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pinar
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Publicado: Dom May 02, 2010 4:42 pm Título del mensaje: EL SEÑOR GERENTE |
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La Cooperativa fue fundada en mil novecientos veintinueve; solo que el enorme letrero luminoso a gas de neón azul, se instaló por los sesenta; cuando se llevó a cabo la ampliación actual. La leyenda indicaba:“Cooperativa Primeros Colonos Ltda.”, hacia de orientador, una especie de faro, para quien llegara al oscurecer a la zona, velaba los extensos viñedos. Hasta la media noche, en que se apagaba automáticamente. Se trataba de una empresa exitosa, su actividad, bodega de vino. La necesidad de agrandar se debió a la incorporación de terrenos a los que les faltaba el laboreo y las cepas, que comenzaron a producir en una época posterior.
La temporada anterior había superado los quince millones de litros anuales, lo elaboraban y vendían todo envasado, como vino común, “Los Colonos”, que esta era la marca de los blancos y tintos, se destacaban en el mercado de cuatro provincias; se vendían en tres envases distintos, damajuanas de cinco y diez litros y en botellas de novecientos cincuenta centímetros cúbicos, las llamadas de litro.
La modificación implicó la modernización de las oficinas. Paralelamente se había jubilado el gerente. Para cubrir ese cargo publicaron un aviso por tres días en el diario zonal; se presentaron varios aspirantes con pretensiones, entre ellos, José Cabañas Santander que casualmente era sobrino de un socio fundador, don Isidro Cabañas.
José Cabañas Santander, era español, llegó al país con los inmigrantes de las década de mil novecientos cincuenta. Poseía sólidos conocimientos en administración y contables, que no tuvo problemas en adaptarlos a las leyes del país. Analizadas las oposiciones se impuso la suya con holgura, ello unido al parentesco y garantía de don Isidro.
El nuevo gerente apenas superaba los cuarenta y tres años, un hombre muy bien parecido, de raza blanca, su ondeado cabello ya mostraba canas de ambos de lados de la bien formada cabeza. De estatura elevada y permanente bien vestido, era imposible que pasara inadvertido.
Llamaba la atención a las malas lenguas, el aspecto poco agraciado de su esposa. De escasa estatura, de tez acentuadamente morena, llevaba los cabellos negros de un modo indefinido, de cara casi redonda, con una nariz carnosa, debajo de la cual la boca adquiría cierto aspecto depresivo por la comisura de sus labios inclinadas hacia abajo. Sufría esta señora además una enfermedad en los pies, que con el transcurso del tiempo tendían a torcerse los dedos hacia adentro, provocándole los consiguientes problemas de desplazamiento; trascendió que se trataba de un proceso progresivo.
Habían llegado de España casados, tenían dos hijos, una niña mayor que era el fiel retrato del padre, de cutis blanco, pelo castaño de enormes ojos marrones, de rostro agraciado y que por esa fecha rondaría unos once años y un hermano menor que evidentemente repetía los genes de la madre.
Cabañas Santander conocía el ramo, pues hasta que se hizo cargo de la gerencia trabajaba de administrativo en la localidad vecina Tejares, en otra bodega que era sociedad anónima, administrada por los dueños y sus familias, si bien tenia un sueldo digno, no ostentaba ninguna jerarquía.
Antes de la molienda de mil novecientos sesenta y uno ocupó el cargo. Con relación a los subordinados demostró tener un alto conocimiento del ejercicio del poder, el trabajo era el trabajo, no existían amores ni simpatías de ninguna naturaleza. Aplicaba la jerarquía y el mando con serenidad pero inflexiblemente; ese era el ambiente había que cuidarse. Muy distinto era el trato con los integrantes del Consejo de Administración, allí estaban el Presidente, el Secretario y fundamentalmente el Tesorero; lo mismo ocurría con los socios productores mas destacados, digamos que Cabañas Santander era un político nato.
En una libreta muy personal tenia anotados ordenadamente, los teléfonos y las direcciones de los principales proveedores de insumos, como envases de vidrió, etiquetas en colores para los mismos, capuchones de plástico termocontraibles, corchos etc. por los general eran de la Capital y sus zonas industriales. Con los ejecutivos de todos los proveedores mantenían una fluida relación de trabajo telefónica.
Después de la segunda elaboración anual tomó su primera licencia. Dejó trascender que visitaría a un tío que tenia ubicar en la cordillera.
Con total discreción, al atardecer, tomo el tren de primera clase hasta la Capital, su pasaje incluía camarote, ya que se debía pasar la noche entera viajando, solo concurrió al comedor a cenar. El viaje duró diez días en los que tomó contacto directo con todos los proveedores para conocer a los mismos o sus representantes personalmente.
Al tercer año decir “Los Colonos”, era decir Cabañas Santander; los mismo miembros del Consejo de Administración acudían a él hasta con sus cuestiones personales. Así transcurría la vida laboral del gerente, por otro lado no tenía actividades sociales o deportivas de ninguna naturaleza; lo fines de semana se dedicaba a la jardinería o a la lectura. Alquilaba una vieja y muy bien construida casa que ocupaba un cuarto de manzana; su deporte era la huerta y los jardines originales que atendía él mismo como una terapia, había sábados o domingos que visitaba a unos parientes apellidados Santander que vivían en la ciudad vecina, Colmenares.
Las firmas grandes de cualquier ramo tienen el departamento de relaciones públicas, que prácticamente es una máquina de agasajos, incluidos los sexuales: cuidadosamente Cabañas Santander comenzó a ofrendar la fruta prohibida sin participar directamente.
Viajaba tres o cuatro veces por año a la Capital por razones de trabajo, en cada una se hacia acompañar por un miembro distinto del Consejo de Administración. En la gran ciudad por lo menos una vez las empresas ofrendaban a sus clientes una salida libre de límites acompañado de bellísimas prostitutas que trabajaban para las empresas, incluida una cena en uno de los restaurantes de moda; por supuesto sin ningún costo. Por esa necesidad empresarial, el gerente bahía logrado que todo el Consejo de Administración, con cierto sigilo hiciera un curso de modales sociales que dictaba la señora de un jefe de estación de ferrocarriles, que trabajara en el Congreso de la Nación en el área de protocolo.
De regreso, por la madurez que imponen los años, esas actividades ni se mencionaban. Cuando Cabañas Santander miraba firmar los cheques a don Bruno Scagliola con letra insegura y sus enormes manos desformadas por las manceras de los arados, el gerente ensayaba una leve sonrisa que en el fondo era un sentimiento de ironía y desprecio, don Bruno era el tesorero de la cooperativa y el productor más importante, con una finca de cien hectáreas.
Al quinto año de desempeñarse en la Gerencia ocurrieron dos cosas trascendentes el la vida Cabañas Santander, había comprado la propiedad que alquilaba en el mes de marzo, y en julio falleció su esposa. El acababa de cumplir cuarenta y ocho años, nunca volcó a casarse. Su hija para ese entonces tenía diez y siete años y finalizaba la escuela secundaria como perito mercantil. Por su parte su hermano varón con quince años asistía a la escuela industrial, cursaba tercer año.
Después de este cambio mantuvo siempre su altivez, un tanto más encanecido su cabello; en su empresa, los empleados administrativos observaron ciertos cambios que su arrogancia les hacia percibir, su enorme ego bien disimulado y la superioridad, aun sobre ciertos productores menores.
Como en todas las sociedades hay miembros con diferentes perfiles y propósitos; esta no era la excepción. Había un grupo de dirigentes que en todos los cambios del Consejo de Administración demostraban su interés en participar; dos cosas los favorecían en las asambleas para continuar, el buen precio que la cooperativa pagaba la uva a los productores y la experiencia en la gestión. Se agregaba alguno en casos de fallecimiento, pues se trataba de un conjunto de personas mayores.
El promedio de edad e los socios fundadores, hacia que muchos tuvieran hijos o nietos con estudios universitarios en distintas especialidades, ocupados en sus profesiones en la región, pero sin cortar el cordón umbilical con los viñedos de Andina, que así se llamaba la colonia y el pueblo, ni de la cooperativa.
De las conversaciones de estos jóvenes, surgió la inquietud de estudiar minuciosamente la Memoria y el Balance Anual de la Cooperativa Primeros Colonos Ltda., por un trío especializado en economía, decidieron que esta actividad tenía carácter reservado. Paralelamente y con membrete de una bodega apócrifa, cotizaron los precios de los principales insumos: Envases, corchos, capuchones térmicos y etiquetas; formas de pago, descuentos etc. Hasta este momento, año mil novecientos setenta y tres, el balance iba a parar al lugar de los papeles en la casa de los chacareros, ya que no lo entendían.
Como resultado de esta operatoria contable se llegó a la clara conclusión, que alguien en la cooperativa estuvo, en los doce últimos años, usufructuando de jugosos reintegros dolosos de los pagos, en los abultados precios de los materiales estudiados. Internamente todos los socios estaban al tanto de lo que ocurría, del estado de las cosas y del grado de responsabilidad de cada uno. Estaban en presencia de un solo demonio que tuvo la habilidad de enmarañar a todos los miembros del Consejo de Administración en sus manejos. Estos tenían conciencia de sus errores, sus pecados y su ignorancia, así como los demás socios. Por otro lado el abogado consultado que analizó el caso, extendió la responsabilidad al Consejo de Administración, pues participaban en las decisiones de compra y autorizaban de los pagos, máxime que algunos cargos en el Consejo eran rentados. Por otro lado era imposible demostrar las evidencias, y mucho menos propiciar un escándalo.
Se realizó una Asamblea extraordinaria. Por unanimidad se decidió despedir de su puesto de Gerente al señor José Cabañas Santander, sin abonar el pago de las indemnizaciones que establecen las leyes. El Consejo se limitó a enviarle el telegrama colacionado y a publicar en el diario zonal que José Cabañas Santander había dejado de pertenecer a esa empresa deslindando todas las responsabilidades por esa razón. Era más bien una actitud de rencor que de inteligencia por parte de la Cooperativa.
Inmediatamente el despedido inició el juicio correspondiente. Con todas las artimañas usadas por la demandada, incluidas las apelaciones, a los tres años el despedido cobro una suma muy importante de dinero por los conceptos demandados. De cualquier manera los contables que descubrieron las anormalidades consideraban que ya para ese momento Cabañas Santander era un hombre de fortuna. Obtenida la sentencia condenatoria este publicó en el diario local la siguiente “Solicitada”:
“Me dirijo a la opinión Pública a fin de comunicar que en autos “José Cabañas Santander C/ Coop. Los Primeros Colonos Ltda. S/cobro de indemnización por despido injustificado”. Se ha dictado sentencia condenando a la demandada al pago de las indemnizaciones y costas correspondientes. Queda de esta manera limpio mi buen nombre y honor.
Para ellos mi desprecio.
Atentamente: José Cabañas Santander.”
Después del despido, el ex-gerente viajó a Europa inmediatamente, lo acompañaba su hija para ese entonces de veintisiete años. Al igual que su padre, no tenía amigas ni vida social, a pesar de ser una bella y opulenta mujer, llamada Verónica; disimulaba estas calidades con un vestir clásico y aburrido; se rumoreaba malamente que era una relación incestuosa, que además no es un invento de la mitología. Por su parte los afectos con Rafael, su hijo, siempre fueron dificultosos, había desistido de asistir a la universidad y se había casado sin el consentimiento de su padre con una criolla; además ya tenia un hijo, que llevaría el apellido Cabañas Pilquin; la esposa se llamaba Laura. Después de cuarenta y cinco días regresaron del viaje. Trajeron de Barcelona el proyecto y los planos de una fábrica de diferentes líquidos para limpieza, básicamente detergentes que comercializaban con distintas marcas.
En el emprendimiento trabajaban los tres. Cuando se comenzó la construcción del galpón en el terreno que ocupaba la huerta, se desocupó la casa, Cabañas Santander compró medio piso en uno de los edificios de altos que había en el centro de Colmenares, la ciudad vecina, donde se trasladó con su hija. Rafael por su parte se instaló en la casa paterna junto a lo que sería la fábrica. La solicitada se publico dos años después que la fábrica ya estaba en plena producción. Aproximadamente a cinco cuadras de la fábrica, compraron en un remate judicial un enorme galpón que perteneció a una empresa quebrada; lo pagaron la mitad de su valor, restaurado, allí se almacenaba el stock de los productos.
Verónica estaba a cargo de la administración contable con amplios poderes de representación, en tanto Rafael llevaba eficientemente la producción. En total trabajaban diez y siete empleados, uno de ellos administrativo, de mucha confianza, Rogelio Macias, flaco y de muy buena presencia. Todo lo administrativo pasaba por un sistema informático con operación desde la oficina principal, la planta de producción, la casa y el depósito. Se sabía de inmediato cualquier información acerca del stock o cualquier cosa de interés, no bloqueada en el sistema. Todo funcionaba a la perfección. Toda esta organización hacía de la actividad algo moderno, eficiente y con una alta rentabilidad que solo la conocían los dueños. Por sobre este mundillo sobrevolaba la imagen distante , observadora y soberbia de José Cabañas Santander.
Mil novecientos noventa fue el año de la desventura. El trece de marzo el amo cumpliría setenta y tres años. Dos días antes presa de un paro cardiorrespiratorio falleció Verónica de apenas cuarenta y un años. Esta desdicha fue el inicio de las adversidades futuras. El padre debió ser internado para poder superar el drama, fue imprescindible el apoyo psicológico. Pasó días enteros, encerrado en el departamento de Colmenares, simplemente llorando; le faltaba su brazo derecho…
Pasada la crisis su mente retorno a su amor, al dinero. Trató de ocupar el cargo y las funciones de la finada. A cada instante Rogelio Macias llevando su tacto al extremo, debía señalarle algún error tratando de que pasara como un simple comentario. Su capacidad laboral como trabajador administrativo se había desactualizado, sobraba en la oficina, algo que lo ponía al borde la histeria y le afectaba el sistema circulatorio.
Después de una maratónica conversación con su hijo Rafael, ya que este disponía del tiempo justo para atender la producción, decidieron que ambos con Rogelio Macias firmarían los cheques en conjunto; ya que este llevaba todo el movimiento de los bancos a la perfección.
Con estos ajustes, a dos años de la desaparición de Verónica, a media mañana Rafael sintió una puntada en un testículo; al ir a bañarse para cenar noto que el lugar había aumentado de tamaño tres veces. Inmediatamente fue a la Clínica, el médico que lo atendió lo primero que le dijo era que tenía que ponerse a régimen riguroso inmediatamente pues estaba pesando veinticinco kilos demás; eso era una hernia que comprometía los intestinos, que en esas condiciones no se podía operar inmediatamente. No le dolía; díscolo e irresponsable dejó pasar unos meses. Un día tuvo una crisis, se notaba inflamado y sentía fiebre, habló a la clínica y le recomendaron que no manejara, que inmediatamente le enviaban la ambulancia, en el ínterin le dejó firmada una libreta de cheques a Rogelio Macias.
La junta médica que lo revisó, determinó que había que internarlo de inmediato. Le bajaron la fiebre y cuatro médicos le explicaron que la cosa se complicó seriamente, que lo someterían a cirugía y existía peligro de vida. Que en caso de superar el postoperatorio, por un período de cuatro meses no debía separarse del estricto régimen de comidas que en ese momento le estaba preparando el dietista. Además ni debía pensar en conducir. Previo a su ingreso al quirófano, él y su esposa firmaron una serie de autorizaciones que amparaban a la clínica de cualquier desenlace no deseado.
Su organismo fuerte le ayudó a superar la operación, debía guardar cama. A los doce días le quitaron los puntos. Se sentía bien. Desoyendo las protestas de su esposa, se levantó, abrió el garaje, puso en marcha el auto y le comunicó que daría una vuelta por la planta, era sábado. Saludó a los empleados que estaban preparando un asado como todos los fines de semana; para no discutir, hizo avisar a su esposa por el comunicador directo, que no lo esperara a almorzar, la gula, y la ignorancia del personal de su verdadero estado, iniciaron los acordes de la marcha fúnebre. Morcillas, chorizos de cerdo especiales, carne de vacuno y de cordero poblaban la parrilla y despedían un olor exquisito. Comió de todo, mas pan y ensaladas, con abundante vino
De regreso a su casa se acostó a dormir la siesta, concilió el sueño y al despertarse se quejaba, se quejaba cada vez mas; le contó a su mujer lo que ingirió en la fabrica. Ella llamo a la clínica en quince minutos la ambulancia lo trasladaba, lo instalaron en terapia intensiva, dos días después Laura Pilquin era viuda y José Cabañas Santander sufrió una crisis, tuvo un pico de presión. Quedó internado.
Superada la fatalidad, la viuda, por la incapacidad física y eventualmente mental de su suegro obtuvo la administración general de la empresa, por parte del Juez Letrado.
Debe señalarse que Laura Pilquin se había recibido de perito mercantil cuando se relacionó con el finado. Era una mujer muy proporcionada de físico, de piel mate por su ascendencia criolla, de estatura mediana y un rostro singularmente bello.
Luego del primer estremecimiento debió ocuparse de su suegro, a quien no le guardaba ningún rencor a pesar de sus desprecios. Este poseía entendimiento, pero no se podía expresar ni escribir; se percibían sus emociones por el brillo y movimiento de sus ojos y el movimiento del maxilar. Había perdido el control de los esfínteres, por lo que debía usar pañales.
La empresa `para el grupo familiar pagaba los servicios mas caros y completos del mercado, incluidos servicios de sepelio de primera categoría. La clínica le acondicionó una especie de suite que usaban los médicos de guardia para descansar. Se trataba del paciente mas caro, mas problemático, mas evitado por los enfermeros, menos colaborador, el que mas trabajo originaba y menos se hacia querer. Los últimos estudios pronosticaban que la situación era irreversible.
Todas las mañanas Laura, previo preguntar a la clínica si ya lo habían bañado y cambiado, le hacía una breve visita sin informarle nada de cuestiones de intereses o fábrica, cumplía la formalidad de saber de su salud. Cabañas Santander se desesperaba por preguntarle, bastaba mirar el movimiento de sus ojos y el temblequeo de su maxilar. Esta situación se estaba aproximando al año de duración, pero no inquietaba a nadie.
En la fábrica jerarquizaron a un capataz que ocupó el cargo del finado, mientras que la administración y gerencia estaban a cargo de Rogelio Macías. Un hermano menor de Laura, Sebastián Pilquin, egresado como Técnico electromecánico del Colegio Industrial había ingresado y estaba a cargo del stock y despacho, se había descubierto un robo hormiga por parte de uno de los chóferes que fue despedido. Esta fue una de las novedades de la industria que Laura le comunicó a su suegro, que en esa oportunidad tuvo tal ataque de llanto que el médico decidió sedarlo.
La señora Laura Pilquin Vda. de Cabañas, sabía muy bien todo lo que tenia entre manos, productos, costos, clientela, operación de sistemas, extracción de información, estado de la planta, etc. Compartían la operación bancaria con Macias.
Macias y Laura se conocían desde que comenzara la fábrica, hacia diez y nueve años; ese sábado al llegar a su casa él se dio cuenta de que no entregara a Laura el dinero que retirara del banco para sus gastos, la llamó por teléfono, le explicó que se lo acercaría a las ocho de la noche, ella le pidió que fuera a las nueve pues visitaría a su madre. La viuda estaba sola por cuanto su hijo Manuel Cabañas Pilquin ya había partido para la universidad, iniciaría Ingeniería Industrial.
Pasadas las nueve fue, Laura habitualmente bien vestida estaba distinta, mas linda, le dio el dinero; ella no lo consultó y trajo una botella de whisky importado, dos vasos de cristal y hielo. Era la primera vez que Laura y Macias se instalaban para no hablar de la empresa. Hablaron de la historia familiar, sin tapujos, Laura sirvió unos canapés de varios gustos exquisitos. A la tercer ronda de copas la señora puso música, se confesaron que ambos sabían que ocurriría todo aquello en algún momento. Se apagaron luces y bailaron, bailaron; la cama fue quien compartió sus confidencias y sus quejidos, fue agotador increíble, ella le confesó que esa noche conoció cosas del amor físico que ignoraba. Hubo pactos secretísimos y formales.
Laura ese fin de semana cumplió la rutina, previas llamadas fue a la clínica y repuso los elementos de afeitar y la colonia para su suegro, la visita con las preguntas de rigor duró cuatro minutos. Pinar- 01-05-10 |
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Publicado: Dom May 02, 2010 4:42 pm Título del mensaje: |
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