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pinar
Registrado: 01 Abr 2009 Mensajes: 102
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Publicado: Sab Mar 20, 2010 4:21 pm Título del mensaje: LOS LUSTRAS |
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LOS LUSTRAS
Todavía no se habían pavimentado las calles; las veredas por su parte estaban a distintos niveles, no existían los cordones cunetas que daban el mismo nivel a toda la cuadra. Algunas veredas eran directamente de tierra, otras de piedra laja y las mas lujosas de mosaicos vainilla o cuadriculados, para no resbalar.
De todo esto han pasado mínimo setenta años; la Patagonia urbana es muy joven en el contexto de la historia. Los habitantes de Cipolletti por ese entonces no pasaban los quince mil con toda su colonia frutícola.
La Municipalidad, dependía de los caprichos de la naturaleza para el mantenimiento de las calles; estas eran de canto rodado mezclado con arena que se colocara directamente sobre la tierra cuando se fundó el pueblo. El transito de carros con llantas de hierro, autos y camiones, en general el uso, los vientos, las lluvias las poceaban, pero estas mismas terminaban siendo la solución para su reparación y conservación.
Cuando se largaba el agua, con más frecuencia en invierno y primavera, el viejo, Valle.-capataz general de Municipio- vaciaba la pipa y la recargaba, poniéndola nuevamente en funcionamiento, después de apagar el fósforo Rancherita con la primera bocanada de humo azul, miraba la hora en su reloj de bolsillo.
Después de escampar, si la lluvia había sido lo suficientemente abundante, Valle ordenaba pasar una niveladora a cuchilla arrastrada por el tractor Municipal con ruedas de hierro, Con esta técnica emparejaban y abovedaban las calles, dejando junto a la vereda en cada costado, una pequeña zanja para que escurriera el agua.
En tiempos de calor, las calles se resecaban y al menor viento volaba polvo, con la consiguiente molestia para los comercios que por esa época mantenían sus puertas abiertas de par en par, o tenían en exposición algún maniquí en las mismas veredas. Por estas contrariedades era muy respetado el camión regador, eso, en primer término y después su conductor. Los vecinos mas quisquillosos aunque no estuviesen presentes cuando pasaba regando, con solo mirar la calle sabían quien había sido el chofer. Les conocían la velocidad por el grado de riego que percibían.
La mayoría de los Intendentes disponían que las tareas de riego comenzaran al amanecer de tal forma que a media mañana la zona comercial ya estuviera totalmente regada. Los vecinos disfrutaban decían que el regador dejaba olor a lluvia. Las calles de lo que se denominaba zona urbana, unas cuarenta y cinco manzanas, que a medida que se distanciaban de la plaza que ocupaba una de ellas, estaban más despobladas, con más terrenos baldíos y faltos de veredas. No obstante toda esa zona en general, se hallaba bastante bien arbolada aunque no todas las plantas eran de la misma especie, pero si, de hojas caducas para poder podarlas en invierno. Así protegían las lineas eléctricas y del escaso alumbrado puclico.
Cipolletti tendría por entonces en las afueras cinco barrios bastante distanciados entre sí, eso hacia que entre los pibes y adolescentes se desarrollaran ciertas rivalidades y hostilidades, la mayoría provenían del fútbol, pues había varios equipos y campeonatos barriales; no obstante en muchos casos se obviaban las reyertas y las antipatías por concurrir a la misma escuela.
Los vecinos del centro y los de las orilla estaban separados por diferentes categorías sociales, como en el resto del mundo. De estas divisiones, de la mas pobre, había un grupo que era singular: “Los lustra”- lustradores de calzado callejeros-
Con seguridad en aquel Cipolletti no llegaban a diez o doce, pero tenían códigos impenetrables para los adolescentes comunes del vecindario, a nivel de cofradía. Pertenecían a distintos barrios. Venían de casas con alguna irregularidad; madres solteras, conyugues ausentes, alcoholismo, etc. Puntualmente problemas sociales y generalmente en grupos familiares numerosos.
Por lo general el que portaba colgado de su hombro con una correa hecha con un viejo cinturón un cajón de “lustra” en el que los clientes apoyaban su pie, era el mayor de los varones. Estos cajones generalmente estaban adornados con pequeñas chapas de hojalata de colores con la propaganda de alguna de las marcas de betún o tinta de lustrar.
. Los lustras tenían en común una pobreza limpia de aspecto y dignificada por el trabajo y el grado de responsabilidad que traían de sus casas. La mayoría asistía a la escuela nocturna terminando el ciclo primario, aconsejados por los comerciantes que le echaban el ojo como futuros dependientes, de acuerdo a su intuición. Ninguno era menor de trece o catorce años.
Como algunas especies de machos del mundo animal, una vez que conquistaban su sitio o territorio se dedicaban a la tarea. La penuria de la que provenían y el compromiso que cargan de temprana edad, les enseñaban rápidamente cual es el valor del dinero, del dinero del que se comía; de allí que tenían la tendencia de negociar. Sabían que tenían que hacer las lustradas suficientes para un kilo y medio de pan, y que en la casa se llenara la olla del puchero o de guiso, en aquella época eso se lograba con diez o doce lustradas.
Debía lustrarse con tinta y cera, caso contrario se espantaba la clientela, el betún debían comprarlo como venía, pero Martín, el farmacéutico, les enseñaba a fabricarse la tinta con anilina de teñir la ropa y las proporciones de alcohol y agua, tanto la marrón como la negra. Tenían en el misterioso cajón cepillos para los distintos colores de calzado, como así las diferentes franelas que sacaban el brillo. Las botellitas de tinta iban paradas en la parte exterior del cajón para que no se derramaran. La mayoría llevaba un tanto oculta entre sus pertenencias, enrollada en su horqueta de acacia, la temible gomera. Estaban construidas con singular artesanía, pues empleaban mangueras de uso medicinal que compraban en la farmacia, con una extraordinaria elasticidad, amarrándolas a la badana para cargar la piedra y a la horqueta con finas banditas elásticas circulares que se adquieren en las librerías.
Tenia que ser muy importante la disputa para hacer uso de este elemento en una pelea, por su enorme capacidad de herir; la mayoría de los lustras eran diestros artilleros con sus hondas, habilidad que demostraban cuando salían de cacería, oportunidad en que por accidente podía caer alguna gallina. En sus ratos libres del invierno cazaban; en los del verano practicaban natación. Aprendían a nadar en los canales importantes de riego y cuando ya estaban seguros se iban con los mas grandes, al rió Neuquen. Había algunos como el “Gorila” que se zabullían desde el puente de ferrocarril de una altura de seis o siete metros.
Estos verdaderos personajes de intemperie, que formaban parte del paisaje urbano y comercial, con frío o con calor: mantenían con su entorno una relación generalmente buena, aunque variada. La calle era buena escuela.
En una oportunidad “Chupayita”, - (Chupaya sombrero guaso de Chile)- estaba lustrando por casualidad, apoyado de espaldas en el antepecho de la vidriera de la tienda del turco Jeder, que no tuvo la delicadeza de esperar que terminara para advertirle que después de esa lustrada no lo quería ver mas en su vidriera. Ni el lustra ni el cliente dijeron nada.
Dos días después como por casualidad, en la vereda de enfrente de la tienda de Jeder, revoloteaban como distraídos, siete u ocho lustras que raramente andaban sin el cajón, algunos con el pucho encendido en el cuenco de la mano para disimular que fumaban; solo por la otra vereda estaba Chupayita, un poco alejado de la tienda; en su mano derecha tenia un pequeño y ordenado lacito hecho con hilo de pescar transparente muy resistente, medida setenta. Entre cada una de las vidrieras y la puerta de acceso Jeder ponía en exhibición un maniquí de hombre y otro de dama.
Era la hora de la mañana que llegaba el camioncito del repartidor de la soda y las bebidas que proveía al bar contiguo a la tienda, tanto el chofer como su ayudante trabajaban trotando, pues lo hacían a porcentaje; Chupayita conocía todos los movimientos de los soderos, cuando comenzaron a bajar los cajones de soda el lustra se agachó y velozmente ato la base del maniquí de señora con la cuerda transparente de su base, y el otro extremo al que estaba atado un firme gancho de alambre de seis milímetros, lo prendió a uno de los hierros del parachoques trasero del camión de la bebida. Chupayita desapareció de la escena como por arte de magia y miraba desde la esquina del banco, muy cerca del policía que estaba de guardia.
Ambos repartidores salieron del bar al trote y accedieron al vehiculo por la parte delantera. Había recorrido quince metros con el maniquí a la rastra, cuando una señora anciana con el rostro desencajado se paró casi delante del camión que iba despacio, y alzando ambos brazos le gritaba que había atropellado a una mujer. El chofer clavó los frenos y cuando vio que se trataba del maniquí del turco, llegaba éste con los ojos desencajados ante lo insólito del accidente y el sofocón de la carrera. Chupayita en la esquina del banco, le avisó al policía del desorden que había en la cuadra. El accidente fue el comentario general.
En ese mundo de querellas y aventuras, con sus disputas, la lucha diaria para parar ganar las monedas y alimentar la olla en sus humildes casas, terminando la escuela primaria, alguno ya asistía a la secundaria, o estudiaban contabilidad en la nocturna, todos se acercaban al momento del enrolamiento con dieciocho años cumplidos; este hecho resultaba incompatible para los lustras y trascendente en la vida de todos los ciudadanos. Ya tenían la obligación de votar, eran mayores de edad, podían ir al quilombo sin esconderse; pero también tenían muy claro que se acababa la época de las picardías y las agachadas, ante un delito verdadero iban a la cárcel.
Pasó el tiempo, en el área de bancos y confiterías de Cipolletti, hoy ciudad, prácticamente han desaparecido los lustras, se ven apenas pero hombres, las uniformes veredas y el asfalto hacen que la multitud de personas que hacen trámites, no se lustren los zapatos en la calle.
Dirigido por una de las mujeres de chaleco amarillo fosforescente que ordenan y cobran el estacionamiento, Cofré, el mueblero acomodó su flamante furgón Mercedes Benz, como de costumbre estaba impecablemente vestido, usaba anillo de sello y un crucifijo con una importante cadena de oro. El mozo que lo atendió le trajo un café y el diario regional del día. Usaba anteojos para leer y estaba tan ensimismado en eso, que no había notado la presencia de otro señor que se estaba sentando en su mesa, se trataba de un hombre morocho, delgado de nariz aguileña y sumamente calvo. Permiso don, dijo el recién llegado, entiendo que usted es “Manguera” Cofre; el aludido lo miraba atentamente, no, no, vos sos el “Loro” Avila, dejame… Cincuenta y un años que no nos veíamos, en una oportunidad me comentaron que estabas establecido en Cutral-Có y nunca mas supe nada. Estás cambiado, te faltan esos rulos de pelo negro. Eso, y otras cosas que te imponen los años; vine a Cipolletti a ver si contrato a una señora que es una especialista en pastas y empanadas- Cofré lo escuchaba emocionado- el Loro continuó tengo un restaurante bastante importante y allá no hay mano de obra decente. Cuando te vi por la vidriera te conocí enseguida, si no entraba me moría; me case con una chica de allí, tuvimos tres hijos, el mayor es médico. Las otras dos se casaron y una de ellas y su esposo, un buen muchacho, están conmigo en el negocio, quedé viudo hace cuatro años. Fui muy feliz, una gran mujer. Te dejaré mi tarjeta así no nos desvinculamos mas; hablame de vos.
Cofre no podía con su alma de tanguero empedernido; su infancia difícil lo llevaba a la nostalgia. Te acordás, éramos una corporación-“los lustras”- Cuando estaba por enrolarme gane en la radio LU19 un concurso de jóvenes cantores de tango, mira que el viejo Saltri, el sastre, era miserable, bueno, me había escuchado todos los programas y cuando gané la final me mandó a llamar, me regaló mi primer traje a medida de un casimir gris clarito. Eso despertó mi amor a las buenas pilchas, será una venganza a las épocas de escasez Tengo una mueblería y un sistema de ventas en cuotas, que la administración provincial se lo descuenta a los empleados de los haberes y me lo deposita en mi cuenta. La verdad me armé de un capital; hoy es día de añoranzas, es justo el tercer aniversario del fallecimiento del “Moncho” Aliaga, ¿Te acordás?, siempre fue pobre, pero pobre de solemnidad. Mientras nosotros jodiamos, él, leía los diarios atrasados que le regalaba el ruso Meyer, se tragaba La Nación entera, un autodidacta. Fue Secretario General del Sindicato de la Fruta, Secretario General de la CGT Regional, Presidente de la Mutual del gremio y actuaba en política, peronista por supuesto. En la última dictadura lo metieron en el frizer; antes de morir lo vi. vendiendo verdura por la calle con un Rastrojerito que se caía a pedazos. Siempre pobre, un líder en su ámbito, un romántico, un hombre decente. “Tostada” Beltran, empezó a vender el Río Negro de canillita, ahora tiene un reparto que vive como un bacan. Al que veo siempre es a “Zapatilla” Rivera, se jubiló en la empresa de electricidad. Cofré, el lustra, se quedó en silencio.
Avila, lo miraba y le comentó: A Aliaga lo seguía por el diario. Viste Manguera, a todos no nos fue igual, a unos mejor a otros peor. Al “Laucha” Fuentes que era el menor de los hermanos, las mayores eran todas mujeres, eran cinco o seis todas milongueras, a el le tocó el cajón y la calle, cuando emplumó ya bailaba como un profesional, además era loco por las mujeres desde chico. Cuando salió del servicio militar, se lo levantó una mina de la noche, una muñeca; El Laucha no se podía mantener solo, la fuente de ingresos era ella, pero así y todo le puso condiciones, si no dejaba la milonga se abría; el quería una mujer y no formar parte de una clientela, dentro de su faena a ella le gustaba vivir bien. Cuando una milonguera se juega por un atorrante, le sale un mujerón mejor que treinta beatas juntas. Viven en Neuquén, el disimulaba con un petit bar, mientras ella regenteaba una serie de aguantaderos para ejecutivos muy discretos. Las mujeres las traían de Bahía Blanca, el no figuraba para nada. El Laucha siempre fue astuto, en esos años comenzó a funcionar la Universidad el Comahue, plata que juntaba la invertía en pequeños departamentos que alquilan a estudiantes, si sos ordenado eso se hace una bola de nieve. Tienen dos hijos profesionales, les gusta viajar, hacen una pareja de ancianos muy amables y respetados. Cofre apelando nuevamente a su filosofía tanguera agregó: Dejame aportar un poco de melancolía vos sabes que esta cuestión de vivir no está en nuestras manos; el “Correa” Salomón falleció alcoholizado, se le sumaron los problemas y agarró para el lado del vino; otro que esta listo es Martínez, pero Rosendo. Es una cuestión de meses. La vida es tan breve que antes que el fracaso o el éxito, esta la obligación de ser un buen tipo.
El Loro llamó al mozo con una seña muy discreta y dijo: “Mirá Manguera, ya sé que es imposible pero si la historia se repitiera volvería ser lustra ¿Sabés porque? Había como y donde aprender.
20-03-10.- |
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Publicado: Sab Mar 20, 2010 4:21 pm Título del mensaje: |
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Ricardo Kleine
Registrado: 10 Jun 2007 Mensajes: 107
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Publicado: Vie May 14, 2010 11:45 pm Título del mensaje: |
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| Muy lindo Pinar, como todos tus largos cuentos. Me llama la atención que sea en Nqn. Yo vivó aca... |
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Publicado: Vie May 14, 2010 11:45 pm Título del mensaje: |
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pinar
Registrado: 01 Abr 2009 Mensajes: 102
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Publicado: Dom May 16, 2010 4:39 pm Título del mensaje: AGRADECER |
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Gracias kleine, tu comentario m es muy importante para mi, todos manejamos nuestra escala de medición, por via separa te envio algunos comentarios. Pinar. |
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