La pareja aun con el consentimiento paterno, huía de las gentes. Más que nada para evitar las habladurías, y también para perderse en sus paseos. Y de los andurriales de la sierra, Pascual sabía más que nadie en el pueblo. Y en aquellas correrías se conocieron el uno al otro. En aquellas correrías tuvieron tiempo de mirarse a los ojos hasta verse los corazones, se dieron los primeros besos en sus vidas, y se enamoraron aún más. Se entregaron sus cuerpos, descubrieron como era el del otro.
Si, se amaron. No pudieron evitarlo, no se trató de realizar algo prohibido. Tan sólo fue que su amor pudo más que las normas, y las costumbres. Ambos abandonaron la timidez y el recato en aquella sombra. En la pradera bajo el viejo abedul, un beso, una caricia, el calor de las tardes del mes. Pascual desabrochó los botones de la blusa de Maria, por vez primera la luz del sol descubría este cuerpo. La ropa iba cayendo al suelo, o era tirada sin importar que fuese de ella. Pascual tardó en encontrar la manera de quitar el sujetador, simplemente se rompió. Con la boca entreabierta por lo que veía. Unos pechos de mujer. Blancos, generosos, Maria sintió algo más que cosquillas sobre su piel, cuando el los acarició, y los cogió delicadeza, con curiosidad. Un calor, un sofoco surgía dentro de ella. Un temblor que no era de miedo se adueño de ella. El, con sus manos recorría el cuerpo de ella, mientras sentía como a su vez ella besaba sus hombros. Poco tardaron en yacer, con sus cuerpos desnudos al sol. Sintieron como el sol calentaba su piel, y también como brotaba de sus cuerpos otro calor. Sus dedos exploraron cada centímetro de su piel, sus lenguas lo saborearon. Descubrieron el sexo del otro, con curiosidad, y también con miedo. Después, abrazados, extasiados ante el placer descubierto, vieron como el cielo cambiaba de colores. Era el atardecer del día, era el amanecer de un nuevo camino.
Cayó la noche y juntos contaron las estrellas. Se contaban la historia de cada agrupación. Cuando se les acabaron las conocidas, las inventaron. Maria Jose, vio una estrella fugaz, y le dijo a Pascual fíjate. La próxima vez que veas una piensa en un deseo, pero nunca lo reveles, o no se cumplirá. Instantes después ambos vieron una, y ambos pensaron un deseo. Un deseo que solo Dios, supo era el mismo.
Un año más tarde, Pascual. Era un hombre casado, también padre, y también viudo.
Ahora contempla el cielo de nuevo, los recuerdos han llenado sus mejillas de lagrimas. Entre las que no ve una sino decenas de estrellas fugaces. Y como hace ya muchos años, piensa en un deseo, y se lo formula a cada una de ellas.
Estar con Maria Jose de nuevo.[color=orange][/color] |
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